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En el principio está el fin. Pocas veces la poética de T. S. Eliot pudo aplicarse coyunturalmente con más propiedad. El año 1980 fue tanto el inicio de una década como la muerte (simbólica) de una generación que, surgida y educada sobre los escombros de la segunda guerra mundial, intentó desarrollarse entre dos polos no tan contradictorios como a primera vista pudiera parecer: el nihilismo existencialista y la utopía de la llamada “década prodigiosa”. Las muertes de Barthes, Sartre, Carpentier, Lennon fueron, en consecuencia, algo más que unos meros accidentes individuales para convertirse en síntoma y testimonio del fin de un mundo que, de una manera u otra, todos ellos teorizaron, cantaron y pretendieron construir, un mundo más habitable que el infierno cotidiano por donde nos es obligado transitar. La muerte de McLuhan, acaecida el diciembre de 1980, no debe, sin embargo, ser situada en el mismo espacio.

Universalmente conocido gracias a títulos como La Galaxia Gutemberg o La novia mecánica, McLuhan fue, indudablemente, uno de los más influyentes teóricos da la comunicación de masas, a través de unas tesis tan atractivas y antiacadémicas como ambiguas en su pretendida “neutralidad científica”. El estilo aforístico que le valió el calificativo de “profeta de los años sesenta”, a caballo entre la brillantez del slogan y el dogmatismo apocalíptico de la parábola cristiana no siempre pudo convertirse en instrumento explicativo o analítico de cierto rigor. Que Enzesbarger lo calificara de ventrílocuo o Umberto Eco de pensador de cogitus interruptus no deja de apuntar a una patente endeblez del carácter aparentemente subversivo de sus propuestas. Dos son, quizá, en obligada esquematización, las ideas básicas que articulaban sus argumentaciones. La primera puede resumirse en su tan citada frase: “El medio es el mensaje” o en su posterior paráfrasis/desarrollo: “El medio es el masaje”. La segunda remite a su hipótesis del retorno del hombre a la existencia audio-táctil y a una sociedad de tipo tribal a escala planetaria, hipótesis que cobra cuerpo en su noción de “aldea global”.

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La carrera criminal de Clyde Barrow y Bonnie Parker, dos nombres en esa larga lista de «enemigos públicos» de los años treinta que el cine se encargó de popularizar –Dillinger, Legs Diamond, Baby Face Nelson o Ma Barker–, constituye el material de partida de este guión, escrito en 1965 por dos jóvenes promesas del cine USA, Robert Benton y David Newman, un trabajo que sus autores ofrecieron en primer lugar a los europeos François Truffaut y Jean Luc Godard pues lo habían concebido como una síntesis de Tirez sur le pianiste y Pierrot le fou, aunque finalmente fue Warren Beatty quien lo compró y lo produjo para la Warner, imponiendo como director al admirable Arthur Penn, reservándose obviamente el papel protagonista y eligiendo como oponente a una joven desconocida que hasta entonces sólo había intervenido en papeles secundarios, Faye Dunaway, actriz de fascinante físico que, boina ladeada y metralleta incluida, se convertiría en uno de los iconos, culturales y sexuales, más reconocibles de los años setenta.

Una condición de cult movie, premiada con dos Oscars, la película prácticamente «establece» –vista casi cuatro décadas después de su estreno– la estética y los objetos que definen esa época violenta de la historia norteamericana, que justifica por sí sola la inclusión de este título en nuestra videoteca particular, pero también un excelente film que, partiendo de los modelos de las serie B de gangsters de la época, un cine depojado de la complejidad que dispuso durante los años cuarenta con la serie negra, logra elevar el listón de estas modestas producciones hasta cotas de realismo e intención realmente encomiables, proponiéndonos un riguroso retrato de la moral y las condiciones de vida de la América profunda durante los años de la Gran Depresión, una sociedad a merced de bandidos de guante blanco, los bancos y un sistema económico en crisis, –¿les suena de algo?– que trataba de exorcizar sus demonios en la figura de unos pistoleros que vivían y morían deprisa.

Una mirada realista y compleja sobre un momento histórico, pero también relato teñido de un violento romanticismo que logra mantener el equilibrio entre la leyenda y la desmitificación, dos conceptos que pueden parecer antagónicos pero que en la película conviven en rara armonía logrando un film que participa de ese mismo aliento mítico que pretende otorgar a la trágica trayectoria de su pareja protagonista.

