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Chiloé, archipiélago conquistado en 1567, es uno de los lugares más ricos en lo que a leyendas y mitos se refiere. Es un lugar lleno de encanto y magia que reflejan las costumbres que han marcado a esta zona de Chile. Pero la Isla Grande no es el único lugar del sur donde se originan mitos. Poblados, ciudades, cordillera y mar son fecundos de imaginación. Reflejando una vez más la personalidad de nuestra gente.

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No era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las acechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar. En la pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos lo hombres del caserío.

El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizá hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. Deseaban salir porque la pesca sería buena. Durante la noche anterior estaban seguros de haber visto a la bella Pincoya que, saliendo de las aguas con su maravilloso traje de algas, había bailado frenéticamente en la playa mirando hacia el mar. Todo esto presagiaba una pesca abundante y los hombres estaban contentos. No todos saldrían, porque, como siempre, don Segundo, el hombre mayor, se quedaría en tierra. Uno de los jóvenes le preguntó: “Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca?. Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento y, sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar”. Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados de su insolencia, y el mismo joven abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar.

Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó automáticamente: “Porque yo he visto el Caleuche“. Dicho esto pareció salir de su ensueño y, ante la mirada interrogante de todos exclamó: “Algún día les contestaré”.

Meses después estaban todos reunido en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar, llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa, el viento huracanado parecía arrancar las tejuelas del techo y las paredes y el mar no eran un ruido lejano y armonioso, sino un bramido sordo y amenazador. Don Segundo habló de improviso y dijo: “Ahora les contaré…”.

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Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados. Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades. La tripulaban cinco hombres, además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quien se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier. La segunda noche de navegación se desató la tempestad. “Peor que la de ahora”, dijo don Segundo. Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas. Habían perdido la noción del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir. No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformó en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se destacaran su casco y velas oscuras. Si no fuera su velamen, si no fuera por los cantos, habríase dicho un inmenso monstruo marino. Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar. El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiaguarse y mortalmente pálido exclamó: “¡¡No es la salvación, es el Caleuche!!. Nuestros huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar”. El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió la densa sombra en que se confundían el cielo y el agua. Al mismo tiempo, volvió la tempestad, tal vez con más fuerza, y la fatiga de los hombre les impidió dirigir la lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca la volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en la oscuridad de la noche. Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y la tempestad, menos las circunstancias del naufragio y la visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo más, y esta es la primera vez en que la totalidad de la historia salía de sus labios. “Por eso que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me hará morir”. Todos quedaron silenciosos y pareció que entre el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas.

No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez lo hicieron desde la costa y no navegando. En todo caso, los que navegan entre las islas del archipiélago durante la noche lo hacen con un profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua, de él surgen música y canciones. Entonces la muerte estará cerca y el naufragio será inevitable. Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, del Caleuche.

Fuente: Leyendas del sur de Chile (servicioweb.cl)
Adaptación: Carlos Ducci Claro

Tal vez alguno de ustedes tuvo la ocasión de leer la crónica Sentada en la Torre Eiffel con los pies colgando, que envió nuestro corresponsal en la capital francesa y que fue publicada el pasado 17 de octubre bajo la firma de Judith Valence, seudónimo que suele utilizar nuestro colaborador cuando escribe –o escribía– en blogs y revistas electrónicas de escaso relieve. Saturnino Vanaclocha es su auténtico nombre, aunque pertenece a una de las más rancias y tradicionales familias catalanas. Anoche recibí este correo suyo donde me explica las razones que le obligan a presentar su irrevocable dimisión. Me he quedado de piedra.

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Auguste Renoir. Le Moulin de la Galette, 1876

 
Jefe: No puedo seguir trabajando para El Faro, lo siento mucho. Me da cierto reparo contárselo, pero sé que usted es una persona benevolente y lo entenderá: Hace veinte días me comí un Renoir. No uno de los importantes. Y tampoco el cuadro entero. Pero me las arreglé para desgarrar un trozo del tamaño de un plato de postre y masticarlo hasta que empecé a sentir como los amargos y corrosivos pigmentos aceitosos parecían abrasar el fondo de mi garganta. No obstante, me lo habría tragado completo de no haber sido porque un desconcertado guardián del Musée d’Orsay –al percatarse de mi acción—vino corriendo hacia mí, me tiró al suelo, me abrió la boca con todas sus fuerzas e introdujo varios de sus dedos en ella en un desesperado intento por sacarlo de allí. Al extraer tan bruscamente el pedazo de tela de mi faringe, me dañó seriamente el paladar. Fue un final desafortunado para mi ansiada y casi cumplida fantasía. Y duró poco, jefe.

Ahora estoy cumpliendo la condena de 18 meses que me impuso el juez, pero no me importa pasarme una temporada en la cárcel. ¿Sabe?, los franceses tratan a sus reclusos mejor que en cualquier otro país del mundo. Yo solamente tuve –y de eso hace ya bastante tiempo– una corta experiencia carcelaria en mi vida, un asunto poco importante y demasiado vergonzoso para hablar de él. La comida aquí es buena. Mejor que buena, diría yo: verduras frescas, nada de latas ni congelados. Y aunque la carne está a veces un poco dura, viene siempre acompañada de un pan crujiente y exquisito. Y vino. ¡Los franceses sirven un vino bastante aceptable en los comedores de sus prisiones! ¿Puede imaginarse usted esta clase de hospitalidad en los centros penitenciarios de nuestro país?

