El tránsito hacia el apogeo

violonchelo.jpg

ANTECEDENTES A LA CONSTRUCCION

Los caminos por los que transitan los inicios de la actividad musical en Valparaíso son como su geografía: irregulares, con altos y bajos, llenos de vericuetos, con senderos que no conducen a ninguna parte y que finalmente nos confunden y apartan de la realidad, arrastrándonos a finales inesperados. Ciertamente podemos establecer con claridad la inauguración del primer Teatro Victoria como un importante hito bien documentado y que puede ser tomado como un comienzo oficial de la actividad musical, pero este teatro no apareció de la nada en una ciudad en la que nunca hubo antes algún tipo de expresión musical.

victoriasepia.jpg
Podemos encontrar fragmentos de información aislados y poco precisos, muchas veces contradictorios, y se mencionan varios lugares como centros públicos de representaciones teatrales, conciertos, bailes y festividades.

Un importante impulso a la actividad cultural en Valparaíso se debe al gobernador Juan Ignacio Zenteno, quien en 1823 y en colaboración con Diego Portales, un entusiasta amante de la música (se decía que “bailaba unas zamacuecas muy alarmantes”), destinó unos terrenos de propiedad de los Padres Agustinos, en la actual Plaza de la Justicia, al empresario teatral Domingo Arteaga para la creación de un teatro que puede ser, con buena voluntad, llamado como tal, y aunque era un recinto sin comodidades, al menos era cerrado y alumbrado por velas de sebo. Las representaciones y festividades se realizaban hasta ese momento y se mantendrían por un tiempo, en galpones ó sitios eriazos protegidos por carpas. Este primer teatro se llamó Teatro Cómico o Teatro San Agustín y la Municipalidad mantuvo un palco permanente y ornamentado a sus costas para las eventuales funciones puesto que aún no existían temporadas regulares. Fue este mismo gobernador Zenteno quien subió a bordo de la fragata británica “Doris” en 1822 para dar el pésame a la esposa del comandante, el cual había muerto del corazón al bordear el Cabo de Hornos y ofrecerle a la viuda la sepultura de su marido en el recinto del fuerte de la ciudad. La viuda era Mary Graham.

Posteriormente, Zenteno, Portales, José Tomás Ramos y Pedro Alessandri serían accionistas de un segundo teatro, esta vez construido en Santiago en 1827. A su vez, Pedro Alessandri sería el responsable, junto a Pablo del Río, de la construcción del primer Teatro Victoria en 1844.

Un teatro de la época cumplía varias funciones, sirviendo como recinto en el que se celebraban representaciones, efemérides, conciertos, bailes y hasta banquetes oficiales, siguiendo probablemente la costumbre europea de usar los teatros como punto de reunión para las grandes ocasiones, ya que el sistema de asientos de platea fijos al suelo es un uso del siglo XX, de tal manera que se podían remover y el primer piso de un teatro podía servir como una pista de baile ideal o eventual comedor, y en los palcos que lo rodeaban, se podían ubicar las personas a observar y ser observadas, que fue el gran juego social del siglo XIX.

Ilustrativas son las descripciones de las celebraciones que tuvieron lugar con motivo de la reciente victoria de Yungay en 1839 en Valparaíso, y nos ayudan a ir configurando un panorama de la escena de la época que precedió inmediatamente a la inauguración del primer Teatro Victoria, lo cual de alguna manera, nos da un punto de partida a nuestro recorrido y al mismo tiempo va disipando la bruma del pasado.

Un detalle importante y poco común que podemos observar es la separación de los lugares físicos en que se desarrollarían las celebraciones bailables y escénicas, rompiendo la antigua costumbre de usar un solo lugar común para ambas. Esta debe haber sido una de las raras ocasiones en que aquello ocurrió.

Carlos Wilkes, oficial de un buque americano que estaba recalando en Valparaíso nos deja un interesante testimonio del modo en que se conducían los festejos:

“Diéronse tres bailes durante nuestra estadía en el puerto: uno por la reciente victoria de Yungay, y los otros dos por ciudadanos chilenos y extranjeros. En todos los tres, la función fue de aquellas que hubieran hecho honor a cualquier país del mundo.

