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Mario Alvarado, durante la presentación de su libro. Junto a él la ex alcaldesa de Viña, Eugenia Garrido. (Fotografía: Web Municipalidad de Viña del Mar)
El concertista, escritor y musicólogo Mario Alvarado, publicó hace algunos meses el libro “Valparaíso. Imaginario de sonidos, perfumes y moradas”, obra que fue presentada el pasado mes de mayo en el auditórium del Castillo Wulff de Viña del Mar.
En este libro, -que ya alcanzó su tercera edición- el conocido pianista, que cursó estudios en Chile, y posteriormente en el Royal Conservatory of Music de la Universidad de Toronto, ha recopilado su larga labor de investigación musical sobre Valparaíso. Un libro imprescindible e interesantísimo no sólo para los estudiosos del tema, sino para todos aquellos que aprecien y amen su tierra, ya que la obra es un viaje por El Puerto en su época de oro, y en él se recrean hechos transcendentales para la historia cultural y musical, como son la instalación del primer teatro al pie de la Quebrada de San Agustín y posterior construcción del Teatro Victoria. También nos deleita en sus páginas con anécdotas, recuerdos y referencias que todavía subyacen en la memoria de muchos lectores.
En imprenta ya están diez cuentos de Mario Alvarado sobre Viña del Mar, para ser lanzados a fines del verano. La presentación de este nuevo libro de relatos también se llevará a cabo el castillo Wulff y lleva prólogo de la ex alcaldesa Eugenia Garrido, al igual que el primero.
“El Faro del Fin del Mundo” irá publicando -por cortesía del autor- algunos interesantes fragmentos de Valparaíso. Imaginario de sonidos, perfumes y moradas.
El primero de ellos puede ser leído en el siguiente post.
El tránsito hacia el apogeo
ANTECEDENTES A LA CONSTRUCCION
Los caminos por los que transitan los inicios de la actividad musical en Valparaíso son como su geografía: irregulares, con altos y bajos, llenos de vericuetos, con senderos que no conducen a ninguna parte y que finalmente nos confunden y apartan de la realidad, arrastrándonos a finales inesperados. Ciertamente podemos establecer con claridad la inauguración del primer Teatro Victoria como un importante hito bien documentado y que puede ser tomado como un comienzo oficial de la actividad musical, pero este teatro no apareció de la nada en una ciudad en la que nunca hubo antes algún tipo de expresión musical.

Podemos encontrar fragmentos de información aislados y poco precisos, muchas veces contradictorios, y se mencionan varios lugares como centros públicos de representaciones teatrales, conciertos, bailes y festividades.
Un importante impulso a la actividad cultural en Valparaíso se debe al gobernador Juan Ignacio Zenteno, quien en 1823 y en colaboración con Diego Portales, un entusiasta amante de la música (se decía que “bailaba unas zamacuecas muy alarmantes”), destinó unos terrenos de propiedad de los Padres Agustinos, en la actual Plaza de la Justicia, al empresario teatral Domingo Arteaga para la creación de un teatro que puede ser, con buena voluntad, llamado como tal, y aunque era un recinto sin comodidades, al menos era cerrado y alumbrado por velas de sebo. Las representaciones y festividades se realizaban hasta ese momento y se mantendrían por un tiempo, en galpones ó sitios eriazos protegidos por carpas. Este primer teatro se llamó Teatro Cómico o Teatro San Agustín y la Municipalidad mantuvo un palco permanente y ornamentado a sus costas para las eventuales funciones puesto que aún no existían temporadas regulares. Fue este mismo gobernador Zenteno quien subió a bordo de la fragata británica “Doris” en 1822 para dar el pésame a la esposa del comandante, el cual había muerto del corazón al bordear el Cabo de Hornos y ofrecerle a la viuda la sepultura de su marido en el recinto del fuerte de la ciudad. La viuda era Mary Graham.
Posteriormente, Zenteno, Portales, José Tomás Ramos y Pedro Alessandri serían accionistas de un segundo teatro, esta vez construido en Santiago en 1827. A su vez, Pedro Alessandri sería el responsable, junto a Pablo del Río, de la construcción del primer Teatro Victoria en 1844.