Seguiremos en contacto, don Luis. Tenemos derecho, cada semana, a una hora de internet en la biblioteca de “La Santé”. Un fuerte abrazo.

Saturnino

Hubo un tiempo en que Santiago de Chile tuvo muchos lugares alternativos a restaurantes y además, salones de té. Era un Santiago provinciano, aislado del resto del mundo, y en el que viajar era una rareza que eventualmente se hacía una vez en la vida.

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Para cada especialidad había un lugar. Almuerzos: el Hotel Crillón, primero y nunca superado.

Todavía me parece estar entrando con mi abuela por el vestíbulo de mármol, los enormes espejos con el escudo de Santiago pintado, las enormes arañas de lágrimas que se mecían suaves con la brisa del aire acondicionado, las alfombras en que uno se hundía hasta el tobillo, el comedor de invierno con sus sitiales españoles de cuero repujado, las tapicerías que después del remate terminaron en La Moneda, y la tenue penumbra de la inmensa terraza techada por una lona que impedía el paso del sol, los mozos silenciosos y atentos… al Hotel Carrera no fui sino hasta grande, al bar y a la piscina. Era mucho más americano que el Crillón, el que era muy europeo. También estaban los Establecimientos Oriente, frente a la Plaza Italia, con un mostrador de postres que era espectacular. Mejor paella no he probado ni en España. No existían pizzerías ni comida rápida ni china. Comida Italiana Da Carla, suprema. Los Cafés Paula para tomar té, el Café Colonia, El Naturista donde preparaban la mejor Peach Melba de Chile, más informales, El Rápido con sus empanadas fritas, El Ravera con auténticas pizzas italianas, en el Portal frente a la Plaza de Armas, los chocolates rellenos con malvas de Bozzo, a la entrada de Ahumada con Alameda, La Varsovienne con los mejores marrons glacés y calugas, El Maistral, al costado del Santa Lucía donde uno podía comer especialidades francesas, civet de liebre, paté maison, carne de ciervo… y sólo 8 mesas. Para comida preparada, La Rambla, en Merced, y en la noche uno podía cometer la ingenuidad de ir a comer al Restaurant Falabella en Ahumada, con música en vivo a cargo del pianista Roberto Inglez y animador agregado. Esto se transmitía todos los días en directo por Radio Portales, el Café Torres, donde a principios de siglo iba el hijo de Arturo Prat a tomar borgoña, y allí se inventó el Barros Luco, cuando el senador del mismo nombre pidió que le hicieran un sándwich de carne con una lámina de queso, y se picó el senador Barros Jarpa y pidió lo mismo pero con jamón…cerca estaba la Pastelería Cordon Bleu, donde hacían repostería francesa y colonial con recetas heredadas de las Monjas Clarisas, entre ellas la espectacular torta Saint-Honoré, una montaña o pirámide de profiteroles o choux o repollitos como también se les conoce, rellenos con crema pastelera o helado de canela y sujeta por una telaraña de azúcar quemada. Hasta donde sé, en ninguna parte la hacen ya. Y después de tanto dulce algo salado y popular, en los tiempos en que el Barrio Bellavista era solamente residencial, sin restaurantes ni pubs. ¿Quién podría resistirse a los enormes sándwiches y perniles picantes del Venecia? Hay mucho más, pero no quiero ser latero y transformar esto en todo tiempo pasado fue mejor. Mentira, sólo fue distinto. Ahora hay muchas cosas mejores que antes, sólo que yo estoy acostumbrado a las mías. Me dio hambre.

tesalonMi familia tuvo una casa en la calle José Alfonso. Eso estaba a una cuadra de la Alameda por Vicuña Mackena, detrás de la Embajada Argentina. Mi abuela hacía mucha vida social y siempre la invitaban a las fiestas de la Embajada. Mi mamá se subía arriba de un cajón en el muro medianero para ver a mi abuela en el jardín, junto a otras chilenas y argentinas con trajes inmensos y los hombros descubiertos, imitando a la Eva Perón. Eran los tiempos en que Argentina era un país muy rico y europeizante y la suntuosidad de esas fiestas en el jardín en el verano eran deslumbrantes. Suena a Sabrina, pero así era. El arquitecto debe haber estado muy entusiasmado con mi abuela, porque especialmente y personalmente le esculpió en la chimenea de la casa que construyó una langosta de lapislázuli. Hoy no sólo la casa fue demolida, sino que la calle desapareció. Era de apenas una cuadra. Dio paso a un hotel 5 estrellas o algo así. Tengo nostalgia del salón de té del Hotel Crillón, donde tomaba helados de canela y bocado. Hoy no hacen de ninguno de los dos. La receta se remonta a la Colonia. El helado de bocado fue reemplazado por el de vainilla. Pavoroso…

MARIO ALVARADO

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Agradecemos a nuestro buen amigo Mario Alvarado –prestigioso músico y escritor chileno– el envío de este entrañable texto que forma parte de su libro El Mensajero, de próxima publicación.

