Chiloé, archipiélago conquistado en 1567, es uno de los lugares más ricos en lo que a leyendas y mitos se refiere. Es un lugar lleno de encanto y magia que reflejan las costumbres que han marcado a esta zona de Chile. Pero la Isla Grande no es el único lugar del sur donde se originan mitos. Poblados, ciudades, cordillera y mar son fecundos de imaginación. Reflejando una vez más la personalidad de nuestra gente.
No era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las acechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar. En la pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos lo hombres del caserío.
El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizá hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. Deseaban salir porque la pesca sería buena. Durante la noche anterior estaban seguros de haber visto a la bella Pincoya que, saliendo de las aguas con su maravilloso traje de algas, había bailado frenéticamente en la playa mirando hacia el mar. Todo esto presagiaba una pesca abundante y los hombres estaban contentos. No todos saldrían, porque, como siempre, don Segundo, el hombre mayor, se quedaría en tierra. Uno de los jóvenes le preguntó: “Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca?. Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento y, sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar”. Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados de su insolencia, y el mismo joven abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar.
Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó automáticamente: “Porque yo he visto el Caleuche“. Dicho esto pareció salir de su ensueño y, ante la mirada interrogante de todos exclamó: “Algún día les contestaré”.
Meses después estaban todos reunido en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar, llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa, el viento huracanado parecía arrancar las tejuelas del techo y las paredes y el mar no eran un ruido lejano y armonioso, sino un bramido sordo y amenazador. Don Segundo habló de improviso y dijo: “Ahora les contaré…”.
Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados. Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades. La tripulaban cinco hombres, además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quien se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier. La segunda noche de navegación se desató la tempestad. “Peor que la de ahora”, dijo don Segundo. Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas. Habían perdido la noción del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir. No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformó en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se destacaran su casco y velas oscuras. Si no fuera su velamen, si no fuera por los cantos, habríase dicho un inmenso monstruo marino. Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar. El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiaguarse y mortalmente pálido exclamó: “¡¡No es la salvación, es el Caleuche!!. Nuestros huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar”. El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió la densa sombra en que se confundían el cielo y el agua. Al mismo tiempo, volvió la tempestad, tal vez con más fuerza, y la fatiga de los hombre les impidió dirigir la lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca la volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en la oscuridad de la noche. Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y la tempestad, menos las circunstancias del naufragio y la visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo más, y esta es la primera vez en que la totalidad de la historia salía de sus labios. “Por eso que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me hará morir”. Todos quedaron silenciosos y pareció que entre el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas.
No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez lo hicieron desde la costa y no navegando. En todo caso, los que navegan entre las islas del archipiélago durante la noche lo hacen con un profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua, de él surgen música y canciones. Entonces la muerte estará cerca y el naufragio será inevitable. Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, del Caleuche.
Fuente: Leyendas del sur de Chile (servicioweb.cl)
Adaptación: Carlos Ducci Claro


























8 comments
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Noviembre 29, 2008 a 10:20 am
Javier Irmaz
Poseo cierta información que vendría a completar esta estremecedora y fantástica historia marinera, tan poco conocida fuera de Chiloé. Ignoro si será cierta. Yo se la escuché a un curtido pescador de Ancud, cuando visité el archipiélago hace ahora dos años.
Según me contó este anciano chilote –que estaba un poco bebido– su abuelo le aseguró que, hace ya mucho tiempo, una hermosa princesa enamorada habitaba cerca de la isla y en las madrugadas de aguaceros y vientos salía a la mar. Un día, a tres millas de la costa, frente a Lemuy, su barco de cristal apareció a la deriva. Quizá la princesa no se puso el arnés y sufrió un golpe con la botavara. O se quebró el azar, de desdén, de verlo deslizarse por tantas superficies. O quiso ganarle una partida al único destino. Su amado, durante años, la anduvo buscando. De la única manera que sabía hacerlo. Noches de navegación solitaria por las cinco islas mágicas. Hasta aquella ceñida a barlovento en los mares australes de Chile. Allí naufragó su locura, creyó verla un instante y se desplomó con los pulmones encharcados encima de un tablón, hasta que el gris océano se lo tragó para siempre.
Es posible que la historia de la Princesa de los Volcanes –así la llamó él– sea una más de las tantas que circulan en Chiloé, pero me ha venido a la memoria al leer este fascinante post y he sentido el deseo de darla a conocer.
Gracias. Mi enhorabuena por su interesante blog.
