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De casualidad, y a través de un correo de mi querido amigo Frank Jagger -el último explorador de Africa-, tuve conocimiento de este extraordinario músico africano, que transmite en sus canciones esa fuerza, resignación, esperanza y llamada de auxilio a todos los pueblos, sobre la tremenda indiferencia, abandono e insensibilidad -por parte de todos nosotros- en que los tenemos.
Los que hemos tenido la suerte de conocer ese maravilloso continente, de extraordinaria variedad de pueblos, paisajes y culturas, captamos en su canto, además, un profundo lamento de dolor y rabia en contrapunto con una inmensa ternura.
Les recomiendo vean en youtube sus conmovedoras composiciones.
Luis Irles
Este músico y pintor, nacido en Níger (1956), pasó la mayor parte de su infancia y juventud en Senegal, donde creció musicalmente escuchando mbalax y discos de Otis Redding, Wilson Pickett, o Jimi Hendrix, que encontraba en las colecciones de sus hermanos.
La carrera musical de Ismaël Lo está salpicada de anécdotas, siendo la más famosa aquella con la que se ganó el apodo de “hombre orquesta” al aparecer en televisión con una guitarra de una sola cuerda, creada con sus manos a partir de un trozo de madera y un hilo de pescar, una armónica, y su voz. Aquel joven quinceañero, al que pronto llamarían “el Bob Dylan africano”, ya que había decidido que su vocación era la música.
De origen muy humilde, actuó durante casi un año en el club Coco Loco, de la Playa del Inglés (Islas Canarias), donde también le dejaban colgar los cuadros que pintaba, antes de ser considerado uno de los grandes de la música de Africa. Ismaël se hizo notar, en los primeros años 80, militando en la clásica banda de Dakar “Super Diamono”, y desde hace ya más de una década, cuenta sus historias en solitario. En algunas ocasiones no necesita más que una guitarra acústica y una armónica. En otras, una sólida banda le anima la retaguardia.
Ismaël Lo es un artista de la ciudad y sus canciones así lo reflejan, tanto en las letras como en la música. Es un trovador contemporáneo que canta a las cosas que le rodean y los sentimientos que le provocan, generalmente en francés, wolof u otros dialectos de su tierra. Su sonido es una mezcla de ritmos tradicionales actualizados y elementos más propios de occidente, sobre los que destaca su voz: vital, sedosa y emocionada, especialmente cuando canta baladas que son lo más importante de su repertorio.
El director de cine español Pedro Almodóvar eligió el tema Tajabone de su disco Jammu Africa. Es la única canción de autor que figura en la banda sonora de su película ganadora del Oscar “Todo sobre mi Madre”.
Formación:
Ismaël Lo – Voz, guitarra y armónica
El Hadj Malick Diouf – Guitarra Solista
El Hadj Oumar Faye – Percusión
Abib
Fuente: Musicas del Mundo
Ismaël Lô - Jammu Africa -
Me esperaba mi querido amigo patagón, Fernando, –en el aeropuerto de Balmaceda, en su viejo y destartalado jeep– para por fin, después de tanto soñar con ello, poder iniciar un corto viaje de dos días y conocer, al menos, algo de esa región de indescriptible y sublime belleza que es la Patagonia de Aysén.
Pensé que después de haber estado en Las Torres del Paine, Alaska y los fiordos noruegos –sólo por citar algunos lugares de características similares–, sería imposible sorprenderme nuevamente pero, tras habernos desplazado unos cuantos kilómetros al sudoeste de Balmaceda, no podía dar fe de lo que veían mis ojos. Tras cruzar la “Villa Cerro Castillo”, en dirección a Puerto Murta, el entorno de las montañas nevadas, ríos y vegetación salvaje iban penetrando en mi alma haciéndome sentir la pequeñez del ser humano, ante esos inhóspitos y desolados paisajes que me recordaban constantemente que “solo Dios ha podido crear tanta belleza”
Tras dos horas y media de Carretera Austral, bastante bien llevadera, llegamos a Puerto Murta –pueblo natal de mi entrañable amigo Ferrnando–, al comienzo del lago General Carrera y, que es, el segundo más grande de América del Sur (la región de Aysén es una de las mas extensas de Chile, con casi once millones de hectáreas y una población de menos de 100.000 personas).