Fue una casualidad que la escritora norteameriana Joan Schenkar encontrara un buen día en una pequeña biblioteca de París más de 200 cartas firmadas por Dolly Ierne Wilde. La autora de las misivas pertenecía a la familia Wilde, y como casi todos sus parientes se trataba de una persona algo excéntrica, con magníficas dotes literarias, bohemia, a la que le gustaba llamar la atención con su original indumentaria.

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Dolly había nacido en 1895 y era hija de Willy, el hermano mayor de Oscar Wilde, la figura más importante del clan, aunque como el resto de la familia un ser agobiado por los problemas; en aquella época se le juzgaba en Londres por su homosexualidad, que en uno de los mayores escándalos e injusticias que se conocen le llevó a la cárcel.

Pues bien, a Joan Schenkar, que ya había oído hablar de nuestra protagonista y en busca de más datos sobre ella había realizado un viaje a París, el contenido de las cartas –en su mayoría de amor– le intrigó y cautivó de tal manera que a partir de estos documentos y de testimonios de la época decidió reconstruir la vida del singular personaje, protagonista de los aires locos y glamourosos de las primeras décadas del siglo XX.

Asegura la biógrafa que Dolly se parecía mucho a su tío. La presenta como una mujer optimista, muy alegre, aficionada a “la conversación incisiva, las conquistas de emergencia, los coches veloces, las películas extranjeras, la literatura experimental y a las actrices alcohólicas». Una mujer de armas tomar, una adelantada de su tiempo que se hacía querer y que incluso dos décadas después de su muerte la gente que la conoció seguía recordándola y sintiendo muy reciente el dolor por su desaparición (que se produjo en la primavera de 1941 en Londres). Dolly Wilde fue una mujer de las que dejan huella.

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Las cartas, verdaderos documentos sociales de una época, llevaban 60 años ocultas, sin embargo su lenguaje las actualizaba, era de una calidad excelente, aunque a veces su estilo gramatical resultaba algo ampuloso. En ellas hablaba de su relación con Natalie Clifford Barney, una expatriada estadounidense, dueña de un salón literario en el mismo centro de París, que introdujo a la sobrina de Wilde en el circuito parisino y con la que mantuvo una relación amorosa. A partir de esta «amistad», Dolly conoció a gente como Joyce, Proust, Truman Capote, Isadora Duncan o Marguerite Yourcenar, entre otros. Amistades de las que siempre sacó lo que pudo, porque lo suyo era vivir a expensas del dinero ajeno.

Puede resultar paradójico e incomprensible para muchos, pero Fernando Alegría –que vivió en los Estados Unidos durante más de treinta años– escribió en California Caballo de Copas, novela de un chileno en San Francisco, que según afirmó el crítico e historiador Carlos Hamilton, “tiene más sabor a Chile que ninguna obra escrita en el propio país y acusa una maestría definitiva en el arte de narrar con arte”.

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Rasgos biográficos

Nacido en 1918. Profesor de Castellano y Filosofía en la Universidad de Chile. Organizó durante los años sesenta encuentros de escritores en la Universidad de Concepción, fundando el primer taller de escritores. Creó la revista Literatura Chilena: Creación y Crítica (1974). Doctor en Literatura en la Universidad de Columbia. Director del departamento de Español y Portugués de la Universidad de Stanford. Ejerció la docencia en la Universidad de Columbia, Berkeley y Stanford de Estados Unidos. Perteneció a la Academia Norteamericana de la Lengua. Fue Premio Farrah y Rinehart de Nueva York, Premio Municipal y Atenea de Santiago de Chile, y realizó diversas colaboraciones en revistas norteamericanas. Alegría vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos.

El escritor

Novelista, ensayista, cuentista, crítico y profesor. Un escritor talentoso que incursionó en varios géneros de la literatura. Su mayor acierto en la novela fue su libro Caballo de Copas (1957), que concitó el aplauso cerrado de la crítica y el interés del público lector. También en la faz narrativa obtuvo éxito con sus libros Lautaro, joven Libertador de Arauco y Mañana los guerreros.

Fructífera fue su labor en el ensayo, especialmente derivado de su vasta trayectoria como docente en las universidades norteamericanas. Uno de sus mejores libros al respecto es Literatura Chilena del Siglo Veinte (1967) que en su primera edición se denominó Las fronteras del realismo (1962).

Fernando Alegría  fue un investigador “serio, bien documentado, de estilo pulcro y ameno” (Montes y Orlandi). Al decir de Maximino Fernández, “Alegría ha animado el escenario de las letras chilenas durante medio siglo con sus narraciones y estudios; apasionados, comprometidos y de buen nivel estético, las primeras; documentados, distintos y necesarios, los segundos“ ( Historia de la Literatura Chilena).

A Fernando Alegría, al igual que varios escritores chilenos que han tenido que permanecer por largo tiempo fuera de su patria, y, por consiguiente, ha provocado que su trabajo literario no sea advertido con facilidad por lectores y estudiosos de las letras, le costó obtener el reconocimiento que se merece en su país. Incluso, algunas veces fue nominado para el máximo laurel de Chile, El Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, falleció a los 87 años -el 29 de octubre de 2005- en la ciudad de Walnut Creek, al norte de California, sin obtener este reconocimiento.                     caballo-de-copas2
“Me dolerá hasta el final no haber vuelto” decía.                                

