You are currently browsing the monthly archive for Noviembre 2008.
Tal vez alguno de ustedes tuvo la ocasión de leer la crónica Sentada en la Torre Eiffel con los pies colgando, que envió nuestro corresponsal en la capital francesa y que fue publicada el pasado 17 de octubre bajo la firma de Judith Valence, seudónimo que suele utilizar nuestro colaborador cuando escribe –o escribía– en blogs y revistas electrónicas de escaso relieve. Saturnino Vanaclocha es su auténtico nombre, aunque pertenece a una de las más rancias y tradicionales familias catalanas. Anoche recibí este correo suyo donde me explica las razones que le obligan a presentar su irrevocable dimisión. Me he quedado de piedra.

Auguste Renoir. Le Moulin de la Galette, 1876
Jefe: No puedo seguir trabajando para El Faro, lo siento mucho. Me da cierto reparo contárselo, pero sé que usted es una persona benevolente y lo entenderá: Hace veinte días me comí un Renoir. No uno de los importantes. Y tampoco el cuadro entero. Pero me las arreglé para desgarrar un trozo del tamaño de un plato de postre y masticarlo hasta que empecé a sentir como los amargos y corrosivos pigmentos aceitosos parecían abrasar el fondo de mi garganta. No obstante, me lo habría tragado completo de no haber sido porque un desconcertado guardián del Musée d’Orsay –al percatarse de mi acción—vino corriendo hacia mí, me tiró al suelo, me abrió la boca con todas sus fuerzas e introdujo varios de sus dedos en ella en un desesperado intento por sacarlo de allí. Al extraer tan bruscamente el pedazo de tela de mi faringe, me dañó seriamente el paladar. Fue un final desafortunado para mi ansiada y casi cumplida fantasía. Y duró poco, jefe.
Ahora estoy cumpliendo la condena de 18 meses que me impuso el juez, pero no me importa pasarme una temporada en la cárcel. ¿Sabe?, los franceses tratan a sus reclusos mejor que en cualquier otro país del mundo. Yo solamente tuve –y de eso hace ya bastante tiempo– una corta experiencia carcelaria en mi vida, un asunto poco importante y demasiado vergonzoso para hablar de él. La comida aquí es buena. Mejor que buena, diría yo: verduras frescas, nada de latas ni congelados. Y aunque la carne está a veces un poco dura, viene siempre acompañada de un pan crujiente y exquisito. Y vino. ¡Los franceses sirven un vino bastante aceptable en los comedores de sus prisiones! ¿Puede imaginarse usted esta clase de hospitalidad en los centros penitenciarios de nuestro país?
Seguiremos en contacto, don Luis. Tenemos derecho, cada semana, a una hora de internet en la biblioteca de “La Santé”. Un fuerte abrazo.
Saturnino
Hubo un tiempo en que Santiago de Chile tuvo muchos lugares alternativos a restaurantes y además, salones de té. Era un Santiago provinciano, aislado del resto del mundo, y en el que viajar era una rareza que eventualmente se hacía una vez en la vida.
Para cada especialidad había un lugar. Almuerzos: el Hotel Crillón, primero y nunca superado.
