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No recuerdo ahora si llegué a mencionar, en alguno de los posts publicados en este Faro, al grandísimo terapeuta norteamericano Eric Berne –creador de la terapia transaccional– una especialidad que tal vez está hoy día algo relegada, pero continúa siendo una fuente de inspiración de bastantes modelos de intervención en la asistencia psicológica moderna.
El libro más conocido de Berne, que estuve releyendo últimamente, se titula Los juegos en los que participamos, y en él nos habla de nuestras conductas neuróticas, refiriéndose a ellas como si fueran parte de un juego; un ritual que todos nosotros repetimos una y otra vez, con la complicidad de nuestro entorno, intentando obtener, en la secuencia, la falsa seguridad que creemos necesitar o que nos inducen, convencen y enseñan que necesitamos.
Sin embargo, la auténtica seguridada sólo puede desprenderse del completo conocimiento y manejo de los propios recursos y de la aceptación de las propias carencias o defectos; porque ser un adulto sano es –según Berne– abandonar todos nuestros disfraces: los de víctima, los de sabelotodo, los de tiernos y desvalidos, y por supuesto también los del autosuficiente que no necesita nada.
La congruencia está relacionada con la sinceridad de aceptarme como soy. La seguridad, con conocer y asumir como propias mis incertidumbres y mis dudas. La madurez, con ser capaz de pedir sin depender. Qué bueno y sano sería poder pedir con claridad lo que busco o necesito y permitirle al otro (a los otros) decir que sí o que no, según sea su deseo:
Lo peor de nosotros está contenido en nuestros repetidos y exigentes roles neuróticos, que nos impiden aprender que manipular es exigir y que la respuesta del otro a mis exigencias o las de cualquiera, no puede ser siempre la mejor. Aprender a pedir sin exigencias es uno de los grandes desafíos del ser humano, e implica aceptar que no somos autosuficientes. De hecho, nos asegura Berne en su excelente libro, “yo mismo, cuando me obligo a hacer algo que no quiero, cuando trato, cuando intento, cuando te presiono, cuando me obligo, cuando me impongo darte… es probable que consiga darte más, quizás mucho más, pero nunca te doy lo mejor. Porque lo mejor de mí, lo más bello de mí; lo más constructivo de mí… es lo que quiero darte, es lo que me surge sin esfuerzo.”
Gran lección la que nos brinda Eric Berne en Los juegos en los que participamos. Su lectura es amena y muy recomendable. Una clave para conocernos mejor a nosotros mismos y que viene a resumirse en unas pocas pero certeras palabras: “Lo mejor de mí que puedo darte, es lo que quiero darte”.
Esta misma tarde (hora de Chile), me he llevado una agradable sorpresa cuando revisaba mi correo electrónico. Unas breves y cariñosas letras del amigo tucuman –así, sin la tilde y en minúsculas como él prefiere escribirlo– venían acompañadas de un archivo que abrí pensando que se trataba de uno de esas graciosas y originales historietas que suelen circular por internet, y que se visionan como diapositivas. No sé cómo se les llama en el mundo cibernético, pero ya sabéis a qué me refiero…
Bueno, pues resulta que no era tal cosa, sino algo que a mí –lógicamente– me ha gustado mucho más, y también emocionado, porqué no confesarlo. En su breve pero jugoso texto, tucuman viene a decirme que tras leer el post del avatar, y pensando en el mío, que según él es ”muy adecuado para un veterano lobo de mar como tú”, se ha permitido no obstante dibujarme otro similar pero algo más romántico y austral… y no para que lo cambie por el de la carabela, sino como un detalle de aprecio hacia este blog y de agradecimiento por haberle puesto un link al suyo.
Amigo tucuman, para mí esto es algo más que un detalle. Es un detallazo que me ha llegado al alma y que te agradezco de todo corazón. De verdad te lo digo.
Y ahora, con tu permiso, aquí lo dejo expuesto, ya que es mi deseo compartirlo con tod@s l@s amig@s de este Faro. Estoy seguro que sabrán apreciar, como yo lo hago, tu talento como dibujante y tu sensibilidad como persona.
Gracias de nuevo. Un fuerte abrazo para ti, artista!
