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Óleo de Vicente Pérez Molías, autor del siguiente texto.
El embarco en Santurce
Era un día lluvioso y frío de aquel diciembre cuando llegué con la pesada maleta, que casi arrastraba por las relucientes escaleras de madera del cómodo y limpio hostal del centro de la Villa de Bilbao. Al día siguiente tenía que embarcar como tercer oficial de cubierta en la Motonave Covadonga, de la Compañía Trasatlántica Española, y debía realizar la consabida visita a la Consignataria para formalizar el contrato, hacer la revisión médica -la cual temía porque solían examinar hasta la próstata- y presentar la documentación en la Comandancia Militar de Marina.
Allí presenté -algo nervioso, debo confesar- la libreta de navegación sellada para el enrole, indispensable para que los días de mar me sirvieran de práctica necesaria para el exámen de capitán, aunque yo no tenía prisa por ir a dicho exámen. Tampoco estaba preparado para tal hazaña, desde luego, ni ganas de ver la cara de algún profesor como el Cúmulo Limbo o el Narigudo de Zorroza, como llamábamos entre nosotros a estos antiguos capitanes, pero a los que sin embargo les teníamos un gran respeto. Y a veces, hasta miedo… Sí, miedo a las calabazas que no tenían reparo en repartir a la mínima falta a clase. Había que ir preparando la documentación, el diario de navegación, ( “Log book) y el historial.
También tenía que ir a Sanidad por aquello de que alguna vacuna ya me había caducado y no me acordaba si era la del cólera, la viruela (smallpox) , la malaria o fiebre amarilla… ¡Qué bien, qué felicidad, no existía el Sida!, pero sí la exquisita y famosa sidra del puerto de Gijón o las menos recomendables purgaciones del puerto de Maracaibo.
Por el Instituto Social de la Marina era necesario pasar para firmar el contrato por cuadruplicado y llevarlo al segundo oficial. Cuántas cosas y recados debía realizar en un sólo día, demasiados, pero todo estaba estudiado para ahorrar gastos a la Compañía que por entonces le llamaban Centenaria, cien años casi de ir y venir a América, tanto la del Norte, la Central o la del Sur.
En fin, lo peor ya había pasado puesto que me había desprendido de la maleta en el Hostal. Era hora, pues, de disfrutar de los encantos que me brindaba esa hermosa ciudad.
Vicente Pérez Molías
De la misma manera que, hace unas semanas, subimos a nuestro blog la sorprendente “Última Cena” -que un portal italiano difundió- por su extraordinaria técnica fotográfica en alta definición y avances de última generación, ahora queremos que disfrutéis de esta otra maravilla de creatividad e ingeniería computacional “Women in Art”.
Pinche AQUÍ para ver el video. No le defraudará.
A los sesenta y seis años de su estreno, Ciudadano Kane, –la obra maestra del irrepetible Orson Welles– sigue siendo considerada como la mejor película norteamericana de todos los tiempos, el más hermoso poema visual en forma de epitafio. Y es que Welles, que se hizo famoso cuando sólo tenía 25 años gracias a su realista interpretación radiofónica de la obra “La guerra de los mundos”, echó por tierra el sentido visual predominante en la época y realizó probablemente el film más importante para el posterior desarrollo estético y narrativo del arte cinematográfico.
El jóven talento fue contratado por la RKO, que le permitió una total libertad creativa para la producción de dos películas. La primera de ellas se iba a titular “American”, más tarde rebautizada como “Ciudadano Kane”, y contaba la historia de un magnate llamado Charles Foster Kane, interpretado por el propio Welles, dotado de un gran parecido con el rey de los medios de comunicación americanos, William Randolph Hearst, que por cierto atacó a través de sus inumerables periódicos a su director y a la película e intentaría que no se distribuyese en los Estados Unidos.
Welles se rodeó de innumerables talentos para realizar Citizen Kane. El intrincado guión lo escribió con Herman Mankiewicz, el deslumbrante trabajo de fotografía fue para Gregg Toland, que comentaría posteriormente que se sentía sorprendido y por las audaces ideas del genio y la música fue escrita por el gran Bernard Herrmann.
