El entierro del Conde de Orgaz
Todas aquellas personas aficionadas al arte, y que además hayan tenido la ocasión de contemplar algunas de las obras de ese gran pintor griego, formado en Italia y que se quedó a vivir en Toledo llamado El Greco, estarán de acuerdo conmigo en la importancia que actualmente posee la obra de este genial artista. Pero no siempre fue así. Si ya al rey Felipe II, empeñado en llenar el enorme Palacio del Escorial con las obras de los más importantes pintores del Renacimiento, no le gustó para nada el cuadro sobre “El martirio de San Mauricio” que le había encargado expresamente, el Cabildo catedralicio toledano se vio obligado a rechazar, también, el espléndido “Expolio” que Doménikos Theotokópoulos (este era su nombre verdadero) les había pintado. De repente, el artista nacido en Creta se vio rechazado por dos de los más importantes clientes a los que podía aspirar. El pintor tuvo que apañárselas como pudo para poder ir vendiendo retratos y pinturas religiosas a pequeñas iglesias y aristócratas de segunda fila para subsistir él y su prole.
Y así llegamos hasta finales del siglo XIX, cuando la obra del Greco se encontraba, en su mayor parte, sepultada en los sótanos del Museo del Prado y perdida en innumerables iglesitas de Castilla. Hasta que ese gran intelectual que fue Manuel B. Cossío, se empeñó en defender lo obvio y la pintura del Greco obtuvo reconocimiento mundial. Aunque, eso sí, al parecer tuvieron que ceder a bajos precios algunos Grecos a los principales museos del mundo para que éstos reconocieran oficialmente su valía y le otorgaran la patente de maestro.
Claro que peor suerte tuvieron muchos otros geniales e incomprendidos artistas a lo largo de la historia. Supongo que a todos nos viene a la memoria el nombre de Vincent Van Gohg, que jamás logró vender un solo cuadro en su vida… Bueno, para ser exactos diremos que su hermano Theo –que siempre lo apoyó con auténtica pasión- le compró uno haciéndole creer que era para un rico coleccionista francés.
Para que vean las ironías de eso que llamamos arte.
Luis D’Anyana

























2 comments
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Septiembre 8, 2007 a 11:02 pm
Milena Ivanac
Estimado Sr. D’Anyana
Hace ya varios años, que tuve la oportunidad de recorrer Toledo, en compañia de mis hijos, quienes -en esas fechas- tenían edades entre los 7 y 15 años. En mi entusiasmo por tratar de embeberlos de tantas obras maravillosas, en un solo día, caminabamos aceleradamente queriendo absober en tan poco tiempo tanto arte.
LLegó un momento que ante las continuas quejas, como es lógico, por el cansancio, logré convencerlos que antes de coger el auto y dirigirnos hacia las playas levantinas, descansaramos un momento en la Iglesia de Santo Tomé, mientras mirábamos El Entierro del Conde deOrgaz, del Greco.
Curiosamente, cuando surge el tema de recordar aquel viaje por España- en alguna de nuestras reuniones familiares-, el único sitio y lugar que todos recuerdan con claridad y en primer lugar -después de tantos años- es este grandioso cuadro y Toledo la única
Septiembre 10, 2007 a 5:11 pm
María Jesús C. Sarrió
Me ha encantado este interesante artículo sobre la vida del Greco, donde se dan a conocer aspectos inéditos sobre su vida y su obra. Nunca imaginé que este gran artista hubiera pasado tantas desdichas, y que su extraordinaria obra tardara tanto en ser reconocida.
Y me ha encantado también el emotivo comentario que ha escrito Milena, en el cual demuestra una exquisita sensibilidad al recordar el memorable día que pasó junto a sus hijos visitando esa maravillosa ciudad, disfrutando de su belleza y de los tesoros artísticos que encierra. Yo y mi familia también visitamos Toledo hace unos siete años. La misma mañana que llegamos acudimos a la Iglesia de Santo Tomé y quedamos deslumbrados ante “El entierro del Conde de Orgaz”.
Toledo, como ella bien dice, es una ciudad mágica y única.
Un fuerte abrazo desde España.