Todavía me parece estar entrando con mi abuela por el vestíbulo de mármol, los enormes espejos con el escudo de Santiago pintado, las enormes arañas de lágrimas que se mecían suaves con la brisa del aire acondicionado, las alfombras en que uno se hundía hasta el tobillo, el comedor de invierno con sus sitiales españoles de cuero repujado, las tapicerías que después del remate terminaron en La Moneda, y la tenue penumbra de la inmensa terraza techada por una lona que impedía el paso del sol, los mozos silenciosos y atentos… al Hotel Carrera no fui sino hasta grande, al bar y a la piscina. Era mucho más americano que el Crillón, el que era muy europeo. También estaban los Establecimientos Oriente, frente a la Plaza Italia, con un mostrador de postres que era espectacular. Mejor paella no he probado ni en España. No existían pizzerías ni comida rápida ni china. Comida Italiana Da Carla, suprema. Los Cafés Paula para tomar té, el Café Colonia, El Naturista donde preparaban la mejor Peach Melba de Chile, más informales, El Rápido con sus empanadas fritas, El Ravera con auténticas pizzas italianas, en el Portal frente a la Plaza de Armas, los chocolates rellenos con malvas de Bozzo, a la entrada de Ahumada con Alameda, La Varsovienne con los mejores marrons glacés y calugas, El Maistral, al costado del Santa Lucía donde uno podía comer especialidades francesas, civet de liebre, paté maison, carne de ciervo… y sólo 8 mesas. Para comida preparada, La Rambla, en Merced, y en la noche uno podía cometer la ingenuidad de ir a comer al Restaurant Falabella en Ahumada, con música en vivo a cargo del pianista Roberto Inglez y animador agregado. Esto se transmitía todos los días en directo por Radio Portales, el Café Torres, donde a principios de siglo iba el hijo de Arturo Prat a tomar borgoña, y allí se inventó el Barros Luco, cuando el senador del mismo nombre pidió que le hicieran un sándwich de carne con una lámina de queso, y se picó el senador Barros Jarpa y pidió lo mismo pero con jamón…cerca estaba la Pastelería Cordon Bleu, donde hacían repostería francesa y colonial con recetas heredadas de las Monjas Clarisas, entre ellas la espectacular torta Saint-Honoré, una montaña o pirámide de profiteroles o choux o repollitos como también se les conoce, rellenos con crema pastelera o helado de canela y sujeta por una telaraña de azúcar quemada. Hasta donde sé, en ninguna parte la hacen ya. Y después de tanto dulce algo salado y popular, en los tiempos en que el Barrio Bellavista era solamente residencial, sin restaurantes ni pubs. ¿Quién podría resistirse a los enormes sándwiches y perniles picantes del Venecia? Hay mucho más, pero no quiero ser latero y transformar esto en todo tiempo pasado fue mejor. Mentira, sólo fue distinto. Ahora hay muchas cosas mejores que antes, sólo que yo estoy acostumbrado a las mías. Me dio hambre.
Mi familia tuvo una casa en la calle José Alfonso. Eso estaba a una cuadra de la Alameda por Vicuña Mackena, detrás de la Embajada Argentina. Mi abuela hacía mucha vida social y siempre la invitaban a las fiestas de la Embajada. Mi mamá se subía arriba de un cajón en el muro medianero para ver a mi abuela en el jardín, junto a otras chilenas y argentinas con trajes inmensos y los hombros descubiertos, imitando a la Eva Perón. Eran los tiempos en que Argentina era un país muy rico y europeizante y la suntuosidad de esas fiestas en el jardín en el verano eran deslumbrantes. Suena a Sabrina, pero así era. El arquitecto debe haber estado muy entusiasmado con mi abuela, porque especialmente y personalmente le esculpió en la chimenea de la casa que construyó una langosta de lapislázuli. Hoy no sólo la casa fue demolida, sino que la calle desapareció. Era de apenas una cuadra. Dio paso a un hotel 5 estrellas o algo así. Tengo nostalgia del salón de té del Hotel Crillón, donde tomaba helados de canela y bocado. Hoy no hacen de ninguno de los dos. La receta se remonta a la Colonia. El helado de bocado fue reemplazado por el de vainilla. Pavoroso…
MARIO ALVARADO
——
Agradecemos a nuestro buen amigo Mario Alvarado –prestigioso músico y escritor chileno– el envío de este entrañable texto que forma parte de su libro El Mensajero, de próxima publicación.
Fue una casualidad que la escritora norteameriana Joan Schenkar encontrara un buen día en una pequeña biblioteca de París más de 200 cartas firmadas por Dolly Ierne Wilde. La autora de las misivas pertenecía a la familia Wilde, y como casi todos sus parientes se trataba de una persona algo excéntrica, con magníficas dotes literarias, bohemia, a la que le gustaba llamar la atención con su original indumentaria.
Dolly había nacido en 1895 y era hija de Willy, el hermano mayor de Oscar Wilde, la figura más importante del clan, aunque como el resto de la familia un ser agobiado por los problemas; en aquella época se le juzgaba en Londres por su homosexualidad, que en uno de los mayores escándalos e injusticias que se conocen le llevó a la cárcel.