Un Avatar, es en el marco del hinduismo, la encarnación terrestre de un dios, en particular :Vishnú.
Se dice por ejemplo que el dios Krishna es el octavo avatar de Vishnú. El término sánscrito अवतार avatāra significa ‘el que desciende’; proviene de avatarati.
La palabra también se utiliza para referirse a encarnaciones de Dios o a maestros muy influyentes de otras religiones apartes del hinduismo, especialmente a los adherentes a tradiciones dhármicas cuando tratan de explicar a personajes como Cristo.
Tipos de avatar
De acuerdo con los textos hindúes Puranas, han descendido incontable número de avatares en nuestro universo. Dentro del vaishnavismo, los muchos avatares han sido categorizados en diferentes tipos de acuerdo con la personalidad y el rol específico descrito en las Escrituras. No todos son reconocidos como encarnaciones completas o directas de Vishnú. Algunos avatares se cree que son almas bendecidas o apoderadas con ciertas habilidades de origen divino, aunque son almas individuales.
Avatares de Vishnú
Las diez encarnaciones más famosas de Vishnú se llaman colectivamente Dasavatara (dasa en sánscrito significa ‘diez’). Esta lista se encuentra en el Garudá Purana (1.86.10-11):
Matsya, el pez, apareció en Satya Yuga.
Kurma, la tortuga, apareció en Satya Yuga.
Varaha, el jabalí, apareció en Satya Yuga.
Narasimha, la encarnación mitad hombre y mitad león, apareció en Satya Yuga.
Vamana, el enano, apareció en Treta Yuga.
Parashurama (Rāma con hacha), apareció en Treta Yuga.
Rāma (Rāmachandra), el rey de Ayodhya, apareció en Treta Yuga.
Krishná (el Negro, o el Atractivo) apareció en Dwapara Yuga, junto con su hermano Balarama. De acuerdo con el Bhagavata Purana, Balarama apareció en Dwapara Yuga (junto con Krishná) como encarnación de Ananta Śesha. La mayoría de los movimientos vaishnavas lo cuentan como encarnación de Vishnú. Las versiones de esta lista que no nombran a Buda, lo enumeran como el noveno avatara.
Buda (el Inteligente) apareció en Kali Yuga.
Kalki (‘destructor de la impureza’), quien se espera que aparezca al final de Kali Yuga, lo que debería suceder en el año 428899.
Actualmente en las nuevas tecnologías e Internet, se asocia la palabra avatar a la representación gráfica (mediante un dibujo o fotografía) de una persona para su identificación. Algunas tecnologías permiten también el uso de avatares en tres dimensiones
Fuente: Wikipedia
Los Géiseres del Tatio, con más de 100 manantiales en erupción, es el campo de géiseres más grande del hemisferio sur y el tercero del mundo, después de Yellowstone en Estados Unidos y Dolina Giezerov en Rusia. El Tatio contiene aproximadamente el ocho por ciento de los géiseres en el mundo. Los Géiseres del Tatio están localizados en la Cordillera de los Andes al norte de Chile, a una altitud de 4,200 metros sobre el nivel del mar, a 150 kilómetros al estesudeste de Calama.
Del 19 al 21 de marzo del 2002, los autores visitaron el campo geotérmico para inventariar el área de géiseres y su actividad. Con más de 100 manantiales inventariados, 80 resultaron ser géiseres verdaderos y 30 más aparentemente resultaron ser manantiales en erupción perpetua. Un estudio extensivo y más detallado en El Tatio probablemente encontraría más géiseres verdaderos. Aunque los informes dijeron que la actividad de los géiseres ocurrió solamente por la mañana, no había disminución en actividad en cualquier momento dentro de cualquier parte del campo. De los manantiales inventarios, la altura media es 69 centímetros y de los géiseres verdaderos, la altura media es 76 centímetros.