La localidad elegida para el gran baile fue entre las paredes de dos vastos almacenes aún no acabados de edificar, y sus dimensiones era de ciento cincuenta pies de largo y noventa de ancho. El piso estaba todo alfombrado, y las columnas que sostenían el techo, decoradas con emblemas de la Nación y de la Victoria. Todo Valparaíso había contribuido al amueblamiento y hasta las iglesias tuvieron su parte en el aparato de esta fiesta nacional. El concurso fue de alrededor de quinientas personas, la tercera parte compuesta por señoras. Costosos uniformes de varios modelos y varios caprichos aumentaban la brillantez del espectáculo.

A las diez abrió el baile el Presidente de la República, don Joaquín Prieto. Llevaba un vestido ricamente bordado, charreteras de oro y banda. Danzó un minué con una señora principal de Valparaíso y después se hizo general el baile, danzándose cuadrillas, contradanzas y valses, sin que faltase la liviana zamacueca, para lo cual las señoras habían de recogerse la cola de los vestidos para dar las vueltas”.

Sin duda una zamacueca de sociedad y de gran salón, dudosamente en las chinganas y enramadas se acostumbraba que “las señoras habían de recogerse la cola de los vestidos para dar las vueltas”

“En los intermedios se tocaron y cantaron marchas e himnos nacionales y el baile se prolongó hasta las ocho de la mañana del día siguiente. A esa hora el Presidente y su hija fueron escoltados hasta su casa por una procesión de los danzantes tocando tonadas nacionales. Llegados a la morada del General Prieto, se entonó otra vez el Himno Nacional, despidiéndose Su Excelencia con una cortesía, la cual fue respondida por la comitiva de la misma manera, contrarespondiendo con fineza y justeza a su vez el mandatario, nuevamente haciendo lo propio la concurrencia, hasta que finalmente y después de un largo intercambio de deferencias, la comitiva fue invitada a entrar, donde se siguió bailando hasta el mediodía”.

De armas tomar eran los porteños para las celebraciones y entusiasmo les sobraba. La observación de Mary Graham hecha diecisiete años antes en relación al excesivo gusto por la música se mantiene, ya que la afición ha de ser mucha para bailar doce horas sin interrupción, y eso fue el comienzo solamente.

Una época de cortesía y deferencia, de maneras civilizadas y urbanas, que nos hace recordar el estilo que se acostumbraba en Chillán hace algunos años, no tantos: una dama chillaneja ofrecía un elaborado postre fragante de canelas, seguramente alguna receta colonial heredada, a una visita. La visita le comentaba a la señora “aquí le voy a probar la buena mano”, a lo que la aludida respondía “de buena pasa a mejor”, contrarespondiendo la visita “no se puede mejorar lo que mejorado está”. Sic transit gloria mundi.

Por esos días y aprovechando que podía asociarse a los festejos y a la presencia del Presidente de la República, volvió de una gira a Santiago la Compañía Dramática del señor Domingo Moreno Ramos, organizando inmediatamente una función para el día 19 de mayo y que se titulaba “Gran función en loor de la espléndida Victoria de Yungay”. El anuncio daba cuenta en detalle del programa: “El día anunciado, alzado que sea el telón, después de la sinfonía de orden, se cantará por primera vez en este proscenio un himno nuevo compuesto expresamente para celebrar la gran jornada de Ancach. Enseguida, el señor Moreno Ramos pronunciará una alocución encomiástica en verso, dedicada al Excelentísimo señor Presidente de la República”.

Es una lástima que tanto el himno nuevo, como el texto de la alocución encomiástica pronunciada por el director de la Compañía Dramática, el señor Moreno, se hayan perdido en la noche de los tiempos.

A la, sin duda, sentida alocución, siguió una comedia de Manuel Bretón de los Herreros. En los días subsiguientes siguieron representaciones de comedias, principalmente de Bretón de los Herreros las cuales, suponemos, están haciendo compañía al himno nuevo y a la alocución encomiástica.

No es la actividad teatral la que nos ocupa, pero no podemos dejar de mencionar que la Compañía Dramática se despidió el día 23 de junio con una función en la que el último número del programa era la original y graciosa petipieza (sic) “Los criados astutos”, en la cual el señor Moreno desempeñó tres caracteres distintos: el de cocinero, el de militar ridículo y el de mujer en “traje de cual”. Pintoresco el señor Moreno, aunque a la Compañía, de Dramática, le quedaba sólo el nombre.