Los años no pasan para esta obra maestra del cine, que una vez más se mantiene a la cabeza de la lista de las mejores películas estadounidenses de la historia del cine, tal como lo acaba de atestiguar el Instituto de Cine Americano (American Film Institute) por segunda vez en esta década, donde insiste en el poderoso recuerdo y maestría de ese filme habitualmente resumido en una misteriosa y mítica palabra: “Rosebud”. También la referencia a Kubla Kahn de Coleridge, y a su castillo “Xanadú” (el que da nombre al propio castillo de Charles Foster Kane) se efectúa al comienzo de ésta, en la sección últimas Noticias (News in the march). Es sabido que WeIles quiso que su primera película fuese la adaptación de El corazón de las tinieblas, de Conrad; de ese proyecto fracasado nació Citizen Kane. De ahí la referencia amplia a la obra de Joseph Conrad.
Al margen de su extraordinario guión, que aborda temas como la futilidad de la existencia, la pureza de la infancia, la nostalgia, el valor de la sencillez o la ambición, “Ciudadano Kane” brindó al cine multitud de avances técnicos como una elaborada puesta en escena, la utilización del gran angular y profundidad de campo, la tremenda fuerza de sus angulaciones y encuadres, transmisores de una enorme expresividad, un juego de luces y sombras derivado de su gusto por el expresionismo alemán, la fluida capacidad para mover la cámara más allá del encuadre, el genial uso del montaje o su innovador empleo del sonido como engranaje narrativo.
Un amplio y selecto grupo de críticos, historiadores y expertos del American Film Institute, han corroborado nuevamente la opinión de sus predecesores en cuanto a la valía de Citizen Kane, como la mejor película norteamericana de toda la historia del cine, seguida por las también míticas El Padrino y Casablanca.
Mr. Arriflex
En un paraje incomparable y majestuoso del sur de Chile, donde reinan la belleza y el silencio, surge ante nuestros ojos una de las maravillas geológicas de nuestro planeta: se trata del Parque Nacional Torres del Paine, ubicado a 117 km de Puerto Natales, en la XII Región. El Parque Nacional, administrado por Conaf, se creó en 1959 y se declaró Reserva de la Biosfera en 1978. Es un enclave natural de una extraordinaria belleza, que comprende 242.242 hectáreas entre la cordillera de los Andes y la estepa patagónica, con altitudes que varían entre los 20 y los 3.050 metros. En esta zona se encuentran las colosales torres y cuernos de granito y roca que le han dado fama mundial.
Ante los ojos del viajero, se presenta de pronto una explosión de luz y de color, donde predominan los blancos, los verdes y los azules: lagos, bosques frondosos y una fauna única y diversa conforman un paisaje que sólo se puede contemplar en este paraíso austral, y en muy pocas otras latitudes del mundo. Lo que se contempla aquí es la inmensidad en su estado puro; casi una nueva dimensión. A nosotros llega esa imagen como una armonía que resuena en la eternidad y nos llena de una paz interior. En verdad, una simple ojeada basta a cualquiera para advertir el orden admirable que reina en esta maravillosa región. Es como una fantasía, un derroche espectacular de la naturaleza.
Su clima, no obstante, es inestable y, en verano (de diciembre a febrero en el hemisferio sur), durante días de sol, los vientos alcanzan una velocidad de 120 km por hora. No llueve ni nieva como se podría suponer; sólo caen 700 mm de agua al año, un poco más del doble de un año normal en Santiago de Chile. El Parque Nacional Torres del Paine alberga -como decíamos al principio- el conjunto de montañas y lagos más espectacular del mundo. Por la grandiosidad de su belleza es un lugar que no se puede dejar de conocer. Para admirar los impresionantes atractivos de este parque, más la enorme hidrografía y el macizo que le caracteriza, es necesario hacer un esfuerzo y vivir esta increíble aventura para recorrer un lugar verdaderamente imperdible. Los circuitos mejor equipados se pueden hacer en auto, por los casi 100 km de caminos que atraviesan el parque, visitando lagos, lagunas, ríos y saltos de agua, todos de extraordinaria belleza.