Dentro del campo existen tres zonas separadas de géiseres, cada uno con características diferentes:
1) La Cuenca Superior (o Terraza Principal) se encuentra cerca de la pendiente de un valle y es caracterizado por poca descarga de agua, pero con terrazas de sinter bien desarrolladas. Se encuentran grandes conos activos e inactivos dentro de la Cuenca Superior. La Cuenca Superior es la más grande (abarcando 5 km²) y contiene la mayor cantidad de géiseres en erupción. Una característica de esta zona fue el géiser más alto observado en el campo, más de 5 metros de altura. La Cuenca Superior también contiene los géiseres que aparentemente mantienen intervalos predecibles.
2) La Cuenca Media es un plano de sílice que se encuentra inmediatamente al sur de la Cuenca Superior. Contiene serie de pozas de 3 metros de profundidad con erupciones como una fuente. Los intervalos son cortos—casi continuos—y las erupciones son erráticas en duración y altura.
3) La Cuenca Baja (o Grupo del Río) se encuentra a las orillas del Río Salado, aproximadamente 2 kilómetros río abajo de la Cuenca Media. Al menos diez manantiales hacen erupción en y cerca del río con alturas de 1 a 3 metros. Algunas de las características de la Cuenca Baja es que hacen erupción desde dentro de los canales del río mismo, incluyendo varios géiseres subterráneos cuyas erupciones expulsan sedimentos a las orillas del río. Muy poca acumulación de sílice ha ocurrido en el Grupo del Río.
J.A. Glennon and R.M. Pfaff

Uno de los primeros artículos que publicamos en este Faro –creo recordar que fue en julio de 2007– se titulaba (y se sigue titulando) “Se Lee Poco”. Hablábamos en aquella ocasión del poco interés que hay por la lectura. Tanto en España como en otros muchos países de Iberoamérica. El asunto sigue más o menos igual. O peor. Es decir, cada vez se lee menos. ¿Por qué? La respuesta es posiblemente múltiple: no se incentiva la lectura desde las escuelas, se edita demasiado y demasiado malo, la apabullante competencia de la cultura audiovisual, las absurdas campañas de fomento de la lectura., etc… Así que con la creencia de que leer beneficia seriamente la salud, volvemos a plantear la cuestión recogiendo tres opiniones de otros tantos conocidos editores que últimamente han aparecido en la prensa.
Claudio López, por ejemplo, plantea una tesis: “Los editores publicamos demasiados libros y, en muchos casos, de manera indiscriminada. La saturación de novedades impide una buena distribución, una presencia reposada en el punto de venta, necesaria para una mínima digestión. Con la saturación, el editor no logra otra cosa que empachar al lector, emplazándolo a realizar su trabajo, a seleccionar entre lo ya seleccionado.
De todos modos –añado yo– la misión del editor no es la de promover la lectura.
UNA IMAGEN NO VALE MIL PALABRAS
Por su parte, Jaume Vallcorba –con una gran sinceridad– asegura que conoce pocas maneras de incentivar la lectura. La más eficaz, sin duda, será la que cree o aumente el placer de leer, y eso se da básicamente en la infancia y la adolescencia. “Estoy convencido, pues, que la educación ha de tener un protagonismo fundamental. La mentira estúpida de que ‘una imagen vale más que mil palabras’, así como el desprestigio del esfuerzo, han hecho disminuir la atención escolar sobre la lectura, en el convencimiento de que su abandono en la educación no había de causar merma, cuando la verdad es que el lenguaje es quien parece tener a su cargo la organización consistente de nuestra arquitectura mental”.
UN PLACER SENSUAL
Por último el escritor y editor Juan Cruz afirma que para leer no hace falta más tiempo, sino más ganas. “¿Cómo se pueden generar más ganas en los lectores?”, pregunta Cruz. Y su respuesta es clara: “En primer lugar, volviendo a hacer prestigiosa la lectura: cada vez se habla menos de los libros, en las conversaciones, en los discursos, en la vida pública. En segundo lugar, haciendo cada vez más accesibles los libros: los que escriben (o escribimos) de ellos deben excitar el entusiasmo por la literatura (en la expresión de Carlos Fuentes) y no el desánimo ante los libros. Hay demasiadas incitaciones para que la gente no lea, y hay muy pocas ventanas en las que pregonar que leer es un placer intelectual, aventurero, sensual. En España hay pocos lectores. ¿Cómo aumentarlos? Transmitiéndoles que leer es un placer, contándoles los libros como si fueran una aventura, explicando los libros para que la gente los quiera, no para los rehúya. Hablando de ellos, aunque sea bien”.