En lo que a la actividad musical corresponde y que sí nos ocupa, debemos observar que, aparte de los bailes, con sus intermedios de marchas e himnos patrióticos, las funciones se iniciaban con una “sinfonía de orden”, la cual no era otra cosa que una obertura obligada, por lo que debemos suponer la existencia de una orquesta ó conjunto instrumental de algún tipo, y que en los entreactos de las piezas teatrales se consideraban intermedios cantados, aunque no hay referencia ni a las obras ni los intérpretes.

En cuanto al lugar físico de las funciones, las cuales constituyen el inicio de una actividad artística colectiva y que posteriormente incluiría una actividad musical más representativa, éstas se desarrollaron en el Coliseo de Valparaíso, que es como empezó a denominarse al Teatro ó Casa de Recreo después de algunos arreglos, el cual estaba ubicado aproximadamente frente a la actual Plaza Victoria, en terrenos que parcialmente y con posterioridad, serían usados para la construcción de la iglesia del Espíritu Santo. Tales arreglos no han de haber sido significativos, pues un espectador se queja de que sólo doce velas de sebo alumbraron la primera noche a más de seiscientas personas, dato que nos ilustra en cuanto a la capacidad del teatro, el cual debe haber sido apenas un galpón, y el número de asistentes, cien más que los que asistieron al baile de honor, lo que puede darnos una idea de las preferencias de los porteños entre ser entretenidos y bailar hasta el mediodía.

Continúa quejándose y concluye el espectador, del negro humo que despedían tres lámparas en cantidad infinitamente superior a la luz, y que tornó la atmósfera en espesas tinieblas.

De la Compañía Dramática del señor Moreno, no quedó más que este llamado, publicado una semana más tarde:

“AVISO DRAMATICO
Se suplica a los señores que no hayan ocurrido por sus sillas al local del Teatro en el Recreo, se dignen hacerlo en todo el día de hoy, para entregar las llaves al propietario del establecimiento”.

Podemos deducir, por tanto, que cada espectador hubo de llevar su asiento.

No siempre las funciones eran tan festivas. Algunas veces podían ser tormentosas y acontecidas, como lo atestigua un hecho aparecido en el primer número de El Mercurio de Valparaíso, en relación a un asesinato ocurrido en el teatro, durante la función del 9 de septiembre de 1827 y que conmovió profundamente a la población.

La noche en cuestión, el oficial de la fragata “Doris” John Fullerton, perteneciente a la marina inglesa, llegó al teatro en estado de ebriedad, estando la función por terminar. Con la intención de procurarse una localidad, ordenó a un espectador que se levantara y le cediera el asiento. Como es natural, el aludido se negó a hacerlo, ante lo cual, el oficial le dio algunas bofetadas al espectador, lo que provocó un desorden fácil de calcular y que animó a otros asistentes a intentar intervenir, reaccionando con violencia el oficial y sacando su pistola de servicio. La representación se interrumpió y el drama del escenario se trasladó a la platea, tomando el desorden proporciones alarmantes. Para calmar los ánimos, se interpusieron el comandante de los serenos y el capitán de artillería Pedro Gacitúa, mientras el mayor de la plaza, Pedro Lasalle, ordenaba la prisión del alborotador. Para ejecutar esta orden, se acercó al oficial británico el sargento José María Muñoz, ante lo cual y viéndose acorralado, el oficial de Su Majestad le disparó un tiro en el pecho al suboficial, matándolo instantáneamente.

La confusión fue mayúscula, situación que aprovechó el asesino para escapar. Buscando al hechor, se ordenó la detención de algunos oficiales ingleses, lo que provocó el desembarco de la tropa de la fragata “Doris” con la intención de proteger a los suyos.

La noticia de este desembarco inflamó los ánimos en el vecindario de Valparaíso, corriendo a sus casas algunos en busca de armas, dirigiéndose otros al cuartel de artillería y exponiendo el caso con tal elocuencia, que lograron sacar a la calle una batería de cañones.

Era la medianoche (lo que nos permite deducir que la función comenzaba alrededor de las nueve de la noche, costumbre que se mantuvo hasta el siglo siguiente, ya que en el derrumbe del Teatro Victoria ocasionado por el terremoto de 1906 y que ocurrió minutos antes de las 20.00 horas, no hubo víctimas debido a que a esa hora la función todavía no comenzaba), y parecía inevitable que se desencadenara un enfrentamiento. Solamente la intervención del comisario de marina, Victorino Garrido, en unión a Pedro Félix Vicuña, José Vicente Sánchez y Joaquín Ramírez impidió el combate, y después de sostener algunas conversaciones con el cónsul de Gran Bretaña y los jefes de la fragata, se reembarcó la marinería inglesa y el Gobernador de Valparaíso pudo ordenar el retiro de la artillería. No tenemos referencia de cual teatro fue el del escenario de los hechos delictuosos.

