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“El hombre del conocimiento disfruta sobre el mar, y el hombre de la virtud goza sobre las montañas; porque el sabio es inquieto y el virtuoso pacífico”
Confucio
“Todo está contado; la forma cambia. La forma es el mar, es insondable”.
Manuel Toharia
“La vida es… navegar por una serie de escollos, más o menos grandes y ahogados, como dicen los marinos, pero muy eficaces para dificultar la marcha y en más de un caso para echarla a pique o averiarla.”
Daniel Riquelme, de su libro “Bajo la tienda”.
“Ah, el Mar. Me parece que me sonríe; unas veces sin enseñar sus dientes pero otras… Me acuerdo aquel día. Su inmensa tranquilidad se transformaba, ya en la orilla, como grandes olas. Un deseo que sólo se apacigua estando en él. Al entrar te conviertes en el invitado de honor. Tu presencia le es grata; y tú se lo debes agradecer. Antes de sentarte en el “hall” te hace algunas preguntillas, para formalizar… Una vez presentados, empieza el baile. Y cuando te empuja, síguelo. Pero eso sí, sin miedo. Poco despues, sabrás que es un bromista. Alguna que otra zancadilla. Lo normal. Lo curioso es que siempre es el mismo tipo de zancadilla, pero su dominio son palabras mayores. Y despues de muchas caídas sabes que el nerviosismo no es grato en su casa. Te hará salir de ella. Sin darte cuenta aprendes a controlar tu misma furia, tu miedo, tu inseguridad. El Mar es un amigo. Para lo que quieras él estará ahí. Todas las respuestas están en él. Y aquel día me enteré de algo. Todas las respuestas…, menos dos…No sabe que es el Principio ni tampoco el Fin.”
Stark Hoffmann, “Una visita al Mar”. 1995
“Jamás ha existido un hombre verdaderamente grande que haya transcurrido toda su vida en tierra”
Herman Melville
“Recuerdo haberlo leído, tal vez, en alguna novela de Joseph Conrad. Si en medio de un gran temporal el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concreta que se acerca y dedica todo el esfuerzo a esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero.”
Manuel Vicent
“El océano tiene el temperamento falto de escrúpulos de un autócrata salvaje malcriado por la mucha adulación. No puede soportar el menor asomo de desafío, y no ha dejado de ser el enemigo irreconciliable de barcos y hombres desde que los barcos y los hombres tuvieron la inaudita osadía de echarse a navegar juntos pese a su ceño. Desde ese día no ha dejado de engullir flotas y hombres sin que su resentimiento se haya visto saciado por el número de víctimas, por tantos barcos naufragados y tantas vidas truncadas”.
Joseph Conrad
“Las palabras abren puertas sobre el mar”.
Rafael Alberti
“Si quieres construir una barca, no te dediques a reunir hombres para que corten leña, ni dividas entre ellos las tareas por hacer, ni tampoco les impartas órdenes, sino enséñalos simplemente a sentir nostalgia por el mar vasto e infinito”.
Saint Exupery, “El Principito”.
El pasado lunes, 19 de enero, se cumplieron 200 años del nacimiento, en Boston, de Edgar Allan Poe. A los diversos y destacados homenajes que en lo literario le aguardan, in memoriam, al excelso escritor, quizá valga la pena dedicar un minuto de reflexión sobre su capacidad de exploración del terreno científico de su época, a raíz de una lectura de La narración de Arthur Gordon Pym.
Recientemente finalicé la relectura de “La narración de Arthur Gordon Pym” (The narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket) , en la excelente traducción de Cortázar (Alianza Editorial). Mis sensaciones fueron otras a las tenidas en la adolescencia. Suele pasar con casi todas las relecturas. Recordaba un relato marinero fantástico, un viaje al Polo Sur cuando el mundo era mucho más grande y no existían los medios de navegación actuales –ni marítimos ni, obviamente, aéreos–, ni los satélites artificiales con los que escudriñar nuestro punto azul pálido. Tampoco la basura espacial dificultaba la visión de nuestro mundo, ni la observación del cielo, por otra parte. El misterio acechaba en el piélago a los marinos que perseguían completar las cartas de navegación descubriendo nuevas islas, no holladas por pie humano, o habitadas por tribus ignotas.
