El poeta Jorge Teillier recordaba en 1970 que su colega, Teófilo Cid había vaticinado que cuando él muriera, no faltaría quien dijera: “Ha muerto el último bohemio”. Agregaba que él mismo había asistido a los funerales de más de veinte últimos bohemios, lo que le daba derecho a pensar que siempre habría algún poeta o artista esperando este título del bohemio postrero.
Teillier reflexionó entonces sobre la malversación del calificativo de “bohemio”, que se usa para aludir a gente de vida desordenada y que termina ocasionando la compasión de los buenos burgueses. Para Teillier la bohemia, como la practicaba Cid, era algo más serio: iba aparejada a la libertad, y a la responsabilidad frente al oficio del poeta, “en una sociedad donde el artista, si no se vende es un ente superfluo”.
Stella Díaz fue bohemia en el sentido noble del término al que alude Teillier. Vivió con libertad y con una ética que defendió con su profundo vozarrón y con sus sólidos puños. Podría ser también la última bohemia, por cuanto era sobreviviente de una época que ahora nos parece mítica. De un tiempo en que Santiago todavía era una ciudad integrada y no este monstruo disgregado, inabarcable y segmentado que es hoy.
La ciudad de la generación del ’50
El centro de la ciudad ofrecía bares, cafés y restaurantes propicios para el encuentro y la discusión. “De pronto nos conocemos todos – escribe Hernán Valdés en su libro Fantasmas literarios. Una convocación -. Probablemente nadie recordará cómo ha ocurrido, quién ha introducido a quién”. A restaurantes como el Iris o Il Bosco, por la noche, y en cafés, como el Jamaica o el Sao Paulo al mediodía, llegan poetas, escritores, periodistas y artistas, y ahí pasan las horas y las noches.
Valdés recuerda el Sao Paulo del que se han apoderado las artes y las letras. En el fondo se instalan los españoles: José Ricardo Morales, Leopoldo Castedo, Roser Bru y Mauricio Amster. En las cercanías lo hacen los pintores y en otras mesas la gente de teatro y ballet. Esta muchedumbre de creadores llenaba el local, produciendo un rumor que a veces se alteraba con las carcajadas, las subidas de tono de las discusiones y hasta el llanto de alguna mujer, que salía corriendo por el pasillo central.
Teillier también evocaba el café Sao Paulo, que para él fue tal vez el último de los lugares públicos de reuniones de los escritores. Ahí llegaban “Guillermo Atías, Stella Díaz – que aportaba la nota de suspenso -, Jorge Edwards, Jaime Laso, Ester Matte, Carlos de Rokha, Braulio Arenas, enfrascado en sus interminables matches de ajedrez, cuyo trofeo para el vencedor (sin que ella lo supiera) era la “cajera del Café”. Al atardecer, Teófilo Cid se desplazaba a otros lugares, como El bohemio y El Bosco.
En el Iris, Il Bosco y en algunos clubes sociales, los parroquianos empezaban a llegar al anochecer. Los poetas pobres a veces eran providencialmente invitados a comer y a beber por algún mecenas ocasional, un visitante provinciano o un vendedor viajante. A veces estas reuniones terminaban con un desayuno de mariscos, por la madrugada, en los mesones del Mercado Central, donde la fauna marina venía llegando en cajones rellenos con hielo.
Los poetas solían vivir en pensiones. La misma Stella Díaz recordaba que vivía en una habitación, en una casa donde todos los arrendatarios eran pobres y los salvaba uno de ellos, mozo de un conocido restaurante santiaguino, que les llevaba las suculentas sobras, que ella compartía con Teófilo Cid, Guillermo Atías y otros escritores de ese tiempo.
Ese mundo lleno de fervor estaba poblado por personajes singulares. Otro mito de ese tiempo es el ya mencionado poeta Teófilo Cid, brillante, culto, memorioso. Su soberbia intelectual iba a la par con el abandono de sí mismo. A veces sus amigos y admiradores los sometían a su baño trimestral, le cortaban el pelo y las uñas y le zurcían y le lavaban la ropa. Hernán Valdés apunta que entonces, Cid reaparecía como rejuvenecido “más ligero, de buen humor”, lo que hacía que el poeta no maldijera a ningún escritor ni tampoco al país.
Este fue el mundo de Stella Díaz. El mismo Hernán Valdés la recuerda, ya en esa época, como una mujer temible. Interrumpía actos solemnes, ceremonias y discursos, interpelando y acusando a los oradores, o repartía bofetadas y botellazos contra los santos que no eran de su devoción. Valdés apunta que, sin embargo, detrás de aquella apariencia intimidante, Stella era “una mujer de una inusual belleza, de una animal ternura”. Según este autor, Stella debió armarse de esa voz tonante que profería palabrotas, de los gestos de matón y hasta de los puños, para disuadir a los seductores que pululaban en torno a ella.
