Durante mi última visita al fascinante puerto de Hamburgo y, tras una típica y copiosa cena al más puro estilo alemán en el restaurante “Paulaner”, decidí dar una vuelta –junto a un grupo de amigos– por el mítico y marinero barrio de Sant Pauli, cercano al hotel donde nos alojábamos. Nos llamó la atención la gran cantidad de gente de todo tipo y edad que pululaba por sus calles, mezclados con grupos de turistas con su infaltable guía al frente. Decidimos seguir a uno de ellos –formado por italianos– a través de un estrecho callejón donde, inesperadamente, nos topamos con una placa conmemorativa en el lugar donde se encontraba el “Star Club”, el local donde comenzó a brillar el grupo musical más grande que ha dado la humanidad.

Mis amigos de Hamburgo
Cualquiera conoce a los Beatles, pero no todos saben que su carrera empezó en Hamburgo. En 1960, los chicos de Liverpool llegaron a la ciudad. Hoy, su paso por estos lares se recuerda con monumentos y un nuevo museo.
Era el 17 de agosto de 1960. Sobre un escenario de la norteña ciudad de Hamburgo tocaban cinco desconocidos músicos de Liverpool. Pete Best, George Harrison, John Lennon, Paul McCartney y Stuart Sutcliffe se hacían llamar por aquel entonces los “Silver Beatles” y nadie sospechaba aún que aquel día se estaba empezando a escribir un nuevo capítulo en la historia del pop y el rock.
En Hamburgo, los Beatles recaudaron sus primeros éxitos. Aquí nació su legendario e inconfundible “sonido”. “Hamburgo era uno de uno de esos sitios en los que las cosas transcurrían de un modo salvaje. La ciudad nos permitió desarrollar nuestro talento. En ella teníamos éxito”, dijo Peter Best, quien pronto fue sustituido en la batería por Ringo Starr.
“I don´t care too much for money”
El “Star-Club” les dio a los Beatles el “último empujón”. Mientras que en su ciudad de origen los Beatles apenas lograban contratos, Sant Pauli los integró desde el principio en su panorama nocturno. En este marinero barrio, marcado por las drogas, el sexo y la violencia, los de Liverpool recibían vítores y aplausos, los clubes hacían cola para verlos subidos a sus escenarios y el grupo tocaba una media de seis a ocho horas cada noche por un salario de 30 marcos. Las actuaciones eran duras: la cerveza, los bocadillos de Frikadellen (carne picada asada) y las pastillas las hacían más llevaderas.

“Vivíamos en el cine Bambi, cerca de los cuartos de baño. ¡Es cierto!”, recordaba Paul McCartney. También la comisaría de policía la frecuentaban con regularidad, acusados de alterar el orden público. Los Beatles dejaban en los bares un reguero de deudas tras de sí, se subían al escenario en ropa interior y gafas de buceo o armados con banderas británicas para recalcar su patriotismo. Los enfrentamientos con el público eran habituales.
“A shot of rhythm and blues”
Escuchando a los Beatles, los jóvenes alemanes se rebelaban contra la melosa música popular que les gustaba a sus padres. “Éramos artistas sobre los escenarios de los bares hamburgueses. ¡Tocábamos un rock fantástico!”, aseguraba John Lennon, y el arte de fascinar a las nuevas generaciones lo dominaban tan bien que Horst Fascher acabó contratándolos para que animasen las noches de su Star-Club. “¡Aquí recibieron el último empujón!”, cuenta Fascher.
En Hamburgo, los Beatles grabaron su primer disco y, con una versión de My Bonnie is over the ocean, escalaron hasta el quinto puesto de las listas de éxitos alemanas. El fin de año de 1962, los cinco británicos dieron el que debía ser su último concierto en el Star-Club: los Beatles estaban listos para comerse el mundo.
“Get back to where you once belonged”
En 2008, el alcalde de Hamburgo inauguró una escultura: Harrison, Lennon, McCartney y Starr eternizados en acero y, al fondo, Sutcliffe, el quinto Beatle que murió en 1962 en Hamburgo a consecuencia de un derrame cerebral. Alrededor del monumento: unas 70 canciones del grupo grabadas en el suelo.
Hamburgo está orgullosa de haber servido de pasarela a los Beatles. El pasado 29 de mayo, casi medio siglo después de su primera actuación sobre un escenario hamburgués y tras 10 meses de intenso trabajo, la ciudad inauguró una exposición permanente dedicada al cuarteto: allí donde todo empezó, en las calles de Sant Pauli, un viejo museo del erotismo se retira y brinda cinco plantas de espacio para el culto a la “Beatlemanía”.
Autor: Michael Marek/ Luna Bolívar
Editora: Claudia Herrera Pahl
Fuente: http://www.dw-world.de/dw/article/0,,4296259,00.html