Otra opción son los senderos cuidadosamente trazados, equipados y señalizados, que varían desde recorridos por el día hasta una vuelta completa por detrás del majestuoso macizo del Paine , paseo que dura entre seis y diez días. El trayecto se realiza cruzando valles, cerros y ríos. Desde el parque, también se puede conocer el glaciar Grey con sus impresionantes lenguas descendentes al Lago. Amigos, no podéis dejar de conocer esta auténtica maravilla del mundo.
Jean D’Ovigni
Si en una noche despejada levantamos la vista al cielo, veremos la misma imagen que vieron nuestros antepasados. La sensación de quietud es tan abrumadora que, dejando aparte el desplazamiento de los objetos de nuestro sistema solar, y siguiendo el movimiento de la esfera celeste, tendremos siempre la impresión de estar ante algo inmenso y estático. No es de extrañar, pues, que aún usemos la palabra firmamento para designar la imagen del espacio que rodea nuestro planeta. Sin embargo, la palabra firmamento es inadecuada, falsa en este caso. La Astronomía nos dice que todos los cuerpos celestes, sin excepción, se mueven. La Tierra se desplaza a la velocidad aproximada de 30 km. por segundo, unos 10.800 Km. por hora. Esta velocidad es la que mediría un hipotético observador situado en el Sol. Pero el Sol se mueve alrededor del centro galáctico, y nuestra galaxia se desplaza a través del Universo.
No tenemos ninguna sensación que nos informe del movimiento de nuestro planeta. Daremos dos motivos: uno, es que el movimiento de la Tierra, tanto de rotación alrededor de su eje como de traslación alrededor del Sol son movimientos uniformes. Carecen de aceleración lineal y, por tanto, de fuerzas de inercia como las que sentimos cuando, por ejemplo, el vehículo en el que viajamos arranca o se detiene bruscamente. Existe, sí, una acelaración normal, y por tanto, una fuerza, debido a los giros que efectuamos, pero estas fuerzas -y esto me da el segundo motivo- no las notamos. Sencillamente, nacemos con ellas y el ser humano, como las demás especies de nuestro planeta, está adaptado al entorno en que vive. Sin embargo, el movimiento está ahí. Y así, en el hipotético caso que la Tierra detuviera bruscamente su movimiento de rotación, todos nosotros saldríamos lanzados hacia el espacio a la velocidad de 40.000 Km/h.
Es tal el arraigo de estos fenómenos sobre nuestro organismo que no nos cuestionamos ciertos hechos por rutinarios. Sin embargo, ¿quién de nosotros, viendo una puesta de Sol, no ha tenido la firme impresión de que es imposible que la Tierra se mueva y de que en realidad es el Sol quien gira a nuestro alrededor? La Naturaleza es extraordinaria pero más extraordinario es aún que el hombre la vaya descubriendo.
Y todo este movimiento ¿a qué es debido? No lo sabemos. Existen teorías sobre su origen. Teorías que tratan de explicar el mecanismo de formación del Universo y que dio origen al movimiento observado. Y digo observado porque no sabemos si continuará indefinidamente o todo se detendrá al cabo de muchos eones (un eón es un período de tiempo de mucha duración) con la consiguiente «muerte» del Universo.
LA GALAXIA DE ANDRÓMEDA SE ACERCA A LA TIERRA
A pesar de no tener respuesta a estas cuestiones básicas, la Cosmología Moderna sigue trabajando árduamente por hallar respuestas coherentes con los fenómenos observados. Labor admirable si tenemos en cuenta que el hombre apenas lleva 5.000 años estudiando sistemáticamente el cielo y este tiempo representa una fracción infinitesimal de los 14.000 millones de años que por término medio los estudios dan como edad del Universo.
