Las lágrimas de San Lorenzo

Chistian Mülhauser, suizo, subió, entre agosto y octubre de 2012, tres veces a la montaña más famosa de Suiza, el Matterhorn, para hacer esta buena y bella película/vídeo de 4,15 minutos. Se quedó a dormir algunas noches a 2.700 m. y con una temperatura de -12º centígrados. A esa altura y sin contaminación lumínica los cielos son una maravilla.
La música es de Roberto Cacciapaglia.

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Olvidada durante siglos, se publica por primera vez en español su gran «Historia de Etiopía», una obra geográfica y científica germinal

Pedro Páez

Pedro Páez

Entre los cientos de exploradores y aventureros que la historia de España puede mostrar con orgullo, pocos son comparables a Pedro Páez, un misionero jesuita, madrileño por el mundo en el siglo XVII, nacido en 1564 en la pequeña localidad de Olmeda de las Fuentes. Fue el primer europeo en beber café y documentarlo, el primer occidental en llegar a las fuentes del Nilo Azul (ni siquiera hemos defendido este logro suyo frente a lo que dice la historia oficial, que concede el «descubrimiento», cómo no, a un anglosajón, James Bruce, que llegó al mismo lugar 152 años más tarde) y el primero en muchas más cosas.

historia de etiopia

Da que pensar que aquel adelantado que llegó a las fuentes del Nilo Azul hallara también allí manantiales para tanto olvido, puesto que hemos oído hablar tan poco de sus logros. Solo recientemente ha sido reivindicado en toda su dimensión, por escritores como Javier Reverte, que lo descubrió casi por casualidad y narró su historia en el libro «Dios, el Diablo y la aventura». Uno de los datos más elocuentes de lo lejos que hemos estado de hacer justicia a su memoria es que la gran obra de Páez estaba inédita en español. La «Historia de Etiopía», libro germinal para la literatura científica e histórica, permanece con una vigencia intacta porque lo escribió un hombre de honda cultura y afán incansable de contrastar la verdad.

«Es todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos»

Así lo recuerda Javier Reverte, en una conversación con ABC: «Los ingleses lo valoran como un antecedente de Darwin porque es un libro de alto contenido científico. Dice el propio Pedro Páez en el prólogo del libro que ningún dato de los que aparecen es invención, sino que, o bien lo ha visto, o bien lo ha preguntado a dos o tres personas al menos. Sus fuentes son absolutamente comprobadas, y hay que pensar lo que era eso en 1620, todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos».

Pero, ¿cómo llegó a Etiopía este jesuita intrépido? Todo en su vida es aventura, algo que le llevaría a un cautiverio cervantino. Nacido, como decíamos en Olmeda de las Fuentes (llamado Olmeda de las Cebollas en el siglo XVI), estudió en Coimbra, cuando Felipe II había aunado las Coronas portuguesa y española. Allí ingresó en la Compañía de Jesús. Pronto destacó por su gran cultura y espíritu, así como por su talento para los idiomas.

Vendido como esclavo

A medida que el imperio crecía con nuevos horizontes, un «ejército» de misioneros era enviado para la evangelización de las nuevas tierras. En ese contexto Páez viajó a Goa, en la India. El destino que ya nunca le permitió regresar a España le tenía preparada una revuelta grave e inesperada. Desde Goa partió hacia Etiopía, acompañado del padre Antonio de Montserrat, pero en el camino ambos fueron capturados por los árabes. Inmediatamente fueron vendidos como esclavos a los turcos y permanecieron cautivos casi siete interminables años.

«Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud»

Primero fueron galeotes de la armada turca, dos espíritus refinados jugándose la vida en cada embate de remos. Luego atravesaron a pie la desolación de lo que hoy es Yemen y Arabia Saudí, por desiertos de los que hasta entonces nadie había oído hablar en Occidente y que tardaría en pisar otro europeo. Arrastraban pesadas cadenas por las arenas ardientes y se escondían en subterráneos que el sol recalentaba como hornos. Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud.

Los espías de Felipe II

Felipe II tuvo noticia de este cautiverio -España poseía buenísimos espías además de exploradores- y ordenó que fueran rescatados. Volvieron a Goa, aunque Antonio de Montserrat murió al poco de regresar. Páez jamás se rendiría y decidió volver a Etiopía después de todo. Allí realizó su obra evangélica y científica. Empezó poco a poco, debatiendo con teólogos coptos ortodoxos, y acabó convirtiendo al catolicismo a dos emperadores con oficio prudente y con la política de aprender de los habitantes. Etiopía era el único país de áfrica con lengua escrita, el amárico y con otro idioma antiguo, como nuestro latín, que era el ge’ez. Y por si fuera poco sumar esos dos idiomas a todos los que hablaba, desde el árabe al turco y el latín, se convirtió en constructor de palacios platerescos, prudente consejero…

«De su obra de 1622 quedaron dos copias pero no fue editada hasta 1945 en portugués»

«Páez había visto un libro de un franciscano que hablaba de Etiopía mentando unicornios y fantasías, y contestó con su gran obra de cuatro tomos, que hizo como información fidedigna para los jesuitas», relata Javier Reverte. Se copió la obra y quedó un ejemplar en el Vaticano y otro en la Universidad de Braga, hasta la edición portuguesa de 1945. Hoy, Eduardo Riestra, de Ediciones del Viento, ha puesto fin a este olvido sobre un hombre que, según Reverte, «si fuera inglés sería un mito, como Livinston, y es parte de nuestra historia, un gran hito de la exploración y una figura histórica intocable».

