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Umberto Eco escribió hace ya algún tiempo en el diario español ABC acerca de la televisión, asegurando que ésta utiliza cada vez más el metalenguaje audiovisual para hacerse realidad en sí misma.
Si para los padres del estructuralismo el significante cumplía la función de nexo formal entre el significado de un emisor y su receptor, sin otro objetivo que el de ser mero vehículo y expresión de su intencionalidad, hoy podemos asistir a diario gracias al boom de los sistemas de comunicación a la importancia del -cómo- (significante) y el progresivo deterioro del -qué- (significado), desplazado a un rincón donde difícilmente sobrevive envuelto como un dulce dentro de un papel abrumador, convertido en objeto de estudio y observación por el que provocar la reacción del receptor.
No hay más remedio que volver a los oscuros intereses creados por los poderosos; y los poderosos no son los que administran o están en el poder político embalsamados en sus escaños, sino los que están detrás de ellos, escondidos en el anonimato de sus grandes negocios.
¿No es indicio para la humanidad civilizada el que los medios de comunicación occidentales estén cayendo en manos de mercaderes, producto de esta tendencia que tienen a concentrarlo todo alrededor suyo estos pro-hombres?
Mientras sigan bombardeando y cantando la individualidad del hombre y sus prodigios seguiremos mirándonos el ombligo, bien lo saben, no olvidemos que hasta los políticos presentan su campaña como un producto de mercado, capaces de enderezar con un trozo de tortilla los estómagos más desorientados. Y que la progresiva mecanización a la que estamos sometidos nos obliga a depender (extraña paradoja) no a unos de otros sino a todos de unos cuantos. Porque los receptores no dejamos de ser fáciles de contentar con cualquier juguetito siempre que esté envuelto en atractivo papel de celofán, dispuestos a fumar la pipa de la paz aunque con ella firmemos nuestro cáncer.
EL INFIERNO DE LA PRENSA
Rafael Cruz
Los americanos lo denominan Cult. Se trata de cierto fanatismo cinéfilo que mueve a los afectados por esta patología benigna, a ver una y otra vez determinadas películas sacralizadas.

Un espectador ansioso se sienta en la sala oscura y ve la película por decimoséptima vez. Para él es otra obra. Descubre nuevos giros y detalles que en un primer momento le habían podido pasar desapercibidos. Se llega a aprender los diálogos de memoria, con tan prodigiosa retención que luego será capaz de repetirlos en voz baja mientras los personajes prosiguen con sus textos.
Ese apasionado espectador al que sólo le calma la imagen en la pantalla, puede estar viendo Casablanca o Ciudadano Kane, con una devoción fetichista por la obra. Coleccionará los carteles, se hará con la música y esperará pacientemente que la película sea repuesta en algún cine de barrio, en la televisión, o en un cineclub.
Quizás esas sean las características del “culter”, aquel que necesita de estas imágenes-talismanes para creer que en ellas radica la posibilidad de todo. Una especie de iluminación mística que le sebrevendrá al término de cada función. Los norteamericanos acuñan el término cult cuando se refieren a películas como The Rocky Horror Picture Show, o The Night of the Living Deads, ambas de la denominada ’serie B’ que llevan bastantes años consecutivos en cartelera en cines de Los Angeles y Nueva York. Allí acude, casi como un rito, un público que sigue de memoria el argumento. Acúden una y otra vez sin cansarse de ver las mismas películas, que sin embargo son otras, gracias a la participación de tan ferviente público.
En nuestro país, el cult se manifiesta de un forma más equilibrada, casi como pequeños delirios personales con películas clásicas. Por supuesto, la televisión y el DVD no cuentan para el cult. Sentirse así frente a la pequeña pantalla, es casi ridículo para un ritual que requiere los 35 mm de film. La pantalla grande y la oscuridad de la sala son indispensables para saborear las proezas visuales de un Orson Welles, de unos Hermanos Marx o de un Wenders; éste último considerado por muchos como uno de los connotados del cult contemporáneo; junto al joven director francés J. J. Beiniex.
El culter espera la noche, se meterá en un cine y, después de la película, dormirá satisfecho esperando la siguiente sesión.
Julio Arriflex de Notal
Y ahora, señoras y señores, la(s) pregunta(s) del millón: ¿Porqué escribimos? ¿Para quién escribimos? ¿Y porqué lo hacemos en un blog, o weblog, o bitácora o como lo queramos llamar? Dejaremos aparte, de momento, el “cómo” lo hacemos. Se supone que en un principio nos mueve, únicamente, el deseo y la voluntad de hacerlo bien… o medianamente bien.
Un amigo mío, que también hace sus pinitos en la blogósfera, me dijo hace unos días que la voluntad de escribir o “colgar” los escritos en la Red, se ha terminado. Ya no es lo mismo, me aseguró. Ya no hay “feedback”. Bueno, yo he pensado eso mismo cincuenta veces en los últimos meses. Sin embargo he seguido -cuando las ganas y el tiempo me lo han permitido- “posteando” alguna cosita aquí y allá, como muchos de ustedes suelen hacer también. Y me he preguntado porqué… Se supone que tengo mis propias respuestas y -aunque este no es el momento de exponerlas- creo que van desde la más pura autocomplacencia a la búsqueda de una crítica constructiva, pasando por el deseo de que nos quieran y la necesidad de sabernos leídos. ¿Porqué entonces escribimos sin tomarnos en serio?, me pregunto. Ese es el quid de la cuestión.