Es una lástima, puesto que su obra, maciza, contundente, variada y vasta, le otorgan a Fernando Alegría méritos esenciales para lograr el correspondiente sitial de honor que se da en nuestro país a los grandes escritores.

Su obra es extensa. Publicó aproximadamente cuarenta y seis textos. Se destaca el cuento, la poesía, el ensayo, la novela. Comenzó en la narrativa a los 18 años, con la biografía novelada de Luis Emilio Recabarren. Publicó luego Lautaro, Joven Libertador de Arauco (1943) y “Caballo de Copas” (1957), acaso su mayor obra, por la cual obtuvo los premios Municipal, Atenea y Unión Panamericana. Le siguió Mañana los Guerreros (1964).

“Lo que me interesa rescatar es la historia de los héroes sin monumento, la de los verdaderos héroes, a quienes la historia oficial margina y que, sin embargo, viven en la conciencia social de nuestro pueblo”, diría.

Fuente: Escritores.cl

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Obra de Phaptawan Suwannakudt
 

Haciendo zapping una noche en Manila, acabo en un programa tailandés de vídeos musicales llamado Bangkok Jam. Mientras intento, por así decirlo, coger la onda, me pregunto que, si es cierto que la música se ha globalizado, los discos de Bangkok tienen que sonar igual que los que hacen furor en los Angeles, Tokio o París. Con todo, la visión de esos “cortos” virtuales, dominados por una narrativa musical y que evolucionan como el típico tema pop, me impulsa a revisar ciertas ideas preconcebidas. Veo, por ejemplo, una balada rock totalmente fiel al estándar; pero mientras progresa hacia el estribillo final, la música se detiene repentinamente para dar paso a un lacrimógeno intercambio entre la desventurada pareja. En otras palabras, el desarrollo de la fórmula queda frenado por un pasaje melodramático muy propio de la cultura popular local. Se trata, de hecho, de un suplemento teñido de interioridad en aparente contradicción con una industria musical basada en un proceso de montaje hábil y pulcro. Con todo, en la narración de una “historia romántica” para el público tailandés, esa perturbación vernácula está llena de sentido, incluso a través de un lenguaje tan supuestamente global como es el de la música hecha para video clips.

De una forma bastante similar aborda la artista tailandesa Phaptawan Suwannakudt la creación de imaginería. Educada dentro de la tradición de la pintura mural tailandesa y continuadora del compromiso de su padre, Paiboon Suwannakudt, para con esa disciplina, Phaptawan pinta según las veneradas costumbres del arte sagrado, pero aprehendiendo su forma y significado dentro del planteamiento de su propia obra, de su propia narrativa vital, lo que se hace particularmente evidente en su serie Nariphan (1996), que pone al descubierto tanto su habilidad sensible y su sentimiento en la aplicación del acrílico sobre seda, como su aguda capacidad para dar cuerpo a una historia trágica bastante ajena a la contemplación budista. El replanteamiento que la artista hace de la tradición de la pintura mural tailandesa, nos introduce dentro de una historia del arte que ha tenido que hacer frente a los estragos del tiempo ya que, como se ha señalado, “los murales existentes en raras ocasiones son anteriores al siglo dieciocho”. En !as descripciones de esos murales se observa que, a pesar de las influencias chinas e islámicas, mantienen el carácter tailandés en su “delicado dibujo lineal, vivos colores, dibujos textiles y rasgos étnicos”

Suwannakudt basa su trabajo en una narrativa iconográfica tradicional presente sobre todo en los armarios Dhamma, que conservan escrituras sagradas del primer período Rattanasokin por una parte, y en una experiencia personal que vivió en Payao entre 1990 y 1991 mientras trabajaba en un proyecto mural en el Wat Srikomkhan por la otra. La artista narra una historia que escuchó sobre una niña de doce años, hija de un vendedor callejero de fideos, vendida por su propio padre al agente de un burdel por 3.000 bahts (unos 100 euros). Suwannakudt detalla el regateo entre el padre y el agente; cómo comparan los precios exigidos por otros padres, como si la niña fuera una fruta para vender en el mercado. La relación entre la hija y la fruta nos remite a la narración nariphan basada en el árbol nariphan del bosque de Himaphan del que cuelgan niñas-fruta de corta vida. Las niñas, cuya función es la de ser cogidas como alimento, tientan a los eremitas que todavía no han alcanzado la plenitud de la vida anacoreta que exige una renuncia total a la búsqueda de fines mundanos.

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Mi admirado y nuevo amigo Pulo –extraordinario artista y marino de alma y corazón, cuyo blog Los Cuatro Elementos os recomiendo visitar– tuvo la gentileza de darse ”un garbeo” por la sección musical de nuestro Faro y recordarme, en su comentario, a la inigualable Dulce Pontes y, sobre todo, su entrañable Canção do mar que –como él señala– comienza y termina con las imágenes de un hermoso faro en el videoclip que se grabó para la ocasión. Por ello, quiero dedicarle a mi tocayo, con todo mi afecto, este sencillo post con una breve biografia y la conmovedora canción de esta magnífica cantante portuguesa.

Luis Irles

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Podía haber sido bailarina, si la escuela de danza no hubiera pensado que a los catorce años ya ere tarde para iniciar una gran carrera. Podía haber sido tan sólo una bonita voz de anuncios si alguien no hubiese descubierto muy pronto que aquella voz servía mejor a la música que a la publicidad.