Un teatro de la época cumplía varias funciones, sirviendo como recinto en el que se celebraban representaciones, efemérides, conciertos, bailes y hasta banquetes oficiales, siguiendo probablemente la costumbre europea de usar los teatros como punto de reunión para las grandes ocasiones, ya que el sistema de asientos de platea fijos al suelo es un uso del siglo XX, de tal manera que se podían remover y el primer piso de un teatro podía servir como una pista de baile ideal o eventual comedor, y en los palcos que lo rodeaban, se podían ubicar las personas a observar y ser observadas, que fue el gran juego social del siglo XIX.
Ilustrativas son las descripciones de las celebraciones que tuvieron lugar con motivo de la reciente victoria de Yungay en 1839 en Valparaíso, y nos ayudan a ir configurando un panorama de la escena de la época que precedió inmediatamente a la inauguración del primer Teatro Victoria, lo cual de alguna manera, nos da un punto de partida a nuestro recorrido y al mismo tiempo va disipando la bruma del pasado.
Un detalle importante y poco común que podemos observar es la separación de los lugares físicos en que se desarrollarían las celebraciones bailables y escénicas, rompiendo la antigua costumbre de usar un solo lugar común para ambas. Esta debe haber sido una de las raras ocasiones en que aquello ocurrió.
Estimado Luis:
Todavía recuerdo esa noche, en que me encontraba en la cima de un cerro cercano a mi hogar, decidido a medir la velocidad de la luz. A lo lejos se encontraba mi asistente, quien mostraría su lámpara cada vez que viera la luz de la mía. Así, verificaría el retraso producido en su observación, al medir el tiempo que se demorara en responder. Por cierto, no conseguí medirlo, pero sí me di cuenta que era demasiado rápida.
Posteriormente, colegas míos buscaron medirla a través de la luz de las estrellas y con el paso del tiempo fueron haciendo más precisa su medición hasta alcanzar el valor que todos conocemos hoy en día: c=299.792.458 [m/s], la velocidad de la luz en el vacío.
Según mis estudios más recientes, la velocidad de la luz se ha fijado como una constante, producto de una incongruencia en las leyes del electromagnetismo, que desde mi punto de vista antiguo (de la relatividad de Galileo como se le suele llamar), implica que la fuerza electromagnética es dependiente del sistema referencial, lo cual es paradójico.
Por esto, se adoptó una transformación en los sistemas de referencia galileanos mediante el factor (o transformación) de Lorentz.
Este arreglo deja invariante las leyes del electromagnetismo pero transforman las leyes de la mecánica clásica, convirtiéndola en un “caso especial para velocidades muy bajas”.
Pero ¿qué tiene que ver la luz en esto? se podrían preguntar. Bien, la repuesta es que la luz en sí es radiación electromagnética. Es decir, campos magnéticos y eléctricos que se van superponiendo, formando una onda electromagnética, como las ondas de radio, por ejemplo.
Bueno, el tema es que debido a las transformaciones de Lorentz, la velocidad de la luz, o en forma general, la velocidad con la que las ondas electromagnéticas se propagan en el vacío (son idénticas) no depende del sistema de referencia, es igual para todo observador y vale “c”. De esto se deriva la famosa contracción de la longitud, y la dilatación del tiempo, temas en los que no entraré en detalle.
Ahora bien, un colega mío llamado Joao Magueijo tiene una hipótesis controversial respecto de la velocidad de la luz. Esta es la base de una nueva teoría cosmológica que se basa en que la velocidad de la luz era mayor en los primeros momentos tras el Big-Bang. Esto, implica renunciar al principio de conservación de la energía (PRINCIPIO FUNDAMENTAL DE LA FÍSICA MODERNA!). Según la teoría, la energía se crea y se destruye mediante el trasvase de energía entre el vacío y la materia. Al pasar la energía desde el vacío a la materia aumenta la velocidad de la luz, y cuando la energía pasa de materia al vacío, la velocidad de la luz disminuye.