«Las fuentes del Nilo Azul que soñaron Ciro, Alejandro y Julio César»

Páez era un hombre de gran humildad, que conservó incluso mientras caminaba entre reyes. Al ver las fuentes del Nilo Azul escribió: «Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César». En su historia reproduce, por ejemplo, la afectuosa correspondencia entre Felipe II y el emperador etíope, al que pedía el mejor trato para los misioneros que habían convertido un nuevo reino al catolicismo.

Páez está enterrado entre las ruinas de su palacio, que son las de su tiempo. Su obra acaba de cobrar vida para los lectores españoles. Con casos como este en España descubrimos que no es la envidia nuestro pecado nacional, sino el olvido.

Jesús García Calero

Fuente:  http://www.abc.es/cultura

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Sono l’Oceano Pacifico e
sono el piú grande di tutti.
Hugo Pratt

La lectura de la novela Corto Maltés: La Balada del Mar Salado, acompañada con las viñetas que el autor dibujó casi treinta años antes, resulta una experiencia literaria inolvidable. En ella, ese genio cosmopolita del comic que fue Hugo Pratt, se sumerge de lleno en la literatura de los Mares del Sur y, además de los lugares comunes, mitos y leyendas, nos deja una extensa referencia literaria.

Los clásicos de este género, Loti, Melville, Stevenson, London, se recrean en los textos de unos y otros, de la misma forma que los grandes exploradores, Cook, Bougainville, La Pérouse, leían los diarios de sus predecesores. Igualmente, Pratt se recrea en la navegación bibliotecaria.

En la introducción Pratt dedica el libro al irlandés Stacpoole, afirmando que fue él quien despertó su interés por los Mares del Sur: “No hizo nada de buen gusto, pero consiguió escribir, el 1909, una buena novela: El Lago Azul […] Fue este escritor, y no Robert Louis Stevenson, ni Conrad o Melville, quien me hizo querer, el primero de todos, los Mares del Sur.”

Sin embargo, tal como señala Umberto Eco, sus personajes leen libros muy distintos demostrando que son mucho más ilustrados que su autor: un ruso lee en francés, un alemán en italiano y un australiano ha leído clásicos griegos. De la misma forma que los exploradores releían los diarios de otros viajes, Rasputín lee a bordo de una canoa nativa Viaje Alrededor del Mundo por la Fragata… de L.A. de Bougainville:

Las exploraciones y los descubrimientos efectuados un siglo antes en los mismos mares, y no en tierras míticas y lejanas, eran un poco los suyos. El entusiasmo de Bougainville por la aventura y el descubrimiento era el mismo que el de Rasputín y en su cabina el capitán se sentía como a bordo del navío del francés –la Boudeuse– haciendo vela hacia los puertos más misteriosos de un mundo desconocido por explorar y conquistar.

dvdbaladaEn cambio Corto recuerda la historia de Pitcairn diciendo que ha leído el Journal de Morrison, el jefe de los amotinados del Bounty: “Siempre encontró divertido que de veinticinco marineros finalmente solo se salvara uno, Alexander Smith, que cambió su nombre por John Adams para convertirse en predicador de la isla. Destino extraño – y ridículo, en el fondo – para unos hombres que habían escogido la libertad en esas islas de ensueño y enseguida se dividieron, se masacraron entre ellos, para dejar como único heredero de este Edén un Adán arrepentido.”

De hecho Morrison se quedó en Tahití y no siguió a los nueve amotinados que, encabezados por Fletcher Christian, se refugiaron en Pitcairn. Tardaron veinte años en encontrarles, y para entonces Morrison ya había sido indultado.

El recurso a la mitología clásica era muy común entre los primeros navegantes, predispuestos a hacer descripciones anacreónticas (Riullop, 2004). Caín ha leído a Eurípides y cita el mito de Jasón y los Argonautas. Pero la biblioteca más impresionante es la del alemán Slütter en un submarino de la primera guerra mundial. Podemos ver libros de los poetas Rilke, Shelley y Coleridge, y una extensa colección de Herman Melville. De Melville, el primer escritor de los Mares del Sur, el alemán Slütter tiene una extensa colección: Typee, Omoo, Mardi, Benito Cereno, aunque solo se trata de uno de los seis relatos incluidos en Los Cuentos de Piazza, y por supuesto, Moby Dick.