Dulce Pontes, nacida en Montijo (Portugal) en 1969, ganó el Festival Nacional de la Canción de su país en 1991. Ese mismo año representó a Portugal en el Festival de Eurovisión, donde obtuvo el premio a la mejor intérprete. Fue la primera vez que Europa oyó la voz de Dulce Pontes.

Desde aquel instante su vida da un giro. Parte en busca de una identidad propia. Se sumerge en las raíces de la música portuguesa, incluyendo el tradicional fado, considerado entonces como algo trasnochado. Y consigue reinventar lo que parecía muerto. Como demostrarán los años y los discos posteriores, Dulce hace algo más que repetir algo que ya estaba hecho. Su voz luminosa no cabe en ningún estilo que la limite, no conoce fronteras. Su voz y su forma de interpretar constituyen un género propio. Por eso, tanto da que cante rock, fado o una canción de Angola: su estilo es único e inconfundible.

En 1992 publica su álbum “Lusitana” y a partir del año siguiente, con su segundo trabajo, “Lágrimas”, se convierte en una ciudadana del mundo. Le siguen “A Brisa do Coraçao” (1995), un doble álbum en directo, “Caminhos” en 1996 y más tarde, tras realizar colaboraciones en discos de Andrea Bocelli o los brasileños Simone y Caetano Veloso, publica “O Primeiro Canto”. En ese trabajo, producido por Antonio Pinheiro Da Silva, destacan las colaboraciones del percusionista hindú Trilok Gurtu, el saxofonista Wayne Shorter, las voces de Maria Joao y Waldemar Bastos y la trikitixa de Kepa Junkera.

En su continua búsqueda de un universo propio, en el 2003 llega “FOCUS Morricone & Dulce Pontes” (Universal), disco publicado en octubre de 2003, un trabajo en el que canta temas compuestos por el gran Ennio Morricone, quien, cautivado por el talento de la portuguesa, también participó en la grabación del disco.

Ahora, Dulce Pontes vuelve a sorprendernos con un nuevo giro en su carrera: su retorno al fado y al folclore portugués. Los sonidos más universales de la tradición portuguesa, desde la perspectiva una Dulce Pontes que ha encontrado su lugar y que sabe lo que quiere. Su nuevo trabajo, publicado en forma de disco y DVD en primavera de 2007 y ahora en gira como arrebatador espectáculo en directo, se titula “El corazón tiene tres puertas”. Como era previsible, está poniendo en pie escenarios de todo el mundo –-incluidos auditorios míticos, como el Carnegie Hall de Nueva York–… Hará historia.

Fuente :  www.dulcepontes.net

 

                                                    Canção do mar

Su interpretación de “Canção do mar” fue parte de la banda sonora de la versión internacional de la novela brasileña “As pupilas do Senhor Reitor” (1994). La misma interpretación de esta canción de Ferrer Trinidade fue el tema principal de la banda sonora de la película “Primal fear” (1996), de Gregory Hoblit, interpretada por Richard Gere y Edward Norton, nominado para el Óscar al mejor actor secundario, siendo así que el éxito de la película trajo también reconocimiento internacional para la cantante portuguesa.

¿Porqué relato la historia de la Isla de San Borondón, cuando este post lleva por título “La Isla Podestá o Isla Fantasma”? Resulta que buscando con Google Earth los islotes de “San Félix y San Ambrosio” (pertenecientes a Chile), observé un pequeño punto -al oeste de las mismas- que indicaba la presencia de una minúscula porción de tierra. Al aumentar la potencia del zoom me llevé la sorpresa de leer “Isla Podestá“. Seguí acrecentando la potencia del zoom y, súbitamente, tanto el nombre como el puntito blanco desparecieron… Muy intrigado recurrí (una vez más) a Wikipedia para comprobar si realmente existía, ya que durante los muchos años que navegué e hice acopio de amplios conocimientos de geografía, nunca escuché mención alguna sobre ella. Fue así como encontré la fascinante historia de esta isla que me recordó la misteriosa leyenda de la Isla de San Borondón, y que paso a relatarles seguidamente.

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Ínsula de San Borondón

Las Islas Canarias son siete… y sin embargo, se busca una octava. Se trata de la isla fantasma, la isla misteriosa, la isla de San Borondón. San Borondón es la forma canaria de Saint Brendan o Saint Brandan de Clonfert,  monje irlandés, protagonista de uno de las leyendas más famosas de la cultura celta: el viaje de San Brendan o Brandan a la Tierra Prometida de los Bienaventurados, las islas de la Felicidad y la Fortuna.
     
Según la tradición irlandesa, Brendan era un monje de Tralee -en el condado irlandés de Kerry- ordenado sacerdote en el año 512 d.C. Partió junto a otros 14 monjes en una frágil embarcación que se internó en el Atlántico. Brendan y sus compañeros, llegaron a una isla en la que desembarcaron. Estaba llena de árboles y otros tipos de vegetación. Celebraron misa, y de pronto la isla comenzó a moverse. Se trataba de una gigantesca criatura marina, sobre cuyo lomo se encontraban los monjes. Después de muchas peripecias, Brendan consiguió regresar a Irlanda.
    