Ilustración: “Monica leyendo”, de Anne Belov

En unos pocos días el otoño austral llegará a Chile. Es una estación especialmente agradable para mí. Una época propicia para releer a Thomas Mann o a Rilke, para revisar la cinemateca y elegir alguna película acorde con la caída de las hojas, la refrescante brisa el Pacífico y los placenteros paseos por el puerto. Tal vez por ello, este fin de semana disfruté especialmente de uno de los mejores films de mi admirado Eric Rohmer: Cuento de Otoño (1988), de su serie Las Cuatro Estaciones.
El cine de Eric Rohmer –que a sus 87 primaveras dirigió el pasado año su genial Les Amours d’Astrée et de Céladon– se caracteriza por su simplicidad y agudeza intelectual, en los que aborda una temática que atraviesa toda su carrera: la banalidad de la vida en torno a las palabras vacías, a las acciones que llevan a cabo los individuos por canales que desafían a su propia identidad y voluntad.
La historia de Cuento de Otoño mantiene esta constante argumental. Con el propósito de convencerla para que vaya a la boda de su hija, Isabelle va a visitar a su amiga Magali, una viuda solitaria que únicamente tiene tiempo para ocuparse de sus viñedos, especialmente en ese momento de principios de Otoño en que se debe dedicar a la vendimia en el valle del Ródano. La soledad de Magali hará que tanto Rosine, la novia de su hijo Léonce, como la propia Isabelle le busquen una pareja con garantías de estabilidad. La primera piensa en su antiguo profesor de filosofía, Etienne, con el que tuvo un romance cuando era alumna suya que él aún no ha conseguido olvidar: La segunda, en cambio, pone un anuncio en un periódico, a través del que conocerá a Gérald, un interesante divorciado. Magali pretende dar a entender que no le interesa compartir su vida, pero hay cosas en la vida que no se pueden evitar.
La sinceridad y viveza que ha mantenido siempre Rohmer desde los inicios de su carrera vuelven a dejar su indeleble señal en Cuento de Otoño, la película con la que el veterano realizador francés cierra su tetralogía. Absolutamente desprovisto de pretensiones, Rohmer despliega sus elementos de naturalidad para componer una breve fábula, una historia sencilla en la que la plácida vida de la Provenza provoca que la gente intente solucionar los problemas de los demás para vencer el aburrimiento, otorgando el empujoncito necesario para que los indecisos tomen impulso y se decidan a arreglar sus vidas de una vez por todas. Con lo que, ni más ni menos, la vida entronca con la otoñal vendimia, en la que cada uno recoge lo que ha sembrado, o lo que ha querido sembrar, y la amistad sólo sirve para aportar algo de variedad y una nueva visión de los asuntos, como un esqueje nuevo puede dar algo de sabor al futuro vino.
El trabajo de Rohmer vuelve a encuadrarse en sus parámetros habituales, en los que él defiende el trabajo artesanal frente a la labor en cadena que predomina en la actualidad cinematográfica. Y los resume en sus dos características principales: el sonido directo, cargado de ruidos naturales de aviones, motos, trinos y zumbidos de abeja, y la ligereza de
sus diálogos, alejados de la literariedad. Con estos dos elementos, añadidos a la sencillez de las propuestas argumentales, Rohmer se acerca a la verdad, impregna de sinceridad los fotogramas de tal forma que el espectador tiene la sensación de haber asistido a la representación de una historia en la que no se le pretende convencer de nada, en la que no se le ha intentado sorprender, en la que los protagonistas son personas de carne y hueso que viven en provincias y a los que les pasan cosas o procuran que les pasen.