Encontramos en el relato, como no podía ser de otro modo, un Poe imaginativo y descriptivo, que nos descubre algunas especies improbables, y otras imposibles –aunque verosímiles en el mundo del siglo XIX–, seguramente influenciado en un contexto en el que llegaban a Europa constantemente nuevas especies para coleccionistas y registros de las sociedades científicas, museos y jardines botánicos.
Con los datos meteorológicos a su alcance, Poe crea atmósferas diversas en las que las galernas y los temporales salpican al lector, y elucubra zonas templadas cerca de la Antártida, basándose en las registradas corrientes cálidas subantárticas, en las que inventa islas con extraños moradores. La verosimilitud del relato de Gordon Pym se cierra con una avalancha de datos de navegación reales, de récords de navegación, cuando llegar un grado más al Sur era toda una proeza marinera: no todos los paralelos terrestres eran conocidos.

Las duras dificultades que desde el principio impone a sus personajes producen un descenso dantesco a lo más miserable del alma humana, cuando el hambre y las calamidades imponen su ley a la razón. Poe sabía que el mundo se alejaba de la naturaleza y, por eso, nos devuelve a ella, a nuestra naturaleza más profunda. Porque es en lo psicológico, como siempre, donde Poe triunfa y expone entonces sus más abyectas manías, que van de la locura al canibalismo, imponiendo la ley de su pensamiento al indefenso lector.
Les recomiendo la obra de Poe fuera de un contexto científico como éste. Poe no tuvo la capacidad de anticipación de Verne, ni asimiló totalmente la ciencia de su tiempo en sus novelas. Uno puede esbozar una sonrisa en determinadas descripciones de animales fantásticos subantárticos. Ahora bien, tuvo la imaginación –y la erudición– suficiente como para inventarse especies, mundos y lenguas, que, aunque no existiesen en realidad, fomentaron e influyeron al género fantástico y la ciencia ficción posterior, desde H.P.Lovecraft a Anne Rice.
Lean la novela inconclusa, la novela abierta que supone La narración de Arthur Gordon Pym, que el propio Verne intentó rematar en La esfinge de los hielos. Personalmente me he animado a seguir –en verano que tendré algo más de tiempo– a ver qué imaginó Verne en la Antártida. Disfruten con los maestros y los orígenes de la ciencia ficción.
Toni Hernández
En: e-ciencia
“Bebo para olvidar y como para recordar.”
Manuel Vázquez Montalbán en boca de su personaje Pepe Carvalho.
Hay personas que se enfrentan a la lectura de un libro con la misma actitud que adoptan ante la comida que consumen: los gourmets (y los gourmands) los saborean lentamente con el deseo de que no se les olvide ni se les escape sabor alguno; otros (más vulgares y glotones) los devoran, los engullen con un hambre atroz sin saborear nada, como carne de ave cuando se alarga la cocción y abundan las bebidas; y los hay que huyen de la cotidianidad y se refrescan el cuerpo y el espíritu como si se estuvieran bañando en un gazpacho andaluz.
Existen obras con mucho condimento y sabor, como Cien años de soledad. También deliciosamente aromáticas, como los poemas de Gabriela Mistral; pero hay libros que son como las comidas rápidas servidas en un McDonalds: cualquiera de los títulos de Paulo Coelho. También hay novelas que son iguales a los almuerzos que se sirven en los aviones, como las de Pérez Reverte.