Lo cierto es que desde el siglo XV -a lo largo del cual las Islas Canarias son conquistadas- comienzan a oírse los relatos de una octava isla, que a veces se divisaba al oeste de La Palma, El Hierro y La Gomera. Cuando los navegantes intentaban aproximarse a ella, y se encontraban a la vista de sus costas y montañas, la isla era envuelta por la bruma y desaparecía completamente. Evidentemente, la isla fue rápidamente identificada con la mítica isla-ballena de San Brendan, cuyo nombre se convirtió, en Canarias, en “San Borondón”.

En algún tratado internacional firmado por el Reino de Castilla -haciendo referencia a Canarias- se hablaba de la soberanía Castellana sobre “las islas de Canaria descubiertas y por descubrir” (como quien dice “por si acaso”…) La isla fue llamada “Aprositus” y en otras versiones de la leyenda recibe el nombre de “Antilia” o “Isla de las Siete Ciudades”, villas que se suponían fundadas por siete legendarios obispos. En los archivos del siglo XVIII aparecen investigaciones oficiales realizadas por las autoridades de la Isla del Hierro, en la que declaran decenas de testigos que afirman haber visto la isla encantada desde las cumbres herreñas. A raíz de ello partió de Santa Cruz de Tenerife una expedición en busca de la isla.

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Isla Podestá o Isla Fantasma

Isla Podestá es el nombre que se ha dado a un supuesto islote que fue reportado como avistado en 1879 en el sureste del Océano Pacífico frente a las costas de Chile y cuya existencia no ha sido probada con nuevos avistamientos. Fue presuntamente descubierta por un marino italiano de apellido Pinocchio, capitán de un navío llamado “Barone Podestà” en 1879, quien la describió con una pequeña isla ovalada con una circunferencia de algo menos de una milla y de 40 pies de altura, a 1.390 km al oeste de la ciudad chilena de Valparaíso. Inicialmente se difundió la noticia de que se hallaba a 870 millas náuticas de las costas continentales de Chile. Algunas fuentes señalan que Pinocchio reportó la isla en Chile y otras, que lo hizo en Italia al regresar de su viaje.

Hasta 1935 figuró en las cartas náuticas de los Estados Unidos pero desde entonces, al no ser encontrado indicio cierto de su existencia se la retiró. Algunas fuentes no confirmadas indican que en 1974 la Armada de Chile comunicó haber encontrado algunos islotes que se sumergían durante la marea alta a coordenadas 32°15′S  – 89°08′W  como una eminencia de la cordillera submarina llamada Cordón Roggeveen.

Ha permanecido incluida en mapas cartográficos chilenos como por ejemplo el Derrotero de la Costa de Chile Vol. N° 1 “De Arica a Canal Chacao”, y se aclara, sin embargo, que su ubicación geográfica es incierta y su registro tiene como objeto advertir a los navegantes de los posibles peligros que su existencia tendría para la navegación. No ha podido ser identificada mediante imágenes satelitales y la inexactidud -en la determinación de su posición en 1879- se considera como causa probable por la cual no ha vuelto a ser hallada. 

Pero como pueden ver, al igual que en el tratado firmado por el Reino de Castilla -sobre la soberanía de la posible octava isla Canaria- también aquí hemos hecho lo mismo por si acaso..”

 

Fuentes: Wikipedia y Mundo Paranormal.

“Muchos desconocen o subestiman la labor que realizó Juan Fernández en el océano, ya que lamentablemente sus descubrimientos no fueron del todo reconocidos en su época, ¿por qué?, aún es un misterio, sin embargo, claro está que fue el descubridor de este archipiélago hace más de 400 años.
A continuación relataremos su historia.” 

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Nació por el año 1528 o 1530 en Cartagena (España), aunque también se dice que era portugués, pero claro que ésta se encontraba al servicio de la Corona española.
 
Con el objeto de encontrar una nueva ruta de navegación entre El Callao, en Perú, y Penco en Chile se hizo un viaje exploratorio, en el cual demoró 30 días, cuando regularmente en esa época demoraban alrededor de seis meses. Esto trajo consigo graves consecuencias, ya que fue acusado de “brujería”, la historia cuenta lo siguiente: “Juicio del Santo Oficio de Lima contra el Piloto Mayor Juan Fernández , acusado de navegar por arte diabólica…”. Así estaba siendo juzgado este navegante, quien llevaba más de 40 años haciendo la ruta del Callao a Chile. Aprendió del marino de La Coruña, Hernando Lamero Gallegos de Andrade, que el régimen de los vientos de mar adentro eran totalmente distintos que el de los cercanos al litoral. Juan Fernández, dedujo entonces que, si se alejaba de las costas unas cuatrocientas millas, podría vencer el obstinado viento sur, que inutilizaba las velas de los navíos que navegaban del Callao a Penco; y por otra parte haciendo esta ruta por alta mar, terminaría con el agotador sistema de utilizar solamente el día para navegar, y de amarrar por las noches el barco a las rocas de la costa, para evitar encallar en los obstáculos de la costa. Fue así como llevó a cabo su plan viajando por alta mar, aprovechando el viento sur en sus velas y sin hacer escalas, tardando tan sólo 30 días. 

Nadie creyó tal hazaña, pero Juan Fernández contaba con la bitácora de viaje del rumbo emprendido, y logró convencer al celoso tribunal acerca de la realidad física de su ruta.