 

Mr. Arriflex

El gran escritor Francisco Ayala lleva tanto tiempo oyendo hablar de sí mismo y de la importancia de su obra en los innumerables actos que se organizaron con motivo de su centenario, en marzo de 2006, que el pasado miércoles, al cerrar el homenaje que se le rindió en Granada, su ciudad natal, lo dijo sin rodeos: “estoy harto de Francisco Ayala”.

Estas palabras, seguidas de las carcajadas y fuertes aplausos de los asistentes, demuestran el sentido del humor que el escritor conserva a sus 102 años y que saca a relucir en cuanto tiene ocasión. Así lo hizo en la primera actividad de este festival literario. Ayala suele decir que no es localista, pero cuando está en su ciudad se le ve especialmente satisfecho, y más en un acto como este en el que han participado su esposa, la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, y tres periodistas y escritores amigos del homenajeado: Enma Rodríguez, Juan Cruz y Fernando Rodríguez Lafuente.

Absolutamente lúcido a sus 102 años de vida –que cumplió el pasado día 16 de marzo– Francisco Ayala concede entrevistas y habla de su pesimista visión del mundo a la vez que rememora los tiempos de su infancia, de la República, el exilio y su regreso a España. Acepta resignado la celebración de los numerosos homenajes que se le rinden y comenta la nueva edición de Recuerdos y olvidos, su libro de memorias. Además, contestó recientemente por escrito a las preguntas que le formularon un grupo de niños granadinos durante un acto al que el autor de Historia de la libertad no pudo asistir por problemas de salud.

Francisco Ayala es la lucidez incesante. Radical, escueto; su compromiso mayor es con la exactitud, su mirada es la que a veces te da las respuestas, y sus silencios son sosegados pero también exactos, inmediatos. Sus ojos hablan; son penetrantes, a veces te abrazan, y a veces también te preguntan, en silencio. Ayala superó el siglo. Lo hizo el 16 de marzo de 2006. Asume con cierta indiferencia todos los compromisos que tiene por delante, y se defiende de tanto ajetreo sintiéndose “otro” cuando le hablan del cumpleaños.

Esos días le llovían las preguntas, y él pretendía hace creer que se enfadaba; “me siento”, dijo en broma, “como un contestador automático”. Así que a veces repregunta. “Usted siempre ha parecido soliviantado, rabioso con lo que sucede”.
“¿Y qué entiende usted por soliviantado?”
“Dijo hace poco que lo que nos rodea es deleznable”.
“¿Y qué entiende usted por deleznable? Preguntaré en la Academia a ver qué se entiende allí por deleznable”.

Ahí está, Ayala, es así. La edad, cree, es un accidente de la vida, la vive así, con vigor pero también con la convicción de que ya no puede hablar del futuro, “el futuro es algo que a mí ya no me es dado, he sentido cómo se aleja”. “Tuve una enfermedad hace poco, la superé, y desde entonces mi posición consiste en verme un poco como si fuera mi antepasado. Es decir, yo ya no miro al futuro como mi futuro”. Dice Ayala, con esa mirada que a veces cae sobre ti como un interrogante: “Yo no avanzo hacia un futuro, sino que veo cómo pasó”. Pero se enfrentó al centenario con el ánimo “de quien está expectante; yo sé que estamos pendientes de la celebración de un centenario, que todos los amigos lo esperan, y claro, aquí estoy yo, dispuesto a no defraudarles. ¡No depende tan sólo de mí! A esta edad, cualquier cosa puede dar al traste con esta expectativa. Como dice el tango, un tropezón cualquiera lo da en la vida. ¡Imagínese qué pasaría si la expectativa no puede cumplirse!”.

Pero se cumplió con creces: 102 años dedicados a la literatura con mayúsculas: 40 novelas, unos 50 importantes ensayos, decenas de traducciones de autores universales. Como él mismo dijo en una ocasión: “Mi vida es literaria, yo he vivido literariamente y creo que todos vivimos, en cierto modo, literariamente, pero sin saberlo o sabiéndolo; yo lo he sabido.”

