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Sherlock Holmes es, sin lugar a dudas, uno de los personajes literarios más fascinantes de la literatura moderna. Creado en 1891 por Sir Arthur Conan Doyle, protagonista de cuatro novelas largas y de cincuenta y seis historias breves, Holmes no tardó en escapar de las manos de su autor para caer en las zarpas codiciosas de una serie interminable de imitadores que han venido prolongando sus aventuras hasta nuestros días. Las miles de publicaciones sobre sus apócrifas hazañas, provocadas por el éxito de sus famosas deducciones y el clima de misterio que las envolvía, es probable que se debieran, también, a los muchos cabos sin atar que Doyle dejó sobre la contradictoria personalidad de su detective. Continuar satisfaciendo a los lectores con nuevos y alambicados “casos” y tratar de explicar las razones de su misoginia, su tendencia a la drogadicción, sus ataques de indolencia o su petulante arrogancia, debió considerarse un excelente pretexto para ganar dinero sin hacer mucho caso a los escrúpulos.
Sea como fuere, el caso es que la fama de Holmes continúa resultando un caso bastante insólito dentro, incluso, del género de la novela policiaca. Grandes especialistas en resolver crímenes y misterios como Hércules Poirot, la señorita Marple o Charlie Chan no consiguieron jamás sobrevivir a sus creadores o pudieron dar lugar a una asociación similar a The Baker Street Irregulars, destinada a divulgar y analizar la figura de este héroe velando, además, por la pureza de sus obras canónicas. Tampoco ninguno de sus colegas de cachimba y lupa consiguió que estudiosos como Ronald Knox les dedicasen una biografía en varios volúmenes como si de un hombre de carne y hueso se tratase. La conocida casa museo de Holmes en una céntrica arteria londinense, en resumidas cuentas, no es sino un escaparate más de un mundo inconcebible de imaginaciones que ha venido censándose puntualmente en la World Biliography of Sherlock Holmes and Doctor Watson.
Hace tan sólo unas semanas, quien esto escribe ha vuelto a ser víctima de la fascinación que despierta el viejo Holmes al entrar en una librería y dar con dos sugerentes volúmenes que, bajo el título de Las hazañas de Sherlock Holmes firmaban, nada más y nada menos, que Adrian Conan Doyle –el hijo pequeño del creador de la saga– y John Dickson Carr, el célebre autor de novelas policiacas especialista en plantear y resolver el consabido problemade “la habitación cerrada por dentro”, artífice, asimismo, de la única biografía autorizada de Sir Arthur.
Se trata de una docena de relatos breves, editados por “Valdemar” (2002) –seis en cada pequeño tomo– que aparecieron por vez primera en 1953 y constituyen, según la crítica, una de las secuelas más decorosas y cuidadas de las aventuras originales. ¿Cómo resistirse a su compra estando el mullido sillón aguardando tardes de misterio lejos del televisor? Aunque un segunda lectura de El perro de los Baskerville me convenció de que las obras que integran el canon de Holmes no revelan, a la manera de los clásicos, nuevas interpretaciones y que ceñirse estrictamente al código, como aseguran hacer ambos autores, no garantiza emociones inéditas, ¿quién se niega a la posibilidad de volver a experimentar las agradables sensaciones que nos produjo una lectura de adolescencia? ¿No estamos, acaso, en época de prodigios y milagros?
The Reading Machine
El gran actor francés Pierre Clementi hubiera cumplido 66 años este 28 de septiembre, pero desgraciadamente murió en París, a los 57 años de edad, víctima de un cáncer de hígado cuando únicamente faltaban tres días para finalizar el siglo XX. Clementi estudió arte dramático en el Théâtre National Populaire de su ciudad natal y, después de trabajar en toda una serie de empleos que no tenían nada que ver con el teatro (telegrafista, cartero), debuta en la escena. Su primera aparición en el cine es en el film de Yves Allégret Carta fatídica (Chien de Pique, 1960), una especie de extraño western, actuando junto al inolvidable Eddie Constantine. Su rostro atormentado llamará la atención de Luchino Visconti. Pero su lanzamiento definitivo viene a finales de los años 60. El actor empalma varios importantes films, trabajando a las órdenes de Costa-Gavras (Sobra un hombre, 1966), Luis Buñuel (Belle de jour, 1966, y La vía láctea, 1969), Michel Deville (Senjamin, 1967), Bernardo Bertolucci (Partner, 1968 e Il conformista, 1970), Pasolini (Porcile, 1969), Liliana Cavani (Los caníbales, 1970) y Glauber Rocha (Cabezas cortadas, 1970).