Fue en ese enjuiciado viaje donde avistó el 6 de Noviembre de 1574 dos islas, bautizándolas con el nombre de San Félix y San Ambrosio (aunque no se reconoce de manera cierta su descubrimiento), para continuar la ruta hacia el sur sin variar latitud, donde finalmente descubrió días después (el 22 de Noviembre de 1574) dos islas más, las cuales bautizó con el nombre de Santa Cecilia (posteriormente Más a Tierra y actual Isla Robinson Crusoe) y Santa Clara.

juan-fernandez3En el año 1576 realiza una nueva exploración por el Pacífico Sur, en la cual también “se dice”, ya que no existen pruebas concretas de ello, que descubrió las islas de Nueva Zelanda y Australia.
En sus diversos viajes por el océano, se encontró con diversos enfrentamientos en el cual mostró valentía y solidaridad. Prueba de ello fue el encuentro con el pirata Francis Drake, quién en 1578 saqueó e incendió la nave de Hernando Lamero en la Bahía de Valparaíso. Juan Fernández al ver la amenaza de este pirata en las costas Chilenas, emprende un viaje junto al dueño de la embarcación afectada hacia el Callao avisando a las poblaciones costeras la presencia del temido corsario inglés.

Recién en el año 1589, recibió el reconocimiento de sus hazañas, con el nombramiento de “Piloto Mayor del los Mares del Sur”. Año que además contrae matrimonio con Francisca de Soria. Más adelante en el año 1592 gracias a los servicios prestados a la corona Española recibe un terreno en Rauten, zona de Quillota. Fue allí donde pasó los últimos días de su vida hasta fallecer en el año 1599.

La credibilidad de sus hallazgos, confirmadas por quienes escribieron sobre los descubrimientos del mar del sur, viene de un memorial que un abogado, el ilustrado Luis de Arias dirigió a Felipe III a principios del siglo XVIII. En este documento, aseguraba que el Piloto Juan Fernández había encontrado a ochocientas leguas de la costa de Chile, a la altura del grado 40, latitud de Valdivia, “Unas tierras hermosísimas y provistas de gentes blancas y bien vestidas, civilizadas y hospitalarias, que ofrecieron a los extranjeros la producción del país del gran Continente austral que infructuosamente se buscaba”. 
 
Luis de Arias puso esta narración en manos del propio descubridor, o sea de Juan Fernández, quien la habría relatado a “personas de mucho crédito y autoridad”. Fue así como en el año 1770 el geógrafo Delrymple, incorporó esta relación en su Libro “Colección de viajes”, exponiendo que Juan Fernández mostró a muchos en Chile el país que había descubierto, actual Nueva Zelanda y Australia. Delrymple, se dejó llevar por su credulidad hasta marcar en la carta geográfica del Pacífico el descubrimiento, señalándolo frente a Valparaíso en el grado 90º del meridiano de Londres.
Esta suposición demuestra que, aún en el siglo XVIII, cuando el Capitán James Cook descubría todos los días un nuevo grupo de islas, o las costas de un país, la geografía del mar del sur aún era desconocida.

Fuente: http://www.comunajuanfernandez.cl/

A una vasta e incomparable soledad renombrada en el mundo entero acuden personas de todos los lugares de la tierra, todos con ánimo de admiración: un jeque árabe  y su séquito que se conserva a respetuosa distancia; un grupo de estudiantes franceses con la mochila a la espalda; una octogenaria de San Francisco en su silla de ruedas; un famoso actor, que camina apartado de los demás en compañía de su hijo. 

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Viajeros de todos los Estados Unidos, de todos los países, peregrinan a este santuario que une en común emoción a gente de todas las razas y de todos los credos. Y es que el Gran Cañón del Colorado es una de las maravillas del mundo; ninguna la supera en magnitud, antigüedad ni esplendor. De cuantos espectáculos ofrece la Naturaleza, ninguno encierra igual virtud para apaciguar el corazón y elevar el alma.

Perdido en los apartados desiertos de la América del Norte; accesible únicamente tras largo rodeo en tren o en automóvil, atrae sin embargo a un crecido número de visitantes que acuden diariamente al lado sur. Oculta el Gran Cañón su imponente majestad hasta el último momento. El viajero recorre kilómetros de la imperceptible pendiente poblada de artemisas y más adeante de pinos. Al fin está cerca de la maravilla, pero aún no la divisa siquiera; unos pasos más, y queda al borde de la sima, sobrecogido ante su horror sublime.

Lo que contempla es la inmensidad; casi una nueva dimensión. En esta garganta de 1600 metros de profundidad y 16 kilómetros de longitud el abismo se hunde en precipicios más hondos aún que desaparecen en una noche de profundidad como la del océano. Surgen aquí en silencioso tumulto los colores: rojos de rescoldo; púrpuras sombríos, vestigios de un ayer abismal; pálidos amarillos de dunas y playas de mares hace siglos extinguidos. Allá en lo más hondo, sobre el rápido espejear del río, se alzan adustas rocas negras que los geólogos llaman arqueozoicas, las más antiguas que conoce la ciencia.

canion280De lo recóndito de la sima asciende en invisibles oleadas el silencio. Sólo de vez en cuando percibimos el estrépito del río, el segundo de los Estados Unidos por su extensión y el primero del mundo por el ímpetu de sus aguas. Nos llega a nosotros el rumor, semejante a lejano palmoteo, de los álamos que se mecen en el saliente rocoso que a modo de anaquel corre a lo largo del barranco. Todo ruido lo absorbe el abismo insaciable. “Aquí siente uno la necesidad de hablar en voz baja”, oigo que le murmura a su acompañante una señora.