Esta hipótesis también resuelve el problema de la planeidad del Universo, y explica las mediciones actuales según las cuales se está acelerando su expansión , debido a que la teoría predice que la energía del vacío (lamdba λ) provocaría una fuerza de repulsión entre las masas. Resulta una hipótesis atractiva desde un punto de vista teórico, que se complementa con indicios encontrados recientemente y que sugieren que, si bien la velocidad de la luz es constante y no depende de la velocidad del foco emisor o del receptor, el valor de esta constante ha sufrido variaciones a lo largo de la historia del Universo.
Sobre la ecuación que mencionas (pero que lamentablemente no explicas), hay una persona- llamada Louise Riofrio-quien, a través de ella, relaciona la expansión del universo y su energía potencial con la velocidad de la luz y el tiempo. Se puede encontrar mayor información en su blog:
http://riofriospacetime.blogspot.com/
Bueno Luis, creo que es todo lo que puedo decir sobre la velocidad de la luz.
Tienes que tener en cuenta que cada vez que se resuelve un problema surgen mil interrogantes más. De alguna manera esto es lo que hace tan embriagadora a la física, la búsqueda de respuestas a tantas preguntas.
De todas maneras, sólo el tiempo dirá cual de todas las nuevas teorías que surgen y surgirán producirán un vuelco en nuestra forma de percibir las cosas, tal como lo hizo el descubrir que las leyes clásicas del electromagnetismo son incongruentes y que la velocidad de la luz es constante para todo observador.
Galileo Galilei
♦ [...] siendo la libertad la cosa más amada, no sólo de la gente de la razón, más aun de los animales que carecen de ella. [...] Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.
MIGUEL DE CERVANTES (1547-1616) Don Quijote
♦ La necesidad de buscar la verdadera felicidad es el fundamento de nuestra libertad.
JOHN LOCKE (1632-1704) Ensayo filosófico acerca del entendimiento humano.
♦ Nadie más esclavo que quien se cree libre sin serlo.
JOHANN WOLFGANG VON GOETHE (1749-1832) Sentencias en Prosa
♦ El instante de rapto y de libertad naciente, cuando se cierra detrás de nosotros la puerta de la escuela, cuando se rompe la cáscara, el habitáculo en el que nos hemos cultivado, y cuando el mundo se nos abre libremente, ¿no es acaso ese instante el más feliz de nuestra vida, o al menos el más cargado de emocionante expectativa?
THOMAS MANN (1875-1955) Doctor Fausto
♦ La libertad absoluta se conquista por el amor. Porque sólo el amor libera al hombre de su naturaleza y expulsa de él la bestia y el demonio.
MIRCEA ELIADE (1907-1986) Fragmentarium
♦ Tú, cuya alma vive de amor y de coraje, no, ¡no conocerás el cautiverio! Tú no sabrás cantar en el seno de la esclavitud: ¡tus cantos están hechos para la libertad!
THOMAS MOORE 81779-1852) Melodías irlandesas
♦ La libertad es una planta que crece rápidamente, una vez que echó raíces.
GEORGE WASHINGTON (1732-1799) Discurso
♦ Un hombre con hambre no es hombre libre.
ADLAI STEVENSON (1900-1965) Discurso
♦ Hay, por cierto, dos laberintos en la mente humana: uno tiene que ver con la composición del continuo, el segundo con la naturaleza de la libertad; y ambos nacen en el mismo infinito.
GOTTFRIED WILHELM LEIBNIZ (1646-1716) De Libertate
♦ No creo, en el sentido filosófico del término, en la libertad del hombre. Cada uno actúa no sólo según una coacción externa sino también según una necesidad interna.
ALBERT EINSTEIN (1879-1955) Cómo veo el mundo
♦ Sólo deseo dos cosas: primero, que al morir deje al pueblo romano libre –los dioses inmortales nada más grande pueden darme; en segundo lugar, que la felicidad de cada uno se mida según sus méritos hacia la República.
CICERÓN (106-43 A.C.) Filípicas
♦ Jamás pedí venir aquí; tengo derecho a marcharme cuando quiera.
AUGUST STRINDBERG (1849-1912) Bohemia sueca
♦ Hemos llorado porque no podíamos amar, porque no nos interesábamos por nada, no creíamos en nada, vivíamos para nada, porque somos libres; libres como las barcas perdidas en la mar.
