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Un análisis, por fundamental que sea, nos revela que el artista necesita hacer su obra en libertad. Esta obra puede estar influenciada por movimientos, maestros y épocas, o limitarse a seguir líneas preconcebidas.
La labor del artista implica unas determinadas conclusiones de carácter social, mental o simplemente de ejecución. El alcance de esta obra es lo que magnificará la misma. El arte no debe ser un monopolio del cual la relación sociedad-poder implique la difusión de la labor artística. Arte e independencia en nuestros tiempos es una dualidad indiscutible, pero no real; la obra del artista depende de su reconocimiento, y es en este campo donde entra la figura del crítico. El crítico es importante para el arte, pero no imprescindible. De serlo, no habría habido manifestaciones artísticas en la historia antes de la aparición de la crítica. El crítico es un «aval social» del que se sirve la sociedad para calificar o descalificar la obra artística –sea ésta literaria, pictórica o musical– de cualquier autor. No se debe menospreciar la labor crítica, porque sin ella no existiría ese afán de superación que todo creador debe poseer, pero hacer dogma de fe de las palabras de una persona que en muchos casos desconoce el medio, la técnica y el estilo nos debe hacer reflexionar. De ser imprescindible para el arte lo sería en su calidad de observador, «de mirón».
El crítico debe tener un sentido más amplio del arte; lo ideal sería que el crítico fuera histórico y empírico. No debe ser parcial y caer en la «vulgaridad teoricista». Existe una relación marital entre el artista y «su crítico». Una relación llena de apasionamiento, recelos y discusiones. El artista es como aquella esposa, fiel e imperturbable, que se reconoce como la razón de ser de la dualidad que mantiene. Es libre, pero supeditada a las correcciones que se imponen y de algún modo en su interior bucea en mundos vedados sólo a su ser. El artista sabe que la figura del crítico de arte no existiría sin él. Y, en cambio, entrega su vida creativa a éste, sin lucha, sin oposición.
La sociedad acostumbrada a ser un órgano ordenado, revisado, invade el espíritu creador y hace brotar de sus entrañas la figura del crítico. “Criticar es malo”, nos decían cuando éramos niños. La crítica, si es constructiva, es una de las mejores armas para la superación de la obra humana, nos dicen más tarde. Pero el artista, como el aire que respiramos, debe ser puro, no debe ser encapsulado y catalogado para su posterior consumo. Una obra de arte es algo único, con un sentido concreto, el de ser creada por y para el hombre. Si todos las artistas negaran al crítico pecarían de soberbia, pero cuando el crítico niega o descalifica al artista ¿peca?
El artista y el crítico son un matrimonio de intereses, una relación de respeto y sumisión la mayoría de las veces; las otras, un callado y doloroso calvario donde la cruz es la indiferencia.

























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