El capitán Cook solo aparece fugazmente como un recuerdo de su padre en forma de velero en una botella, bajo la etiqueta “Endeavour, 1791”. En cambio, Bougainville es la lectura preferida de Rasputín, y Slütter demuestra que ha leído la relación del viaje de La Pérouse:

“Esta isla es Vanikoro. Es aquí mismo, en estas aguas, donde naufragaron la Boussole y el Astrolabe de Jean-François de La Pérouse [...] Fueron masacrados por los indígenas. Destino ingrato para estos hombres que después de tal viaje llegaron hasta aquí para demostrar que en estos lugares vivía el “noble salvaje”, el indígena hospitalario y feliz. ¿No es absurdo? [...] Lo más increíble, Striker, es lo que escribió La Pérouse antes de morir.”

Por último, volviendo al albatros de Coleridge, gracias a este autor ha quedado en inglés la expresión “tener un albatros alrededor del cuello” equivalente a “llevar la cruz a cuestas”. Si en la primera viñeta Corto aparece sobre el mar crucificado sobre unos maderos, en la última se aleja con su barco y con los albatros volando a su alrededor. Se ha liberado de sus penas, y en su aventura ha dejado la referencia a dieciséis libros.

V. Riullop

el productor de sueños

El Grupo Planeta presentó el pasado mes de enero “Click Ediciones”, un nuevo sello editorial dedicado en exclusiva al formato digital. Nacida con la intención de convertirse en un referente en el mercado digital, esta nueva editorial promocionará autores y obras inéditas, tanto de ficción como de no ficción.

Entre los tres primeros primeros títulos lanzados al mercado se encuentra “El productor de sueños”, de Marino José Pérez Meler, un thriller o novela negra que transcurre durante los años 80 en la Costa del Sol española. Una época en la que ya el contrabando y el tráfico de estupefacientes se habían convertido en la peor pesadilla para la policía y los servicios especiales encargados de su represión.

El reconocido y premiado autor Marino José Pérez Meler  –finalista de la LXI edición del Premio Planeta de Novela–  relata en esta obra, con su maestría habitual e inconfundible estilo, como todos los esfuerzos de los agentes especiales, a pesar de su excelente preparación y entrenamiento, se desbordan ante un negocio ilegal que siempre actúa un paso por delante.

Gregorio Rodó y su compañero Aurelio Sanz, llevan años dedicados a esta lucha y conocen bien a su objetivo: Mark Kramer, el traficante que coordina todo el entramado, antiguo agente del Mossad israelí; una figura egocéntrica y sin escrúpulos, capaz de justificar cualquier medio con tal de alcanzar sus oscuros propósitos.

Una lucha sin cuartel, sin fin, entre dos personajes antagonistas: el Jefe de la Sección especial Antidroga Gregorio Rodó, tenaz y límpido funcionario que se dejará la piel en su afán obsesivo por dar con el paradero del narcotraficante Kramer, figura estereotipada que controla los entresijos del submundo de la droga, el dinero ilegal y sus redes de distribución.

Estamos, sin duda, ante una obra novedosa de la última narrativa española. Aquí no valen etiquetas. “El productor de sueños” es, simplemente, una gran novela. Aunque no se puede negar su pertenencia al género negro. Los amantes de la literatura policíaca disfrutarán esta historia de la primera a la última página, ya que la tensión está presente constantemente.

Luis Irles

Sofia Coppola

Sofia Coppola

¿Es necesario seguir reivindicando el cine hecho por mujeres? Los últimos datos facilitados por el Instituto de Cinematografía y Artes Audiovisuales (ICAA) demuestran que sí, ya que entre los años 2000 y 2012 tan sólo el 9,3% de películas estrenadas en el mundo fueron realizadas por mujeres. Cifras relativamente alentadoras, si tenemos en cuenta que hasta el siglo XVIII no se les permitió participar en la vida artística, aunque haya algunas excepciones. En el ámbito de las artes plásticas, por ejemplo, uno de los pocos nombres femeninos que se conocen es el de la monja Ende, cuyas obras tuvieron cierta fama hacia el año 975. Pero no fue hasta el siglo XIX cuando se comenzó a aceptar la presencia de mujeres en las academias de bellas artes, justo cuando las instituciones académicas iban mermando su poder en el ámbito de la creación artística.

El cine es un arte mucho más reciente que la música o la pintura, aunque también ha sido una actividad donde los hombres han podido mostrar su poder y dominio sobre las mujeres. Tradicionalmente la ideología machista ha encontrado la complicidad del mundo del cine. Una gran parte de los filmes nos muestran una realidad vista o imaginada con la mirada de los hombres.

Las mujeres han estado presentes en el mundo del cine desde sus orígenes, sobre todo cuando se trataba de películas de ficción de carácter dramático, sentimental, histórico. Muchos recordamos algunas de las interpretaciones de actrices legendarias, pero lo que ahora nos interesa, si queremos hacer una pequeña reflexión sobre la cuestión del cine hecho por ellas, es saber cómo se ve la vida cuando la contempla con ojos femeninos. ¿Es posible que la realidad imaginada por las mujeres sea diferente de la de los hombres? ¿Hay una sensibilidad específica o fantasía propiamente femenina?