JOHN DOS PASSOS (1896-1971) En todos los países
♦ La libertad no es un derecho, es una obligación.
NIKOLÁI BERDIÁEV (1874-1948)
♦ La libertad no consiste sólo en seguir la propia voluntad, sino también a veces en huir de ella.
ABE KOBO (1924-1993) Cara ajena
Creo que es la primera vez que vamos a hablar de ciencia en este blog. O mejor dicho -y para ser más exactos- sobre un libro que explica cómo enseñar la ciencia a los jóvenes estudiantes que todavía no han llegado a la Universidad o a las personas maduras que, como yo, ya hemos olvidado qué son exactamente los logaritmos neperianos o los principios de la física cuántica.
La culpa de todo la tiene mi amigo T. T. , que está obsesionado con el asunto y que hace como una semana -mientras tomábamos un café-, intentó explicarme que la velocidad de la luz ya no es de 300.000 kilómetros por segundo (esa cifra sí la recordaba yo, aunque siempre me pareció exagerada), ya que recientemente se descubrió que esa increíble velocidad está decreciendo y ahora se haya definida (o medida) por la ecuación GM=tc^3, que la mayoría de los físicos teóricos, paradójicamente, no pueden explicar. Él tampoco pudo, por supuesto, pero me prestó un libro de 530 páginas que leí durante este fin de semana y que realmente me atrapó y me fascinó. Se los recomiendo vivamente, aunque no es fácil encontrarlo ya que se trata de una edición institucional de la Obra Cultural CajaMurcia.
Se titula Sencillamente Ciencia, y su autor es el profesor José A. Lozano Teruel, catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad española de Murcia. Tras finalizarlo, mi resumen sería el siguiente: desde hace tiempo hallar la didáctica más precisa y eficaz en cualquier rama del saber se ha convertido en una seria aspiración de buena parte de los docentes, preocupados por mejorar el modo de comunicar sus conocimientos. No todo el mundo posee la virtud de convertir en sencilla una materia con dificultades de comprensión no sólo para cualquier público, sino también para los propios estudiantes.
Este es, dicho sea sin más preámbulos, el arma secreta que tan eficazmente emplea el profesor Lozano que es capaz de instruirnos e interesarnos por cuestiones aparentemente áridas y complejas. En los textos aquí recogidos, José A. Lozano Teruel nos conduce, con mano diestra, por los senderos de la ciencia, sorprendiéndonos en cada una de sus páginas, informándonos de cuestiones que hay que tener en cuenta para nuestro propio beneficio y para estar preparados ante un mundo que nos sorprende por sus continuos avances. El autor de esta valiosa y muy aprovechable obra, desde una perspectiva claramente humanista, como apunta en el prólogo Carlos Egea Krauel, describe los hechos con la mayor claridad posible -estos textos parecen en ocasiones el guión cinematográfico de una divertida película de aventuras-, al tiempo que aporta sus propios conocimientos y su diagnóstico personal de cara al futuro. Y el futuro que describe no es en absoluto desesperanzador: el hombre, parece querer decirnos el profesor Lozano Teruel, ha de tener fe en la Ciencia. En la Ciencia, y también en sí mismo para no perder nunca la esperanza.
Luis d’Anyana
¿Recuerda alguno de ustedes la canción Capri c’est fini, (pueden ver el video pinchando sobre el título) que el entonces joven cantante francés Hervé Vilard hizo famosa en el mundo entero? Hervé tenía razón de sentirse triste al no poder volver con su ex amada a esa isla maravillosa y fascinante, de apenas 15 kilómetros cuadrados, ubicada justo a la entrada del Golfo de Nápoles.
Bañan sus orillas las aguas más azules del mundo, pero falta en su territorio agua potable, que hay que llevar desde tierra firme. Tiene un puerto que merece escasamente el nombre de tal. La circuyen inaccesibles acantilados. No hay en su interior una sola llanura. Las dos carreteras con que cuenta semejan más bien montañas rusas. En los días de marejada, que son frecuentes en el Golfo de Nápoles, ninguna embarcación puede arribar a la isla o aventurarse fuera de su puerto. Y sin embargo, son miles los fascinados viajeros que visitan esta isla que al decir de todos es un auténtico paraíso. Ya en los años 50, Capri se convirtió en un destino popular para la jet set internacional. La piazzetta central de Capri, aunque conserva su modesta arquitectura urbana, está llena de tiendas lujosas, caros restaurantes, y paparazzis a la caza de personajes famosos.