Recordado don Luis: Soy yo, Zenobio Fernández, el ayudante del Jefe de Máquinas. Navegamos juntos en el Xanadú, ¿se acuerda usted? ¡Qué tiempos aquellos, don Luis! ¡Y qué alegría tan grande he sentido al descubrirlo en este blog después de tantos años! Yo dejé la mar en 1985 y me quedé en tierra, y ahora vivo en el Dulce Hogar del Reposo de los Cerebros Extraviados, que no es un manicomio sino una clínica de descanso, donde hay mucha paz y me voy curando poco a poco de los malos recuerdos que me anidan en la cabeza. Porque yo no estoy perturbado, pero dos fijaciones sí tengo: el mar y las gaviotas. Si de mí dependiera el mar podría secarse del todo, sembrarse de sal y desaparecer para siempre; podría sorberlo entero, desmenuzarlo como polvorón recién horneado, encerrarlo en un burbuja y enviarlo a Venus, o más lejos aún, a Marte o a Plutón.

Y eso que yo, antes de las fijaciones éstas, amaba el mar sobre todas las cosas; y usted sabe que no miento, don Luis. Bien mirado, tampoco me disgustaban las gaviotas. Creo que estaba algo mal de los nervios por entonces, pero no se me notaba. Nadie que ame el mar puede tener el cerebro en su sitio. Y yo lo amaba. Por eso me hice marinero. Marinero de los buenos a decir de usted –siempre tan considerado conmigo– y del resto de los oficiales y hasta de Anselmo, que cojo y todo, era mi mejor amigo en el trabajo aquel de la marinería. Marinero fino y pintor de barcos y gaviotas… Feliz estaba entonces –y aún más después– cuando me enrolé en un pesquero y pasaba horas metido hasta las orejas entre litros y litros de agua con sal, con los pelos mojados y la piel ennegrecida por las olas y el sol. Hasta que pasó la desgracia aquella tan desgraciada y vine a dar con mis huesos a esta santa casa que está en tierra firme, bien alejada de todos los océanos y similares, sin más agua que la corriente de beber y la de la ducha.

Reposo y dieta verde que yo, desde lo del barco y la isla, no puedo comer sopa. Ni sopa ni carne con plumas. Así pasa cuando sucede lo de las fijaciones que se le fijan a uno en el encéfalo para volverlo alérgico a los alimentos. Ahora sólo como lechugas, coles, espinacas, berenjenas y algo de cebolla, no mucha por el aliento. Pollo no como, ni pato, ni faisán. Gaviotas tampoco, ni sopa. Días enteros paso sin probar bocado porque el doctor Elías, afirma que las fijaciones mías se curarán en cuanto sea capaz de sentarme ante un buen plato de sopa de gaviota tibia. Pero a mí me da asco el gavioterío, se me enreda el estómago en un nudo de tres lazos hasta volverse más duro que un pedernal.

Fijaciones sí que tengo, don Luís, ya se lo dije. Pero no son mi culpa, culpa del mar son, y de las gaviotas, y de la tormenta aquella que zarandeaba el barco por todo el mar de un lado a otro hasta que, con tanto meneo, se partió en dos mitades iguales y todos, hombres y pescados, terminamos congelados nadando en el agua con mucho entusiasmo. Es lo malo del mar, que tiene tormentas. Tormentas y gaviotas. Muchas gaviotas, demasiadas. Yo no recuerdo bien la noche aquella tan desgraciada. Una noche horrible y mojada por tanta agua como caía, negra como el infierno, y ruidosa. Santa Bárbara bendita, de la tormenta los rayos quita, rezábamos a todo rezar, pero la santa ni caso, como que le importaba poco el barco y los pescados ya pescados y los hombres en zafarrancho de proa a popa. Hasta que pasó lo que pasó, que se hundió el barco y arrastró con él al Gordo Santiesteban y al Chato Vázquez, también al Germán Litri y al Juan García y al Hans Hansmüller, que era alemán pero parecía de Albacete. Sólo tres nos salvamos, el cojo Anselmo, el capitán Arias y un servidor. Sólo tres llegamos a la isla esa, que no es más que un pedrusco en medio del agua. Un pedrusco grande pero pedrusco que, por no tener, ni una mísera gruta que le de sombra a uno tiene.

