Lo misterioso siempre ha ocupado una plaza de honor entre los temas abordados por el cine, y en este sentido, la Historia ha constituido una fuente inagotable de personajes y temas que, si bien permanecen parcialmente clasificados para los investigadores, en cambio el cine no ha sentido ningún rubor en abordarlos divulgando las más fantásticas versiones e interpretaciones.

La última versión de “La Máscara de Hierro”, de 1998
Paradójicamente, cuanto más nebuloso resulta el personaje, con mayor facilidad el cine ha sido capaz de asimilar su leyenda, convirtiéndola incluso, en algunos casos, en una auténtica mitología cinematográfica. De este modo, con las contadas excepciones de rigor, pese al origen histórico de la mayor parte de estos personajes, su definitiva transposición a la pantalla aparece mayoritariamente mediatizada por previas remodelaciones procedentes de la literatura o de la propia mitología popular creada al respecto.
Para el cine –por poner un primer ejemplo– el enigma de la «máscara de hierro» no ha existido, o cuando menos lo ha dado siempre por resuelto sin mayores problemas. Entre las diversas versiones que se han hecho, partiendo generalmente del relato de Alejandro Dumas, no hay ninguna que no afirme con pleno convencimiento la personalidad de la «máscara» como hermano gemelo de Luis XIV. A partir de ahí, las diferencias serán de matiz. Las producciones americanas sobre el tema –La máscara de hierro (The iron mask, 1929) de Alan Dwan, la homónima de James Whale (The man in the iron mask, 1939)– y la coproducción del mismo título con Francia y Gran Bretaña de 1998, dirigida por Randall Wallace (con intérpretes de la talla de Leonardo di Caprio, Gabriel Byrne, Judith Godrèche, Anne Parillaud, Gerard Depardieu, Jeremy Irons y John Malkovich), no presentan variaciones a dicho esquema, pero introducen la presencia de los «tres mosqueteros» dentro del enredo.
Por su parte, las dos versiones francesas mantienen notables diferencias a partir de semejante esquema argumental. La máscara de hierro (La masque de fer, 1963) de Henri Decoin, interpretada por Jean Marais, reintroduce personajes como D’Artagnan y Mazarino, y plantea una conspiración por parte de Enrique, el hermano enmascarado, que llega hasta la sustitución del rey en Fontainebleau, pero dándose cuenta de su incapacidad para el gobierno, decide renunciar y escapar con la amada Elizabeth gracias a un último favor de D’Artagnan, que hace ocupar su puesto en la Bastilla por un bandido.
Otro misterio clásico, El enigma de Kaspar Hauser (Jeder für sich und Gott Gegen Alle, 1974), fue llevado a la pantalla por el alemán Werner Herzog. Basándose en el relato previo de Peter Handke, Herzog se dedica mucho más a establecer una reflexión sobre el papel de la sociedad y la cultura frente a la sorprendente figura de Kaspar, que no a construir la clásica trama aventurera. Manteniendo todos los datos históricos que se conocen –su aparición en Nuremberg, la persecución judicial y psicológica a que es sometido, su asesinato, etc.–, Herzog no entra tanto en los problemas inherentes al origen del personaje, cuanto en su carácter de revulsivo social.
Jack el Destripador es otro personaje idóneo para su protagonismo fílmico. Junto con la atracción de la sangre producida por sus violentos crímenes y el de por sí lúgubre ambiente del londinense Whitechapel del siglo pasado, la incógnita de la identidad real del asesino era reclamo suficiente para el cine. De todas formas, entre las muchas apariciones fílmicas del personaje, pocas han sido dignas y también muy limitadas han sido las aportaciones a la resolución del enigma. Sin duda, las más correctas han sido las versiones de la novela The Lodger de Mary Bellock Lowndes, realizadas por Alfred Hitchcock (1926), Maurice Elvey (1932) y John Brahm (1944), siendo esta última, con una memorable interpretación de Georges Sanders, la única estrenada en España con el título de Jack el Destripador.
La tesis desarrollada es que se trata de un médico que asesina actrices de teatro ·–la censura no podía permitir que fuesen prostitutas– porque su hermano fue la víctima desgraciada de un amor con una «vedette». Se suceden los crímenes hasta que encuentra una joven actriz de la que se enamora, lo que no le impedirá intentar asesinarla. La intervención de la policía lo impedirá y Jack se precipitará a las aguas del Támesis. Luego llegaron múltiples versiones donde la mayor fantasía no bastó para superar la menor calidad.
