Sabemos, pues, que los cuerpos celestes se mueven sin poder explicar de modo absoluto su causa. Pero sí sabemos, según nuestras determinaciones, que las velocidades relativas de desplazamiento son tremendas. La galaxia de Andrómeda (M-31) -la más estudiada- se acerca a nosotros a la velocidad de casi dos millones de kilómetros por hora. Pero nada va a ocurrir, pues la distancia de tal objeto a nosotros es de 2,5 millones de años-luz o lo que es lo mismo, pero más clarificador, en un vehículo a 100 Km/h. tardaríamos en llegar unos treinta billones de años, suponiéndo que aún estuviera allí. Y aquí es donde radica el hecho de que no podamos apreciar cambio alguno en la posición de los objetos celestes cuando los observamos sin ningún instrumento, dejando aparte los componentes de nuestro sistema solar.
La conclusión -una de tantas- que podemos estimar de todo lo dicho es que, a pesar de no darnos cuenta, vivimos en un simple objeto celeste, alimentado por un Sol de mediana categoría en la escala estelar, inmersos en un océano espacial que parece no tener fin en cuanto a tamaño, hasta tal punto que desde la estrella más cercana (está a «sólo» 4 años-luz) apenas se ve el Sol y de nuestro planeta ni rastro. Y es que, aunque no se dé cuenta, hombre vive rodeado de miles de millones de estrellas, de millones de planetas, habitados o no, pero tan alejados en el espacio y en el tiempo que bien podría reflexionar que no tiene otro planeta donde vivir ahora.
De modo natural, este planeta acabará con la muerte del Sol, dentro de muchos miles de millones de años, si antes no hemos acabado nosotros con él.
Desde el próximo día 24, y hasta el 2 de diciembre, tendrá lugar la XXI Edición de la Ferial Internacional del Libro de Guadalajara (México). Es la mayor reunión del mundo editorial en español. En la capital de Jalisco se reunirán autores, agentes literarios, bibliotecarios, libreros y más de 1.600 casas editoriales de 39 países. Junto a ellos, medio millón de visitantes se deleitarán sumergiéndose en el mundo de los libros y disfrutarán con la muestra de lo mejor de la producción literaria producida en castellano.
El editor Christian Bourgois recibirá el Reconocimiento al Mérito Editorial 2007, en el marco de las actividades de la 21 Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
Yo tuve la suerte de asistir a su edición número XIII. En aquella ocasión fue el premio Nobel, José Saramago, el encargado de pronunciar el discurso de inaguración de la Feria. Recuerdo que un 26 de noviembre, a las 14′00 horas, tomé el avión que debería trasladarme al D.F., y desde allí enlazar con otro que me llevaría hasta Guadalajara. Iba nerviosa y no sólo por lo que el acontecimiento al que asistía por primera vez significaba para mí. El enlace entre un vuelo y otro debería hacerlo en el espacio de cincuenta minutos y teniendo en cuenta la falta de rigor que suele reinar en Madrid-Barajas y los larguísimos pasillos que uno debe recorrer en el aeropuerto de México, el tiempo era realmente muy justo.
Para mi sorpresa embarcamos con puntualidad pero, una vez dentro del avión, el tiempo transcurría muy lento. Yo descontaba los minutos que se me antojaban de chicle, viendo como después de once horas por el aire iba a perder el siguiente vuelo, lo que me acarrearía una serie de trastornos y negociaciones en los que mi equipaje también corría peligro. Después de casi veinte minutos, una voz anunció que estábamos a la espera de que se diera la salida tan pronto como el exceso de tráfico aéreo lo permitiera. Esta tortura duró casi una hora y cuando ya andaba haciendo planes sobre cómo arreglar la situación al llegar a México, si es que no me quedaba dormida en cualquier rincón dada mi condición de hipotensa, se acrecentó el rugir de motores y otra voz diferente dijo con tono firme: «les saluda el comandante de la nave, Jorge Negrete»… Un murmullo se extendió por toda la cabina y en ese momento, presentí que un piloto con semejante nombre y empleado en Aeroméxico, nada tenía que envidiar al agente 007. Seguramente a causa de esta singular coincidencia, recuperamos de forma inexplicable el tiempo perdido y nuestro aterrizaje sólo varió diez minutos sobre el horario previsto. Corrí, transpiré y llegué cuando los últimos viajeros se iban acomodando en el vuelo México-Guadalajara.