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Jimmy Angel no tenía el menor interés en que su nombre figurase en los mapas cuando sobrevoló en su pequeño avión “Flamingo” sobre aquel misterioso y maravilloso desfiladero venezolano en 1935. Él no era más que un aviador experimentado –combatiente en la Primera Guerra Mundial– que trataba de descubrir un río lleno de oro en ese caos fantástico de piedra y selva que es la región montañosa de la Guayana venezolana.

Años atrás, en Panamá, un viejo y sigiloso buscador de oro, llamado Williamson, había contratado los servicios de Angel para que lo llevara en avión a Venezuela, al interior del estado de Bolívar sobre el Río Orinoco. Williamson le indicó una ruta en zig-zag sobre los llanos del Orinoco, en una vasta cuenca rica en pastos, salpicada de colinas ferruginosas que hacían dislocar la brújula. Un poco más al sur, penetraron en una larga y alocada mesetas que se alzaban a millares de metros de la selva de esmeralda, cortadas por numerosas caídas de agua: terminaron aterrizando en un claro herboso, donde el viejo saltó a tierra y se dirigió a un río cercano. Volvió una hora después… con unos nueve kilos de pepitas de oro.

Regresaron sin novedad a casa, gracias a la pericia de Angel, quien, recibió 5000 dólares en recompensa por ese viaje a la tierra de la fantasía. Poco tiempo después murió Williamson.

Angel regresó a Venezuela. Salió primeramente de Ciudad Bolívar en vuelo de exploración de meseta en meseta; pero como eso le consumiera mucho tiempo y gasolina, edificó un campamento y limpió una franja de terreno que le sirviera de campo de aterrizaje cerca de Auyantepuy (la Montaña del Diablo) a cosa de 240 kilómetros de su objetivo.

Auyantepuy es una mesa gigantesca. Su cima plana abarca unos 650 kilómetros cuadrados y remata en un pico de 3000 metros de altura. Milenios de erosión han cortado una garganta sinuosa, en forma de V, en su cara setentrional y por ahí se precipita un arroyo que despertó la curiosidad del aviador. Jimmy había encontrado algunas pepitas de oro y diamantes, pero nada semejante al tesoro que Williamson había recogido en una hora. Pensó que tal vez no volvería a encontrar el río de oro, pero que debía haber otros iguales, y que esta garganta tenía una apariencia tentadora. Enfiló, por tanto, la proa de su «Flamingo» por entre aquellas murallas de color azul pardusco y penetró inesperadamente sobre una especie de campo de inmortalidad.

De lo alto de la pared que estaba a su derecha fluía un arroyo y se precipitaba hacia el fondo de la selva. Otro más se precipitaba por una grieta más alta y distante. Y luego otra caída de agua; y luego cuatro lado a lado; y otras tantas más allá, a la derecha y a la izquierda. El aviador perdió la cuenta, porque esta galería de cascadas espectaculares se prolongaba a través de unos cuantos kilómetros.

A poco, al dar la vuelta a un picacho, Angel se vio de pronto frente a un espectáculo increíble: más arriba de él, un río vertical se desplomaba de las nubes, y su estruendo ahogaba el ruido del motor del avión. Se estiró para ver la columna blanca que se precipitaba en una masa de espuma, rodando estruendosamente hacia el valle. Descendió, desafiando el peligro, hasta cerca del suelo de la selva e hizo un cálculo aproximado del ancho de la caída. Era quizás de 160 metros. Ascendió nuevo tratando de calcular la altura con su altímetro. La calculó entre los 800 y los 1500 metros. Aun el primer cálculo dé 800 metros daba ya una indicación clara de que ese salto vertical era la más grande de todas las cataratas conocidas.

Angel hizo para sí la conjetura de que en el mundo no había nada semejante a esto. Tenía razón. En 1949, cuando la expedición enviada por la Sociedad Geográfica Nacional de los Estados Unidos midió al fin esa imponente maravilla que se llama el Salto Angel y descubrió que la gran catarata tenía 980 metros de altura, o sea, 20 veces más que el Niágara. El primer salto directo es de 808 metros; luego la columna salva un borde y se precipita desde otra altura de 172 metros.

