A la hora del crepúsculo en que el Sena arrastraba las sombras de los árboles, llegué al número 17. Sobre la piedra, encima de la puerta, estaba grabado el nombre: Hotel de Lauzun. La soledad y el silencio de aquel lugar contrastaban con el bullicioso París de unos metros más allá, donde los turistas se agolpaban en Notre Dame o hacían largas colas frente a la Torre Eiffel. Esta parte de la pequeña isla de San Luis era como un oasis de paz en la ribera del río, oculto y ajeno al ajetreo de la ciudad.
La fachada era robusta, de dos plantas, pero de arquitectura sencilla. Nada llamaba en ella la atención, excepto el enroscado de las hojas doradas y arabescos en el forjado de los balcones.
La puerta estaba cerrada y las ventanas cubiertas por altas cortinas de terciopelo rojo que protegían el interior de miradas curiosas. El silencio y la quietud que emanaba el edificio creaban una atmósfera de misterio y a la vez de placer.
No parecía que hubiera vida en ella, y sin embargo movido por no sé qué extraño demonio, me acerqué hasta la puerta y di un golpe seco con la anilla que colgaba de las narices de un león de bronce. Retrocedí un poco abrumado por mi atrevimiento, cuando alguien desde dentro asomó unas gafas y entreabrió la puerta.
–Monsieur Baudelaire? -Pregunté sin pensar lo que decía. La madame tenía cara de funcionaria y de no enterarse mucho de nada, sorprendida por la pregunta, quedó un rato pensativa, pestañeó mecánicamente y forzando una sonrisa, me contestó en francés:
–Ha salido a por tabaco.
Pareció encajar el globo y el juego se ponía interesante, así que le chuté otro balonazo:
–Es que… verá, tengo algo importante que decirle y, si no tiene inconveniente, me gustaría esperarle. -Le largué en un inglés macarrónico, sin saber muy bien si me entendía o no.
–El señor Baudelaire no recibe visitas. -Pude entender, esta vez más por el tono enojado y el rojo de su cuello rechoncho, que por mis nulos conocimientos de francés. El balonazo se estrelló en el larguero.
Se excusó como pudo, supongo que por dejar bien alto el pabellón de la cortesía francesa, y yo por no parecer maleducado cerré el acto de la mejor manera posible, pero sin dejarme avasallar:
–¿Si Ud, madame, tuviera la bondad de dejarme pasar, solo con dejarme anestesiar por el éter de la estancia de monsieur Baudelaire, yo podría agradecérselo con algunas monedas e incluso con alguna obra maestra de cariño verdadero. -Esto de las monedas al menos debió entenderlo, pero parecía, sin duda, funcionaria bien pagada, pues puso cara de mona, me dirigió a la Prefectura donde debía solicitar el correspondiente permiso por escrito, y me dio con la puerta en las narices.
Desmoralizado ante la complejidad del asunto y perplejo por la longitud de los tentáculos de la burocracia, bajé el telón y me senté por última vez a contemplar el edificio desde el pretil del río, quizá en la misma piedra en que Cortázar, cuenta, se sentó aquella mañana de domingo en las babas del diablo.
Bajaba mansamente el agua, sosegando el espacio y cubriendo de nuevo de soledad y silencio aquel instante. Alcé la vista y cuando recorría una a una las piedras del edificio, apareció detrás de una ventana un gran gato negro. Sus brillantes pupilas fijaron en mis ojos su hipnótica mirada mientras revivía los versos del poeta:
“¿Qué es lo que ahí observas con tanta atención?
¿Qué andas buscando en los ojos de ese ser?
¿Acaso ves en él la hora, perezoso y pródigo mortal?
Así es, veo la hora; ¡es la Eternidad!”.
R. Cru

























2 comments
Comments feed for this article
Diciembre 29, 2007 a 6:45 pm
Châtelet
El fantasma de Baudelaire parece observarnos a través de los ventanales del Hotel de Lauzun, a lo largo de este precioso relato que atrapa al lector desde su inicio.
Felicito a su autor y espero leer más textos suyos en este blog.
Un muy feliz 2008 y salud para todos!
Diciembre 31, 2007 a 1:06 am
Carlos García
El pasado año visité París y estuve también frente a este edificio, mientras intentaba recordar –mi mala memoria me lo impidió– algunos fragmentos de “Las flores del mal”.
Me hubiera gustado, posteriormente, haber podido escribir algo parecido a este magnífico relato.
Saludos cordiales.