Las teorías de Platón acerca del arte siempre han provocado un cierto malestar, y no sólo porque formulan una condena explícita del arte y los artistas, sino, precisamente, por venir de donde vienen, es decir, del filósofo que fundamentó -como comenta, por ejemplo, Panofsky- «el contenido metafísico de la belleza de una manera válida para todas las épocas».
En su polémico libro La imagen y el olvido, Pedro Azara (París, 1955) ofrece un documentado estudio de la teoría platónica del arte, «una relectura» que retoma los problemas desde el principio.
Platón y Aristóteles
El autor, arquitecto y profesor de Estética en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, muestra cómo esos juicios del filósofo ateniense contra las artes y los poetas no son sino la consecuencia necesaria del núcleo doctrinal del corpus platónico, el desarrollo coherente de la propia metafísica.
Para Platón, las imágenes artísticas (y las artes, en general) representan fatalmente el artificio de una apariencia, son siempre falsas, dañan la memoria y envuelven al hombre en las sombras; aletargan, por consiguiente, al alma, la alejan así del auténtico conocimiento, del reencuentro con las formas primeras. Las imágenes artísticas borran la huella primordial de una anterior vida beatífica: el arte es engaño y olvido del ser.
Las imágenes poéticas y pictóricas parecen mostrarlo todo ante los ojos de los hombres, pero vuelven a éstos más ignorantes y los encadenan a lo sensible. Platón creía en la existencia de una realidad objetiva y ejemplar; y el arte, en cuanto ilusión, significaba para él una impostura, la desfiguración y desvalorización de lo real. Los artistas son magos que convocan a fuerzas sombrías, astutos seductores que arrastran a las gentes hasta el fulgor de una apariencia que ciega la verdad. Esos efectos nocivos debían ser rechazados tanto para bien del alma como para el buen funcionamiento de la ciudad. «Es la razón -se lee en un célebre pasaje de La República- la que obliga a desterrar a los poetas de nuestro Estado».

Pedro Azara, que declara su deuda con los estudios de la antropología cultural (Vernant, Detienne), expone con cabal autoridad la doctrina de Platón en las coordenadas de la Grecia clásica: recorre con dominio los Diálogos, comenta objetos artísticos muy diversos, recrea fábulas y textos literarios, se detiene en los documentos de la cultura griega con verdadero deleite de filólogo, esto es, tal como pedía Nietzsche, como un observador atento que con su lenta y cuidada lectura enseña a leer y a mirar.
En La imagen y el olvido no se proponen, pues, cuestiones platónicas al modo de un ejercicio erudito o como quien plantea el reto de un problema de ajedrez; Azara analiza el sistema platónico porque vislumbra en él un principio de sentido, o más exactamente, porque quiere justificar la pertinencia de esa idea del arte entendido como engaño.
Mi querido amigo, Luis D’Anyana, me pidió mil disculpas debido a que el cuento que ya tenía listo para enviarme ese mismo día –ante mi continua insistencia de subirlo a este blog– desapareció; se evaporó para siempre en la inmensa y oscura blogosfera cuando, al tratar de hacer una pequeña corrección, pulsó involuntariamente la tecla que no correspondía. Sé muy bien la reacción que se produce en un momento así porque me ha pasado a mí en varias ocasiones: rabia, ganas de pegarle una patada al ordenador, de sentirte un auténtico huevón, gilipollas, etc… Pero bueno, las veces que me ha ocurrido (aunque sea simplemente escribiendo una carta) he recordado al gran Robert Louis Stevenson para consolarme.
Resulta que dos o tres años después de volver a Edimburgo con Fanny Osbourne, su esposa norteamericana, y alcanzar la fama con La Isla del Tesoro, tuvo una recaída de la enfermedad que padecía (tuberculosis). Fue en esos mismos días cuando, a pesar de su estado de salud, comenzó a escribir El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr Hyde.