Se puede decir que la cocina y la literatura son artes absolutos y, tal vez con la noble intención de demostrarlo, el fotógrafo inglés Mark Crick se ha metido, en su primera aventura literaria, a imitar los estilos de Proust, Kafka, Steinbeck, García Márquez, Virginia Wolf, Sade, Homero, Borges, Graham Green y hasta catorce maestros de la escritura de todo tiempo y lugar. Y, para hacerlo más difícil todavía, ha aplicado cada uno de ellos a la descripción detallada de una receta: sopa de miso, tiramisú, coq-au-vin, risotto, pollo relleno, tarta de cerezas, fenkata, pollo a la vietnamita, lenguado al estilo de Dieppe…
Además, a cada una le asigna una ilustración propia que puede ser una fotografía, pero también un cuadro o un cómic. Así, cada uno de los catorce relatos que se recogen en estas páginas es una carambola de fantasía a muchas bandas que unas veces sale y otras, no. Con todo, lo original y ambicioso de la idea da lugar a un librito muy recomendable.
Carpanta
La crisis por la que atraviesa el arte en nuestras días es un problema conocido por todos y al cual prestigiosos teóricos están dedicando sus trabajos. Gillo Dorfles, uno de los más lúcidos estudiosos de esta problemática, ya afirmó en 1970: “Se trata de algo mucho más determinante que la desaparición de las supersticiones o la indiferencia. Estamos asistiendo a una “asunción” del arte, a un fin que no le estaba destinado, el de un fácil hedonismo, ni siquiera el de un refinada sadismo, o de un complicado erotismo, solo el de un acompañamiento neutro y amorfo a las actividades más triviales y cotidianas. Las formas artísticas se degradan y se insertan en las más bajas estratificaciones culturales, cuando su verdadera cualidad ha sido del todo o parcialmente alterada.”
Veamos como el cine, en este caso, nos ofrece formas artísticas deformadas y degradadas, contribuyendo a aumentar y difundir este problema de la obsolescencia artística.
Ben-Hur, de William Wyller. 1959
Como punto de partida hemos elegido el aspecto en que el cine adultera las esencias artísticas por él tratadas. Analicemos algunas de las numerosas producciones entresacadas de acontecimientos históricos y textos clásicos: “Los Diez Mandamientos”, “Ben-Hur”, “Ulises”, “La Odisea”, “La fierecilla domada”, etc. Estas películas, a las que se podrían agregar tantos y tantos títulos actuales, nos ofrecen una visión de la Historia completamente deformada. La adaptación realizada para el cine ha traído consigo una acentuación exagerada en las características del personaje, cosa que también sucede con las “tipos” secundarios, cuya importancia en el texto o en el suceso histórico es intrascendente y en la película se convierten en personajes llenos de virtudes,”adornados”, con rasgos de nobleza, generosos y bellos. La acentuación de estos rangos en el protagonista se intensifica y éste aparece rodeado de alguna que otra aureola que lo califica como “único”. Este carácter “único” del personaje está encasillado en un proceso de “tipificación a lo americano”, en un tratamiento melodramático de la historia y con un abuso en la técnica del primer plano.
El mismo resultado se da con aquellas manipulaciones deformadoras en los acontecimientos del pasado y en los clásicos, donde se esquematiza y se simplifica los rasgos y la historia del personaje, recortando aquello que se juzga poco interesante, dando visiones parciales y distintas por completo de la evolución de los hechos.

Luego en lo que respecta a los valores espirituales, sociales y culturales de una época, de un pueblo o encarnados en un personaje, son difuminadas en el relato melodramático, con gestos y ademanes sublimes y cautivadores.
En segundo lugar analicemos la función que la música clásica viene desempeñando -con algunas excepciones- en el cine. El papel de la obsolescencia musical nos ofrece datos, (que el lector puede enriquecer y extender a nuevos puntos, con un poco de reflexión), fácilmente comprobables en nuestra vida diaria. Estamos ya acostumbrados a ver (y oír) ciertos spots publicitarios en la televisión y el la radio, en donde se saquea el valor de la música, dándole una importancia marginal y utilizándola como fondo de banalidades y frivolidades. Pensemos por un instante que dirían un Beethoven a un Bach, si vieran sus composiciones acompañando la sonrisa de una atractiva jóven que nos invita a comprar toda una serie de cosméticos, automóviles y electrodomésticos, o utilizada en melodramas de pésimo gusto.