Habría que decir, no obstante, que el cine hecho por mujeres –aunque no sea mayoritario– ha ido aumentando año tras año.

Históricamente, las mujeres pioneras en la dirección cinematográfica fueron Leni Riefenstahl, Alice Guy y Dorothy Arzner. Esta última dirigió a grandes estrellas de la época como Katherine Hepburn o Gary Grant. Algunos críticos afirman que si hubiera sido hombre sería tan conocida como Ernst Lubitsch, Frank Capra o George Cukor.

En España, la primera mujer que trabajó como realizadora y directora de rodaje fue Rosario Pino. Sus primeros films se remontan a los años 30, en tiempos de la República. Antes, en 1922, una mujer, Elvira Notari, fundó la Escuela Italiana de Arte Cinematográfico. Y no fue hasta los años 60 y 70 que se produjo una auténtica eclosión feminista y reivindicativa de la diferencia de sexos en las artes cinematográficas. Tuvieron un papel destacado las nuevas realizadoras alemanas encabezadas por directoras como Jutta Bruckner, Helga Sanders Brams, Helke Sander, Margarethe von Trotta, entre otras.

Una mención especial deberían tener la actriz y directora sueca Mai Zetterling, las cineastas francesas de la nouvelle vague Agnès Varda, Joyce Buñuel y Diane Kury, la italiana Liliana Cavani, la húngara Mészáros, las estadounidenses Streisand y Seidelman, el australiana Armstrong, la neozelandesa Jane Campion (“El piano”, “Retrato de una dama”).

En el ámbito español habría que mencionar a Pilar Miró, un referente de los años de la transición. Más recientemente las jóvenes directoras Icíar Bollaín (“Hola ¿estás sola?”, “Flores de otro mundo”, “Te doy mis ojos”); Chus Gutiérrez (“Sublet”, “Alma gitana”, “Insomnio”, “Retorno a Hansala”), Isabel Coixet (“Cosas que nunca te dije”, “La vida secreta de las palabras”, “Mi vida sin mí”, “Map of the sounds of Tokio”) …

Mujeres que lucharon por abrirse un camino en un mundo dominado por los hombres, mujeres en busca de una autenticidad emocional y afectiva, mujeres que intentaron encontrar elementos de reflexión con el otro sexo o con el propio. En cualquier caso muchos filmes nos invitan a hacer este tipo de consideraciones. Hay una visión intransferiblemente femenina, una manera de pensar y de sentir, una indagación sobre unos rasgos de identidad específicos. Tanto en el drama como en la comedia, en la crítica social de las condiciones de vida de las mujeres en un mundo dominado por los hombres como cuando se trata de mostrar las cosas con voluntad documental, podemos encontrar la visión propia de la feminidad.

Mr. Arriflex

 

Si alguna vez ha pensado usted cómo será la vida cotidiana de los seres humanos durante el próximo siglo –una vida, por cierto, totalmente diferente a la actual gracias al tremendo avance de la tecnología– no crea que es el único que ha reflexionado sobre ello. Hace más de 100 años, varios artistas franceses trataron de hacer lo mismo.

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En aquella época, uno de los más influyentes escritores de ciencia ficción de todos los tiempos ya ocupaba su mente imaginando todas las posibilidades que ofrecía una sociedad en la que ya empezaban a vislumbrarse los asombrosos logros de la ciencia. Ese escritor se llamaba Jules Verne, cuya obra –llamada “Viajes Extraordinarios”– está compuesta por 55 novelas, entre ellas dos de las más conocidas: “20.000 leguas de viaje submarino” y “La vuelta al mundo en 80 Días”. Incluso llegó a escribir un relato en el que imaginaba cómo sería la vida en un futuro milenio, titulado “En el año 2889″.

Las historias de Verne eran muy populares entre los franceses, y su imaginación se destapaba con las infinitas posibilidades del futuro .

A partir de 1899, un artista llamado Jean-Marc Côté –junto a otros menos conocidos– fueron contratados por varios fabricante de juguetes y cigarrillos para crear una serie de tarjetas postales con dibujos futuristas. Las imágenes pretendían describir cómo sería la vida en Francia durante el próximo siglo; sin duda, todos ellos estaban muy influidos por los escritos de Verne. Lamentablemente, estas postales nunca llegaron a ser distribuidas. No obstante, la única serie conocida de estas tarjetas fue descubierta por Isaac Asimov que, en 1986, escribió un libro titulado “Futuredays” en el que incluyó las ilustraciones.

Lo más sorprendente de esta colección es lo mucho que –en la mayoría de los casos– se aproximaron estos artistas franceses en sus predicciones sobre lo que sería el siglo XX.