Nuestra ruta estaba pensada en llegar a Chile Chico bordeando todo el lago y , por supuesto, con previa parada en la Catedral de Mármol para -la mañana siguiente- llegar al nacimiento del río Baker, Cocrhane, Caleta Tortél y Puerto Yungay. En fin, hasta los pies del Campo de Hielo Norte, si nos daba el cuerpo y el viejo jeep.
El tiempo se nos pasó sin darnos cuenta y la noche se acercó por sorpresa. Tuvimos la suerte de llegar a un pequeño y exclusivo lodge a orillas del lago y conseguir una pequeña cabaña , ya que el administrador conocía a Fernando. Una vez acomodados –y dándonos cuenta que no habíamos comido nada en todo el dia– nos dirigimos al Club House para deleitarnos con un buen filete del sur y un mejor caldo (Cavernet Souvignon) de nuestra tierra. Mientras disfrutábamos la cena, veíamos por el enorme ventanal las montañas nevadas que se reflejaban en el lago, gracias a la enorme luna llena que coincidió esa noche.
No había más de cuatro mesas y eramos unos cuantos comensales cuando, repentinamente, se abrió la puerta del comedor y, junto con una ráfaga fria de viento, entraron ellos…. ¡No podía creerlo!
Una de las parejas más famosas del mundo cinematográfico y artístico se sentaron a nuestro lado. Estaban absolutamente felices y despreocupados al estar alejados del mundo y tener la certeza de poder pasar desapercibidos de todos los medios. Nos sonrieron con gran simpatía y sencillez y preguntaron qué tal era el vino que estábamos bebiendo… Al instante y de manera natural nos sentamos los cuatro en la misma mesa haciendo brindis por Chile y, sobre todo, por la Patagonia de Aysén.
Tras la cena –y ya en confianza– alrededor de la chimenea, con un buen scotch en la mano, nos contarón el motivo de su presencia en el fin del mundo: Tenían en Nueva York, entre tantas otras cosas, el principal estudio de grabación para las grandes figuras de la música actual y uno de sus grandes amigos, John Dever –que era un enamorado del sur de Chile– siempre les hablaba del proyecto de hacer un “estudio mágico” en la Patagonia chilena, donde traer a sus amigos por el tiempo que quisieran y, en ese entorno mágico de belleza , tranquilidad y aislamiento, –conjugado la última tecnología con la máxima comodidad–, los famosos músicos y artistas invitados pudieran crear y desarrollar sus mejores proyectos de arte.
Tenían ya prácticamente decidido donde lo harían y, también, seríamos de los pocos invitados con el privilegio de poder conocerlo en el momento oportuno. Terminamos de madrugada sintiéndonos verdaderos amigos y, el día siguiente, lo pasamos juntos en la estancia de Fernando. Así de fascinante es a veces la vida…
Sé que estáis esperando saber quienes son esta famosísima pareja, pero prometimos no dar nombres ni detalles y –hasta ahora– siempre trato de cumplir con mi palabra.
Luis Irles
PATAGONIA DE AYSÉN
Leer es aprender. Y saber es apostar por el futuro. Porque no conocemos solamente para comprender el pasado, sino para entender al hombre, que es un ser en proceso evolutivo: una sincronía con voluntad diacrónica, un proyecto de identificación.

Biblioteca del Trinity College. Dublin
Un libro es la radiografía mental de su autor: la escritura es la huella dactilar con que la mente escribe. Un libro –un cuadro, una sinfonía, el arte– es, además de un autorretrato, una botella lanzada al océano del tiempo para salvarnos del naufragio de la muerte. El libro –el saber– es el único elixir de la eterna juventud, porque sólo leyendo se viven muchas vidas y sólo sabiendo es posible poseer en unos pocos años –los de nuestro cuerpo– la inagotable historia: saber –leer– es lo más parecido a poseer la eternidad.