Y precisamente ha sido el cine quien más ha contribuído a este estado desordenado de cosas. Antes de ver, con más detenimiento, como es llevada la música clásica al cine en nuestros días, recordemos la opinión tan autorizada del gran director francés René Clair sobre el papel de la música en el cine: “No vamos al cine para oír música. Exigimos que ella profundice y prolongue en nosotros las impresiones visuales de la pantalla. Su tarea no consiste en explicar estas impresiones, sino en agregarles un matiz especificamente distinto, y si así no fuere, la música para películas habría de contentarse con ser perpetuamente redundante. Su tarea consiste, no en ser expresiva, agregando sus sentimientos a los de los presonajes o a los del director, sino en ser decorativa, uniendo su estructura rítmica a la estructura visual que se trama para nosotros en la pantalla. Por eso creo esencial que el músico cinematográfico desarrolle un estilo propio.”
Comprueban esta teoría, con magníficos resultados, entre otras obras de gran calidad, películas como: “L’atalante”, de Jean Vigo; “Ciudadano Kane”, de Orson Welles; “Enrique V”, de L. Olivier; “Hamlet”, del mísmo Olivier, etc. Pero no ha sido ésta, sin embargo, la tónica general del cine que, por el contrario, ha utilizado sin escrúpulos, masivamente, autores y obras maestras de la música clásica.

¿Qué papel le ha sido otorgado, pues, a la música en la produccián cinematográfica? La respuesta es clara y rotunda: un mero acompañamiento a escenas, encuadres y diálogos mediocres o de pésima calidad. Para hacer ésto ha tenido que ser alterado el valor artístico fundamental y el resultado ha sido una esquematización armónica, rítmica o fragmentaria; es decir, un tratamiento de “musiquilla” totalmente frívola. Este degradarse de las formas musicales lo estamos presenciando con la mayor pasividad; asimilando una estética del mal gusto, una divulgación deteriorada que, de no ser por el oportunismo de estos directores, seguirían en su mayor parte en el lugar que le corresponde.
Hagamos ahora referencia, (pues de lo contrario cabría pensar que esto tan solo ocurre en las película genéricamente llamadas “comerciales”), al al cine propiamente de autor.
Es ya una costumbre encontrar al trío Bach-Vivaldi-Mozart, en las obras de cineastas tan extraordinarios como Pasolini, Bergman, Fellini, etc; sirviéndose de éstas para definirnos ambientes y situaciones convencionales. Como dijo el crítico italiano Baldelli, “Bach ya se ha convertído en el color genérico de los intelectuales…”. Con estos tratamientos musicales, que no tienen nada que ver con el estilo propio del film, se pretende echar mano a un recurso más, expresivo de la idea, utilizado como algo secundario.
Si por “kitsch”, o estética del mal gusto, entendemos aquella obra prefabricada, que comunicada tiende a provocar el efecto en el público, veremos que la utilización de la música, tan empleada por estos cineastas, tan sólo persigue ese fin. Y si aún profundizamos más y consideramos que una obra es “kitsch”–según la definición de Umberto Eco– no sólo porque estimula efectos sentimentales, sino porque tiende continuamente a sugerir la idea de que, gozando de dichos efectos, el espectador está perfeccionando una experiencia estética única y privilegiada, veremos que también esta utilización que hacen los más representatívos directores actuales adolecen de esta característica.
El carácter de unidad de una obra nos viene dada por la organización de su estructura en “aquél modo de formar”, que constituye el estilo y en la que se manifiesta la personalidad del autor.
Es necesario un replanteamiento musical en el cine, para que no arrastre peculiaridades de una estética de mal gusto.
Mr. Arriflex
José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo Azorín, llamó la atención desde 1904 por el paraguas rojo con el que solía pasear, y el escándalo que su sobrio y nítido estilo causaba entre los retóricos. Casi olvidado ahora, Azorín es uno de los grandes estilistas de nuestra literatura fantástica moderna, tal como la entendía Borges por ejemplo. Un texto como Materia radiante, integrante en su novela Félix Vargas o el caballero inactual –Biblioteca Nueva, 1928– prefigura los métodos de tantas escrituras posteriores. Valga este rescate para agradecer a José Luis Guarner su estupenda Antología de la literatura fantástica española (Bruguera, 1971) en donde se incluye este fragmento.