Muchas personas habían recorrido y explorado durante siglos los contornos de esa región, de geografía tan loca que uno de sus ríos fluye en dos direcciones, como lo comprobó el barón de Humboldt en 1800, remontando el Orinoco, que desemboca en el Mar Caribe, hasta un punto cerca de las cabeceras en que el río se bifurca y uno de sus brazos, el Casiquiare, corre hacia el sur y desemboca en el Amazonas, mientras el otro fluye hacia el norte y luego al este. Robert Schomburg ascendió años después al Monte Roraima, más hacia el este, y encontró una meseta selvática donde había una vegetación diferente de todo lo que la ciencia conocía, y también más antigua. Cuando Conan Doyle relató esos descubrimientos en su novela The Lost World (El mundo perdido) las exageraciones que introdujo con respecto a la realidad de esa región fueron bastante insignificantes.

En Caracas, Gustavo Heny, alpinista veterano, y Félix Cardona, explorador español, fueron los primeros en interesarse de veras en la historia que contó Angel acerca de sus descubrimientos. En 1937 emprendieron sendas expediciones a la garganta y se dieron cuenta de que aquel salto no era como los otros: era la desembocadura de un río subterráneo que se precipitaba estruendosamente por un enorme túnel, 60 metros más abajo del nivel de la meseta. ¿Cómo podía aquella meseta perdida, que medía sólo 24 por 36 kilómetros, producir aquel inmenso caudal diario de la gran catarata y sus satélites que, según vieran, casi sumaban cien en total?

Desde el punto más cercano y accesible a pie, Heny y Cardona, que se habían encontrado en el campamento de Angel iniciaron el ascenso por la falda del risco. Asistidos por Angel, que les lanzaba alimentos desde el avión, alcanzaron una altura de 1200 metros; pero todo ulterior avance en sentido horizontal desde allí resultaba imposible. Siglos de erosión habían barrido la suave roca superficial, dejando incontables grietas, algunas de ellas de centenares de metros de profundidad, entre lomos dentados de piedra arenisca cámbrica. Aquí se encuentra la explicación de los ríos que saltan del flanco de la montaña.

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En la década de los años 60 estuvo de moda un particular subgénero de los Westerns, llamado el Spaguetti Western. El término fue usado por los críticos para menospreciar al género, puesto que la mayoría de estas películas fueron financiadas por compañías italianas o españolas y se rodaron en Almería (España) en el desierto de Tabernas. Sin embargo, algunas de estos films fueron tratadas con respeto, especialmente la Trilogía del dólar, del director italiano Sergio Leone.

El spaghetti western se caracteriza por una estética sucia a la vez que estilizada, y por unos personajes aparentemente carentes de moral, rudos y duros, haciéndo uso de los clichés clásicos del Western americano para crear un estilo propio sirviéndose del mito.

En Europa, La producción en serie de estos westerns se inició en 1962, pero no fue hasta un par de años más tarde que, gracias al éxito de Por un puñado de dólares de Sergio Leone, se convirtió en un género de masas. En principio la crítica fue reticente, por no decir claramente despectiva –de ahí el término “spaghetti western”– pero con el tiempo, tendría que admitir que se trataba de un nuevo género, que tomaba del western americano tradicional los elementos básicos pero los estilizaba y recomponía de forma totalmente original, mostrando especial atención por aquellos aspectos críticos que Hollywood había camuflado bajo los estereotipos del justiciero bueno y el bandido malo moviéndose dentro de una sociedad en perenne “estado de excepción”, sin más ley que las armas.

Entre 1962 y 1976 se produjeron en Italia y España unos 500 títulos, cifra respetable que demuestra la existencia de una indiscutible demanda por parte del público. Ciertamente, muchas de estas películas no eran lo que se dice obras maestras, pero la mayoría mostraba un digno nivel técnico-artístico –con aportaciones especialmente reseñables a nivel de diseño y música– y algunas han pasado por méritos propios a la historia del cine europeo, influyendo a cineastas de todo el mundo.

Grandes músicos, tales como Ennio Morricone, Antón Garcia Abril, Armando Trovaioli –entre muchos otros– compusieron temas inolvidables y ahora clásicos (especialmente Morricone) que los lanzaron a la fama a nivel mundial. Lo mismo ocurrio con grandes actores como Clint Eastwood, Terence Hill, Bud Spencer, Charles Bronson, Gian Maria Volonte, Lee Van Cliff,.. y así hasta completar una larga lista de nombres que ocuparian gran espacio de este post.