El comandante Van Rauffenstein, como hemos dicho, vio ampliado y engrandecido su papel. Magistralmente interpretado por el propio Erich van Stroheim, este oficial alemán, aristócrata, militar por vocación, siente un hondo sentimiento de patriotismo, que lo impulsa a ofrecer lo mejor de sí mismo en beneficio de su país. Caballeroso, honesto, cumple con sus deberes y obligaciones, aunque le repugna el cariz que ha tomado la guerra, muy lejos de la caballerosidad que imperaba en otros tiempos entre la gente de armas. El capitán De Boeldieu –Pierre Fresnay– es también de familia aristocrática y, como Van Rauffenstein, también él es un militar de carrera. Distinguido y serio, mostrará su mejor faceta en las postrimerías de la historia. Maréchal –Jean Gabin–, mecánico de oficio, teniente ascendido por méritos de guerra, se siente siempre socialmente inferior a Boeldieu aunque su patriotismo sea igualmente profundo. Juntos iban en el avión que los alemanes derribaron, y juntos vivirán el cautiverio.
Renoir y Spaak, en un principio, tenían la intención de realizar un film que fuera un alegato a favor de la abolición de las clases sociales, mostrando el entendimiento y la comprensión entre los dos franceses. Eran los tiempos del Frente Popular… Sin embargo, en la película se encuentran estos dos personajes muy distanciados humanamente entre sí. Poco antes de separarse definitivamente, De Boeldieu ofrece un cigarrillo a Maréchal, que le responde:


Sin embargo, existen otros títulos no menos interesantes en su carrera literaria. Podríamos citar Un diario: 1919-1920, que fue escrito cuando Dalí tenía quince años, y en el que ya aparece el retrato de un artista adolescente con una clara voluntad creadora. En sus páginas se adivina a un gran lector, que habla de sus autores favoritos y deja ya muy claro su deseo por ser un gran escritor.
Y para finalizar esta breve antología literaria del que fuera uno de los indiscutibles genios del arte del siglo XX, quisiera citar también la que fue su única novela: Rostros ocultos, escrita en 1943 y en la que aborda las grandes pasiones humanas. Está protagonizada por un grupo de aristócratas que viven inmersos en el torbellino de la decadente sociedad europea de los años treinta, antesala del ascenso del fascismo y del estallido de la II Guerra Mundial.








Durante años se dijo que el Disney de los años veinte, el que precede al nacimiento de Mickey Mouse, era un autor de tono menor y, sin embargo, basta con liberarse del peso del ratón más famoso del mundo o de Blancanieves para encontrar el original espíritu de un autor capaz de explorar un lenguaje, el de los dibujos animados, equivocadamente considerado mucho tiempo un apéndice del cine «mayor», el de la ficción con actores. Los dibujos animados debían comentar los acontecimientos ciudadanos, ser la contrapartida animada de los noticiarios de producción local horneados por cualquier parte del país. Este es el punto de partida del trabajo de Disney y la realidad era inicialmente el punto de referencia y de confrontamiento, aunque ya hubiese volado al alto mundo de las fábulas. Y una realidad punzante, siempre con la presencia del poder, siempre ridiculizado y puesto en solfa: Disney no esconde la cabeza frente a la autoridad y sus héroes suelen ser los enemigos de la comunidad, aquellos a quienes no les gusta el trabajo, los soñadores, los haraganes…





Tan sólo una década más tarde, Miles Davis cambió la historia del jazz con un disco que ha pasado a la posteridad como su mejor obra y que, precisamente, ha sido reeditado hace muy poco tiempo para conmemorar así los cincuenta años transcurridos desde su grabación original: “Kind of Blue”. En esta impresionante obra, Miles contó con la colaboración de dos grandes saxofonistas: John Coltrane –un experimentador con tendencias barrocas– y Cannonball Adderley, un maestro del blues. Ante el piano se sentaba el admirable Bill Evans, un músico intelectual de la escuela europea que consiguió trasladar al jazz el espectro sonoro de algunos compositores impresionistas, tales como Maurice Ravel y Claude Debussy. No cabe duda que la aportación de estos músicos tan aparentemente dispares (que incluía además al baterista Jimmy Cobb y al contrabajista Paul Chambers) produjo uno de los discos de jazz más admirados de todos los tiempos.






















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