Pues bien, a Joan Schenkar, que ya había oído hablar de nuestra protagonista y en busca de más datos sobre ella había realizado un viaje a París, el contenido de las cartas –en su mayoría de amor– le intrigó y cautivó de tal manera que a partir de estos documentos y de testimonios de la época decidió reconstruir la vida del singular personaje, protagonista de los aires locos y glamourosos de las primeras décadas del siglo XX.
Asegura la biógrafa que Dolly se parecía mucho a su tío. La presenta como una mujer optimista, muy alegre, aficionada a “la conversación incisiva, las conquistas de emergencia, los coches veloces, las películas extranjeras, la literatura experimental y a las actrices alcohólicas». Una mujer de armas tomar, una adelantada de su tiempo que se hacía querer y que incluso dos décadas después de su muerte la gente que la conoció seguía recordándola y sintiendo muy reciente el dolor por su desaparición (que se produjo en la primavera de 1941 en Londres). Dolly Wilde fue una mujer de las que dejan huella.
Las cartas, verdaderos documentos sociales de una época, llevaban 60 años ocultas, sin embargo su lenguaje las actualizaba, era de una calidad excelente, aunque a veces su estilo gramatical resultaba algo ampuloso. En ellas hablaba de su relación con Natalie Clifford Barney, una expatriada estadounidense, dueña de un salón literario en el mismo centro de París, que introdujo a la sobrina de Wilde en el circuito parisino y con la que mantuvo una relación amorosa. A partir de esta «amistad», Dolly conoció a gente como Joyce, Proust, Truman Capote, Isadora Duncan o Marguerite Yourcenar, entre otros. Amistades de las que siempre sacó lo que pudo, porque lo suyo era vivir a expensas del dinero ajeno.
Puede resultar paradójico e incomprensible para muchos, pero Fernando Alegría –que vivió en los Estados Unidos durante más de treinta años– escribió en California Caballo de Copas, novela de un chileno en San Francisco, que según afirmó el crítico e historiador Carlos Hamilton, “tiene más sabor a Chile que ninguna obra escrita en el propio país y acusa una maestría definitiva en el arte de narrar con arte”.
Rasgos biográficos
Nacido en 1918. Profesor de Castellano y Filosofía en la Universidad de Chile. Organizó durante los años sesenta encuentros de escritores en la Universidad de Concepción, fundando el primer taller de escritores. Creó la revista Literatura Chilena: Creación y Crítica (1974). Doctor en Literatura en la Universidad de Columbia. Director del departamento de Español y Portugués de la Universidad de Stanford. Ejerció la docencia en la Universidad de Columbia, Berkeley y Stanford de Estados Unidos. Perteneció a la Academia Norteamericana de la Lengua. Fue Premio Farrah y Rinehart de Nueva York, Premio Municipal y Atenea de Santiago de Chile, y realizó diversas colaboraciones en revistas norteamericanas. Alegría vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos.
El escritor
Novelista, ensayista, cuentista, crítico y profesor. Un escritor talentoso que incursionó en varios géneros de la literatura. Su mayor acierto en la novela fue su libro Caballo de Copas (1957), que concitó el aplauso cerrado de la crítica y el interés del público lector. También en la faz narrativa obtuvo éxito con sus libros Lautaro, joven Libertador de Arauco y Mañana los guerreros.
Fructífera fue su labor en el ensayo, especialmente derivado de su vasta trayectoria como docente en las universidades norteamericanas. Uno de sus mejores libros al respecto es Literatura Chilena del Siglo Veinte (1967) que en su primera edición se denominó Las fronteras del realismo (1962).
Fernando Alegría fue un investigador “serio, bien documentado, de estilo pulcro y ameno” (Montes y Orlandi). Al decir de Maximino Fernández, “Alegría ha animado el escenario de las letras chilenas durante medio siglo con sus narraciones y estudios; apasionados, comprometidos y de buen nivel estético, las primeras; documentados, distintos y necesarios, los segundos“ ( Historia de la Literatura Chilena).