A partir de los setenta, este genero empezó a declinar y con excepción de algunos nuevos films, realizados en Hollywood, desapareció ese magnifico género que tanto disfrutábamos en esos ya lejanos días.

Luis Irles

Datos via Wikipedia

Tributo a Sergio Leone

No sólo nuestros amigos del Movimiento Guachaca se dedican con ahínco a remover los cimientos de la cultura demodé en este Chilito lindo… También nosotros –Los Fareros & Fareras Dadaistas del Fin del Mundo– hemos decidido aportar nuestro granito de arena a la cada día más interesante movida porteña.

Les cuento: Llevamos un par de semanas preparando un jápenin. Así lo llamamos, jápenin. Se trata de leer poemas con cara de enojado y a volumen brutal –sí, justo al estilo de John Giorno– mientras un músico aficionado distorsiona detrás de ti con la guitarra. Un prodigioso y fascinante calidoscopio escenográfico que dará que hablar. Es algo que Tony me llevaba comentando desde hacía meses. Tony Lobo Seadog. “Mira, Lucho, tú te pones ahí a leer poemas de Timothy Leary, de Gorocca, de Pompas o de quien sea, desfasas un poco, y yo de fondo con la guitarra… ¿Qué te parece?”.

Quedábamos en llamarnos y nunca pasaba nada. El trabajo, las mujeres, las juerguecitas (no las mías, por supuesto). Siempre hay un amigo dispuesto a martirizarte. Iban pasando las semanas y mi vida, en particular, no salía de su habitual estado de atonía. Posteriormente, hace como un mes, vi al Guatón Pancho en el Brighton, y retomamos la historia.

Se me ocurrió involucrar en el asunto a Queno Scola, un poeta excelente y un tipo macanudo. Estaba a punto de salir de la imprenta su poemario En la calle Bandera nadie me espera. Así que nos pusimos a montar el tinglado. Loboseadog está leyendo un libro sobre la Velvet Underground, “Down-thigt” creo que se llama, aunque no estoy muy seguro así que no me hagan demasiado caso, y al gallo se le ha metido en la cabeza reproducir un espectáculo como el Exploding Plastic Inevitable de Andy Warhol. Un poco pasado de moda, cierto. Pero en Valparaíso tampoco hay que ser excesivamente original para llamar la atención un poco y montar una buena…. Y además a mí, aunque soy bastante reacio a subirme a un escenario, en el fondo me parecía una buena idea. Se trata, en resumidas cuentas, de hacer una especie de espectáculo “multimedia” en plan performance tipo “arte conceptual”, armar un escándalo declamatorio con distorsión electroacústica de fondo bajo un bombardeo de imágenes. Por lo menos, eso es lo que dice Tony que tiene en la cabeza. Supongo que tiene suerte de tener algo. De modo que llamé al Queno y se lo dije.

–Yo encantado –me dijo -. Incluso puedo llevar también unas películas. Estaría bien algo de cine mudo… “Cero en conducta”, de Jean Vigo, por ejemplo, ¿la conoces..?
–No, no la conozco. Ya sabes que soy un analfabeto en lo que respecta al cine mudo galo. Pero seguro que está bien…
-Sí; y si tienes otra guitarra, yo también sé tocar algunos acordes, acompañamiento rítmico nomás y alguna que otra cosa…..

Lo decidimos. Nos pusimos a buscar un sitio apropiado. Quedaban cuatro días hasta el Día “D”. Fuimos al Fu-Manchú, pero estaba cerrado por reformas. Fuimos entonces al Charlie Brown. Un mozo con cara de pocos amigos nos dijo que no estaba el propietario. Por fin, fuimos al Jamboree. Ese sitio tiene un aire rancio medio guachaca al principio, pero si te sientas y te tomas un cafecito, y el sol de primavera está entrando por los ventanales, te va atrapando, te relaja. Hace que hasta te encuentres bien.

Ernesto Butler, el dueño, un bohemio cincuentón de bigote y coleta, nos dijo que lo que hiciera falta. Cerramos el trato y nos marchamos.