El blanco buque procedente de Nápoles hace sonar la sirena mientras, bailoteando sobre las olas, navega a la vista de los acantilados de Capri. Los pocos taxis de la isla se precipitan por la tortuosa carretera al puerto. Los siguen coches de los que tiran caballos empenachados y de encascabeladas colleras. El funicular desciende perezosamente. Atraca al muelle la embarcación y van saltando a tierra los pasajeros: una pareja sueca de recién casados, dos profesoras danesas, un barbudo vecino de Bombay estudiante de Leyes, un joven chileno, unas muchachas estadounidenses, más y más viajeros de toda edad y de todos los países.
Un aire soleado, tibio, acariciador, oloroso a jazmín y a madreselva, a gardenia y a tuberosa, a clavel y a brezo, envuelve al viajero mientras el coche rueda carretera arriba. Y ya mire hacia las cumbres, ya hacia la costa, la isla le ofrece sus flores, sus pinos aparasolados, sus quintas de colores pálidos y de jardines circuidos por altas tapias, las gigantescas peñas de sus orillas, el espejeo de su mar de zafiro. Tan hermoso es el espectáculo, que más que visto parece soñado.
Llega el viajero a las Piazzas o piazzetas de Capri o Anacapri, las dos únicas localidades de la isla: alegres tiendas y cafés con mesas al aire libre ocupan sus costados, de la cual irradian las empedradas y tortuosas calles. En una esquina se alza la torre del reloj. Aunque los punteros señalan las horas con relativa exactitud, la campana las da como se le antoja. A las dos da nueve campanadas, o cuatro, o doce… Es evidente que en esta isla viven para gozar de las horas, y no para contarlas.
Los visitantes (muchos de ellos italianos) pasan el día arrellanados en los cafés de la Piazza, charlando entre copa y copa. El visitante siente en torno suyo gentes risueñas, el sonreír de la vida misma, algo que casi ha desaparecido hoy del mundo: la paz. Imagina que tal contento es obra de milagro, y que aquí todo anda por arte de encantamiento. Sí, Capri es una especie de milagro y está regido por uno de los climas más suaves de la tierra, y sigue viva en la isla la tradicional hospitalidad cuyo espíritu ha de mantenerse.
Cuando el viajero les dice: «Esta tierra es la más feliz que he conocido; me encantaría quedarme aquí», los capriotas responden que todo el que quiera establecerse en Capri es bien recibido. Capri, la isla párvula y risueña, pertenece sólo a quienes supieron convertirla en un paraíso y seguirán queriéndola y, acaso lograrán conservarla por otros 20 siglos.
El libro que creó la fascinación por Capri en Francia, Alemania e Inglaterra fue Los lotófagos, una novela de Somerset Maugham. En la historia, el protagonista, de Boston, va a Capri de vacaciones y está tan encantado con el sitio que deja su trabajo y decide dedicar el resto de su vida a estar ocioso en Capri… Tal vez por eso Hervé Vilard olvidó ya a su antiguo amor y su Capri c’est fini y -según pude leer hace unos meses- se compró recientemente una linda casa en esta maravillosa isla del Mediterráneo.
La historia del Citroën 2CV (conocido popularmente en Chile como “citroneta”, y en España con el nombre de “cabra”) empezó con el proyecto TPV -Très Petite Voiture-, que significa coche muy pequeño, o «lo mínimo del coche francés»- de la casa Citroën en 1936. Pierre Boulanger, que era el director general de la marca francesa en aquella época, resumió con una frase el objetivo de la iniciativa: «cuatro ruedas bajo un paraguas», es decir un vehículo económico, seguro, capaz de trasportar a cuatro personas y 40 kilos de equipaje a 50 kilómetros por hora, con un máximo confort.
