Nuestro buen amigo Shoelane, ha tenido la gentilez de enviarnos esta estupenda crónica de su reciente viaje a España por si estimábamos oportuno publicarla en este blog. No sólo es un honor para nosotros el hacerlo, sino que –además– le quedamos eternamente agradecidos por su elegante detalle. Por cierto, le felicitamos por su magistral dominio de nuestra lengua.
La Alhambra de noche.
Acabo de regresar a Montreal –mi ciudad natal, donde ejerzo como profesor de Literaturas Hispánicas–después de mi vigésimo viaje a España. Pues bien, me reafirmo en lo que le respondí en cierta ocasión a un amigo neoyorquino que me preguntó por ese amado país: “Mira James, le dije, de casi todas las cosas que uno diga de España es posible afirmar lo contrario.” Hay, sin embargo, una sola cosa indiscutible: su pueblo es el más diverso e individualista de Europa. Su formalismo es un disfraz; los españoles son seres humanos hasta el límite máximo.
En realidad, no se puede hablar de una sola España, sino más bien de una amalgama de ocho a diez pueblos intensamente diferentes que viven en ocho o diez regiones (ahora conformadas por 17 Autonomías) y climas también diferentes y que hablan diversas lenguas. Hay tantas Españas como hay españoles… y éstos son 45 millones. “Cada español -escribió el ensayista Ganivet- lleva un pasaporte que reza: “Este español tiene derecho a hacer lo que le da la gana”.
En ninguna otra nación de Europa (España es el cuarto país más extenso del continente, tras Rusia, Ucrania y Francia) es tan pequeña la distinción de clases; no se hace hincapié alguno en la categoría social y, a despecho de las diferencias de riqueza, todos los españoles –su renta per cápita ronda los 32.000 dólares, siendo el octavo del mundo– inspiran sus actos en el principio general de la igualdad humana. He visto a un primer ministro abrazar a su jardinero con el tradicional abrazo masculino, ambos hombres en pie, pecho contra pecho, un brazo de cada uno apoyado en el hombro del otro. He visto a un camarero que regresaba de unas vacaciones abrazar a un cliente del mismo modo. Es una igualdad del corazón que nace de la idea fundamental sobre la cual se basan todas las relaciones entre españoles y consiste en la dignidad de ser hombre. «¡Hombre!” es la exclamación favorita del español. Hasta algunas mujeres la emplean al dirigirse unas a otras.
Los grandes temas de la vida española están representados –fundamentalmente– por tres ciudades: Madrid, Barcelona y Sevilla (aunque yo sienta debilidad por Granada). Madrid, la capital plantada en el centro de España, fue construida por mandato real en el siglo XVI. La parte más placentera, en torno a la antigua Plaza Mayor con sus soportales de arcos, pertenece a aquella época. El Madrid moderno se divide en los sectores del siglo XIX y el siglo XX. Este último es espectacular, abundante en rascacielos y lujoso. En los barrios del siglo XIX están las umbrosas avenidas, los Museos, los cafés bajo los árboles donde las gentes se sientan a conversar desde la mañana hasta la noche cuando hace calor. (El madrileño tiene fama de comentarista picante, ingenioso y aficionado a los chismes escabrosos.)
Barcelona, es un puerto industrial, una de las ciudades recias y activas, como Génova, del Mediterráneo. Los autobuses que recorren sus soberbias avenidas están llenos de anuncios. Vender, vender, vender … la pasión mediterránea por el tráfico al menudeo. La riqueza básica de Barcelona es producto de su industria y los catalanes calculan que trabajan diez veces más que el resto de los españoles. Uno siente que en el fondo de la vida barcelonesa late la cultura. Barcelona es famosa por su dinamismo, y cuenta con una vigorosa clase media.
Dice un adagio que “a quien Dios quiere bien le da casa en Sevilla”. Es una ciudad de delicias y placeres. Las casas –en sus barrios tradicionales– son blancas y están construidas alrededor de patios resguardados contra el sol, donde el agua bulle en las fuentes, las carpas doradas se crían a centenares en las cristalinas cisternas del palacio moro, las naranjas maduran en los árboles callejeros y el aire es como un bálsamo perfumado de jazmines y rosas. Los sevillanos, mayoritariamente, hablan de toros, mujeres, fiestas y diversiones. La gente siente afición por el canto y la poesía y está siempre propicia a la diversión y la risa.
El español trabaja largas horas, echa prolongadas siestas cuando aprieta el calor y se pasa de claro en claro la mitad de la noche. Se almuerza de las dos y media de la tarde en adelante; la cena nunca
toca a su fin antes de las diez de la noche, y a veces mucho más tarde. Las ciudades españolas reviven súbitamente a las ocho de la tarde; pero los jóvenes suelen salir de casa “para ir de marcha” a partir de las 11 o 12 de la noche, cosa que sorprende a todos los que llegan de fuera… incluyéndome a mí, con la diferencia de que no sólo me sorprende, sino que me encanta.
Siempre que llego a España percibo grandes cambios. Hace unos quince años que llegué por primera vez, pero nunca deja de impresionarme a la velocidad que estos cambios se producen. Se podría afirmar que el grado de libertad en cuanto a costumbres y tipo de vida supera a cualquier país de Europa, incluyendo a Holanda, Francia o Inglaterra. Además, el extranjero es acogedoramente recibido como turista en excelentes hoteles, y el turista descubre que España es uno de los países más diversos, interesantes y relativamente baratos (me refiero para el resto de europeos occidentales) que aún quedan, aunque en este viaje he notado un notable aumento en los precios, incluso comparado con los Estados Unidos o Alemania.