Hay dos versiones sobre el manuscrito de esa novela: la primera asegura que cuando la terminó se lo leyó a su mujer, y ésta le dijo que estaba mal escrita y no le gustaba… Entonces Stevenson, en un momento de rabia, la arrojó al fuego de la chimenea. La otra versión dice que él tenía bien guardado el manuscrito, pero ella se lo encontró, lo leyó y le pareció que el personaje de Mr. Hyde revelaba aspectos casi biográficos de la vida disoluta, mujeriega y bohemia que había llevado el propio Stevenson en su juventud, y lo echó a las llamas… Sea cual sea la verdad, el caso es que esa primera versión del Dr. Jekyll se perdió para siempre.
Y ahora viene el ejemplo consolador para los que borran o pierden escritos: Esa novela estaba comprometida para ser impresa. El editor le exigió al gran escritor escocés la entrega del original; él reaccionó, y la volvió a escribir en TRES DÍAS, prácticamente sin descansar… En unas cuantas semanas (o muy pocos meses) se vendieron decenas de miles de ejemplares; no recuerdo exactamente el número pero, en todo caso, una cifra astronómica para aquellos tiempos, e incluso para los actuales…
La historia es absolutamente verídica: una de las obras maestras de la literatura contemporánea escrita (bueno, re-escrita) en tan sólo 3 días.. Así que, querido Luis, que te sirva de ejemplo Robert Louis Stevenson y ponte manos a la obra…
Espero no equivocarme ahora con el mouse o apretar alguna tecla rara, y borre sin querer estas cuatro letras…
Un fuerte abrazo
Luis Irles
Islandia –cuyo nombre se deriva del que le dieron los normandos, Ice-land, país del hielo– -no es tan fría para merecer que así se la llame. Aunque su extremo norte toca con el círculo polar ártico, la corriente templada del golfo de México trasporta la isla, climatológicamente hablando, dos mil quinientas millas hacia el sur de su posición geográfica. Varias ciudades de Europa y los Estados Unidos son normalmente más frías durante el invierno que Reikiavik, la capital de Islandia. Como los lagos no se hielan allí, es preciso importar hielo. Los padres de la ciudad construyeron, especialmente para los niños, una pista de patinaje al aire libre, la cual tiene que ser helada artificialmente.
El primer lugar en que el hombre blanco vio una fuente que despedía chorros de agua caliente y de vapor se halla a unos ciento sesenta kilómetros de Reikiavik. Hay allí un géiser que lanza agua caliente a una altura de sesenta y siete metros y que, con excepción de un corto periodo de inactividad, ha estado haciendo erupción cada veinticuatro horas desde hace muchos siglos.
En la actualidad, la calefacción de toda la capital se efectúa por agua caliente bombeada de fuentes termales. Las aguas termales se usan también para calentar centeares de piscinas de natación públicas de la ciudad. El agua caliente que sale de los caloríferos de las casas de Reikiavik se lleva por tuberías a pequeños invernáculos situados en los patios de aquéllas. Gracias a esto se cosechan allí, en todas las estaciones, centenares de toneladas de tomates, pimientos, pepinos y melones, y se cultivan tulipanes, claveles y gladiolos.
Durante muchos siglos los pescadores islandeses han estado sacando del mar agua dulce para beber, la cual proviene de fuentes termales submarinas situadas lejos de la costa. La presión interior lanza el agua dulce hasta la superficie del mar. Los pescadores, guiados por el burbujeo, la sacan con baldes.
Estos pescadores pescan hasta mil barriles de arenques en una sola redada. A mediados del verano, el mar se enrojece a causa del sinnúmero de cangrejos que suben del fondo. Casi inmediatamente los arenques acuden por centenares de millones a alimentarse de los cangrejos. Tan tupidos son los bancos de peces, que la presión de los de abajo saca del agua a los de arriba, lanzándolos al aire. Los islandeses sacan anualmente como cuatrocientos millones de kilos de pescado, lo cual equivale a unos tres mil kilos por habitante.