Un laboratorio en ninguna parte y en todas. Espacio indefinido. Sin dimensiones; sin ambiente; en la eternidad. Retortas casi invisibles; tubos de forma extraña; balanzas sutiles para pesarlo todo y no pesar nada. Como una luz borrosa de acuario. La inmensidad sidérea. Entelequias que se desenvuelven y se repliegan sobre sí mismas. Lo vago; lo abstracto, y en esta región misteriosa, inmutable, de toda eternidad, cuatro masas gaseiformes, radiantes. Cuatro volúmenes indeterminados. Se mueven hacia lo infinito. No tienen vida y tienen vida. Son sensibles e insensibles. Retráctiles y expansivos. Aeriformes y lumínicos.
La primera masa es de un color negruzco. Con la balanza, con el microscopio, podemos -o nos figuramos que podemos- apreciar sus cualidades. No sabemos decir de qué modo nuestros sentidos han aprehendido el volumen radiante. Tal vez, ante los fenómenos que presenciamos, no podemos tener un juicio seguro; la realidad cambia de segundo en segundo. La masa de la primera realidad concreta –concreta en un instante– tiene, en su negrura, fulgores súbitos, violentos; diríase que se escapan de ella esos instantáneos destellos, violados, verdes, que surgen de los fortuitos contactos eléctricos. A veces, una luz pálida y difusa. Movimiento de rotación vertiginoso. Reacciones violentas ante la luz, el aire, el ambiente todo. Líneas rectas que se cruzan y entrecruzan. Un rumor como de potentísimo motor. Volumen de un ímpetu, de un impulso excepcionales, formidables. Un nombre: Esteban. Otro volumen en el mismo espacio indefinido. Color blanco, nítido; uniformidad en la luz y en la coloración; lento evolucionar por la inmensa órbita; movimiento que parece marasmo; lentitud de siglos; casi invariabilidad. La irradiación templada y opaca. Sonoridad bordoneante de salmodia litúrgica. Un nombre: el marqués de Fontaine-Mendoussé.
Tercera masa radiante. Radiante con esplendores de aurora multicolor. Suavidad maravillosa en la coloración; aurora sobre cielo de cristal radiante. Volumen luminoso que evoluciona con maestría y gracia por el espacio sidéreo en que los más bellos astros rutilan. Y una música suave, deliciosa, que se mete en el cerebro y nos transporta a regiones de misterio y de insospechada vitalidad. Impetu también de vida, como en la primera masa; pero aquí la vida es apacible, suave, hecha de jirones de amor y de piedad. Un nombre: Andrea.
Cuarta masa. Indefinida; compuesta de la primera materia y de la tercera; oscilación perpetua, titileante, entre el primer volumen y el tercero. Voliciones que van en secreto sentimiento, de la primera masa a la tercera; del marqués a Andrea. Y una armonía compuesta de los cordes sentimentales del marqués y de Andrea. Y ésta es Hortensia. Los cuatro radiantes volúmenes por el infinito espacio de los sentimientos, de las sensaciones, viviendo dentro de un mismo sistema planetario, acercándose y alejándose; en choques leves o violentos, en conjunciones afectivas, a lo largo de los años, camino de la eternidad.
El cine obtuvo –desde su primera aparición en Italia– un enorme éxito que se convirtió, casi de inmediato, en el símbolo del progreso. En este nuevo medio de comunicación se proyectaron muchos de los sueños y los deseos de un pueblo que se identificaba plenamente con los personajes interpretados por dos actrices míticas durante la primera y segunda década del siglo XX: Francesca Bertini y Lydia Borelli, las grandes heroínas de numerosas y grandilocuentes películas de aventuras –estrechamente vinculadas a muchos acontecimientos importantes en la historia de Italia– que consiguieron difundir ampliamente la cultura de su país en el extranjero.