6 comments
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Abril 21, 2009 a 4:34 pm
Néstor García
Me gustaría mencionar, tras haber leído este interesante post, que en lo referido al siniestro y misterioso “Jack el Destripador” se hicieron dos versiones bastante aceptables, aparte de las mencionadas: una para la televisión, en 1958, y otra para el cine en 1979. La primera, dividida en tres capítulos y titulada “Veil”, fue dirigida por David McDonalds y estuvo protagonizada por el inolvidable Boris Karloff.
La versión para la pantalla grande fue dirigida por el cineasta español Jesús Franco (tan injustamente valorado a veces en su propio país), con un fabuloso reparto encabezado por Klaus Kinski, Lina Romay y Josephine Chaplin… Lástima que pasara prácticamente desapercibida en España.
Un afectuoso saludo de Néstor García
Abril 22, 2009 a 8:40 am
chrieseli
Siempre me ha llamado profundamente la atención la capacidad de transmutar personas en personajes. Creo que somos todos un poco de ambos. La historia de la humanidad está llena de arquetipos que fueron alguna vez personas. Sin duda las “intenciones perfectas” hacen que evolucionen en algo atractivo, sórdido o heroico, según el caso. Sin su raíz, ¿sería la literatura igualmente adictiva? ¿Sería el cine tan fascinante? un abrazo
Abril 23, 2009 a 10:57 am
J. Enrique Cuenca
Al leer tu post sobre la princesa Tarakanova he recordado que también la vida más o menos disoluta de Catalina II ha sido varias veces llevada a la pantalla. Que yo sepa, en algunas de esas ocasiones el guión se ha centrado en el “affaire” de su relación con el conde Orloff y la propia Tarakanova; en otras, éste ha sido uno de los tantos episodios de amoríos e intrigas palaciegas.
Entre las primeras se cuentan sobre todo “Knjazná Tarakànova” (1910), de los rusos Hansen y A. Mâitre, “La princesa Tarakanova” (1938) del ruso exiliado Fedor Ozep y el italiano Mario Soldati, y la también italiana “La sombra del águila” (La rivale dell’imperatrice, 1950), dirigida por Sidney Salkov. Característica común a todas ellas es la sublimación del amor entre Orloff y Tarakanova, el pérfido papel de Catalina II, y la tragedia final del sacrificio de Orloff al intentar que su amada huya, con la muerte de ambos.
Muchos han sido los films que han seguido la segunda línea apuntada, correspondiendo alguno de ellos a los más destacados nombres de la historia del cine: Lubitsch y su “Frivolidad de una dama”, de 1924, con Pola Negri. Von Stemberg en “Capricho Imperial”, 1934, con Marlene Dietrich; Otto Preminger en “La zarina, 1945; o John Bryan en “Great Catherine”, 1968, con mi idolatrada Jean Moreau.
Perdona mi extenso comentario, pero soy un cinéfilo empedernido y al leer el artículo anterior me ha recordado la imagen que, en su conjunto, ha ofrecido el cine sobre la discutida zarina de todas las Rusias.
Saludos.
Abril 24, 2009 a 4:09 pm
Luis Irles
Estimados Néstor, Chrieseli y J. Enrique: Sus comentarios son excelentes, y sus conocimientos sobre cine evidencian, sin duda, un gran conocimiento sobre el llamado Séptimo Arte… Especialmente J. Enrique, que se declara cinéfilo empedernido con toda la razón del mundo.
Muchísimas gracias a los tres por haber enriquecido este post.
Abrazos,
Luis
Abril 29, 2009 a 3:45 am
Navegante
De James Whale me quedo con “El hombre invisible”, una maravillosa cinta y un prodigio de técnica para la época. Si no recuerdo mal, el papel del protagonista, al que sólo se le ve la cara al final de la película, era interpretado por el actor que hacía de comisario en “Casablanca”, de cuyo nombre ahora no me acuerdo.
Un par de películas de aventuras que no me canso de ver: “El halcón y la flecha” y “Robin Hood”.
Abril 30, 2009 a 1:40 pm
Luis Irles
Querido Navegante, coincido contigo en que “El hombre invisible” es una excelente película, al igual que las dos que mencionas al final de tu comentario.
Por cierto, el actor que citas –inolvidable en su papel del cínico Prefecto de la Gendarmerie en “Casablanca”– es William Claude Rains, nacido en Londres y muerto en los Estados Unidos en 1967. Sus papeles secundarios en la mítica “Casablanca”, en “Lawrence de Arabia” y en “El hombe invisible” serán siempre recordados por los amantes del cine.
Recibe un fuerte abrazo.