Con la partida de Stella todo ese mundo se borra un poco más. Su leyenda, entretanto, se acrecienta, aunque la poeta – que es notable – tiende a quedar encubierta por su propia biografía novelesca. A su vez, esta biografía se disgrega en su nutrido anecdotario que circula oralmente. Se dice que su hermosa cabellera colorina vino por herencia de alguna antepasada que tuvo amores con Francis Drake. Se cuenta de la noche en que simuló un funeral, donde ella era la viuda y llevó el ataúd al bar Il Bosco, donde ante el estupor de los parroquianos el muerto se levantó. Se cuenta de sus magistrales exabruptos en sesiones solemnes de la Academia y de la Sech.
Se han construido imágenes sucesivas y superpuestas de una Stella que, parafraseando a Ercilla era “tan gallarda, soberbia y belicosa” que no fue por nadie jamás regida ni a ningún dominio sometida. Ella misma aminoró esa fama al compararse con otras escritoras de armas tomar, como María Luisa Bombal o María Carolina Geel que empuñaban revólveres y los disparaban. – Yo sólo reparto puñetes – concluía la poeta. Sí, fue combativa, irreductible, pero ella misma declaró en su poesía:
Una sola es mi lucha
Y mi triunfo;
Encontrar la palabra escondida
Aquella de nuestro poeta secreto
A pocos días de terminar la infancia…
Toda una vida
Stella nació el 11 de agosto de 1926 en La Serena. Más de una vez se ha dicho que la infancia es el país de los poetas, y Stella tuvo una niñez feliz. Su familia era propietaria de grandes propiedades rurales en el Norte Chico. Su padre, un liberal cercano al anarquismo le contaba historias y le abrió su considerable biblioteca, donde la niña al principio hojeaba y luego leía interminablemente esos viejos libros.
La muerte del padre, que ocurre cuando Stella tenía sólo siete años, fue el fin de ese mundo encantado. Como la misma poeta le contó a José Miguel Varas, en una entrevista de 1999, su madre se atrincheró en la viudez y nunca más miró a ningún hombre. Luego la riqueza de la familia fue mermando hasta desaparecer y “la vida se hizo oscura”.
En su juventud Stella publicó sus primeros poemas y colaboró con algunos diarios serenenses. El alcalde de la ciudad le pidió que dedicara una de sus creaciones para recibir al presidente, Gabriel González Videla, durante la visita de éste a La Serena, de la que era oriundo. Stella leyó un poema en el que instaba al presidente a quedarse en la ciudad que era como su novia. Después se arrepintió de haberlo hecho, recordando que a Neruda le ocurrió lo mismo. El hecho es que Gabriel González le ofreció a la nobel poeta la posibilidad de irse a trabajar a Santiago, donde podría concretar su sueño de estudiar medicina y especializarse en psiquiatría.
Fue así como a principios de 1947, siendo una veinteañera, Stella se subió al lentísimo y atestado tren del norte, que venía desde Iquique y llegaba hasta La Calera, donde se hacía el trasbordo hacia Santiago.
Cuando llegó a la capital, recorrió distintas oficinas públicas, donde pudo comprobar que las promesas del presidente no habían sido más que eso: promesas presidenciales. Se las arregló entonces para trabajar como periodista, escribiendo en diarios como El Siglo, Extra, La Opinión y La Hora. En este último tuvo su trabajo más estable, pero en 1949 la despidieron por un artículo sobre la tala de árboles de la Alameda, que había ordenado el alcalde de turno.
Ese mismo año publica su primer libro, Razón de mi ser. Alone la elogia comparándola con Vicente Huidobro. Inaugura entonces los temas principales de su poesía: la soledad, la muerte, la condición femenina. Seguirían obras como Sinfonía del hombre fósil, Los dones previsibles y (Con)vivientes en la palabra. Recibió, entre otros, los premios Pedro de Oña, y el del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. En 1994 le rindieron un homenaje en Cuba, con la publicación de una antología de sus poemas en una colección de clásicos de la poesía universal.
Vivir la maravilla y la belleza
Entrevistada en 1998 por José Miguel Izquierdo en El Mercurio, Stella decía: “Nosotros éramos los señeros, los adalides, los campeadores, flameando una bandera metafísica donde el espíritu estaba sobre todas las cosas. Teníamos que vivir la maravilla y la belleza. Ahora no me preguntes nada, porque ya no tengo 25 años y vivo en un infierno del que trato de salir todos los días”.
Para entender a Stella Díaz hay que ir más allá de la superficie de las infinitas anécdotas y de las imágenes tópicas que se han construido de ella. Su vida y su poesía son un continuo orientado a ese “vivir la maravilla y la belleza”, y luego, cuando se extinguen los mundos encantados de su infancia y de su juventud, a tratar de salir cada día del infierno.
Lo que nos fascina de la Stella Díaz de sus últimos años, fue la entereza combativa y juvenil con que vivió hasta el final. Porque casi todos, cuando fuimos jóvenes tuvimos ese impulso interpelador y belicoso y esa pureza ética a la que después renunciamos. En algún momento claudicamos, transamos con la realidad, cedimos a la domesticación. Stella, en cambio, permaneció fiel a ella misma hasta el momento de su muerte.
Autor: Darío Oses
Fuente: Nuestro.cl













































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