A Fernando Alegría, al igual que varios escritores chilenos que han tenido que permanecer por largo tiempo fuera de su patria, y, por consiguiente, ha provocado que su trabajo literario no sea advertido con facilidad por lectores y estudiosos de las letras, le costó obtener el reconocimiento que se merece en su país. Incluso, algunas veces fue nominado para el máximo laurel de Chile, El Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, falleció a los 87 años -el 29 de octubre de 2005- en la ciudad de Walnut Creek, al norte de California, sin obtener este reconocimiento. 
“Me dolerá hasta el final no haber vuelto” decía.
Es una lástima, puesto que su obra, maciza, contundente, variada y vasta, le otorgan a Fernando Alegría méritos esenciales para lograr el correspondiente sitial de honor que se da en nuestro país a los grandes escritores.
Su obra es extensa. Publicó aproximadamente cuarenta y seis textos. Se destaca el cuento, la poesía, el ensayo, la novela. Comenzó en la narrativa a los 18 años, con la biografía novelada de Luis Emilio Recabarren. Publicó luego Lautaro, Joven Libertador de Arauco (1943) y “Caballo de Copas” (1957), acaso su mayor obra, por la cual obtuvo los premios Municipal, Atenea y Unión Panamericana. Le siguió Mañana los Guerreros (1964).
“Lo que me interesa rescatar es la historia de los héroes sin monumento, la de los verdaderos héroes, a quienes la historia oficial margina y que, sin embargo, viven en la conciencia social de nuestro pueblo”, diría.
Fuente: Escritores.cl
Mi admirado y nuevo amigo Pulo –extraordinario artista y marino de alma y corazón, cuyo blog Los Cuatro Elementos os recomiendo visitar– tuvo la gentileza de darse ”un garbeo” por la sección musical de nuestro Faro y recordarme, en su comentario, a la inigualable Dulce Pontes y, sobre todo, su entrañable Canção do mar que –como él señala– comienza y termina con las imágenes de un hermoso faro en el videoclip que se grabó para la ocasión. Por ello, quiero dedicarle a mi tocayo, con todo mi afecto, este sencillo post con una breve biografia y la conmovedora canción de esta magnífica cantante portuguesa.
Luis Irles
Podía haber sido bailarina, si la escuela de danza no hubiera pensado que a los catorce años ya ere tarde para iniciar una gran carrera. Podía haber sido tan sólo una bonita voz de anuncios si alguien no hubiese descubierto muy pronto que aquella voz servía mejor a la música que a la publicidad.
Dulce Pontes, nacida en Montijo (Portugal) en 1969, ganó el Festival Nacional de la Canción de su país en 1991. Ese mismo año representó a Portugal en el Festival de Eurovisión, donde obtuvo el premio a la mejor intérprete. Fue la primera vez que Europa oyó la voz de Dulce Pontes.
Desde aquel instante su vida da un giro. Parte en busca de una identidad propia. Se sumerge en las raíces de la música portuguesa, incluyendo el tradicional fado, considerado entonces como algo trasnochado. Y consigue reinventar lo que parecía muerto. Como demostrarán los años y los discos posteriores, Dulce hace algo más que repetir algo que ya estaba hecho. Su voz luminosa no cabe en ningún estilo que la limite, no conoce fronteras. Su voz y su forma de interpretar constituyen un género propio. Por eso, tanto da que cante rock, fado o una canción de Angola: su estilo es único e inconfundible.
En 1992 publica su álbum “Lusitana” y a partir del año siguiente, con su segundo trabajo, “Lágrimas”, se convierte en una ciudadana del mundo. Le siguen “A Brisa do Coraçao” (1995), un doble álbum en directo, “Caminhos” en 1996 y más tarde, tras realizar colaboraciones en discos de Andrea Bocelli o los brasileños Simone y Caetano Veloso, publica “O Primeiro Canto”. En ese trabajo, producido por Antonio Pinheiro Da Silva, destacan las colaboraciones del percusionista hindú Trilok Gurtu, el saxofonista Wayne Shorter, las voces de Maria Joao y Waldemar Bastos y la trikitixa de Kepa Junkera.
En su continua búsqueda de un universo propio, en el 2003 llega “FOCUS Morricone & Dulce Pontes” (Universal), disco publicado en octubre de 2003, un trabajo en el que canta temas compuestos por el gran Ennio Morricone, quien, cautivado por el talento de la portuguesa, también participó en la grabación del disco.
