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Óleo de Vicente Pérez Molías, autor del siguiente texto.

El embarco en Santurce

 

Era un día lluvioso y frío de aquel diciembre cuando llegué con la pesada maleta, que casi arrastraba por las relucientes escaleras de madera del cómodo y limpio hostal del centro de la Villa de Bilbao. Al día siguiente tenía que embarcar como tercer oficial de cubierta en la Motonave Covadonga, de la Compañía Trasatlántica Española, y debía realizar la consabida visita a la Consignataria para formalizar el contrato, hacer la revisión médica -la cual temía porque solían examinar hasta la próstata- y presentar la documentación en la Comandancia Militar de Marina.

mncovadonga.jpgAllí presenté -algo nervioso, debo confesar- la libreta de navegación sellada para el enrole, indispensable para que los días de mar me sirvieran de práctica necesaria para el exámen de capitán, aunque yo no tenía prisa por ir a dicho exámen. Tampoco estaba preparado para tal hazaña, desde luego, ni ganas de ver la cara de algún profesor como el Cúmulo Limbo o el Narigudo de Zorroza, como llamábamos entre nosotros a estos antiguos capitanes, pero a los que sin embargo les teníamos un gran respeto. Y a veces, hasta miedo… Sí, miedo a las calabazas que no tenían reparo en repartir a la mínima falta a clase. Había que ir preparando la documentación, el diario de navegación, ( “Log book) y el historial.

También tenía que ir a Sanidad por aquello de que alguna vacuna ya me había caducado y no me acordaba si era la del cólera, la viruela (smallpox) , la malaria o fiebre amarilla… ¡Qué bien, qué felicidad, no existía el Sida!, pero sí la exquisita y famosa sidra del puerto de Gijón o las menos recomendables purgaciones del puerto de Maracaibo.

g81419compania-transatlantica-espanola-posteres.jpg Por el Instituto Social de la Marina era necesario pasar para firmar el contrato por cuadruplicado y llevarlo al segundo oficial. Cuántas cosas y recados debía realizar en un sólo día, demasiados, pero todo estaba estudiado para ahorrar gastos a la Compañía que por entonces le llamaban Centenaria, cien años casi de ir y venir a América, tanto la del Norte, la Central o la del Sur.

En fin, lo peor ya había pasado puesto que me había desprendido de la maleta en el Hostal. Era hora, pues, de disfrutar de los encantos que me brindaba esa hermosa ciudad.


Vicente Pérez Molías

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