Fotograma de Cuento de Otoño
Esta cualidad de los trabajos de Rohmer, sin embargo, no dejan de lado la ficcionalidad del cine, no consisten meramente en la pura exposición de unos hechos que transcurren en frente de la cámara, sino que confiere a la puesta en escena un determinado sello de fábrica, con una realización en la que los puntos de vista están fijados y adecuados al momento y las circunstancias de la historia. Con una acusada teatralidad en algunas de sus escenas –como la de la conversación entre las dos amigas en torno a los viñedos– consistente en adecuar los movimientos de las actrices a la idoneidad del plano estático de la cámara (algo que ya hacía Dreyer en su obra maestra, Ordet) o quebrantando las leyes clásicas de la cinematografía con planos cortados en su acercamiento al motivo principal del encuadre, Rohmer sigue mostrando la sutil rebeldía que le llevó a ser una de las cabezas visibles del movimiento de la Nouvelle Vague. Sin pretensiones ni excesivos alardes, con naturalidad, el autor de La rodilla de Clara o El rayo verde sigue agilizando la cinematografía francesa, por el simple método de no buscarle retruécanos psico-filosóficos a una historia ilusoriamente real como el cine mismo. Cuento de Otoño no es más que una historia pequeña, auténticamente ficticia, con buenas interpretaciones y discutibles (o no) propuestas argumentales. Ni más ni menos que la obra de un autor que disfruta de su condición creadora y cinematográfica sin ocuparse de otras disquisiciones.
Mr. Arriflex
El pasado día 13 de marzo, el mítico cantautor Bob Dylan ofreció un inolvidable concierto en el “Arena Santiago”, ante unas ocho mil personas que acudieron a escuchar la extraordinaria actuación del artista norteamericano.

Fue su segunda presentación en Chile. En esta ocasión el cantautor llegó acompañado de una banda compuesta por cinco extraordinarios músicos. Dylan interpretó canciones clásicas de su amplio repertorio, como Lay, Lady, Lay o When the deal goes down, de su reciente disco Modern Times. Uno de los momentos más emocionantes del concierto fue cuando el genial artista interpretó Like a rolling stone, que fue coreada y largamente aplaudida por todos los asistentes.
Tras su espectáculo que se extendió por dos horas, Dylan viajó a Buenos Aires donde continuó su gira sudamericana que comenzó el mes pasado en México.
El gran músico y compositor, nacido con el nombre de Robert Allen Zimmerman el 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota, Estados Unidos, está considerado unánimemente como uno de los mejores cantautores del siglo XX. Algunas de sus canciones, como Blowin in the Wind y The Times They Are Changin, se convirtieron en himnos pacifistas y antibélicos de los movimientos civiles norteamericanos en la década de los 60.
Mr Tambourine Man
Pinchen en enlace si desean leer el artículo de Tedd Temkin, publicado en el diario “El Mercurio” de Valparaíso, sobre la actuación de Dylan en Santiago de Chile.
Cuando se habla de naufragio, todo el mundo se apunta al del alma, al exilio interior, al malditismo; a ese malditismo que –dice el poeta– te pones como quien se pone una gabardina o una corbata al salir a la calle: el malditismo se hace invitar a café, se hace besar. Cuando vas de maldito, sólo es cuestión de esperar y siempre cae algo, o una cerveza o un sujetador de color caramelo.
Ante este panorama, los náufragos de verdad estamos desprestigiados, los de barco e isla parecemos de chiste de Forges. El barco donde viajaba a Nueva York se hundió por culpa de una cosa llamada iceberg. Nadando, nadando, pero como quien sí quiere la cosa, llegué a una isla. No digo yo que estuviera desierta, pero isla era. Situada a los grados de latitud y longitud adecuados para su finalidad, ofrecía más posibilidades de las que ofrecen las islitas de náufrago convencionales: no en vano era Japón. Sé que Japón son varias islas, pero esta era la más grande, la que más trenes de alta velocidad, luces de neón y tiendas de Benetton tenía. Aquello era Japón Japón.
Problemas en el consulado tuve un montón. Parecía mentira: allí no sabían nada del Titanic, así que fue complicado explicar mi situación… en español, claro, no iba a hacerlo en japonés . No entendían el desajuste temporal: sé que habían pasado casi ochenta años, pero yo no conocía entonces; ni conozco ahora, otro tiempo que el interior (no en vano el “Centro de Estudios Filosóficos” de mi pueblo me había concedido, pocos años antes del hundimiento, una beca para ir a estudiar a la Sorbona), yo con Bergson y ellos hablándome de Oliverio Toscani. Menos mal que llegamos a un acuerdo: repatriado sin querer saber más, ni ellos ni yo.