Ahora, Dulce Pontes vuelve a sorprendernos con un nuevo giro en su carrera: su retorno al fado y al folclore portugués. Los sonidos más universales de la tradición portuguesa, desde la perspectiva una Dulce Pontes que ha encontrado su lugar y que sabe lo que quiere. Su nuevo trabajo, publicado en forma de disco y DVD en primavera de 2007 y ahora en gira como arrebatador espectáculo en directo, se titula “El corazón tiene tres puertas”. Como era previsible, está poniendo en pie escenarios de todo el mundo –-incluidos auditorios míticos, como el Carnegie Hall de Nueva York–… Hará historia.
Fuente : www.dulcepontes.net
Canção do mar
Su interpretación de “Canção do mar” fue parte de la banda sonora de la versión internacional de la novela brasileña “As pupilas do Senhor Reitor” (1994). La misma interpretación de esta canción de Ferrer Trinidade fue el tema principal de la banda sonora de la película “Primal fear” (1996), de Gregory Hoblit, interpretada por Richard Gere y Edward Norton, nominado para el Óscar al mejor actor secundario, siendo así que el éxito de la película trajo también reconocimiento internacional para la cantante portuguesa.
A una vasta e incomparable soledad renombrada en el mundo entero acuden personas de todos los lugares de la tierra, todos con ánimo de admiración: un jeque árabe y su séquito que se conserva a respetuosa distancia; un grupo de estudiantes franceses con la mochila a la espalda; una octogenaria de San Francisco en su silla de ruedas; un famoso actor, que camina apartado de los demás en compañía de su hijo.
Viajeros de todos los Estados Unidos, de todos los países, peregrinan a este santuario que une en común emoción a gente de todas las razas y de todos los credos. Y es que el Gran Cañón del Colorado es una de las maravillas del mundo; ninguna la supera en magnitud, antigüedad ni esplendor. De cuantos espectáculos ofrece la Naturaleza, ninguno encierra igual virtud para apaciguar el corazón y elevar el alma.
Perdido en los apartados desiertos de la América del Norte; accesible únicamente tras largo rodeo en tren o en automóvil, atrae sin embargo a un crecido número de visitantes que acuden diariamente al lado sur. Oculta el Gran Cañón su imponente majestad hasta el último momento. El viajero recorre kilómetros de la imperceptible pendiente poblada de artemisas y más adeante de pinos. Al fin está cerca de la maravilla, pero aún no la divisa siquiera; unos pasos más, y queda al borde de la sima, sobrecogido ante su horror sublime.
Lo que contempla es la inmensidad; casi una nueva dimensión. En esta garganta de 1600 metros de profundidad y 16 kilómetros de longitud el abismo se hunde en precipicios más hondos aún que desaparecen en una noche de profundidad como la del océano. Surgen aquí en silencioso tumulto los colores: rojos de rescoldo; púrpuras sombríos, vestigios de un ayer abismal; pálidos amarillos de dunas y playas de mares hace siglos extinguidos. Allá en lo más hondo, sobre el rápido espejear del río, se alzan adustas rocas negras que los geólogos llaman arqueozoicas, las más antiguas que conoce la ciencia.
De lo recóndito de la sima asciende en invisibles oleadas el silencio. Sólo de vez en cuando percibimos el estrépito del río, el segundo de los Estados Unidos por su extensión y el primero del mundo por el ímpetu de sus aguas. Nos llega a nosotros el rumor, semejante a lejano palmoteo, de los álamos que se mecen en el saliente rocoso que a modo de anaquel corre a lo largo del barranco. Todo ruido lo absorbe el abismo insaciable. “Aquí siente uno la necesidad de hablar en voz baja”, oigo que le murmura a su acompañante una señora.
No es un silencio de muerte; es más bien una presencia. Llega a nosotros como grandiosa música. Sólo que la música obra del hombre tiene culminación y término, en tanto que esta música del Gran Cañón del Colorado está hecha de culminaciones; es una armonía que resuena en la eternidad.