Pierre Clementi fue un actor versátil y exquisito, habitual en los repartos de las mejores producciones europeas de los 60. La ambigüedad de sus maneras y el tormento que inspira el gesto del joven Clementi atraen la atención no sólo de Luchino Visconti, sino de de los más grandes cineastas del momento. El mismo Visconti le reclama para dar vida al personaje de Francesco Paolo de El gatopardo (1962). Tras una colaboración con Pierre Grimblat en la comedia La chica de los cien millones -en la que trabajó junto a la siempre estimulante Marie Laforet-, el actor interviene en dos obras maestras, ambas fechadas en 1966. La primera, Sobra un hombre, es una impresionante aportación del griego Costa-Gavras a un género tan francés como el de la Resistencia; la segunda, la última gran película de don Luis Buñuel: Bella de día. La excelente creación que Clementi hace de Marcel -rubricada con una de las muertes más románticas vistas en la pantalla-, en la adaptación que realiza el genial aragonés de la novela de Joseph Kessel, es tan aplaudida por crítica y público como se merece.
Ya convertido en una luminaria del cine europeo, Michel Deville le incluye en el reparto de Benjamin (1967). Fue aquélla una cinta llamada a causar cierto escándalo a la vista de su argumento, donde se refería la iniciación en los más variados placeres venéreos de un joven. Pero su gran papel habría de ser los dos Jacob de Partner (1968), de Bernardo Bertolucci. Tras una nueva colaboración con Buñuel en La vía láctea (1969), ese mismo año Pier Paolo Pasolini le incluye en el reparto de Porcile y Liliana Cavani en el de Los caníbales. Cabezas cortadas (1970), del brasileño Glauber Rocha, es el último de los grandes títulos de aquellos años que incluyen a Pierre Clementi en su plantel de actores.
Detenido en Italia en 1971 por consumo de drogas, será liberado por falta de pruebas tras pasar 17 meses en prisión. La salida de la cárcel marca el comienzo de su ocaso. En el final de su filmografía se suceden las obras menores. Tal es el caso de Historia de Eva (1978), coproducción italo-franco-española. Indiscutiblemente, tienen mucho más interés sus experiencias como realizador experimental en títulos como Genérique (1975).
Pierre Clementi, uno de los grandes actores del cine europeo de los 60, además de trabajar con los mejores cineastas de la época, compartió reparto con actrices y actores de la talla de Catherine Deneuve, Burt Lancaster, Michel Piccoli, Alain Delon, Klaus Kinski..
Su imagen siempre estará asociada a un cine de los 60 claramente inconformista, tanto temática como estéticamente. Su rostro respondía perfectamente a esos parámetros.
Mr. Arriflex
Sede de nuestro Taller de Blogs Literarios
El «Taller Popular de Creación de Blogs Literarios Vanguardistas 800 Pixels e Mezzo», con sede en Vladasti (Transilvania), necesita cubrir una plaza de profesor adjunto -preferiblemente doctorado- para impartir clases a tiempo parcial en los Departamentos de Lingüística Computacional Avanzada, Estructura Narrativa en Bloques Homogéneos, Creación de Tipometrías Orientales, Epanalepsis Poéticas Blogerianas e Historia Comparada de la Literatura HTML Contemporánea.
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«Taller Popular de Creación de Blogs Literarios Vanguardistas 800 px. y ½».
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No somos un Taller Blogístico Literario cualquiera, por eso estamos buscando al mejor.
