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El país azteca siempre ha ejercido una gran fascinación para muchos escritores extranjeros. El deslumbramiento de Bernal Díaz del Castillo ante su primera vista de Tenochtitlán fue el primer testimonio escrito por un hombre que, más que literato, era militar. También lo hizo su jefe, Hernán Cortés, en sus meticulosas descripciones de las maravillas que su Conquista permitía ofrecerle a su Emperador.
Encuentro de Cortés con Moctezuma
El nuevo mundo estaba poblado de templos inconcebibles por su belleza, de sacerdotes y guerreros cubiertos con suntuosos mantos de finísimas plumas de aves desconocidas, de hermosas nobles cargadas con joyas de oro… México ha seguido luego cautivando la atención de otros muchos escritores extranjeros. Podríamos hablar de una gama que abarca desde Fray Bartolomé de las Casas hasta cualquiera de los relatos escritos por los testigos del principio de la guerra de independencia; pero es mejor dar un gran salto para buscar a otros escritores foráneos que hablan sobre México y en los que podemos encontrar inesperados puntos de relación con los primeros testigos. Desde Tenochtitlán casi contemporáneo. La literatura permite esos saltos en el tiempo sin necesidad de la máquina imaginada también a través de la literatura por Wells. Y de paso nos permite mencionar los malévolos viajes al México revolucionario de Evelyn Waugh o Graham Greene por encargo del gobierno inglés después de la expropiación petrolera, aunque estos viajes dieron por resultado las entretenidas novelas para las que Graham Greene siempre utiliza como escenarios oscuros países en los que reina el terror, o las desconcertadas crónicas del objetivo Aldous Huxley.
Nuestra somera crónica va desde Cortés y Bernal Díaz del Castillo hasta otros dos escritores ingleses, pero que a diferencia de sus antes mencionados paisanos, viajaron a México con un asombro y una capacidad de entrega semejante: D.H. Lawrence y Malcolm Lowry.
Para cualquier lector de Mañanas en México, La serpiente emplumada o La mujer que se fue a caballo no deja de ser por lo menos reveladora la nostalgia de Lawrence por la antigua civilización indígena. El México de La serpiente emplumada o de La mujer que se fue a caballo explica tanto al país que inspiró esas fantasías como al escritor que las imaginó. Las obras de imaginación que el contacto con México le inspiran a D. H. Lawrence pueden considerarse desvaríos de una sensibilidad enfermiza; también son libros religiosos en el más profundo sentido de la palabra. El valor del sacrificio, la renuncia a la vida en nombre de la vida, la obvia relación entre la sexualidad profunda y la muerte se hacen visibles en ellos con una intensidad que D. H. Lawrence tiene que agradecerle a la manera en que México estimula su imaginación y México a D. H. Lawrence por la manera en que hace patente sus fuerzas secretas.
Tampoco es imposible ver en Bajo el volcán, la novela en la que México se ofrece como algo más que un mero escenario para Malcolm Lowry, y Malcolm Lowry le ofrece a ese escenario las peripecias de su propia biografía para enriquecerlo, como una historia de autoinmolación que de alguna manera podría relacionarse con los antiguos sacrificios humanos de una época perdida para siempre. La alta morbidez de Bajo el volcán no deja de recordarnos al teatro isabelino, pero al mismo tiempo, la novela es indudablemente un drama contemporáneo: Quauhnáhuac, la mítica Cuernavaca que con no menos precisión y riqueza que D. H. Lawrence en relación con Michoacán, Jalisco o la Sierra Tarahumana, describe Malcolm Lowry se muestra como el escenario perfecto para esa ceremonia de autoinmolación que narra la novela.
Podemos decir en el más puro sentido que Bajo el volcán es una novela mexicana escrita en inglés por un inglés que sólo se encuentra a sí mismo con la plenitud y el dolor con que lo hace en esa novela, porque el escenario en el que ocurre la acción propicia ese encuentro. Malcolm Lowry ha transformado a Cuernavaca para cualquier amante de la lectura que haya tenido oportunidad de conocerla a través de su novela, pero lo ha hecho de la manera en que proceden los grandes escritores: siendo tan minuciosamente fiel a los orígenes reales que inspiran su elaboración mítica y visionaria que la misma Cuernavaca es ya el más claro testimonio de la profunda verdad de esa elaboración mítica y visionaria.
Si es posible que las únicas verdaderas conquistas sean conquistas literarias –conquistas de la imaginación sobre la realidad– México en la literatura de los escritores extranjeros hace posible una imagen, pero esa imagen encierra también a los escritores que la crearon.

























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