Dicen que el escritor es el tipo que pone todo su empeño en hacer lo que no sabe hacer. Nadie le ha enseñado. Nunca sabe como terminará lo que escribe. Cuando empieza su segunda obra, ha de olvidar la primera y volver a sortear todas las dificultades de la segunda. El escritor no conoce su oficio. Una vez le dije a mi amigo Roberto que él sí era un escritor, y su respuesta fue más bien lacónica y pesimista: “Podría llegar a serlo si tuviera la seguridad de que voy a vivir cuarenta años más”. Desgraciadamente para él, para todos aquellos que lo queríamos y admirábamos -y para la propia literatura, por supuesto- no fue así. Se marchó de este perro mundo siendo todavía demasiado joven.
En fin, yo siempre he considerado escritores a Cervantes, a Shakespeare, a Neruda, a Joyce, a Kafka, a Camus, a Onetti o a Sábato, pero también respeto y tiene toda mi admiración la persona que ha escrito algo medianamente bueno, con esfuerzo, en soledad, y a quien le fastidia un poco exponerlo para que se lo lean, tal vez por miedo a una crítica no constructiva… Michael Butor decia: “Escribir una novela es escribir algo que nunca ha existido”. Un artista plástico, un arquitecto, cualquier profesional creativo, sabe qué es lo que quiere conseguir cuando comienza algo. Pero un escritor casi siempre trabaja más allá de sus límites. Porque le gusta saber que hay mas allá. Sin embargo consideramos el trabajo de escribir como algo inútil a veces. Aunque seamos capaces de meternos en la piel de otras gentes que inventamos para poder asi dar forma a nuestro discurso, sea este el que sea. Aunque seamos capaces de asumir la desdicha y la condición humana y saber que podemos expresarla en forma de relatos, novelas o poemas. Aunque sepamos describir la alegria, o la paz que da el amor, o la felicidad completa.
Y si tenemos a nuestra libre disposición esto que llamamos un blog, ¿porqué no lanzarlo a la infinita Web de la misma manera que lanza un náufrago su botella al océano? “Qué ilusión, oye, les ha gustado”, me digo a veces. Así que seguiré “subiendo post” de vez en cuando… ¡Y además, recuerden que es gratis!
En algunas ocasiones, yo he leído ciertos textos en blogs literarios que me han hecho pensar, reír, casi llorar, recordar, meditar, amar, ver la vida de otra manera, e incluso han logrado despertar en mí el deseo de seguir escribiendo (no todo al mismo tiempo, claro está) … Y mientras no pretendan que deje de fumar, seguiré leyéndolos.
Sean buenos… o al menos, cuídense.
Leer post en Sección POESÍA.
Dicen algunos que me volví loca la noche que lo maté. Admito que estaba nerviosa –terriblemente nerviosa–, ¿pero loca? ¿Cómo podría estarlo mientras planeaba tan minuciosamente la forma de librarme para siempre de ese insoportable resplandor?
Él nunca se portó del todo mal conmigo, y casi nunca me fue infiel a pesar de haber sido marino durante más de quince años. Pero fumaba como un camionero, y ese odioso vicio suyo me condujo a este arrebato. Desde las primeras horas de la mañana hasta que anochecía, un cigarrillo colgaba de sus labios. Una colilla omnipresente que emitía con más fuerza sus brillantes destellos de color rojo dorado cada vez que él respiraba. Fue ese resplandor, esa exasperante y siempre viva candescencia, lo que me hizo perder la cabeza y selló su destino.
Lo planeé bien. Organicé un viaje a una ciudad turística cercana, diciéndole lo mucho que me ilusionaba pasar un fin de semana a solas con él. Yo había alquilado previamente una habitación en el octavo piso de un hotel para no fumadores. Cuando llegamos reaccionó exactamente como yo esperaba. Molesto por el lugar que había elegido, se apresuró a abrir la ventana desde la que se podía ver el mar, inclinándose hacia fuera mientras encendía el último cigarrillo de su vida.
El final llegó fácilmente: un ligero empujón, y la ley de la gravedad hizo el resto.
Las autoridades se mostraron comprensivas cuando yo, bañada en lágrimas, les hablé de la fatal adicción de mi marido. Todo debería haber terminado allí sino llega a ser por aquel maldito cigarrillo. Todavía prendido entre sus labios, la colilla brillaba y seguía despidiendo volutas de humo contra el cielo nocturno. La policía no pareció darse cuenta, pero entonces la ceniza creció y el extremo del pitillo se hizo más luminoso. Cuando vi salir el humo de su boca ensangrentada, perdí los estribos.
“¡No!”, grité como una loca, arrancándole el cigarrillo de los labios. “¡Te he matado una vez, y con una es suficiente!”
La brasa se iba extinguiendo lentamente, mientras un agente colocaba las esposas en mis muñecas.
J. Irles





























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