Hemos creído oportuno publicar por separado este magnífico texto de Tony Tarazona, autor del post sobre la Polinesia que figura más abajo, porque consideramos que viene a complementar un aspecto muy importante del mismo: la entrañable y lúcida reflexión que él hace sobre una de las fotografías con la que ilustramos dicho artículo. Tony escribe con sinceridad, profundidad y ternura sobre los sentimientos que despertaron en él la imagen de la madre que sostiene a su bebé en brazos. El texto que plasma sobre esta mujer y su bebé es verdaderamente conmovedor, y sobre todo, revelador de su capacidad para captar el sentido de las cosas. Un instinto fuera de lo común, y una curiosidad por todo, especialmente por el ser humano. Hacia él, y hacia la naturaleza, van dirigidas sus letras y a través de ellas sus sentimientos más hondos.
(Luis Irles)
Mediante un documento titulado “Declaración de Duda Razonable”, un grupo de actores británicos cuestiona la autoría de las obras que llevan la firma del dramaturgo. El comunicado, avalado por 300 firmas, sugiere que ese nombre pudo ser el seudónimo de otro escritor.
Con un documento titulado “Declaración de Duda Razonable”, un grupo de actores británicos decidió reabrir el debate sobre quién escribió realmente las obras de William Shakespeare. La iniciativa fue lanzada este fin de semana en el Reino Unido por algunos de los más reputados intérpretes “shakesperianos”.La declaración cuestiona que William Shakespeare, un plebeyo del siglo XVI criado en un hogar analfabeto de Stratford-upon-Avon, escribiera las geniales obras que llevan su nombre. La propuesta es encabezada por los actores Derek Jacobi, que encarnó a personajes del famoso dramaturgo como Hamlet, y Mark Rylance, ex director artístico del Globe Theatre, la conocida réplica del teatro original de Shakespeare en Londres. Promovido por la llamada “Coalición de la Autoría de Shakespeare” y avalado por casi 300 firmas, el comunicado argumenta que un hombre que apenas sabía leer y escribir no pudo poseer los rigurosos conocimientos legales, históricos y matemáticos que salpican las tragedias, comedias y sonetos atribuidos a la pluma del bardo.”Los eruditos han hallado pocos nexos, la mayoría dudosos, entre la vida del supuesto autor y las obras”, señala la declaración, al explicar que los libros ofrecen gran familiaridad con la vida de las clases altas e incluyen “detalles oscuros” sobre países como Italia.Los signatarios, entre los que figuran más de treinta académicos, también esgrimen que no existen pruebas de que el aldeano de Stratford-upon-Avon recibiera una contrapartida económica por escribir algunos de los libros más famosos de la literatura universal Además, la Coalición subraya que el testamento de Shakespeare, en el que el literato legaba a su esposa su “segunda mejor cama con los muebles”, no menciona libro, obra teatral o poema alguno ni incluye tampoco frases “shakesperianas”.
Desde el siglo XVIII, no faltaron teorías que defienden la idea de que William Shakespeare no fue más que un seudónimo. Con el tiempo surgieron sospechas de que detrás de ese alias pudieron esconderse el dramaturgo Christopher Marlowe (1564-1593), el filósofo y hombre de letras Francis Bacon (1561-1626) o Edward de Vere (1550-1604), decimoséptimo conde de Oxford.
“Suscribo la teoría de la Coalición”, dijo Jacobi, al inclinarse por Edward de Vere como su “candidato” preferido, dadas las supuestas similitudes entre la biografía del conde y numerosos hechos relatados en los libros del bardo. “Creo que el que más luz arroja al enigma es posiblemente de Vere, pues pienso que un autor escribe sobre sus propias experiencias, su propia vida y su propia personalidad”, comentó el actor.
Jacobi y Rylance entregaron una copia de la declaración al profesor William Leahy, responsable del departamento de Inglés en la Universidad Brunel de Londres y director del primer programa de estudios dedicado a la autoría de Shakespeare, que empieza este mes.
Para Leahy, el debate resulta “legítimo”, pues el problema encierra un “misterio en su origen y la discusión intelectual nos acercará a ese origen”. “Eso no quiere decir -agregó el profesor- que vayamos a hallar una respuesta a todo. Naturalmente, ésa es la cuestión”.
Fuente: EFE – Clarín.com
Tras el éxito de crítica y taquilla de Match Point y Scoop, Woody Allen presentó recientemente su última película, Cassandra’s Dream, en el Festival Internacional de Cine de Toronto. El film está protagonizado por Colin Farrell, Hayley Atwell y Ewan McGregor. Además confirmó que ha aceptado la propuesta de Plácido Domingo para dirigir una ópera en Los Ángeles el próximo año.