Tampoco se consigna si el oficial británico tuvo algún tipo de castigo ó hubo de comparecer ante las autoridades porteñas. Lo más probable es que no, ya que la ley y el orden a comienzos de la República, en un puerto importante y convulsionado como era Valparaíso, siendo el primer remanso después de la obligada y muchas veces tormentosa vuelta del Cabo de Hornos que alteraba el ánimo de las tripulaciones provocando que el desorden y la violencia no fueran raros, los delincuentes muchas veces se imponían, resultado del grado de fuerza que disponían para enfrentarse a los encargados de mantener el orden, quienes estoicamente intentaban hacer cumplir una legislación naciente y confusa, muchas veces sometida por una cuestión de cantidad. No es poca cosa entonces, que la modesta guarnición de Valparaíso, ayudada por algunos de sus vecinos, tuviera que enfrentarse a todo un contingente armado, disciplinado y profesional.

Suponemos que el teatro de los acontecimientos era el que había abierto Domingo Arteaga en 1823. Ya hemos descrito la precariedad de ese teatro, el cual no era sino un poco mas que un galpón, sin ninguna de las características propias de una sala que pueda ser llamada como tal. Desde ese punto de vista, es difícil poder otorgarle el título de primer teatro de Valparaíso, sin embargo, la realidad es que sí lo es, y tendremos que esperar la construcción del primer Teatro Victoria para poder establecer con propiedad la existencia de un teatro que reúna todas las condiciones dignas de una ciudad emergente como lo era Valparaíso en esa época.

valparaisoantiguo.jpg


Poco a poco vamos reuniendo información mas concreta en relación a la época que precedió a la construcción de ese teatro.

La primera soprano porteña fue Rosario Garfias, con un rango que abarcaba tres octavas perfectas, de acuerdo al maestro José Zapiola, quien era uno de los cuatro músicos profesionales mas representativos de la época, junto a Manuel Robles, autor del primer Himno Nacional, Bartolomé Filomeno, peruano, quien llegara al país en compañía de su compatriota Bernardo Salcedo, autor a su vez, del Himno Nacional del Perú y un señor U.T. Mazzoni.

José Zapiola es mas conocido por la autoría de la célebre Canción de Yungay. Nacido en 1802, estudió clarinete de manera autodidacta en 1819, dominando el instrumento enteramente de oído. En 1820 ingresó a la Catedral de Santiago como clarinetista a mérito, es decir sin sueldo. En 1826 fundó la Sociedad Filarmónica de Santiago junto a Isidora Zegers y Francisco Oliva. Cuando Diego Portales fue nombrado gobernador de Valparaíso en 1831, ciudad donde residía, la flamante autoridad le encargó la organización de los orfeones ó bandas militares, las que además de sus deberes logísticos, tenían a su cargo las retretas públicas. Don Diego era un entusiasta aficionado. Cuando un músico del recientemente creado Orfeón perdía el ritmo, se paraba al lado y le marcaba el pulso, no despegándose hasta que el músico se recuperaba de su pérdida. Además de bailar la zamacueca “de una manera alarmante” como mencionáramos anteriormente, tocaba el arpa en sus momentos libres, aunque debemos aclarar que se trataba del arpa folklórica, esto precisamente por su debilidad por las reuniones con vihuela y guitarra y de una naturaleza mas popular, las que animaba palmoteando furiosamente, zapateando, requebrando a las tocadoras y cantoras o eventualmente cantando él mismo su tonada favorita, “La Pollita”

Zapiola habría de tener la triste tarea de componer su Misa de Réquiem a la Muerte de don Diego Portales en 1837, año del asesinato del ministro. En 1830, Zapiola dirigió la orquesta de la Compañía Pissoni-Betaglia, primera compañía de ópera que vino a Chile y que por supuesto se presentó en Valparaíso. Indiscutiblemente Valparaíso era superior a Santiago desde el punto de vista musical. Un comentarista extranjero observa, refiriéndose al primer Teatro Victoria: “Santiago es la capital de Chile, Valparaíso viene en segundo término, pero sin embargo aquí solamente se encuentra un teatro digno, un salón admirablemente compartido, palcos espaciosos, corrección y aún, lujo.”