Así pues, y a pesar del carácter económico del proyecto, el confort era una característica indispensable, y uno de los elementos clave para lograrlo sería la suspensión -muy original, con sus varillas de inercia- que, según el peculiar pliego de condiciones de los rectores de Citroën, debía permitir transportar un cesto de huevos dentro del coche por un camino accidentado sin que ninguno se rompiese. Desde su presentación en 1948, se lanzaron más de treinta versiones del 2CV, cada una un poco mejor que la anterior, sin que la forma de la carrocería cambiara demasiado.
Así fue concebido el concepto de Citroën 2CV. En 1938 los primeros prototipos estaban casi listos: llevaban un motor de 375 cc con 8 CV de potencia y refrigerado por agua; alcanzaban los 50 km/h y tenían un consumo de 5,0 l/100 km. En mayo de 1939 había 250 prototipos de este 2CV en la fábrica de Levallois, dispuestos para hacer su aparición en el Salón del Automóvil de París. Pero la muestra nunca llegó a celebrarse por culpa de la II Guerra Mundial.
Todos los ejemplares fueron destruidos salvo uno, aunque más tarde fueron hallados otros tres escondidos en un granero. Fue en el Salón de París de 1948 donde finalmente vio la luz el 2CV y 1,3 millones de personas pasaron por delante del modelo sólo en el primer día de la muestra.
La prensa, sin embargo, se burló del auto francés de forma despiadada: un periodista norteamericanose preguntaba para que servía tal objeto; otro le preguntaba a Citroën si con el coche venía incluido el abrelatas. Pronto, no obstante, se descubre que el pequeño gran coche ofrece soluciones originales, tiene un gran confort, consume muy poco y no da problemas mecánicos: el 2CV tiene una acogida sensacional y la lista de espera para hacerse con uno llega a los seis años.
En un principio, el Citroën 2CV sólo estaba disponible en color gris metálico. Y esto es así hasta el año 1952, momento en que se ofrece con idéntico color pero con una capa de barniz que lo hace más oscuro. También monta llantas pintadas en un chocante color amarillo.
En 1958 aparece un curioso modelo de 2CV con tracción total (4×4) denominado Sahara y dotado de dos motores de 425 cc, uno delante y otro detrás. El Sahara es capaz de subir con cuatro personas a bordo rampas del 45% sobre arena y alcanza los 100 km/h de velocidad punta.
El mítico y casi eterno Citroën 2CV dejó de fabricacarse un 27 de julio de 1990, después de 41 años, seis meses y 21 días. Hasta ese momento, Citroën había vendido 3.872.583 unidades en todo el mundo.
Man Ray (Filadelfia, 1890 – París, 1976) ha sido uno de los artistas más representativos de los años treinta. Conocido por sus pinturas surrealistas y sus films, fue la introducción de soportes y técnicas fotográficas en sus obras lo que motivó su destacado papel dentro del dadaísmo. Cuando comparaba sus rayogramas con las radiografías sólo quería expresar su desdén por los movimientos vaguardistas que trataban de mantener la relación del arte con la sociedad en que se inscribía.
Man Ray era un antiracionalista, o mejor, un racionalista que abominaba del resultado final de la técnica y el progreso: la guerra, la reproducción artística. No tuvo reparo en mezclar distintos métodos y objetos en el entorno del marco. Como buen dadaísta, partía de una preconización del capricho, de la arbitrariedad, de lo gratuito, contra una educación y cultura burguesas. El título de vanguardista que hoy se le adjudica tiene otro sentido, el de replantear los límites de la representación artística. Después se dejó llevar por el surrealismo. Escribió en 1937 el libro «La Photographie n’est pas l’art», con prólogo de André Breton, ajuste de cuentas con los fotógrafos. Sin embargo, no deja de ser curioso que, adelantándose muchos años, planteara polémicas y utilizara muchas ideas que han continuado una legión de imitadores, exégetas y epígonos, y dentro, precisamente de ese lenguaje, que últimamente es tan elástico que todo parece caber, sin coherencia.