El trabajo filmográfico de Allen le ha hecho merecedor de numerosos premios. Ha sido nominado al Oscar en 20 ocasiones, y ha ganado tres de ellas, además de nueve Globos de Oro, diez premios BAFTA, un Oso de Plata en Berlín (a toda su carrera), un premio FIPRESCI en Cannes, tres premios César a la Mejor Película Extranjera, etcétera.
Conozco a un escritor cinéfilo que no vacila en afirmar que Woody Allen es tan importante como William Shakespeare. Esta persona asegura que, si el autor de Hamlet se las arregló para definir y seguir definiendo el espíritu humano -sus pasiones, locuras y gozos epifánicos- bajo la transparente máscara de príncipes alucinados y duendes traviesos, entonces el autor de Annie Hall hace lo mismo y lo propio con neoyorquinos neuróticos y tartamudeantes. Suena exagerado, puede ser, quién sabe… Podemos volver a conversarlo en unos cuatrocientos años.
En cualquier caso, los extremos siempre acaban tocándose: uno y otro pintan el escenario de su aldea global y han conseguido lo que pocos, la lograda creación de estereotipos originales, de personales lugares comunes y de complejos hombres símbolo sin los cuales nos resultaría todavía un poco más difícil comprender a ese tipo que todas las mañanas nos mira desde el espejo y nos pregunta ¿ser o no ser?; ese tipo que nos explica que no es que a él le dé miedo la muerte, sólo que no quiere estar allí cuando ésta suceda.
Freud, Churchill, James Dean, los Beatles… Woody Allen no desentona en semejante compañía. Woody Allen no sólo es famoso en un mundo donde cada vez es más fácil ser famoso: Woody Allen es, además, carne de póster. Lo que no es tan sencillo de conseguir. Woody Allen es uno de los rostros clave a la hora de perseguir, alcanzar y acorralar el sigloXX, cuyos últimos latidos, cada vez más espaciados y lejanos, todavía podemos oír desde el XXI. Pensaba en eso mientras volvía a ver casi sin darme cuenta -no era la idea, estaba haciendo zapping y de golpe, allí estaba ese tipo en blanco y negro, al amanecer, junto a un puente- una película titulada Manhattan. La ciudad no es la misma -ahora le faltan dos altas torres- pero la película sí, y no pude evitar sentir esa extraña sensación que produce la súbita conciencia del tiempo transcurrido casi sin que nos demos cuenta.
La primer vez que vi Manhattan supe que me encontraba ante un film clásico. Woody Allen -Isaac Davis en la película- era un antihéroe más héroe que anti, a la vez que una opción atendible para todos aquellos que nunca serían Indiana Jones. Woody Allen era “feo”, pero lo mismo se las arreglaba para “volverlas locas”, sin que eso significara que Woody Allen no fuera amo y señor de una épica mucho más posible, verosímil… De nuevo contemplaba otra vez el horizonte de Manhattan como se contempla un inequívoco clásico certificado, y pensé que “cuando yo fuera grande”, me gustaría ser un poco como Woody Allen. Es decir, uno jamás llega a tener la edad de los genios, por más que las cuentas nos den el mismo resultado y la espalda nos duela exactamente en el mismo sitio. Y si bien no me atrevo del todo a poner a Woody Allen a la misma altura de William Shakespeare, sí está claro que los dos cumplen a la perfección el mismo objetivo: entretener con inteligencia o -mejor todavía- entretener con la inteligencia. Así como nosotros hemos crecido con Shakespeare, Woody Allen ha crecido con nosotros.
Mr. Arriflex
Una historia mitológica de la paella
Se cuenta que Zeus solicito a Poseidón que lo alimentara con los frutos de su reino marino. Abrumado por la responsabilidad que representaba alimentar a Zeus, se acerco a Demeter en busca de algún producto con que mezclar el condumio de modo de satisfacer el pedido de Zeus. Demeter le dio a Poseidón un saquito de blancos granos traídos desde lejos, allende Mesopotámia y le dijo:
“Toma estos granos, Poseidón, combínalos con los productos de tu reino y deleita al gran Zeus, que si los mezclas además con estas hebras filamentosas y ajos de mi huerto, quedará su gula satisfecha.