La soledad no existe mientras exista el libro. Quevedo lo ilustró con estos versos: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Y Descartes lo prosificó así: “La lectura es una conversación con los hombres más ilustres de los siglos pasados”. La lectura y la escritura son complementarias. Un texto tiene múltiples creadores: quien lo escribe y quien lo lee. Tanto el yo del autor como el yo del lector son múltiples por caleidoscópicos. Un libro, en un momento determinado, es su interpretación. Y hay tantas interpreteciones como lectores en momentos interpretantes. El buen lector enriquece la escritura del autor. El gran autor transforma al lector en autor.
Un libro es la espeleología mental que un hombre hace de sí mismo y de los demás. Miguel de Cervantes, el hombre que mejor ha conocido al hombre y que mejor lo ha retratado –Dostoiewsky iluminaría más tarde su otro jánico y hydeano semblante– no supo que, al escribir “El Quijote”, estaba imprimiendo la más lúcida y coherente enciclopedia humana: el tema del lector que pretende hacer realidad la lectura es el paradigma del libro: la ficción es el rostro de la realidad.
Al volver de mis vacaciones por Europa y rememorando los momentos entrañables que pasé con muchos amigos chilenos que viven en esos lares por circunstancias laborales, políticas (en su día) y de post grado, por mencionar algunas, he creido que les gustaría -a los que tan gentilmente suelen visitar mi Blog- recordar ciertas actividades que forman parte de su Chilenidad.
Al mismo tiempo, muchos de ustedes tendrán oportunidad de conocer algo de ellas.
Luis Irles
Chilenidad es el término utilizado en Chile para describir el conjunto de expresiones culturales de este hermoso y hospitalario país que se han originado o han sido adaptadas en el territorio chileno y cuyo uso ha perdurado en el tiempo, transmitiéndose de una generación a otra, conformando la actual identidad nacional.
Muchas de estas manifestaciones culturales tuvieron su origen durante la época colonial siendo propias de la cultura criolla, mestizaje de las culturas indígenas y española, mientras que otras han surgido durante los siglos XIX y principos del XX.
Usualmente se asocia la chilenidad con manifestaciones culturales típicas de la cultura huasa de la zona central rural de Chile (IV a VIII Regiones), sin embargo la chilenidad es un concepto más amplio que abarca expresiones populares de todos los sectores y zonas de Chile. En algunos sectores, la práctica y adhesión a las formas consideradas como tradicionales de la chilenidad también es considerado un indicador de patriotismo.
La chilenidad como expresión cívica, se muestra con mayor fuerza en septiembre o Mes de la Patria, teniendo su clímax el dia 18 de septiembre, cuando se conmemora la celebración del Primer Cabildo Abierto y Primera Junta de Gobierno de Chile realizado en 1810, hecho considerado como iniciador del proceso de Independencia de Chile que fue promulgada el 12 de febrero de 1818.
Actividades típicas
Tirar la cuerda: aunque no es autóctono de Chile, suele ser uno de sus juegos típicos.
Carreras de caballos a la chilena: Son competencias de velocidad en el campo. Los jinetes montan “a pelo” (sin montura).
Cueca: Es el baile nacional. Los campesinos llamados “huasos” y la mujeres “chinas” se visten elegantemente,con el traje tradicional y con espuelas. Se baila mas en Fiestas Patrias Chinchinero: personaje popular chileno que lleva en su espalda un bombo que golpea con unas varas que simulan ser baquetas de batería, además de dos platillos sobre el bombo, que suenan gracias a la acción de una cuerda, atada a un zapato del ejecutante, quien baila acrobáticamente.
Fiesta de Cuasimodo: Celebración religiosa católica realizada, principalmente en la zona central, el primer domingo siguiente a la Pascua.
Fonda: La fonda o ramada es un recinto cubierto de material ligero donde se practican alguna de las actividades del Mes de la Patria, tales como tomar chicha, bailar cueca o comer empanadas.
Organillero: Personaje típico que toca un organillo, habitualmente acompañado por un loro, que leen la suerte escrita en papelitos y venden remolinos.
Palo ensebado: Juego en que un tronco en vertical sobre el suelo, se engrasa con sebo, y debe ser subido por los participantes. El objetivo es llegar a la parte alta del tronco.
Parada Militar: Es el desfile de las fuerzas armadas, que se realiza el 19 de septiembre de cada año
Rayuela: Juego típico chileno de puntería y acierto, en el cual el participante, arroja un tejo (cilindro de fierro) o una moneda y acertar a una caja de arena o de barro rectangular dividido en dos por la mitad, a una distancia acordada. Gana quien logra acercarse mas a ese centro.