No desdeñó el trabajo comercial, al que impregnó de su personalidad. Como ejemplos, los portafolios «Les Champs Délicieux» (1922) y «Electricit» (1931), donde mezcla triviales referencias de una forma totalmente original, para sentirse a gusto dentro de la intrascendencia más revulsiva. La fotografía se convierte en un mero pincel al servicio de su búsqueda de la belleza en lo cotidiano. ‘Hay tantas maravillas en un vaso de vino como en el fondo del mar’, que le dedicaría Paul Eluard.
Trata, como si fuese un pionero, de descubrir nuevos caminos en el mundo del arte, y tanto, que ha sido él, pintor, el máximo responsable de que la fotografía sea considerada como una de las bellas artes. Intuitivo y emocional su obra se reparte entre bodegones y naturalezas muertas por un lado y retratos -de los personajes más significativos de la época que le tocó vivir- y desnudos protagonizados por mujeres fatales por otro.
Fotógrafo enigmático desde su nacimiento, no se sabe muy bien su apellido, hasta su muerte, ya que por su expreso deseo no se puede publicar su epitafio. Para conocerlo deberemos viajar a París y en el cementerio de Montparnasse, aclarar el misterio.
Man Ray fue un trabajador incansable e inquieto, que ha dejado su influencia hasta nuestros días.
Mr. Arriflex
No voy a entrar en filosofías ni en “pensamientos profundos”, no es esa mi intención, pero para las personas que nos hemos sentido “inadaptados” desde niños y que buscamos desesperadamente la hermandad entre los seres humanos, la pureza de espíritu, la esencia del “naked ape” y la Presencia del Jefe, intuimos que nuestro verdadero hogar está en las islas del Pacífico Sur. Así ha sucedido (y sucederá) con personajes tan dispares como Fletcher Christian, Herman Melville, Paul Gaugin o Jacques Brel -por poner un pequeño ejemplo- entre una multitud de almas anónimas, la mía incluida, que se encuentran unidas por un mismo nexo.
Me viene a la memoria una noche -una de las nítidas, estrelladas y perfumadas noches de “allá abajo”- en que me hallaba en compañía de mi amigo “XYX” bebiendo mai-tais en Bora-Bora mientras que varias tahitianas nos bailaban al son de sus ukeleles. Entrados ya en copas, me confesó que él había sido un gangster que había matado por dinero y que una vez pagada su deuda con la sociedad cumpliendo condena, había -tras innumerables peripecias- venido a parar con sus huesos a esta bella isla. Aquí (allá) se ganaba la vida honradamente paseando a los turistas en un bote de “fiber glass bottom” transparente que permitía ver el bellísimo fondo marino. Me contaba que -dado que el ser humano se mueve y actúa por comparación- una vez cada dos años regresaba a París, a la “civilización”, para poder revalorizar más todo lo que poseía: sus queridas islas.
Y es que a poco que uno tenga alguna fina fibra de sensibilidad, queda atrapado por aquel paisaje y aquellas gentes bondadosas que te hacen sentir que no perteneces a la “sociedad occidental” y que tu mundo es ése y no el otro. Creo que todos me entendéis y no es necesario entrar en descripciones y criticas de toda la hipocresía, avaricia y porquería materialista que ahoga a todo el que vive en el “mundo civilizado”… El que ha vivido en esos paisajes y en ese ambiente, nunca más vuelve a ser el mismo que era antes.
Voy a tratar de definirlo en pocas palabras: Es la transmutación de la pobre alma del moderno alquimista urbanita, también llamado “porcus bipedus” que transforma paisaje y sentimientos en dinero; o, mejor aún: el darse cuenta de que se es poseedor de sentimientos humanos, de sensibilidad y de que no todo son autos, cemento, fútbol y dinero. Que hay un lugar en este maltratado planeta en que todavía existe la pureza de alma y en donde la Obra del Jefe está presente por doquier
Aquella gente es pura en su forma más esencial, pues siendo adultos,conservan la inocencia del niño. La sonrisa siempre la llevan dibujada en sus rostros. A cualquier broma o chiste, responden con sonoras carcajadas y con otra broma y, a poco que seas un “cachondo mental” como era mi caso, te ofrecen su amistad, siendo al momento asimilado como uno mas de ellos; te invitan a sus “farés” (casas) y se deshacen en sinceros halagos para con tu persona. No guardan rencor. Incluso cuando borrachitos, hemos tenido alguna pelea a puñetazos, el desenlace ha sido beber juntos y acabar siendo “amigos-hermanos hasta la eternidad”, tal y como El Jefe manda.