Apenas Poseidón llegó a su lar y con la ayuda de Hefesto, dispuso un pedazo de metal cóncavo, en el cual cocinó por primera vez una paella, la cual, después de ser saboreada por Zeus, se convirtió en manjar de los dioses.
La verdadera Historia de la Paella
El popular plato Valenciano que conocemos como paella tomó su nombre del francés antiguo paele, que a su vez provenía del latín patella (especie de fuente o plato grande de metal). Es decir, la palabra valenciana paella ha sido tomada del nombre de la sartén en que se prepara y así llegó al Español hacia 1900, como nueva denominación en nuestra lengua del “Arroz a la Valenciana”. Es un caso de identificación del recipiente con su contenido, como cuando se habla de “beber unas copas” o de producir un cierto número de “barriles de petróleo”.
El diccionario de la Real Academia Española incluye también paellera, el nombre de origen popular español que designa a la sartén en que se prepara este plato. Asímismo el diccionario de la R.A.E recoge paila, voz que también procede de patella y que se refiere a una vasija grande de metal, redonda y poco profunda.
El origen de la paella, como el todos los platos de comida popular de cada zona, no es más que la conjunción de elementos que cada pueblo tenía a su alrededor. En la zona de Valencia había -y hay- una rica zona de huerta de regadío que proveía a sus habitantes de verduras frescas, también era habitual la cría de pollos y conejos para el consumo familiar y la cercanía de la albufera, además de la existencia de los arrozales y por tanto del arroz, ofrecía la posibilidad de añadir de vez en cuando algún elemento proveniente de la caza. Además si a eso le añadimos el marisco en la zona mas costera, así como el aceite de oliva propio de toda la cuenca mediterránea, pues ya tenemos todos los ingredientes con los que se realizan la mayoría de las paellas clásicas.
La capital del Turia no solo es cuna de luz, naranjas y fallas. Valencia comparte generosamente otro de sus mayores símbolos: «la paella». En sus tierras fértiles fue donde de forma incuestionable se gestó este guiso de arroz que hoy se consume más allá de sus fronteras, transformándose en uno de los platos mas representativos de la variada y apreciada gastronomía Española.
En Chile tenemos varios y buenos paelleros, modestamente, en nuestro querido Estadio Español de Valparaíso y Viña del Mar, es el plato que más se solicita de nuestra carta.
Gonzalo Navarro
Monterrey (México)
El primer tomo de la trilogía de La Frontera de Cormac McCarthy, «Todos los hermosos caballos» -libro que recomiendo a los amantes del western y las lecturas con mucha enjundia-, demostró ser un excelente compañero de viaje en un pequeño recorrido hecho, recientemente, entre el norte de México y el sur de Texas donde transcurre gran parte de esta magnífica novela. ¿Y qué tiene que ver la literatura con la gastronomía, se preguntarán ustedes? Bastante, porque la buena literatura sea cual sea el tema de que trate: el amor, la guerra, el misterio, siempre refleja el espíritu, el paisaje y las costumbres del lugar en el que está ambientada la historia, y presenta también aspectos cotidianos como los hábitos alimenticios de sus personajes. La comida ilustra y nos dice mucho de cómo viven los seres que intervienen en un relato. McCarthy consigue ambientar de tal forma al lector que uno siente incluso deseos de tomar todo lo que toman los protagonistas, el joven John Grady Cole y su amigo Rawlins: tortillas, frijoles, café, carne asada…
Muchas son las cosas que han cambiado desde finales de los años cuarenta, época en la que está ambientada «Todos los hermosos caballos», pero las pautas a la hora de comer parecen mantenerse igual. México es uno de los países de América Latina con una tradición gastronómica importante, es una de las cocinas más ricas y variadas. Del norte al sur del país es muy diferente la elaboración y materias que intervienen en la dieta de los mexicanos. En el norte, lo habitual son las fajitas (tiras de carne de pollo o res cortadas muy finas), la carne deshebrada para los tacos, las piezas de carne como el T bone, el puré de frijoles, los frijoles cocidos, los tamales, el asado de cabrito y las tortillas de maíz o de harina que sirven para acompañar todos los platos incluso las sopas (olla de res, elote -maíz-, verduras), a los que son muy aficionados los mexicanos, y las innumerables salsas elaboradas con chile (ají), principal sazonador de cualquier plato.