Rayuela corta: Eufemismo usado para beber vino en vasos de un cuarto de caña (125 cc). Su nombre hace alusión a la acción de tomar el tejo pero, en vez de lanzarlo, se dirige hacia la boca. Rodeo : El rodeo es un deporte donde una pareja de jinetes (collera) montados en caballos, deben conducir a un novillo por un circuito (Medialuna) y detenerlo en secciones alcochadas del ruedo (atajadas), intentando hacerlo sobre las partes del animal que más puntuan. Está considerado como el deporte nacional de Chile.
Tijerales: festejo con carnes a la parrilla que se realiza cuando se termina una construcción. Se iza la bandera nacional en lo más alto de la obra
Trilla a yegua suelta: Tradición campesina, para separar las paja del grano con solo el trote de los animales
Trompo: Objeto de madera con un clavo en un extremo, que al lanzarlo una cuerda se hace girar. También se hacen acrobacias o que trompo gira mas tiempo
Volantín: El volantín chileno esta hecho de papel liviano (papel de volantín) con palitos de madera, y atado a un extremo con una cuerda, piola o lienzo, se hace volar con el viento. Septiembre es el mes de los volantines por ser el mas ventoso.
El motemei: Los moteros de antaño, de tanto gritar “mote de maíz”, terminaron bautizando este rico grano cocido como Motemei. El motemei es como el mote del trigo, pero de maíz.Es parte de nuestra cultura popular.
Las comidas y bebidas típicas las dejaremos para otra oportunidad, por razones obvias.
Hasta ahora, los científicos han descrito los componentes básicos de la materia (átomos y partículas subatómicas) como pequeñas esferas o puntos. La Teoría de Cuerdas afirma que el alma de dichas partículas son hilos vibrantes de energía denominados cuerdas. Las cuerdas vibran de unas formas determinadas dotando a las partículas de sus propiedades únicas, como la masa y la carga. El origen de esta teoría se remonta a 1968 cuando el físico Gabrielle Veneziano descubrió que las ecuaciones de Euler, con 200 años de antigüedad, describían la interacción nuclear fuerte, iniciándose así un movimiento que desembocaría, gracias al físico Leonard Susskind, en la aparición de los hilos vibrantes como interpretación de dicha fórmula.
-Ciencia Popular-
Existen cuatro fuerzas fundamentales en el universo: la gravedad, el electromagnetismo, y las interacciones débil y fuerte. Cada una de estas es producida por partículas fundamentales que actúan como portadoras de la fuerza. El ejemplo más familiar es el fotón, una partícula de luz, que es la mediadora de las fuerzas electromagnéticas.
El modelo estándar describe el comportamiento de todas estas partículas y fuerzas con una precisión impecable; pero con una excepción notoria: la gravedad. Por razones técnicas, la fuerza de gravedad, la más familiar en nuestra vida diaria, ha resultado muy difícil de describir a nivel microscópico. Por muchos años este ha sido uno de los problemas más importantes en la física teórica— formular una teoría cuántica de la gravedad.
En las últimas décadas, la teoría de cuerdas ha aparecido como uno de los candidatos más prometedores para ser una teoría microscópica de la gravedad. Y es infinitamente más ambiciosa: pretende ser una descripción completa, unificada, y consistente de la estructura fundamental de nuestro universo. (Por esta razón ocasionalmente se le otorga el arrogante título de “teoría de todo”.)
La idea esencial detrás de la teoría de cuerdas es la siguiente: todas las diversas partículas “fundamentales” del modelo estándar son en realidad solo manifestaciones diferentes de un objeto básico: una cuerda. ¿Cómo puede ser esto? Bien, pues normalmente nos imaginaríamos que un electrón, por ejemplo, es un “puntito”, sin estructura interna alguna. Un punto no puede hacer nada más que moverse. Pero, si la teoría de cuerdas es correcta, utilizando un “microscopio” muy potente nos daríamos cuenta que el electrón no es en realidad un punto, sino un pequeño “lazo”, una cuerdita. Una cuerda puede hacer algo además de moverse— puede oscilar de diferentes maneras. Si oscila de cierta manera, entonces, desde lejos, incapaces de discernir que se trata realmente de una cuerda, vemos un electrón. Pero si oscila de otra manera, entonces vemos un fotón, o un quark, o cualquier otra de las partículas del modelo estándar. De manera que, si la teoría de cuerdas es correcta, ¡el mundo entero está hecho sólo de cuerdas!
