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Mucho se ha escrito y mucho se ha hablado de la “aventura equinoccial” de Lope de Aguirre…

…llamado loco, traidor, peregrino y Libertador, entre otras muchas cosas. Para Unamuno se trataba de “un desesperado consciente de su desesperación”; a Pío Baroja su historia le “producía un poco la impresión que produce a niños Guignol cuando apalea al gendarme y cuelga al juez. A pesar de sus crímenes y atrocidades, Aguirre me era casi simpático” (Las inquietudes de Xanti Andía). Ramón J. Sender, Giovanni Papini, Caro Baroja, Otero de Silva, el primer Fernando Savater, Abel Posse, fueron algunos de los muchos escritores y ensayistas que han tratado este fascinante personaje que después de la película de Werner Herzog tiene para nosotros el rostro delirante de Klaus Kinski; un rostro que no nos haría olvidar el ceñudo de Omero Antonutti (“Padre Padrone”) en la versión televisiva de Carlos Saura (El Dorado), más rica en medios pero muy inferior.
A pesar de que durante mucho tiempo, Aguirre ha figurado entre los “malditos” de la historia, nadie podrá subestimar el relato de alguien que recorrió el temible Amazonas dirigiendo a un grupo de hombres, todos vestidos con cosalete y su loriga, sin apenas dormir, navegando en balsas averiadas. Que llegó hasta el mar, guerreó contra las ciudades del rey Felipe II, al que declaró la guerra por injusto y felón, que creó ciudades y se hizo temer y respetar porque su fiereza y crueldad no conoció límites…
La conquista y la colonización de Latinoamérica fue una aventura llena de grandezas y miserias descomunales., Su objetivo fueron el oro, las posesiones y le conversión de un territorio gigantesco y erizado de dificultades. En su época, finales del siglo XVI, fue como un inmenso polo de atracción para todas aquellas personas que aspiraban a enriquecerse aunque fuera a costa de toda clase de sacrificios. No atrajo a los bien situados, sus protagonistas fueron principalmente los aventureros, soldados, plebeyos, desarraigados misioneros, perseguidos por la justicia… Gente que huía del medio que le circundaba y trataba de hallar algo distinto, la riqueza, el poderío, la influencia, y porque no, otra manera de vivir.
El protagonista inicial de esta aventura es don Pedro de Ursua que había conseguido que el rey le facilitara los medios propicios para emprender la conquista de la ciudad mítica de El Dorado —la encarnación poética de los tesoros indianos- según Ciro Bayo.
Ursua fue un capitán navarro, agraciado físicamente y con una gran voluntad emprendedora. Su tesón y su gran confianza en si mismo le creó amigos y enemigos. Llegó muy joven a la conquista pero pronto se destacó. Explorará con éxito los territorios de Nueva Granada (Colombia) y fundó las ciudades de Tudela y Pamplona. Después descubrió una mina de oro en el terreno de los indios “chitareros”, redujo a los indios “musos”. Sus éxitos y su seguridad levantaron ampollas y conoció grandes problemas en la región. Tuvo que escapar. Acudió entonces al virrey del Perú, D. Eduardo Hurtado de Mendoza, quien para probarlo le confió una expedición para reducir a los negros cimarrones que mandados por su rey Bayamo amedrentaban a las autoridades españolas. Mostrando su capacidad y su astucia, Ursua logró reducir al rey negro y traerlo encadenado al Perú. Como premio el marqués de Cañete le confió la misión de El Dorado.
Fue él el que la organizó y el que la inició. Tan seguro andaba que no dudo ni en alistar gente de lo más dudoso, ni de transportar a su amante, la hermosa criolla Inés de Atienza, una aventurera. Por ella, Ursua descuidó el mando y creó un clima de animadversión contra él entre los expedicionarios con los que se mostró arrogante e injusto.

Lope de Aguirre era de otro calibre. Era mayor (nació entre 1511 y 1515) y sólo había conocido frustraciones. No está clara su participación en la rebelión de Gonzalo Pizarro en Perú contra la corona, pero es indiscutible que esta experiencia fue para él decisoria. Alimentó después la convicción de que de haberse orientado bien podría haber “desnaturado” Perú de España. Castigado por el licenciado Esquivel, no se detuvo hasta que lo asesinó. Escapó pintado de negro cuando lo habían condenado a muerte. Participó en el complot de Sebastián de Castilla en Charcas. En 1559 se enteró que se otorga el perdón a los que querían acompañar a Ursua y aparece, entonces, acompañado de su hija Elvira para alistarse.
La leyenda de El Dorado quitaba el sueño a los conquistadores. Hasta los más satisfechos no dudaban que era cierta. Se creía que estaba en algún lugar al gran río Marañón o Amazonas. Aguirre prefería la primera denominación, por eso llamaba a sus soldados “marañones”.
Allí vivía el príncipe Dorado que, como se suele decir, nadaba en oro. El día del gran ceremonial de este pueblo desconocido, el príncipe era cubierto con láminas de oro. Todos los habitantes, todos los edificios rezumaban este preciado metal. Todo parecía posible y todo se ponía en el asador por este empeño mítico. Se ha dicho que el Dorado —palabra universalizada que designa la búsqueda de un tesoro incalculable e inexistente— existió, que fueron en concreto las Minas Geraes del Brasil que -hasta el siglo pasado- dio una grandiosa producción de oro y piedras preciosas. Pero lo cierto es que nadie encontró nunca el sueño de oro que proseguía a través del Amazonas y la indomable selva que le rodea tragándose a todos los que osaban profanarla.
Catalina de Erauso, la “Monja Alférez”, curiosísimo personaje de los primeros años del siglo XVII en la América española, está vinculado (en este caso el género masculino es por partida doble) no sólo al Perú sino a toda esa América y hasta al Vaticano.