Islandia es una de las regiones más sanas y desarrolladas del mundo. El índice de mortalidad de la isla es menor que el de todos los demás países. En 1938, la mortalidad infantil de Islandia fue la menor que se registra en la historia demográfica del mundo: 27,8 muertes por mil, entre niños de un año o menos. En los Estados Unidos fue de 51 por mil. La segunda causa principal de la muerte en la isla es la vejez.
Los islandeses figuran entre los primeros hombres del mundo occidental que emplearon la imprenta, la cual introdujeron en 1530. Antes del año 1600 publicaron más de cuarenta libros. Los eruditos están de acuerdo en la opinión de que, salvo la antigua Grecia, ninguna otra nación de los tiempos pasados produjo tanta literatura de tan alto mérito como Islandia. El escritor islandés contemporáneo más eminente es Halldor Laxness, que ganó el Premio Nobel de literatura en 1955.
En Islandia no hay analfabetismo. Entre sus 307.000 habitantes, no hay adulto que no sepa leer y escribir. Las leyes de educación obligatoria se hacen cumplir rigurosamente.
Si Eric el Rojo, famoso descubridor noruego del siglo X, fuera hoy a Reikiavik, podría conversar sin dificultad con los habitantes actuales de la ciudad. El idioma de Islandia ha cambiado tan poco, que los alumnos de segunda enseñanza leen manuscritos iluminados del siglo XIII tan fácilmente como leen los periódicos de hoy. Por otra parte, más del 80 por ciento de sus habitantes hablan un perfecto inglés.
Reikiavik
Islandia es el paraíso de los artistas, entre sus músicos seguro que ha oído hablar de Björk y The Sugarcubes. Casi no hay casa que no ostente con orgullo uno o más cuadros de pintores contemporáneos. Un consejo parlamentario paga sueldo a varios pintores, escultores, escritores y compositores de música, remunera el trabajo meritorio de otros, y ha comprado unas cuatrocientas obras de arte moderno para la galería nacional. Aun a los borrachos se les obliga indirectamente a hacer algo por el arte: las multas impuestas a los infractores de la ley sobre licores se depositan en un fondo cultural.
Hace más de mil años, cuando la única forma de gobierno que existía era el despotismo, los islandeses organizaron asambleas locales y un gran parlamento nacional llamado Althing. Parece que durante más de trescientos años Islandia era la única república independiente que había en el mundo. Posteriormente el país cayó primero bajo el dominio de Noruega y luego bajo el de Dinamarca. Después que Alemania invadió a Dinamarca, en la última guerra mundial, Islandia se convirtió de nuevo en república independiente.
En el año 1000 los islandeses adoptaron la religión cristiana, después de discutirla y compararla con el paganismo en la reunión anual del parlamento, en presencia de casi todos los habitantes de la isla. No habiendo podido llegar a un acuerdo, los dos bandos opuestos resolvieron dejar la decisión a Thorgeir, jefe de edad provecta muy acatado. Tras meditar y deliberar dos días en su tienda, Thorgeir dictaminó que la religión cristiana debía reconocerse como única religión oficial, pero que a aquellos que no estuviesen aún dispuestos a abrazarla debía concedérseles el derecho de adorar a los dioses escandinavos. Uno de los jefes dijo que en tierra sería cristiano, pero que en el mar se sentiría más seguro invocando a Odin.
Los avances y la calidad en la fotografía digital han llegado a unos límites de perfección increíbles. Un portal italiano de internet ha difundido fotografías de alta definición de “La Última Cena”, de Leonardo da Vinci. Gracias a esta iniciativa, se puede contemplar desde el monitor todos los detalles que esconde la obra.
El genial maestro trabajó en esta magna pintura mural para el refectorio del monasterio milanés de Santa Maria delle Grazie, desde 1495 a 1497. Actualmente sólo se permite un número restringido de visitas: un máximo de 300.000 personas al año pueden verlo de cerca. Si pincha en el enlace que figura más abajo, podrá contemplar con absoluta nitidez -y eligiendo las zonas que desea observar con más detalle- una de las obras más famosas del gran artista del Renacimiento.







































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