Quizás lo más sorprendente acerca de la teoría de cuerdas es que una idea tan sencilla funciona— es posible obtener (una extensión de) el modelo estándar (el cual ha sido verificado experimentalmente con una precisión extraordinaria) a partir de una teoría de cuerdas. Pero es importante aclarar que, hasta el momento, no existe evidencia experimental alguna de que la teoría de cuerdas en sí sea la descripción correcta del mundo que nos rodea. Esto se debe principalmente al hecho de que la teoría de cuerdas está aún en etapa de desarrollo. Conocemos algunas de sus partes; pero todavía no su estructura completa, y por lo tanto no podemos aún hacer predicciones concretas. En años recientes ha habido muchos avances extraordinariamente importantes y alentadores, los cuales han mejorado radicalmente nuestra comprensión de la teoría.
Alberto Güijosa.
aguijosa@alumni.princeton.edu
Nota: Para conocer más de esta fascinante teoría de manera entretenida y fácil, entrar a: youtube “teoria de cuerdas”
Una de las visitas obligatorias para cualquier cinéfilo que viaje a París es a la Cinémathèque Française, que mantiene de forma permanente una programación muy diversa y siempre interesante. Tuve la ocasión de comprobarlo mientras permanecí en la Ciudad-Luz, asistiendo al ciclo dedicado en esos días a mis admirados Peter Handke y Wim Wenders.
Desgraciadamente sólo tuve tiempo de disfrutar de una de ellas: La mujer zurda, con la que Handke (controvertido novelista, autor teatral, guionista de Movimiento falso, de El cielo sobre Berlín y de El miedo del portero ante el penalty, de Wenders) debutó como realizador cinematográfico en 1978. El film –interpretado por Edith Clever, Bruno Ganz, Bernhard Minetti, Angela Winkler, Michael Lonsdale y Gerard Depardieu, entre otros excelentes actores– no deja de tener interés, pese a lo discutible del resultado.
A mi juicio, La mujer zurda no es un film ‘polémico y reaccionario’ –como se le etiquetó en su época– a no ser que se entienda por tal una obra que se aparta del panfleto feminista, es decir, de la simplista consideración de que la felicidad consiste en la mera eliminación del hombre como único elemento generador de conflictos en la pareja.
Lo equivocado de la película no reside, pues, en el terreno ideológico, sino en el del estilo. Handke pretendió acercarse a realidad cotidiana con la mayor «objetividad» y para ello eligió un tono de crónica cercano al documental. A partir de una experiencia personal (Handke vivía en París desde 1970 separado de su esposa), plasmó aquí un caso de crisis personal y matrimonial desde una óptica femenina. Y queriendo evitar toda huella psicologista y sentimental de carácter literario, generó un relato descarnado, frío y distanciado que tiene poco que ver con el naturalismo propio de la narrativa tradicional.
Un ascetismo en la imagen que recuerda a Bresson, una planificación sostenida y con los actores frente a la cámara a media distancia, una búsqueda deliberada de un «cine de la mirada» (explícito homenaje al cineasta japonés Ozu), una sustitución de la psicología por el comportamiento (referencia al novelista Flaubert), además de evidentes concomitancias con el Antonioni de la Incomunicación (los personajes se convierten en objetos y los objetos en personajes) y de un palpable tributo a las entonces modernas corrientes del cine alemán (dirección de actores «teatral», saltos espacio-temporales, abundancia de tiempos dramáticamente «muertos»), configuran las características formales de un film repleto de implícitas y de explícitas referencias culturales que puede desconcertar a más de un espectador.