Existe algo de confusión en relación a esta primera compañía profesional de ópera que se presentó en Chile. Mientras en algunos textos se menciona como Compañía Pissoni-Betaglia, en otros figura sin nombre, pero integrada por los cantantes Domingo Pezzoni y Joaquín Betalli ó Bettali. La semejanza de nombres hace suponer que se trata de la misma compañía, aunque se podría intentar alguna discusión acerca de que si efectivamente se trataba de la misma agrupación o dos diferentes, pero lo que está absolutamente fuera de discusión es que el estreno de la primera ópera en Chile fue en Valparaíso.

Esta primera función ocurrió el 26 de abril de 1830 y tuvo un carácter relativamente privado, ya que no existía aún en Valparaíso un escenario apropiado, aunque sí el entusiasmo y el gusto por la música. Esta función tuvo lugar en el salón de baile de la residencia de los señores Manuel y José Cifuentes, uno de los mas amplios de Valparaíso, calle San Juan de Dios, nº 8 (actual calle Condell), participando como solistas vocales los mencionados señores Pezzoni y Bettali, y uniéndoseles las señoras Teresa Scheroni y Margarita Garavaglia. La ópera elegida para la ocasión fue L’Inganno Felice, de Rossini, la cual había sido estrenada en Venecia en 1812, y que fue presentada en su totalidad, sin ninguna omisión. Ante el éxito obtenido, se programaron otras funciones con selecciones de las arias y números principales de Il Barbieri di Siviglia y La Gazza Ladra, ambas óperas de Rossini.

Esta primera presentación debe haber sido parecida a lo que hoy conocemos como Opera en Concierto, es decir una ópera ó sus partes principales presentadas sin vestuario ni escenografía, conservándose solamente la música, en otras palabras, un oratorio profano, aunque lo mas probable es que los cantantes, siendo una compañía profesional acostumbrada a los escenarios, usaran vestuario. Basándonos en el hecho que José Zapiola se hizo cargo de la dirección de la orquesta de la compañía en sus posteriores presentaciones en Santiago, podemos deducir que la compañía disponía de una agrupación instrumental propia aunque seguramente de dimensiones reducidas, reforzada por instrumentistas chilenos.

El último programa presentado en Valparaíso se repitió en Santiago, donde además se presentó la versión integral de L’Italiana in Algeri, otra ópera de Rossini. Evidentemente el gusto nacional por Rossini corría a la par con Europa, donde el compositor italiano hacía furor en Paris.

Después de una permanencia de siete meses en Santiago, la compañía abandonó el país, rumbo a Lima.

Ya se quejaba don Andrés Bello, probablemente el primer crítico musical en Chile, que los recitativos de las óperas se hacían en español, lo cual perjudicaba la natural lógica de la trama al no haber correspondencia entre texto y música, arrebatando la comprensión de la concurrencia. Esto sin embargo, no pareció importarle a nadie, y en 1877, entrado el siglo, en el Teatro Victoria las óperas italianas se cantaban en francés con los recitativos en español. Indiscutiblemente el siglo XIX no fue un siglo purista, no sólo en Valparaíso sino en todo el mundo.

Podemos mencionar también que en Valparaíso, en 1844, los poetas Jacinto Chacón, tío de Arturo Prat y entusiasta aficionado a las sesiones de espiritismo, en colaboración con Hermógenes Irisarri, un agitado caballero, tradujeron al español los libretos en verso de la ópera Lucía de Lamermoor de Donizetti. No estamos en condiciones de asegurarlo, pero lo más probable es que esta traducción tuviera como fin el ser usada en la inauguración del primer Teatro Victoria en 1844, pero finalmente, la ópera elegida para la inauguración fue Romeo y Julieta de Bellini. Sí podemos advertir que los porteños cultos estaban al tanto de todo lo que ocurría en Europa, Lucia de Lamermoor fue estrenada en el Teatro San Carlos de Nápoles en 1835, sólo nueve años antes. En una época en que las comunicaciones eran extremadamente lentas, lo que incidía directamente en el acceso a la información, esto debe ser considerado una proeza.

MARIO ALVARADO

About these ads