Para empezar, tomaron muy en cuenta los avances tecnológicos que se hicieron en el campo del electromagnetismo y la comunicación inalámbrica que condujo a la invención del teléfono y la radio durante las últimas décadas del siglo 19. Para los artistas, estas tecnologías debíerían desempeñar un papel muy importante en el futuro, así que imaginaron una máquina que podía transcribir el lenguaje hablado a la escritura, algo que hacen posible hoy día los numerosos servicios de transcripción de audio automatizados como “Dragon Dictate” o el reconocimiento de voz con “Google Search”:

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Otra postal muestra imaginarias videollamadas –realizadas mediante un proyector– parecidas a las que actualmente nos permite la tecnología desarrollada de Apple FaceTime, Google Hangout, o cualquier otro software estándar para conferencias de vídeo:

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Se esperaban también otros tipos de avances en la proyección, que permitirían que las imágenes de instrumentos como los microscopios y telescopios fueran mucho más visibles. Si bien se han desarrollado tecnologías de proyección como estos, hoy en día son los instrumentos digitales y monitores los caballos de batalla para la microscopía:

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A la luz de la revolución industrial, que se inició en Francia en la primera mitad del siglo 19, la automatización estaba plagada de posibilidades. Entre la colección, aparecen muchas ilustraciones de ‘autómatas personales’ o robots, como los llamamos ahora. Es evidente que los artistas intuían que serían muy importante en el futuro, sobre todo para realizar muchas de las tareas mecánicas utilizadas en la vida cotidiana, como por ejemplo los barberos-robot:

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dosmillones

En uno de los primeros artículos publicados en este blog,  titulado “Cultura e Internet”, recordaba yo la lectura de la novela “La voz de los muertos”, escrita por Orson Scott Card, y cómo encontré en sus páginas a uno de los personajes de ficción más sugerentes que he conocido. Se trataba de Jane, una especie de hada madrina de Ender, el protagonista, en forma de inteligencia artificial con vida propia que se comunicaba a través de la red de ansible –un término utilizado en la literatura de ciencia-ficción para describir un hipotético dispositivo de comunicación más rápida que la luz– que surcaba las galaxias. Me pareció la imagen más hermosa del computador con vida propia, y naturalmente, no era la vieja historia de la máquina que se rebela contra su creador, el hombre, sino del ser vivo que surge del artificio, en este caso la red de comunicaciones.

Cuando Card escribió la novela, Internet era un sueño que acababa de comenzar, pero el escritor tuvo visión de futuro, como buen autor de ciencia-ficción, y ya imaginó un ser que surgía de las ondas hertzianas que envuelven nuestro planeta. La red, como gustan llamarla algunos –porque suena más latino y menos comercial, y, ¿por qué no?, más sugerente–, tiene también, en cierto modo, vida propia, pero una vida que dirigen los cientos de millones de personas que se conectan a ella desde cualquier punto del globo.

En la  actualidad,  Internet es ya un hecho cotidiano e imparable y los blogs –que constituyen una parte muy importante de la web– son un amplísimo foro público para todos aquellos que aman la cultura y que, con mayor o menor acierto, van dejando caer sus letras con la esperanza no sólo de que alguien las lea sino de que las cuestione, las aprecie y las adopte como propias. Es decir, con la esperanza de generar un proceso comunicativo directo emisor-receptor, que tome el texto como pretexto para elaborar disquisiciones de variopinto tono y, frecuentemente, ajenas a las letras que las generan.

Contamos, pues, con un canal, con los integrantes –-activos y pasivos-– del mismo y con una serie de mensajes a los que, de momento, seguiremos suponiendo interesantes. Y utilizo el verbo suponer en la creencia de que es esa la intención última de quienes crean una bitácora. Al menos esa fue la mía cuando inauguré, ‘empujado’ en cierta medida por mi hermano, este blog al que han acudido generosamente tantos y tan buenos visitantes.  Nunca imaginé que “El Faro del Fin del Mundo” llegaría a alcanzar tanta difusión y tan sorprendente acogida por parte de los lectores. A todos ellos, sin excepción, quiero darles mis más sinceras gracias y enviarles, desde Chile, un fuerte y entrañable abrazo.

Luis Irles

El talento literario de la escritora británica, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2007, sigue maravillando a infinidad de lectores y críticos de todo el mundo. Su muerte, el 17 de noviembre del pasado año, marcó el final de una de las carreras literarias más exitosas y polifacéticas del siglo 20. La editorial canadiense Coffin Press, acaba de reeditar “A Proper Marriage” (Un casamiento convencional), una de sus más renombradas obras.

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Con bastante frecuencia, resulta difícil para un escritor dar título a sus obras porque el título es una puerta de entrada, un camino para llegar hasta el fondo de la lectura o lecturas del texto. En esta novela el título nos marca a través de su redundancia (un casamiento es algo en si mismo convencional sin necesidad del adjetivo). Un sendero muy claro aunque sólo aparentemente, puesto que esta novela tiene muchas lecturas, tantas como estratos, representados por personajes, encontramos en sus páginas.