En el aeropuerto de Barajas fui recibido por gente que, en realidad, esperaba a otros, pero me abrazaron con una mal disimulada alegría y cumplieron su papel. Llegado a casa comprobé que, como me dijo el cónsul allá en Osaka, todo había cambiado mucho, muchísimo; y es que lo de la durée, –así rezaba la lección– es sólo interior y aquí fuera habían pasado muchos años. Pude comprobar que habían adquirido el Titanic, Leonardo di Caprio, Japón y Toscani. Y la mayor o menor relevancia que tenía yo; no ya en cuanto persona sino en cuanto náufrago. Y mi mayor o menor relevancia va por foros: en unos soy requerido y reverenciado (el supermercado donde compro, por ejemplo); en otros no pasa nada (resto de foros). Pero requerimiento y reverencia; o incluso cuando no pasa nada, son por mi condición de ciudadano, no por ser un náufrago de los de verdad.
Francis C. Swimmer
“Hemos potenciado el elemento humano y el reto de la modernidad”
Realizar una entrevista con Giovanni Camieri, reconocido pintor italiano y actual director del Museo de Bellas Artes de Crotone (Reggione di Calabria), a pocas semanas del casi seguro nombramiento del escultor Vito Donato para ese mismo cargo, es como entrar en los jardines de Bomarzo y perderse. Tal es la sutileza aterciopelada, la ubicuidad dialéctica, la seductora timidez del entrevistado.
Como un informático de Sillicon Valley, Il Maestro Camieri se ajustaba sus gafas finas y respondía a las preguntas con la eficacia de una computadora. El hombre que ha cambiado la faz cultural y educativa de Calabria, colegí en el acto, era un experto en subirse por las ramas. Pero este hombre no es ni un intelectual ni menos un filósofo, es sencillamente un artista: ni siquiera se permite bromas cultas en su discurso. Camieri, el italianizante, como un nuevo Torquemada meridionale es también un animal político (fue tres veces alcalde de su pueblo natal) que juega sus cartas con habilidad de tahur. Vaya, pensé, heme aquí ante Super Camieri y lancé la primera pregunta acodándome en la mesa circular.
-¿Qué relación ve usted entre la Calabria profunda y la moderna?
-Calabria tiene un potencial dinámico y creativo, si bien había carecido de medios de producción cultural que la situaran dentro de una región avanzada en Europa. Nosotros hemos recuperado en diez años las carencias de un siglo. Hemos potenciado el elemento humano y el reto de la modernidad.
-Se ha dicho que a sus expensas se ha creado una casta político-cultural de privilegiados. Una suerte de apesebramiento de intelectuales…
-Bueno, eso requiere una reflexión. Cuando se crece en infraestructura aparecen esos peligros. Pero no ha sido esa la intención ni menos los resultados. Yo he ofrecido cargos a personas de relevancia cultural sin ningún tipo de compromiso. Concretando que es lo importante, el Museo, por ejemplo, es una apuesta de futuro y su proyecto conceptual no ha querido contentar a nadie. Nuestra política ha sido la de abrirse hacia afuera con una orientación internacional, no hemos querido caer en la autocomplacencia.
-A eso algunos le han llamado despotismo ilustrado…
-La obligación de cualquier artista comprometido es establecer los impulsos necesarios para avanzar más. Trasladar aspiraciones de mucha gente de transformar la sociedad y su cultura. Es cierto que hay fuerzas retardatarias muy numerosas en el terreno artístico, pero es el conjunto de hombres y mujeres anónimos los que hacen una apuesta por el progreso.
-¿Cómo definiría usted la sensibilidad calabresa?
-Con excepción de las polémicas que genera cualquier proyecto innovador aquí no hay indiferencia. Hay apasionamiento y eso es clave. Ese elemento elimina el despotismo ilustrado, la gente lo asume como algo propio.
-¿No ha tenido nunca la tentación de dejar ésto y volver a pintar?