Dos días antes del día “D”, llamé al Queno y no lo encontré tan seguro. Estaba trabajando en cuatro libros a la vez, o algo así, y viéndose obligado a quedarse hasta las doce de la noche todos los días, para dejar el viernes del recital libre. Y encima, tenía que venir de Temuco y, y… en fin: no lo vi muy seguro a mi amigo.

Y como yo imaginaba, ese mismo día por la noche llamó y habló con Tony y le dijo: “Dile a Lucho que el Queno es un cobarde. Se rajó”.

Por supuesto, cancelamos el “acto”. La cultura tendrá que esperar. Pero en octubre lo intentaremos de nuevo. Nosotros solos. Los Fareros no se rinden tan fácilmente. Y, además, la Gorokiña estará junto a los artistas ese día. Y con ella en el escenario, el jápenin no puede fallar.

¿Qué podría decirte, amiga, en esta hora dolorosa? ¿Qué palabras serían suficientemente poderosas para que volvieras a ser feliz? … Para que en la muralla de tu integridad, pudieras cerrar la enorme grieta que hoy existe y, por donde el frío se cuela impertérrito… Ese frío del abismo oscuro, de los más oscuros actos del humano, en contra del humano.

Sé del quebranto que te parte el alma y del fantasma que vaga perverso, por los distintos rincones de tu mundo interior… Sé de ti, aunque tú no te has dado cuenta de mi conocimiento.

Pero saber, y saber qué hacer, son cosas distintas por desgracia… No conozco medios para ejecutar sobre ti y la vida de tu ahora, la segunda de estas concepciones. Estériles son mis manos a este efecto, estériles también, los fértiles campos de mis ideas.

¿Qué puedo entonces decirte, que valga la pena?

Tal vez que todos somos seres rotos; entes destruidos una y mil veces en el decurso de los años y, vueltos a construir con esfuerzo y paciencia y lágrimas de sangre.

De niños; todos fuimos cántaros de arcilla pura y firme: perfectos en su simpleza y mágicos en la profundidad de nuestra realidad construida con los materiales de la fantasía y los sueños y las esperanzas… había todo un futuro por delante, como un amanecer que anuncia desde lejos, un día colosal que se nos extiende ante los ojos…

Vino entonces la vida: de la mano de uno cualquiera, del constante fluir del tiempo o incluso del infortunio… y como un martillo de hierro fundido y perversa construcción, nos rompió en mil pedazos.

Así aprendimos lo que era vivir y del valor que es necesario para sobrellevar este mundo a cuestas… Así emprendimos este azaroso viaje por los mares desolados y violentos de la existencia… Así mismo, entonces, avanzamos por el mundo: rompiéndonos y volviendo a construirnos; sufriendo y aprendiendo con dolor.

El cántaro que somos, con el paso de los años, fracturado se encuentra en tantas partes que es difícil distinguir los trozos intactos, de aquellos que hemos debido parcharnos cada vez que fuimos lacerados.

El cántaro que ya no es de un material único, uniforme, puro… Inmaculado en su esencia más profunda.

El cántaro que está compuesto de partecitas recogidas de otros cántaros rotos, y que pusimos dentro de nuestra estructura, porque las confundimos con partes nuestras o porque nos gustaron más estas piezas nuevas, que aquellas que nos fueron arrancadas por los martillazos de la vida.

Así que ya ves, comparto tu dolor porque también estoy roto… porque todos lo estamos en realidad y este es el dolor de crecer y ser adulto… o maduro.

A algunos se les notan las cicatrices y costuras… a otros casi ni se les notan. Pero todos estamos, de una u otra forma, con el alma sellada por miríadas de parches distintos: pequeños, grandes, profundos, leves.

Hay quienes esconden las cicatrices, avergonzados por las marcas que éstas dejan sobre la piel, y van por el mundo como si nada les pasara… como si fueran únicos en su especie, como si aún contuvieran las formas de la niñez… Pero mienten.

Se mienten a sí mismos y a los demás… también.

Las costuras que a otros ojos esconden, se les vuelven para adentro y terminan siendo cicatrices en lo profundo del espíritu, donde se enquistan y se vuelven tumores que finalmente, terminan por envenenar el alma… y la persona esa se muere de un shock séptico… de envenenamiento.