Jean Louis Trintignant y Vittorio Gassman en Il sorpasso
El período de la Segunda Guerra Mundial fue decisivo para el cine italiano, bautizado con el adjetivo de neorrealista, que comenzó a destacar en el panorama europeo con películas como Uomini sul fondo (Hombres en el fondo, 1941) de Francesco de Robertis y Quattro passi fra le nuvole (Cuatro pasos en las nubes, 1942), de Alessandro Blasetti, junto a otros memorables directores como De Sica, Rosellini, Fellini, Visconti, Comencini, etc.
El neorrealismo fue un momento creativo y mágico del arte cinematográfico europeo, pero que –desgraciadamente– sólo duró unos pocos años. Para bien o para mal, la Commedia All’italiana siempre ha sido (superando a cualquier otro movimiento o época) la columna vertebral del cine italiano. La comedia italiana se vistió con un variado ropaje de estilos y colores muy diversos: el “cómico-sentimental”, el del llamado “teléfono blanco” –durante los últimos años del fascismo– y el “neorrealismo rosa”, en los años cincuenta. Posteriormente llegó “la comedia retro”, en la década de los setenta, que fue gestionada por actores y realizadores hasta los años ochenta, aproximadamente. Como se puede apreciar, todas las manifestaciones y matices de la diversión, el humor y el cine escapista.
Pero hubo un tiempo en que la comedia se convirtió en un cine de costumbres y abrió las puertas a la realidad. La fecha de su nacimiento, según todos los críticos cinematográficos, se remonta a 1958 con el estreno de Il soliti ignoti, de Mario Monicelli. La época de mayor esplendor coincide con los años sesenta. El término, más o menos peyorativo de “comedia a la italiana”, está inspirado en el título de una de las mejores películas de la saga, Divorzio all’italiana (1961) de Pietro Germi, que en 1964 dirigiría otro de los grandes films de este género: Sedotta e abandonatta.
Algunos de los actores y actrices más representativos de este periodo fueron: Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Ugo Tognazzi, Marcello Mastroiani, Monica Vitti y Claudia Cardinale. Larga es la lista que los especialistas han confeccionado de este popular género. De Pietro Germi todavía recuerdan los cinéfilos –además de los dos títulos anteriormente citados– Segnora e Signori (Señoras y señores), la película más violenta y mordaz. Del llamado fundador del género, Sandro Monicelli destacan: La grande guerra (La gran guerra), I compagni (Compañeros), L’armata Brancaleone (El ejército Brancaleone), Vogliamo i colonnelli (Queremos a los coroneles), Romanzo popolare (Novela popular) y Amici miei (Amigos míos). Un pequeño burgués, es la película que cierra la larga lista, donde se narra la historia de un empleado ministerial, magistralmente interpretado por Alberto Sordi.
Il sorpasso (El adelantamiento o La escapada, 1961) de Dino Risi es otra película de este tipo. Este film refleja, tal vez como ningún otro, el inicio del período de auge económico en Italia, siendo una película apasionante e inquietante a la vez. Historia de un viaje en coche en pleno ferragosto, improvisada por un aventurero que vive al día y que ha arrastrado con él a un renuente e introvertido estudiante universitario. Il sorpasso trastoca la comedia de costumbres con un dramático final, que casi viene a predecir la llegada del ocaso de la época dorada y de bienestar que Italia estaba viviendo. Dino Risi, además de Il sorpasso , dirigió otras películas memorables como Una vita difficile (Una vida difícil), I mostri (Los monstruos), Il gaucho (El gaucho), In nome del popolo italiano (En nombre del pueblo italiano), Mordi e fuggi (Muerde y huye) y Profumo di donna (Perfume de mujer).
De la mano de la commedia llegan dos jóvenes cineastas, Federico Fellini y Michelangelo Antonioni: una nueva escuela, que trata de superar el neorrealismo inaugurando una nueva forma de comunicar sentimientos e impresiones sobre el drama humano de la soledad, con una nueva y original narrativa cinematográfica. Pero esa es otra época fascinante del cine italiano de la que hablaremos en otra ocasión.
Mr. Arriflex
























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