Handke creyó que lograba el máximo de «realismo» rehuyendo los artificios del relato de ficción sin caer en la cuenta de que la crónica o el documento deben también recurrir a ciertas convenciones narrativas, no ya para gratificar al público, sino para hacer ideológicamente productivo un trabajo estético que corre el peligro de quedar encerrado en sí mismo. Un ejemplo: al no explicitar los motivos de la crisis conyugal y al despreocuparse del contexto sociológico (de París sólo le interesó el paisaje urbanístico del extrarradio como telón de fondo de significación objetual), el drama de la protagonista se acerca peligrosamente a esa «angustia vital» de raíces irracionales y metafísicas que ignora los condicionamientos materiales de toda existencia humana.
Infeliz en su matrimonio y desgraciada en su soledad, la protagonista no parece asumir con lucidez su problema y, lógicamente, ante sí sólo halla la única certidumbre de la vejez y de la muerte (visita de su padre). La sombra de Bergman también planea sobre esta primera película de Peter Handke que, si hacemos caso a lo que declaró su autor, es ante todo una plasmación fílmica del universo plástico del pintor norteamericano Andrew Wyeth.
De nuevo en Chile, tras un intenso y enriquecedor mes de vacaciones. Santiago me recibió con su cielo gris y su soportable invierno. Afortunadamente sin la llovizna fría e incesante de otras ocasiones, en las que parece destilar una extraña sensación que corona la vecina cordillera de soledad y de añoranza.
Llegué algo cansado del largo vuelo, pero –a pesar de ello– lo primero que hice cuando pisé las calles de Valparaíso fue dirigirme al Hotel Brighton, sentarme en su maravillosa terraza y pedir un pisco sour, que bebí lentamente mientras contemplaba absorto el océano que tenía ante mí.
Cumplía así con la promesa hecha a ese gran escritor llamado Enrique Vila-Matas, que se inmiscuyó en un sueño que tuve la última noche que pasé en Cazorla… No es demasiado extraño que así ocurriera, ya que pocas horas antes yo había finalizado la lectura de una de sus mejores novelas, El mal de Montano, en la que la narración de su viaje a este hermoso país “de loca geografía” ocupa una parte muy importante.
En el sueño, unos suaves golpes dados en la puerta de mi habitación me despertaban en plena madrugada. Yo, inicialmente, sentía la rara sensación de ser el hombre más solo del mundo, pero me alegraba en seguida de que alguien viniera a ofrecerme su palabra y su consuelo a esas horas de la noche. Entonces, abría la puerta y allí estaba él, acompañado por una hermosa mujer y tres hombre de edad madura. Todos permanecían en silencio e inmóviles, pese a que yo les invitaba a pasar al dormitorio para que tomaran un café.
“No es necesario, gracias”, dijo muy serio el escritor catalán, “sólo he venido –y ellos han tenido la gentileza de acompañarme– a pedirte un gran favor: Cuando llegues a Valparaíso, diríjete a la terraza del Hotel Brighton, donde yo viví tan intensamente la entrada del siglo XXI junto a Felipe Tongoy y a la memoria de Gombrowicz, y pídele al garçon un pisco sour. Brinda entonces por nosotros, por Chile, por la literatura y por Texeira, allá tan olvidado en las Azores.”
–Desde luego que lo haré, puedes estar seguro –le respondía yo en el sueño.
–Gracias, Luís. Sé que cumplirás tu promesa… Yo te acompañaría encantado, pero –desde que estuve en Budapest– he envejecido veinte años de golpe y me siento muy agotado.
“Cuídate mucho”, le dije. No respondió. Simplemente estrechó mis manos y se alejó con sus amigos… Fue entonces cuando desperté.
Hay sueños, hay momentos, en que la irrealidad parece golpear nuestros sentidos. Esos sueños, esos instantes rara vez se olvidan. Y yo cumplo casi siempre mis promesas. Es por eso que acudí a la terraza del Brighton nada más llegar al Puerto… Me rodean los cerros multicolores y el océano gris y poderoso. He brindado entonces por Vila-Matas, por Montano, por Gombrowicz, por Chile, por Musil, por Texeira, por la auténtica literatura, por Felipe Tongoy y, también, por todos nosotros… Y ya cumplida mi promesa, me retiro, con el permiso de ustedes, a descansar de la larga travesía.
¿Lo escuchas, Montano? Cerca, siempre muy cerca del Brighton, está el rumor del mar. ¡Salud!