La primera lectura posible es la que hacemos sin salirnos del camino trazado por el título. La novela, entonces, nos habla de una joven, Marta, que de la noche a la mañana se encuentra casada con Douglas y formando parte de una sociedad cerrada y rutinaria, la de los blancos rhodesianos, con sus fiestas, sus ritos y su aburrimiento. Un embarazo primero rechazado y después aceptado que acabará con el nacimiento de una niña, la guerra como motivo desestabilizador de la calma colonial y el desmoronamiento del matrimonio es todo cuanto nos ofrece esta primera lectura.

Pero esto es sólo la apariencia, el espejo. Hay que saltar a través del espejo y como Alicia sumergirnos en lo que hay tras él y así llegaremos a aprehender todo lo que Doris Lessing nos quiso hacer ver en las páginas de su novela que no es otra cosa que un análisis de la libertad, de la libertad de una mujer. La libertad de Marta está contrastada con la libertad de los negros de manera que la Rhodesia de los años cuarenta se convierte en un símbolo del mundo.

La colonización del negro encerrado en un gheto es la colonización de la mujer encerrada en su casa. Marta Ouest es “un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”: la insatisfacción de la mujer casada que no entiende la vida de aburrimiento y total convención de los seres que la rodean, la terrible monotonía de lo irremediable, la sucesión de rumores, noviazgos, casamientos, que son asi porque así tienen que ser.

Marta Ouest se convierte en un espíritu lúcido cuando descubre, muy al principio de su matrimonio, que su cuerpo ya no le pertenece, que ella que es un ser que piensa, habla y siente como cualquier otro ya no tiene libertad para pensar y ser sentir, que ya no posee la envoltura de sus pensamientos que es el cuerpo. Este descubrimiento se hace más profundo y se convierte en una certeza que duele mucho más cuando descubre su no querido embarazo. Marta Ouest se siente manipulada, herida y dosificada al máximo y nos lo cuenta para que tomemos conciencia de la superestructura que ahoga a miles de mujeres y les impide ser una para ser una más.

Pero esto, con ser mucho, no lo es todo. La novela analiza también, o mejor, esboza los problemas de la militancia izquierdista en un contexto conservador y maniqueo como fue la sociedad colonial rhodesiana. Nos habla de problemas de conciencia y de problemas de actuación personal que afectan a Marta en tres aspectos: como mujer, como casada y como militante.

Doris Lessing profundiza mucho más este aspecto en su novela “El cuaderno dorado” en la que encontramos mucho desaliento ante la posibilidad de cambiar la sociedad y también encontramos mucha lucidez. “Un casamiento convencional” es una novela que tenemos que leer sobre todo si amamos la libertad y nos empeñamos cada día en ser contra y todo lo que se empeña en que no seamos.

Nacimiento de Jesús. Federico Barocci, 1597  -  Museo del Prado. Madrid

Nacimiento de Jesús.
Federico Barocci, 1597 – Museo del Prado. Madrid

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se haya entre las cosas,
-CLAUDIO GUILLÉN

*

Del Mesías predice el nacimiento
en Belén de Judá, la profecía,
que a su pueblo, Israel, libertaría
de todo el opresivo sufrimiento.

En el tiempo gozo del adviento,
latiendo en su regazo la armonía,
alumbra la Suprema Melodía
la carne de la Virgen sin lamento

De la más regia estirpe la fortuna
de dar al nuevo Sol la realeza
de las tribus que engarce, cual orfebre;

mas el Hijo de Dios quiere por cuna
el calor animal de la pobreza
reclinado en la paja de un pesebre.

Francisco González

El Café de l'Òpera

El Café de l’Òpera

Anoche, conversando con mi hermano, evocamos la época vivida en Barcelona. Recuerdos imborrables de unos años repletos de sueños e ilusiones… Hablamos de amigos, ciudades, personajes. Él no se acordaba muy bien de un lugar que a veces nos gustaba frecuentar: un café bohemio en plena Rambla. Un café propicio para las tertulias, especialmente atractivas para él, que tanto ama la literatura. Yo le mencioné el nombre de ese emblemático local, un local que sigue manteniendo su encanto y su sabor. Me pidió entonces que escribiera algo sobre ese Café bohemio, cosa en realidad imposible. Imposible en dos sentidos: por un lado porque en el fondo se trata de algo así como de que trace la biografía de un mito. Y un mito es imposible de biografiar, de racionalizar. Se me dirá que el Café de la Ópera, –o Café de l’Òpera, que es su nombre en catalán– es un mito grande en una ciudad grande, pero, guste o no, la existencia del mito pervive. Y dada la existencia del mito, yo en todo caso tendría que hacer como Levi-Strauss cuando analizó hace años las extrañas y variadas mitologías que se han ido creando a lo largo del tiempo: o sea, utilizar el pensamiento salvaje. Es decir, un pensamiento sin rodeos, en caos, en fuga, en irracionalidad, en alucinación, en el lenguaje imposible del goce y del dolor. En una palabra , el orden del caos de la noche, porque en cierto modo el pensamiento salvaje está unido al pensamiento de la noche, y en la noche se cruzan todos los caminos.