Algunos siguen vivos después de eso; pero sólo como sombras de lo que fueron… fantasmas penitentes de un ayer que nunca más podrán recobrar, por causa de sus propias mentiras y temores.

Yo voy por la vida con mis cicatrices al aire y, lo aseguro, puede no ser una visión muy agradable; pero al sol las marcas de los fracasos en mi vida, y las marcas con que el martillo del crecimiento me rompió en pedazos; se blanquean y se van debilitando con los años…

Al final, sólo serán marcas más blancas en la piel de tus años y, aunque siguen existiendo como marcas, se vuelven parte de tu cántaro; se integran y ordenan en el conjunto de tus actos y de la persona que eres.

Y allí descubres, con asombro, que te has convertido en un nuevo cántaro… menos perfecto que aquel de tu infancia, pero de nuevo intacto… uniforme… único… puro… inmaculado.

Abel Garrido Silva

UN BLOG SUMAMENTE ECLÉCTICO

BIENVENIDOS AL FARO…

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Espero -con gran ilusión- recibir vuestras colaboraciones, comentarios, fotos, vivencias y correos, que puedan ayudarme a ir desarrollando este Blog. El Faro del Fin del Mundo pretende seguir una línea entretenida y diversa -aunque debo confesar mi debilidad por los temas náuticos- pero, al mismo tiempo, publicando narraciones, poemas y textos de calidad y, por qué no, también con historias divertidas. El humor, no lo olvidemos, es importante en nuestras vidas. Gracias de nuevo.

Luis Irles

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VISITAS A ESTE FARO DESDE EL 16 DE JUNIO DE 2007

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UN BONITO REGALO DE TONY T., DE “CAFÉ & BLOGS”

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Nuestro entrañable amigo Tony T., miembro del grupo Café & Blogs, nos ha sorprendido muy gratamente al crear EL FARO MAGAZINE, una bitácora en la que ha comenzado a publicar una selección de artículos aparecidos en este Faro desde su inicio. Desde aquí le damos las gracias por el hermoso detalle que ha tenido con nosotros.

EN NUESTRAS PÁGINAS

FOTOS: "La triste y solitaria vida de los marinos..."

AMICI MIEI: La Barcelona de mi niñez, por Tony Tarazona.

MÚSICA: NOVEDADES: El mejor 'duet' de toda la historia: "Summertime", por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. "Nine Below Zero", "Peces de Ciudad", "Cesária Évora" y mucho más...

POESÍA: "Soliloquio del Farero", de Luis Cernuda.

PREMIOS A ESTE BLOG

Gracias por el premio, navegante de mares de papel.

PREMIO DARDO

Otorgado a este Faro por el blog El mar, qué gran tema para hablar, capitaneado por nuestro colega y buen amigo José, al que quedamos sumamente agradecidos.

PREMIO CALIDEZ

Gracias a Patricia Gómez, Binah, excepcional ser humano y poeta, por concedernos este hermoso premio.

PREMIO AL ESFUERZO PERSONAL

Nuestro generoso e incansable amigo Funkoffizier, de El mar qué gran tema para hablar, vuelve a premiar a este Faro, lo cual nos llena de orgullo y agradecimiento.

PREMIO CAMPANHA DE AMIZADE

Agradecemos profundamente a Jon Kepa, creador del blog Enseñanzas Náuticas el habernos concedido el premio Campanha de Amizade. Muito obrigado, amigo.

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Gracias a nuestra amiga Narkia por este bonito premio.

PREMIO OTORGADO POR CAPITANA

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Nuestra muy querida amiga Capitana nos ha honrado con este bonito premio. Le agradecemos muy mucho el detalle que ha tenido con nosotros.

PREMIO OTORGADO POR TIACHEA Y, NUEVAMENTE, POR JON KEPA

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

PREMIO A LA HONESTIDAD

Premio a la Honestidad_thumb[1]

El Grand Chef de Oídococina!, ha tenido la gentileza de obsequiarnos con un exquisito plato recién salido de sus creativos fogones. Le quedamos enormemente agradecidos por este hermoso detalle.

 

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SANTIAGO DE CHILE

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TIERRA SENTIDA

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OBRAS DEL ARTISTA SEBASTIÁN MÁRQUEZ

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