Porque la cuarta dimensión que aquí percibimos es, naturalmente, el tiempo en liberal medida. Cerca de siete millones de siglos tardaron el Río Colorado y sus tributarios en abrir el Gran Cañón. Y sin embargo, el río es un recién llegado; no había empezado a correr siquiera en las remotas épocas en que el mar, al cubrir los desiertos de Arizona, y retirarse, y tornar a cubrirlos para alejarse nuevamente, fue dejando sucesivas sedimentaciones. Y antes que las aguas del mar, estuvieron aquí las rocas arqueozoicas, asiento de enhiestas montañas cuando la Tierra era joven. Sucedió esto dos mil millones de años atrás, según cálculos de los geólogos. Así, en un sólo vistazo, el Gran Cañón del Colorado revela más de la historia de la tierra que ningún otro paraje.
En 1989, el excelente director italiano Alberto Lattuada dirigió su última obra cinematográfica: una serie televisiva titulada Mano rubata. Tenía entonces 75 años. Hoy, cumplidos ya los tres años de su muerte, he querido recordarlo aquí porque no me resigno a que se le atribuya únicamente la fundación de la filmoteca de Milán (su ciudad natal) y la dirección de unas cuantas películas neorrealistas.
Ciertamente su filmografía no fue demasiado extensa: «El Bandido», 1946; «Sin piedad», 1948; «El molino del Po», 1949; «El alcaide, el escribano y el abrigo», 1952; «La tempestad» (1958); «El poder de la Mafia» (1962), «La mandrágora» (1966), «La bambina» (1974), «Corazón de perro» (1975), «Oh, Serafina!» (1976) y «La chicharra» (1980). Once largometrajes en total, algunos de irregular calidad, pero en los que siempre quedó patente su papel de precursor de la liberación sexual de aquella época. Las adolescentes, sobre todo si se trataba de jovencitas que empezaban a vivir su pureza misteriosa y atrayente, es lo que más interesaba el director italiano como material cinematográfico. Le cabe la gloria de que actrices de la talla de Giulietta Masina, Catherine Spaak, Jacqueline Sassard y Anna-Maria Pierangeli empezaran con él. Alberto Lattuada fue actualidad cuando se estrenó su film La Cigala –título que disfruté anoche– en el que intervienen Virna Lisi, Tony Franciosa, Renato Salvatori y la entonces lolita revelación, Clio Goldsmith, en quien el veterano realizador puso sus esperanzas y su experiencia cinematográfica… Nunca sabremos si puso algo más, pero esa es otra historia.


Catherine Spaak e Isabelle Adjani
Y hablando de las “lolitas-actrices” de aquella década prodigiosa: la bella, aunque no tan joven, pero sí de aspecto tierno, Marie Christine Barrault, preferidísima del no menos erotómano Woody Allen, terminaba el rodaje de su film L’amour trop forte, a las órdenes de Daniel Duval; otra peli que relata una historia de pasiones amorosas, comme it faut, y que analicé detenidamente tras la visión de La chicharra.
Pero todavía me quedan algunos fotogramas para este post: esta misma mañana –después del desayuno, eso sí– pude constatar la enorme calidad del director James Ivory. Alan Bates, Maggie Smith, Isabelle Adjani y Pierre Clementi constituyeron el Quartet, que da nombre a este film del realizador americano. La historia está ambientada en el París de 1925, sobre una idea autobiográfica de Jean Rhys, autora nacida en las Antillas Británicas que marchó a París para contagiarse de la fiebre creadora y bohemia de los Hemingway y los Scott Fitzgerald. Para Alan Bates el interés de este film se encontraba en la recreación, por vez primera, de la obra de esta escritora, cuyo espíritu y experiencias serían así reflejados. Sin embargo para nuestro recordado Pierre Clementi el interés fue más profano, pues en aquellos tiempos trataba de recomenzar una carrera, aunque fuera sometiéndose al rol semisecundario de fotógrafo porno. Todos los cinéfilos esperábamos que durara más aquella vez, pero desgraciadamente no fue así.
Mr. Arriflex







































LO QUE OPINAN Y COMENTAN NUESTROS LECTORES