¿Cómo biografiar entonces a un mito sino a través de los desplazamientos de un sueños sin fin, un sueño que nos ha mantenido despiertos durante más de 30 años?

Por supuesto que hay otra manera de analizarlos: reduciéndolos a su esqueleto. Eso fue lo que hizo por ejemplo Borges al estudiar en profundidad nuestro mito occidental por excelencia. O sea, la guerra de Troya. Borges se reía: ¿Cómo es posible que tanta muerte y tantos años de lucha se produjeran sólo porque una muchacha ‘fácil’ llamada Helena se hubiera ido de casa con un niñato rubio y además ambiguo llamado Paris? ¿Cómo la historia de aquella ramera se había convertido en nuestro mito? Obviamente porque la cantó la Musa, y ya se sabe lo que son las Musas cuando se ponen a cantar. Casi como las sirenas de Ulises: cantan para atraerte y despedazarte.

Pero el Mito de el Café de la Ópera no lo creó el canto de las musas o de las sirenas. El mito de el Café de la Ópera lo creó sencillamente eso: la realidad ilusoria de que el tiempo no te atrapa sino, al contrario, que eras tú quién podías atrapar al tiempo, mientras el tiempo se bebía otro whisky, con poco hielo, por favor.

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Otro de mis autores favoritos, Robert Graves, también descarnó el mito de Troya, entre bromas y veras, en un delicioso librito donde se nos dejaba intuir otra verdad más dura: en realidad tantos muertos y tantas batallas no se produjeron por Helena, sino por la necesidad de controlar el comercio del Mar Negro.

¿Se destruye así el mito? En absoluto. Íbamos al Café de la Ópera, ese pacífico campo de batalla, para restablecernos de las heridas del trabajo o del estudio diario, de nuestras vidas sin demasiado sentido, y encontrarnos aquí, donde nos hacíamos la ilusión de que podíamos establecer otro mundo, otro lugar donde nosotros fuéramos realmente dueños de nuestras vidas y nuestros destinos. A ese otro mundo lo llamábamos conversar.

Porque en el Café de la Ópera se podía atrapar el tiempo, la otra atracción auténtica de este lugar fue convertirse en el espacio de la palabra. O del silencio. Obviamente, sin conversación, sin palabras no hay tertulia posible. La palabra nocturna crea el espacio vivo de la magia real. Los sueños se van abriendo paso poco a poco. El mundo de la literatura está lleno de tertulias famosas. Pero esas tertulias eran restringidas, círculos de iniciados, la palabra se sostenía en labios de unos pocos.

En el Ópera la palabra se fue haciendo poco a poco algo real. Igual que las soledades y las compañías femeninas. Igual que los gestos, las imágenes, los sitios en que cada uno se sentaba o se acodaba en la barra.

El tiempo se detenía, la palabra se hacía palpable, los cuerpos y los gestos se reconocían… Nos reconocíamos tanto que inevitablemente algo tenía que surgir de aquel “otro trabajo” de palabras y de ideas. Hasta en el exilio, decía Brecht, hay que saber regar el pequeño árbol del jardín. ¿Florecerá el árbol?, se preguntaba Brecht. No importaba. Lo importante era el empeño. Y en este exilio interior que habíamos elegido (casi paralelo al exilio cada vez menos exterior de muchos) comenzaron a surgir cosas.

Un tipo de cosas que suponía una especie de reinauguración de la vida, y que era la que arrastraban los mayores, los que venían lamiéndonos las heridas de la lucha por la democracia. Nos habíamos quedado en hueco, como un vacío por dentro, como unos ojos que, al modo de la obra de Duchamp, sólo veían a través de la cerradura; o, al modo de las esculturas de Calder, láminas débiles y quietas que sin embargo se movían con cualquier soplo y hacia ninguna parte.

La soledad de lo colectivo, la orfandad de lo común y compartido, la necesidad de rellenar ese hueco, ese vacío, fue una de las primeras cosas que nos llevaron al Café de la Ópera o a El Cuatre Gats. Y así, casi sin darnos cuenta, fuimos adquiriendo unas curiosas señas de identidad. Por supuesto que era una manera especial de vivir el momento que se extendía por toda España, pero las señas d identidad del famoso Café de la Ópera se habían convertido ya en una especie de rito cotidiano. Y aunque poco a poco cada uno se fue acostumbrando de nuevo a la verdad indestructible de su propia soledad , el mito y el rito de ese local siguió existiendo, casi sin necesidad de nombrarlo.