Pero sigue siendo –a pesar de los cambios tremendos que se han producido en los últimos años– tierra de singular honradez. Los españoles pueden dejar las cosas para mañana pero merecen la confianza absoluta. Su paciencia es su gran virtud; su dignidad y respeto propio son inolvidables.
-¿Cuánto gana usted? –le pregunté a un maduro empleado de un parking barcelonés.
-Mil trecientos euros –contestó con suave ironía. Un salario que casi no alcanza para vivir bien, pero sí para morir con dignidad.



























8 comments
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Abril 26, 2008 a 10:11 pm
goroka
Bien,lo primero saludar a los fareros y a Luis especialmente y disculpad por mis ausencias, después de varias travesías desérticas empiezo a divisar algún oasis, fértil y acogedor así pues nos vamos leyendo ahora sí,ahora me voy a leer este post,un besiño!
Abril 27, 2008 a 6:09 pm
Tere
Una acertada visión de nuestro país la que nos ofrece aquí el amigo shoelane, aunque me he sentido algo defraudada al no ver reflejada en su artículo a Valencia –mi tierra–, que sin entrar en polémica, tiene más significancia que Sevilla. Es normal que un canadiense se sienta más atraído por Andalucía, ya que su nombre es el que se ha asociado generalmente a España… En todo caso, le felicito por su crónica y por su castellano perfecto; además queda invitado a esta ciudad de luz, mar y naranjos –ahí está Sorolla para confirmarlo– cuando haga su próximo viaje a nuestra “Spain is different…”
Un saludo para él.
Abril 28, 2008 a 5:08 pm
Luis Irles
Querida Goroka. Me alegro muchísimo –al igual que el resto de los fareros– de verte de nuevo por aquí… Menos mal, porque ya estábamos organizando una expedición para salir en tu búsqueda.
Recibe todo nuestro cariño. No es necesario recordarte lo mucho que te estimamos en este Faro.
Cuídate mucho, gorokiña!
* * *
Estimada Tere. Shoelane me ha enviado un emal, pidiéndome expresamente que te de las gracias en su nombre, añadiendo a continuación que si no habló de Valencia en su crónica fue porque no quería extenderse demasiado en el post. “Valencia es una de las zonas de España que más me gustan; además tengo un montón de amigos y amigas allí.”, añade… Termina diciendo que le encanta la ‘paella’, las ‘Fallas’ y el ‘Agua de Valencia’ –que no es precisamente agua.
Te envía un abrazo, al igual que todos los fareros, que al unísono gritamos: ¡Visca Valencia!
Abril 28, 2008 a 11:50 pm
comopompasdejabon
Pero el amigo Shoelane conoce la dura estepa castellana?, seguro que veinte viajes y aún no sabe del buen vino
y mejor lechazo ( llámese así para no parecer pardillo, con perdón) aunque ese español … hummm… yo creo que lo habrá aprendido en alguna de las múltiples escuelas para extranjeros de Salamanca, seguro.
Bien, iré a extenderle personalmente la invitación: esos anglosajones son tan mirados para estas cosas
De nuevo es un placer dejarse mecer por las mareas australes, otros besos a todos… muak!
Abril 30, 2008 a 10:55 pm
trapatroles
Buen relato de España del amigo canadiense. Aunque no nombre a Valencia seguro que lo que más le gusta es la paella y la horchata de chufa de Alboraia…jejeje.
Saludos a Shoelane, Luis y a todos los fareros
Mayo 3, 2008 a 7:34 pm
Luis Irles
Creo, estimat (abuelet) Ramón, que a Shoelane –además de la paella y la xufa d’Alboraia– lo que más le gusta de Valencia son las valencianas
¿Cómo va todo?
Un fuerte abrazo,
Luis
PS. Las fotos de tu último post son absolutamente ‘bonicas’.
Abril 27, 2009 a 12:55 pm
ST
Estimado amigo,
Hace unos días inicié –junto a un grupo de colaboradores– la publicación de SPAIN TODAY, un sitio con formato de periódico que tiene como objetivo la edición de noticias (escritas en inglés), relacionadas con nuestro país.
El contenido y el estilo de este artículo sobre la visión que tiene de España un canadiense me ha gustado mucho y desearía saber si, contando con su amable autorización, podríamos traducirlo y publicarlo en nuestro medio citando, obviamente, al autor y a su magnífico blog.
Espero su respuesta, quedándole muy agradecida de antemano.
Un atento y cordial saludo,
ST
Abril 28, 2009 a 12:35 pm
Luis Irles
Estimada ST,
Ante todo quisiera felicitarte por el excelente periódico en inglés que has creado –ofreciendo noticias de España en ese idioma– y que estoy seguro tendrá una buena acogida en la red.
Por supuesto que no hay ningún problema para que el artículo sea traducido y publicado en “Spain Today” cuando lo consideres oportuno. Es más, tanto mi amigo Shoelane, su autor, como yo (en nombre de este faro) nos sentiremos muy honrados.
Te deseo el mayor de los éxitos en el proyecto.
Saludos afectuosos,
Luis Irles