-Las opciones de vida creativa, tanto en arte, literatura, etc., son muy nobles y válidas. Pero para mí lo importante es comunicar, por eso estoy aquí.
-¿Piensa que los calabreses son los «pringaos» del país?
-Le diré algo reflexivo: no estoy de acuerdo con el sentimiento victimista. Llevar al pesimismo es un agravio comparativo y no conduce a la creatividad, a querer influir y ser influido. Hay que huir de un particularismo que puede ahogar.
Don Giovanni se quita las gafas y me mira con ojos simpáticos. Enciende su Cohibas número siete. Me resisto a resignarme a su discurso inexorable. Intento hacerle una pregunta personal y me llevo una sorpresa. Al director del Museo le chifla Adriano Celentano.
Y la pena es que sus paisanos no lo hayan sacado hasta ahora en procesión, con su semblante de profesor de Oxford animando el tedio de la parada del autobús que te lleva a Catanzaro. El gran artista calabrés habría roto muchos corazones. Pues al fin de cuentas, amado lector, vuelvo a colegir que lo que realmente se admira de Camieri son sus rizos celestiales.
Paolo Bermelli, corresponsal de Il Faro en Italia
En septiembre de 1989 tuve el privilegio de asistir como invitado al prestigioso Festival de Cine de San Sebastián. Precisamente en aquella edición se le rindió el último homenaje a Bette Davis, esa actriz irrepetible –nominada 10 veces al Oscar– que desarrolló una fértil carrera hasta una avanzada edad y que durante una época fue conocida como la Reina de Hollywood. Justo dentro de un mes se cumplirá el centenario de su nacimiento.
Bette Davis vino al mundo el 5 de abril de 1908 en Lowell, Massachusetts, y comenzó a trabajar en el cine en 1931. Era uno de los monstruos sagrados de la pantalla y el homenaje en el festival de San Sebastián –con todos sus tics y caprichos– supuso su cariñosa despedida. De esta extraordinaria actriz y mujer se ha escrito ya casi todo, con varios libros dedicados a su vida y obra y también un par de ciclos retrospectivos, así como algunos elocuentes programas monográficos. Actriz por encima de todo, prolífica y personalísima, Bette -que comenzó en papeles que trataban de explotar su atractivo- se fue especializando cada vez más en la encarnación de fuertes personalidades, de personajes cargados de complejidad o de manías. Si recordamos 20.000 years in Sing Sing, de Michael Curtiz (1933) tendremos esa imagen convencional de sus primeros tiempos, que se podrían extender, a modo de frontera, hasta El bosque petrificado (1936), por ejemplo. Frontera que irá desarrollándose a través de Marked woman, Kid Galahad, por citar las más conocidas, hasta llegar a la imponente Jezabel (1938), de William Wyler.
La estrella y el mito irán madurando e incluso repitiéndose con La solterona, The private lifes of Elizabeth and Essex, La carta, La loba, Old acquaintance (primera versión de Ricas y famosas), The corn is green, Una vida robada, Beyond the forest, etc.
Con Eva al desnudo nacerá una nueva etapa, de absoluta madurez, de sabio envejecimiento, que pasará por El favorito de la reina (impresionante calva), Un gangster para un milagro (inolvidable Annie Manzanas), Qué fue de Baby Jane? (el horror), etc.
El mito y la actriz ya eran completamente inseparables. Y juntos y resistiéndose a apagarse estuvieron todavía en aquel el festival de San Sebastian. Un mes más tarde, como una cruel ironía de la vida, muere en Neuilly, Francia, a la edad de 81 años debido a un cáncer de pecho. Sus restos y su mirada yacen en el cementerio de Los Angeles, California, donde jamás faltan flores en su tumba.
Mr. Arriflex
KIM CARNES — BETTE DAVIS EYES
Gracias, querida Pompas, por habernos hecho recordar esta hermosa canción; pero sobre todo, por las generosas y emotivas palabras que has escrito sobre este faro en tu maravilloso Club. Es el mejor premio que podíamos recibir… Los fareros te dedicamos Bette Davis Eyes con todo nuestro cariño y admiración. Mr. Arriflex & Co.
































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