Así pasaron varios años. Pero un día, cualquier día, apareció el alba y fue como si se desvaneciera el sueño y el tiempo no quisiera tomar ya tragos con nosotros y la palabra se hubiera convertido en susurro. La memoria y los sueños siempre mienten. Nuestra vida está hecha de la materia con la que se tejen los sueños, nos avisó Shakespeare como nadie. Muchos de mis sueños se han quedado impregnados en las paredes de el Café de la Ópera y en otros muchos lugares entrañables de Barcelona. Por eso he dejado hablar a mis sueños. De modo que hoy me reencuentro con ellos. Volver es un tango inolvidable. Y esta noche sé que he vuelto al Ópera… He vuelto durante unas horas a mi querida Barcelona.

L. Ximénez de Notal

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Es innegable que la Tierra está calentándose. Lo que hay que hacer ahora es trazar un límite. El número más importante en la Tierra es, casi con seguridad, el 450. Y casi con la misma seguridad puede decirse que no es una cifra que tenga mucho significado para la mayoría de los políticos. Al menos, no por ahora.

Cualquiera que no tenga una seria manía ideológica sabe ya, a estas alturas, que el calentamiento global es un problema cada vez más cercano. Incluso en Estados Unidos, por fin, empiezan a borrarse los efectos de 20 años de desinformación por parte del sector energético: los huracanes Katrina y Gore y el avanzado deshielo del Ártico disiparon la mayor parte de las dudas. Pero son muchos menos los que se hacen cargo de la auténtica magnitud del problema y de la velocidad a la que puede echársenos encima.

Para explicarlo brevemente: antes de la Revolución Industrial, la concentración atmosférica de dióxido de carbono era de casi 280 partes por millón. El CO2, por su estructura molecular, regula la cantidad de energía solar que se queda atrapada en el fino envoltorio de nuestra atmósfera. Marte, que tiene muy poco, es un planeta frío; Venus, que tiene mucho, es un infierno. Nosotros estábamos en el lugar ideal, que permitió que la civilización humana se desarrollase. Sin embargo, a medida que quemábamos carbón, gas y petróleo, el dióxido de carbono extra producido por esa combustión empezó a acumularse en la atmósfera. A finales de los 50, cuando empezó a medirse, tenía unas concentraciones atmosféricas ya superiores a las 315 partes por millón.Ahora, esa cifra es de 380 partes por millón, y crece cada vez con más rapidez: desde hace unos años, añadimos alrededor de 2 partes por millón anuales. Y, como era de prever, la temperatura ha empezado a aumentar.

240 Hace 20 años, cuando la opinión pública empezó a ser consciente del calentamiento global, nadie sabía exactamente cuánto dióxido de carbono era demasiado. Los primeros modelos climáticos elaborados por ordenador predijeron lo que podía ocurrir si se duplicaba el volumen de CO2 en la atmósfera, hasta 550 partes por millón. Pero en los últimos años, los especialistas se han mostrado inclinados a colocar el límite de peligro alrededor de las 450 partes por millón. Ése es el punto en el que el climatólogo más destacado de Estados Unidos, James Hansen, de la NASA, ha dicho que tenemos que detenernos si queremos evitar que la temperatura aumente más de dos grados Celsius. ¿Por qué es un número mágico el de dos grados? Porque, por lo que sabemos, ése es el punto en el que el deshielo de las capas de la Antártida y Groenlandia sería rápido e irrevocable. Sólo el hielo que cubre Groenlandia haría que el nivel del mar subiera unos siete metros, más que suficiente para cambiar la Tierra de forma casi irreconocible.

Hasta ahora, los esfuerzos diplomáticos para tomar medidas enérgicas sobre el cambio climático se han visto obstruidos por un par de factores. Uno, la intransigencia de varios países –entre ellos los Estados Unidos– donde el 5% de la población mundial produce la cuarta parte del dióxido de carbono del planeta. Incluso suponiendo que el próximo presidente se decida a emprender un nuevo rumbo, las negociaciones internacionales que entonces puedan reanudarse seguirán entorpecidas por falta de un objetivo real y comprensible. En el Tratado de Kioto era tan importante el proceso como el resultado, puesto que se trataba de empezar a construir la infraestructura para un sistema internacional de controles del carbono. Pero aún no se daban las condiciones para fijar un objetivo real, urgente y definitivo.

Ahora ya ha llegado el momento. En vez de vagas promesas, lo que necesitamos son cifras. Será muy difícil parar en el límite de 450 partes por millón; hará falta un cambio tecnológico y social a gran escala, con las inversiones de capital económico y político que implica una transformación de ese tipo.

Y aunque consigamos aunar la voluntad política, eso no resolverá el problema: la Tierra seguirá calentándose, con consecuencias muy graves, por no decir catastróficas. Ahora bien, sin un objetivo tan fácil de vigilar como la media del Dow Jones o el volumen del PIB, las posibilidades de progresar de manera clara y centrada son casi nulas. En el futuro será fácil identificar a los hombres y mujeres de Estado: serán los que lleven una pequeña insignia que diga “450” en la solapa. En cierto sentido, ése es quizá el único número que importa.

Bill McKibben

El profesor McKibben es autor del libro “Deep Economy” (Times Books, Nueva York).

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