Después de casi tres semanas de agotadores recorridos por varias capitales y ciudades europeas (incluidas algunas españolas), de visitar renombrados museos y maravillosos monumentos artísticos, de saborear deliciosos platos de la gastronomía local y de reencontrarme felizmente con familiares y amigos, decidí pisar el freno, no hacer nada durante mis últimos días de vacaciones en España y buscar un lugar tranquilo y apartado en plena naturaleza donde poder relajarme y olvidarme de aviones, palacios y autopistas. Y lo encontré: es un maravilloso remanso de paz, un pueblo andaluz llamado Cazorla, desde donde escribo estas notas mientras contemplo el impresionante paisaje que me rodea.
Llevo tres días aquí –alojado en una acogedora casa rural– muy cerca del Parque Natural, y les confieso que tuve el momentáneo temor de que el aburrimiento se apoderara de mí una vez que hube caminado por los verdes y tranquilos senderos de la Sierra, sentado al borde del embalse de Los Teatinos, contemplado el nacimiento del río Guadalquivir, no muy lejos de Quesada, y conversado –en una tasca y sin medir el tiempo– con algunos ’sabios’ ancianos del lugar. Y subrayo lo de sabios, porque al preguntarle a uno de ellos cómo combatían sin aburrirse las largas horas de luz y calor del verano, me respondió con un tono muy serio: “Pues mire usted, amigo, lo primero que hay que hacer para no aburrirse es no hacer nada… Yo, por ejemplo, no veo la televisión, ni me voy de compras a Jaén con la familia, ni leo los periódicos… y aunque no se lo crea, estoy entretenío todo el día…”
No supe qué responder en ese momento; pero reflexionando más tarde sobre el asunto llegué a la conclusión de que, aunque la receta del anciano sea muy dura de llevar a la práctica para la mayoría de nosotros, es la más sencilla y radical… Estamos demasiado acostumbrados al «No se quede sentado; haga algo», y tal vez no sea el mejor de los consejos… En realidad, las palabras de este hombre curtido por la vida y el trabajo, entroncan –aunque él seguramente lo ignora– con muchas filosofías orientales y con ciertas escuelas de meditación, que conciben lo que nosotros denominamos aburrimiento como una fuente de renovación y de conocimiento. Como todos sabemos, estas técnicas espirituales consisten en sentarse relajadamente, recapitular sobre los pensamientos que vienen a nuestra mente y ser testigos mudos de lo que acontece alrededor. Sería el primer paso, siguiendo el consejo de Sócrates, para conocerte a ti mismo.
Y eso es, precisamente, lo que comencé a practicar –en la medida de lo posible– desde que llegué a Cazorla y escuché la respuesta de este hombre al que la edad le ha aportado sabiduría. He estado toda la mañana sentado en un banco de una fresca y pequeña placita, observando a la gente, meditando sobre la rutina diaria que prácticamente estamos obligados a llevar, y que nos puede conducir a una especie de neurosis en nuestros comportamientos, en la manera de entender la vida, en nuestro modo de sentir, de actuar.
Creo que esta misma mañana he podido constatar que el aburrimiento puede ser positivo en muchas ocasiones. Que no conviene habituarse a sentir emociones porque la vida no puede ser siempre emocionante. Estoy apreciando, intensamente, estos momentos de paz y tranquilidad. Y hasta recordé que Bertrand Russell dijo en cierta ocasión –escribo de memoria– que «para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. Las vidas de los más grandes hombres sólo han sido emocionantes durante unos pocos momentos trascendentales. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía.»
Sin yo esperarlo, este pequeño pueblo andaluz me ha convertido –aunque sea por unos días– en un observador tranquilo, un testigo imparcial de mi vida interior y del mundo que me rodea. Desde que llegué aquí he podido recuperar el silencio, que a mi modesto entender es la fuente de toda acción creativa. Como escribió Catón: «Nunca se es más activo que cuando no se hace nada.»
Lástima que el aburrimiento y la inactividad –en mi caso– no vaya a durar demasiado, pero estoy convencido de que esta tranquila estancia en Cazorla va a ser muy positiva para mí.
Abrazos,
Luis Irles
































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