Noviembre 29, 2008 a 12:58 pm
Mayte
Leí en cierta ocasión que el “Holandés Errante”, el lejendario barco fantasma que no puede volver a puerto y está condenado a vagar para siempre por los océanos del mundo resplandeciendo con una luz fantasmal, se correspondería con el “Caleuche” de la mitología chilota… ¿Tú crees que puede estar ahí el origen de esta inquietante leyenda marinera? Un abrazo, Mayte.
Noviembre 29, 2008 a 1:06 pm
Capitana666
Adoro las historias de misterio, aunque parecida a esta haya varias versiones, no deja de sorprender.
Hace bien el anciano de no tentar su suerte, la buena suerte también la acompañó al naufragar en una isla habitada y con gente amable, el océnano es muy amplio y todas sus playas le parecen igual de buenas.
Noviembre 29, 2008 a 4:02 pm
absolut
Me ha encantado su post, y también me ha servido para recordar la existencia de este archipiélago, del que apenas había oído hablar, ya que al parecer está fuera de los circuitos turísticos más conocidos de Chile, ¿no es así?
Cuando he terminado de leerlo me han venido a la mente las numerosas tradiciones mitológicas y las leyendas que se cuentan en la comunidad donde vivo, Galicia, al ser también un pueblo de pescadores.
Si algún día tengo la oportunidad de visitar su país, no dude que viajaré hasta Chiloé para conocerlo a fondo.
Saludos
Noviembre 29, 2008 a 7:39 pm
gorocca
Qué asombroso e inquietante relato farero, me ha encantado, me parecía estar viendo el Caleuche con esa luminosidad como un aura y dulces cantos de sirena abriendo brecha al oscuro abismo que se cerniría después sobre los pobres hombres de mar. Magnífico e impresionante!
Petons i forta abraçada!
Diciembre 1, 2008 a 5:56 am
Navegante
Oscuridad y la llamada de la luz, esta leyenda me recuerda las experiencias cercanas a la muerte narradas por aquellos que no llegaron a alcanzar la luz al final del túnel. Tal vez, para los marineros, sea más normal hablar de barco en vez de túnel. Quizá para nuestro protagonista todavía no había llegado su hora y, por eso, lo llevó el mar a la orilla.
Diciembre 1, 2008 a 5:40 pm
Luis Irles
Javier: Una hermosa y romántica historia la que nos relatas. Es la primera vez que la escucho, a pesar de que conozco muy bien Chiloé y la mayoría de sus leyendas. Intentaré averiguar algo más sobre la Princesa de los Volcanes y su barca de cristal la próxima vez que viaje al archipiélago.
Gracias por tus letras.
Un cordial saludo.
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Mayte: Es cierto. La leyenda del “Holandés Errante o Volador” es bastante común en zonas costeras de la Europa atlántica, pero no tanto en América del Sur. Tal vez algún marinero rubio que pasó por Chiloe hace muchos años la relatara en alguna taberna –después de un buen curanto y varias botellas de vino–, pasando después al acervo popular chilote. Pero eso nunca lo sabremos.
Un abrazo.
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Querida Capitana: El nick que escogiste ya te delata, así que no me extraña que te gusten las historias de misteriosos barcos fantasmas y todo lo relacionado con el mar.
A mí también me gustan, claro, y me alegro de compartir contigo ciertos gustos literarios.
Un fuerte abrazo, amiga mía.
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Absolut: Si vives en Galicia te gustará Chiloé, estoy convencido. Ciertamente, estas islas encantadas no son receptoras de un turismo masivo, y eso las hace más interesantes aún.
Espero que puedas conocer este hermoso país muy pronto.
Abrazos.
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Gorokiña querida: Y a mí me parece estar viendo ahora mismo a una bella sirena –de la especie goroccatius catalonia nostrum– cantándoles a los pobres tripulantes del Caleuche canciones de esperanza y amor para alegrarles sus tristes vidas.
Molt petons i forta abraçada pour toi aussi!
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Apreciado Navegante: Agradezco muchísimo tu visita y el excelente comentario que nos has dejado aquí.
Llevo una larga temporada absorbido por el trabajo y no he podido visitar tu blog con la frecuencia que hubiera deseado. Espero hacerlo con tranquilidad durante las vacaciones de verano (en Chile ya lo tenemos encima). Te envío un cordial saludo.
Diciembre 9, 2008 a 11:16 am
Ernesto
Como me ocurre siempre que visito tu faro me he quedado atrapado de la magia del relato; su lectura, imposible de un perder ni un segundo de pausa, despierta todo el mundo de fantasía, aventuras y miesterios tan importantes para las gentes soñadoras. Aunque efectivamente hay similitudes con otras leyendas, no cabe duda de que esta historia las supera.
Está visto que no puede uno dejar de pasarse por el Faro ni un sólo día. Gracias siempre Luis por hacernos disfrutar de la visita.
Un fuerte abrazo