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En unos pocos días el otoño austral llegará a Chile. Es una estación especialmente agradable para mí. Una época propicia para releer a Thomas Mann o a Rilke, para revisar la cinemateca y elegir alguna película acorde con la caída de las hojas, la refrescante brisa el Pacífico y los placenteros paseos por el puerto. Tal vez por ello, este fin de semana disfruté especialmente de uno de los mejores films de mi admirado Eric Rohmer: Cuento de Otoño (1988), de su serie Las Cuatro Estaciones.
El cine de Eric Rohmer –que a sus 87 primaveras dirigió el pasado año su genial Les Amours d’Astrée et de Céladon– se caracteriza por su simplicidad y agudeza intelectual, en los que aborda una temática que atraviesa toda su carrera: la banalidad de la vida en torno a las palabras vacías, a las acciones que llevan a cabo los individuos por canales que desafían a su propia identidad y voluntad.
La historia de Cuento de Otoño mantiene esta constante argumental. Con el propósito de convencerla para que vaya a la boda de su hija, Isabelle va a visitar a su amiga Magali, una viuda solitaria que únicamente tiene tiempo para ocuparse de sus viñedos, especialmente en ese momento de principios de Otoño en que se debe dedicar a la vendimia en el valle del Ródano. La soledad de Magali hará que tanto Rosine, la novia de su hijo Léonce, como la propia Isabelle le busquen una pareja con garantías de estabilidad. La primera piensa en su antiguo profesor de filosofía, Etienne, con el que tuvo un romance cuando era alumna suya que él aún no ha conseguido olvidar: La segunda, en cambio, pone un anuncio en un periódico, a través del que conocerá a Gérald, un interesante divorciado. Magali pretende dar a entender que no le interesa compartir su vida, pero hay cosas en la vida que no se pueden evitar.
La sinceridad y viveza que ha mantenido siempre Rohmer desde los inicios de su carrera vuelven a dejar su indeleble señal en Cuento de Otoño, la película con la que el veterano realizador francés cierra su tetralogía. Absolutamente desprovisto de pretensiones, Rohmer despliega sus elementos de naturalidad para componer una breve fábula, una historia sencilla en la que la plácida vida de la Provenza provoca que la gente intente solucionar los problemas de los demás para vencer el aburrimiento, otorgando el empujoncito necesario para que los indecisos tomen impulso y se decidan a arreglar sus vidas de una vez por todas. Con lo que, ni más ni menos, la vida entronca con la otoñal vendimia, en la que cada uno recoge lo que ha sembrado, o lo que ha querido sembrar, y la amistad sólo sirve para aportar algo de variedad y una nueva visión de los asuntos, como un esqueje nuevo puede dar algo de sabor al futuro vino.
El trabajo de Rohmer vuelve a encuadrarse en sus parámetros habituales, en los que él defiende el trabajo artesanal frente a la labor en cadena que predomina en la actualidad cinematográfica. Y los resume en sus dos características principales: el sonido directo, cargado de ruidos naturales de aviones, motos, trinos y zumbidos de abeja, y la ligereza de
sus diálogos, alejados de la literariedad. Con estos dos elementos, añadidos a la sencillez de las propuestas argumentales, Rohmer se acerca a la verdad, impregna de sinceridad los fotogramas de tal forma que el espectador tiene la sensación de haber asistido a la representación de una historia en la que no se le pretende convencer de nada, en la que no se le ha intentado sorprender, en la que los protagonistas son personas de carne y hueso que viven en provincias y a los que les pasan cosas o procuran que les pasen.

Fotograma de Cuento de Otoño
Esta cualidad de los trabajos de Rohmer, sin embargo, no dejan de lado la ficcionalidad del cine, no consisten meramente en la pura exposición de unos hechos que transcurren en frente de la cámara, sino que confiere a la puesta en escena un determinado sello de fábrica, con una realización en la que los puntos de vista están fijados y adecuados al momento y las circunstancias de la historia. Con una acusada teatralidad en algunas de sus escenas –como la de la conversación entre las dos amigas en torno a los viñedos– consistente en adecuar los movimientos de las actrices a la idoneidad del plano estático de la cámara (algo que ya hacía Dreyer en su obra maestra, Ordet) o quebrantando las leyes clásicas de la cinematografía con planos cortados en su acercamiento al motivo principal del encuadre, Rohmer sigue mostrando la sutil rebeldía que le llevó a ser una de las cabezas visibles del movimiento de la Nouvelle Vague. Sin pretensiones ni excesivos alardes, con naturalidad, el autor de La rodilla de Clara o El rayo verde sigue agilizando la cinematografía francesa, por el simple método de no buscarle retruécanos psico-filosóficos a una historia ilusoriamente real como el cine mismo. Cuento de Otoño no es más que una historia pequeña, auténticamente ficticia, con buenas interpretaciones y discutibles (o no) propuestas argumentales. Ni más ni menos que la obra de un autor que disfruta de su condición creadora y cinematográfica sin ocuparse de otras disquisiciones.
Mr. Arriflex

























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