No es un silencio de muerte; es más bien una presencia. Llega a nosotros como grandiosa música. Sólo que la música obra del hombre tiene culminación y término, en tanto que esta música del Gran Cañón del Colorado está hecha de culminaciones; es una armonía que resuena en la eternidad.

Porque la cuarta dimensión que aquí percibimos es, naturalmente, el tiempo en liberal medida. Cerca de siete millones de siglos tardaron el Río Colorado y sus tributarios en abrir el Gran Cañón. Y sin embargo, el río es un recién llegado; no había empezado a correr siquiera en las remotas épocas en que el mar, al cubrir los desiertos de Arizona, y retirarse, y tornar a cubrirlos para alejarse nuevamente, fue dejando sucesivas sedimentaciones. Y antes que las aguas del mar, estuvieron aquí las rocas arqueozoicas, asiento de enhiestas montañas cuando la Tierra era joven. Sucedió esto dos mil millones de años atrás, según cálculos de los geólogos. Así, en un sólo vistazo, el Gran Cañón del Colorado revela más de la historia de la tierra que ningún otro paraje.

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En 1989, el excelente director italiano Alberto Lattuada dirigió su última obra cinematográfica: una serie televisiva titulada Mano rubata. Tenía entonces 75 años. Hoy, cumplidos ya los tres años de su muerte, he querido recordarlo aquí porque no me resigno a que se le atribuya únicamente la fundación de la filmoteca de Milán (su ciudad natal) y la dirección de unas cuantas películas neorrealistas.

Ciertamente su filmografía no fue demasiado extensa: «El Bandido», 1946; «Sin piedad», 1948; «El molino del Po», 1949; «El alcaide, el escribano y el abrigo», 1952; «La tempestad» (1958); «El poder de la Mafia» (1962), «La mandrágora» (1966), «La bambina» (1974), «Corazón de perro» (1975), «Oh, Serafina!» (1976) y «La chicharra» (1980). Once largometrajes en total, algunos de irregular calidad, pero en los que siempre quedó patente su papel de precursor de la liberación sexual de aquella época. Las adolescentes, sobre todo si se trataba de jovencitas que empezaban a vivir su pureza misteriosa y atrayente, es lo que más interesaba el director italiano como material cinematográfico. Le cabe la gloria de que actrices de la talla de Giulietta Masina, Catherine Spaak, Jacqueline Sassard y Anna-Maria Pierangeli empezaran con él. Alberto Lattuada fue actualidad cuando se estrenó su film La Cigala –título que disfruté anoche– en el que intervienen Virna Lisi, Tony Franciosa, Renato Salvatori y la entonces lolita revelación, Clio Goldsmith, en quien el veterano realizador puso sus esperanzas y su experiencia cinematográfica… Nunca sabremos si puso algo más, pero esa es otra historia.


Catherine Spaak e Isabelle Adjani


Virna Lisi y Clio Goldsmith

Y hablando de las “lolitas-actrices” de aquella década prodigiosa: la bella, aunque no tan joven, pero sí de aspecto tierno, Marie Christine Barrault, preferidísima del no menos erotómano Woody Allen, terminaba el rodaje de su film L’amour trop forte, a las órdenes de Daniel Duval; otra peli que relata una historia de pasiones amorosas, comme it faut, y que analicé detenidamente tras la visión de La chicharra.

Pero todavía me quedan algunos fotogramas para este post: esta misma mañana –después del desayuno, eso sí– pude constatar la enorme calidad del director James Ivory. Alan Bates, Maggie Smith, Isabelle Adjani y Pierre Clementi constituyeron el Quartet, que da nombre a este film del realizador americano. La historia está ambientada en el París de 1925, sobre una idea autobiográfica de Jean Rhys, autora nacida en las Antillas Británicas que marchó a París para contagiarse de la fiebre creadora y bohemia de los Hemingway y los Scott Fitzgerald. Para Alan Bates el interés de este film se encontraba en la recreación, por vez primera, de la obra de esta escritora, cuyo espíritu y experiencias serían así reflejados. Sin embargo para nuestro recordado Pierre Clementi el interés fue más profano, pues en aquellos tiempos trataba de recomenzar una carrera, aunque fuera sometiéndose al rol semisecundario de fotógrafo porno. Todos los cinéfilos esperábamos que durara más aquella vez, pero desgraciadamente no fue así.

Mr. Arriflex

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Espero -con gran ilusión- recibir vuestras colaboraciones, comentarios, fotos, vivencias y correos, que puedan ayudarme a ir desarrollando este Blog. El Faro del Fin del Mundo pretende seguir una línea entretenida y diversa -aunque debo confesar mi debilidad por los temas náuticos- pero, al mismo tiempo, publicando narraciones, poemas y textos de calidad y, por qué no, también con historias divertidas. El humor, no lo olvidemos, es importante en nuestras vidas. Gracias de nuevo.

Luis Irles

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