Una noche, ya pasada la madrugada, estando atracados en Huahine, vino a toda prisa el prefecto de policía a avisarnos que los jóvenes del poblado andaban alborotados porque estaban celosos de nosotros ya que les estábamos dejando sin novias…. y estaban tramando algo. Al cabo de un tiempo, vimos una muchedumbre que se alumbraba con antorchas y, armada de palos y bastones, se dirigía a nuestro barco en silencio. Ya estábamos preparados y no nos cogieron de sorpresa.
“Un amigo es alguien que está contigo porque lo necesitas, aunque le encantaría estar en otra parte.”
Anónimo veneciano
Si realmente quieres conservar a un buen amigo, quiérelo, respétalo y dile de vez en cuando que es un tipo excelente; ofrécete a ayudarlo cuando lo necesite, pero procura, con tu tacto exquisito, no llegar a hacer realidad tu ofrecimiento, ya que el mencionado amigo puede tener «ideas excéntricas» y cabe la posibilidad de que termine pidiéndote prestados 25.000 euros para jugárselos en el Casino de Montecarlo, donde según él, triplicará esa suma con su “método infalible” para ganar en la ruleta.
Existe otra cuestión que también hay que cuidar. Si tienes algún conocido -de esos que te cuentan cosas muy personales-, procura poner cara de atención mientras te las dice (exenta de curiosidad), pero al momento intenta olvidar sus confidencias y demuéstrale que, efectivamente, lo has olvidado, porque él -después de su confesión-, de inmediato se va a sentir arrepentido e incómodo, por lo que se puede enfriar la relación.
Nunca le hables a los amigos de tus enfermedades. Verás (bueno, en realidad no lo verás, pero puedes imaginártelo) la cara de sorpresa que van a poner el día en que te mueras. ¡Es tan divertido sorprender a los demás! (Esto no es necesario tomárselo al pie de la letra; hay tiempo para todo).
En ciertas ocasiones es tan importante un amigo como un enemigo. Al primero hay que cuidarlo por afecto. Del otro hay que cuidarse por precaución.
¿Tienes por desgracia algún amigo sincero? De ser así, te aseguro que ya no necesitas ni espejos ni enemigos. Si alguien se te acerca y afirma que «él es muy sincero», ¡tiembla, huye, díle que llegas tarde a la cita con el dentista!, ya que en ese momento vas a saber con certeza cuántos kilos engordaste desde la última vez que te vió, lo que piensan de ti el resto de tus “supuestos” amigos, y el lugar exacto en que te vieron tomando unos tragos junto a una rubia veinte años más jóven que tú… Yo pienso que esa “sinceridad” no es estrictamente necesaria… … Mejor alejarse de los «francos amigos», a veces pueden resultar dañinos para nuestra estabilidad sicológica.
Pídele a Dios, cada día, que ponga en tu camino amigos amables (no de los otros); de esos que te encuentran igual de jóven que hace diez años -y además te lo dicen efusivamente-, que te aseguran que sigues igual de simpático que siempre, que esa corbata que llevas es tan elegante y que tu último trabajo literario fue extraordinario. Ya sabemos que todo esto es mentira, pero, ¿no es cierto que la mayoría de nosotros preferimos la ‘agradable’ hipocresía y la buena educación a la franqueza a ultranza. ¿Por qué la sinceridad ha de estar siempre rozando la mala educación?
Estoy convencido. Hasta los cuarenta años me consideré un hombre normal y desde los cincuenta, una persona que mira y observa más. Por ello he llegado a la conclusión de que, a estas alturas, los amigos son mejores amigos, pero menos peligrosos e interesantes, y ellos te corresponden demostrándote que ya eres completamente inofensivo.
De las amigas mejor no hablar. Como dicen los americanos: “That’s another story!”
L’amie de Le Faro


































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