El entierro del Conde de Orgaz
Todas aquellas personas aficionadas al arte, y que además hayan tenido la ocasión de contemplar algunas de las obras de ese gran pintor griego, formado en Italia y que se quedó a vivir en Toledo llamado El Greco, estarán de acuerdo conmigo en la importancia que actualmente posee la obra de este genial artista. Pero no siempre fue así. Si ya al rey Felipe II, empeñado en llenar el enorme Palacio del Escorial con las obras de los más importantes pintores del Renacimiento, no le gustó para nada el cuadro sobre “El martirio de San Mauricio” que le había encargado expresamente, el Cabildo catedralicio toledano se vio obligado a rechazar, también, el espléndido “Expolio” que Doménikos Theotokópoulos (este era su nombre verdadero) les había pintado. De repente, el artista nacido en Creta se vio rechazado por dos de los más importantes clientes a los que podía aspirar. El pintor tuvo que apañárselas como pudo para poder ir vendiendo retratos y pinturas religiosas a pequeñas iglesias y aristócratas de segunda fila para subsistir él y su prole.
Y así llegamos hasta finales del siglo XIX, cuando la obra del Greco se encontraba, en su mayor parte, sepultada en los sótanos del Museo del Prado y perdida en innumerables iglesitas de Castilla. Hasta que ese gran intelectual que fue Manuel B. Cossío, se empeñó en defender lo obvio y la pintura del Greco obtuvo reconocimiento mundial. Aunque, eso sí, al parecer tuvieron que ceder a bajos precios algunos Grecos a los principales museos del mundo para que éstos reconocieran oficialmente su valía y le otorgaran la patente de maestro.
Claro que peor suerte tuvieron muchos otros geniales e incomprendidos artistas a lo largo de la historia. Supongo que a todos nos viene a la memoria el nombre de Vincent Van Gohg, que jamás logró vender un solo cuadro en su vida… Bueno, para ser exactos diremos que su hermano Theo –que siempre lo apoyó con auténtica pasión- le compró uno haciéndole creer que era para un rico coleccionista francés.
Para que vean las ironías de eso que llamamos arte.
Luis D’Anyana
Nuestro buen amigo Frank nos ha enviado esta interesante narración (con final feliz), sobre las peripecias que vivió junto a su hijo y un grupo de “compañeros de aventura” el pasado año en Puerto Varas. Las fotografías son prueba evidente de que ‘el susto’ vivido terminó bien y se convirtió en jornada placentera, incluyendo el trofeo que exhibe orgulloso.
Después del rescate
* * *
En Mayo del año pasado, estando nuestra lancha “Carol” anclada en la rada de Puerto Varas, se hundió durante un fuerte temporal, quedando la proa solo unos centímetros de encima de las turbulentas olas. Ante la emergencia, el hijo mayor tomó el primer avión desde Santiago y arrendando un jeep con huinche comenzó la dura tarea de salvar el naufragio. Después de muchas horas aun bajo el temporal y con eficaz colaboración de marinos de la gobernación de Puerto Varas, se logró reflotar y varar la lancha en la playa. Se cargó en camión para trasladarla a la capital y comenzar la reconstrucción. Solo se salvo el casco, parte del castillo de proa, dos asientos y lo más valioso, el motor. Meses después y con ayuda de toda la familia en la reconstrucción, la lancha se probó exitosamente en la laguna de Aculeo.
Como nueva
En el siniestro se perdieron todos los implementos, entre ellos baterías, estanques, remos y muchos otros. Es allí donde surge la figura de nuestro capitán honorario Luís Irles, quien con su característica gentileza nos obsequio, desde chalecos salvavidas, bichero, bengalas, cuerdas, hasta el ancla, elementos necesarios y reglamentarios para la navegación.




































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