Nació doña Catalina (o Antonio) en Donosti, en dos fechas distintas, según sus memorias el año 1585 y según el documento de bautizo en 1592. Todo, en él o ella, es novelístico. El hecho de la fecha de nacimiento es curioso, pues da la impresión de que quiso aparecer con mayor edad a la real porque sus primeros pasos aventureros los dio siendo una niña, disfrazada de grumete, pero que luego fue fantaseando y confundiendo la realidad, aferrándose al personaje que ella se inventó o que las circunstancias construyeron, un personaje que nació siete años antes de ver ella la luz. Se creyó con tanta intensidad esa fecha que así la consignó en su autobiografía escrita en España en 1624, antes de retornar a América. Esta vez a México, luego de que el Papa le dio licencia para seguir vistiendo de hombre “pero sin dañar al prójimo”.
¿Nos encontramos frente a un caso de lesbianismo?. Es difícil asegurarlo o negarlo, más bien habrían sido los avatares de su vida aventurera, unidos a un desquiciamiento psicopático, los que convirtieron en hombre a una mujer que, de acuerdo a las costumbres de la época, no podría haber hecho realidad sus fantasías. En aquellos tiempos, ninguna mujer, que no fuera puta, podía salir de la severa conducta que ordenaba la Iglesia a las féminas, obligadas a ser madres subordinadas al marido. Sólo a hurtadillas era posible la aventura amorosa (una posibilidad, sin embargo, bastante frecuente). Y lo que quería Catalina de Erauso era ser espadachín, soldado, bebedor de cantina, cosas que sólo se pueden hacer en público.
Cuando llegó a Cartagena de Indias se puso al servicio de un vasco, Juan de Urquizo, rico mercader de la ciudad de Trujillo, en el Perú, con quien hacia allí partió. Hasta entonces había sido un jovenzuelo despierto y pícaro. Pero, poco después de instalarse en la ciudad que fundó Soraluce, el Caballero de La Espuela Dorada, su carácter combativo y díscolo salió a relucir, haciéndose protagonista de reyertas sin fin, siempre, curiosamente, con gente no vasca. Y, en Saña, población cercana a Trujillo, cayó su primera víctima mortal. Un tal Reyes, cuyos amigos se dispusieron a vengar al muerto. Antonio huyó a Trujillo y en la huida liquidó a uno de sus perseguidores.
Curiosamente, en todas sus peripecias, este Antonio, marcado más tarde en la historia como “La Monja Alférez”, supo congraciarse con sus paisanos vascos y lograr que lo ayudaran a salir de sus desaguisados. En este caso la ayuda vino del Corregidor de Trujillo, Orduño de Aguirre, quien lo puso en camino de Lima, la capital del virreynato, donde, con recomendación de Urquizo, entró a trabajar donde otro rico mercader vasco, Diego de Lazarte. Allí estuvo de tendero.
Son llamados incunables (del latín incunabulae, en la cuna) los libros impresos con tipos móviles desde la aparición de la imprenta hasta el año 1500 inclusive. Fue posiblemente Cornelius Beughem quien empleó la palabra por primera vez, en su Incunabula typographiae (1688).

En dicho período la industria tipográfica todavía no se había especializado: el impresor era dueño y manipulador de la prensa, fundidor de tipos, fabricante del papel, encuadernador, editor y librero. Era artesano, artista y erudito. Algunos de ellos dejaban una “marca de agua” en el papel que fabricaban, de esa manera sabemos quién la editó; pero hay muchos que carecían de firma y fecha, aunque hoy en día, estudios científicos que analizan los tipos de fundición utilizados, han ayudado a catalogar la mayoría de las ediciones existentes. Son documentos históricos que, por primera vez, pusieron la cultura al alcance de todos.
El término ‘incunable’ hace referencia a la época en que los libros se hallaban en la “cuna”, haciendo referencia a la “infancia” de la técnica moderna de hacer libros a través de la imprenta. Así, son reconocidos como incunables los libros impresos entre 1453 (fecha de la invención de la imprenta moderna) y 1500, procedentes de unas 1.200 imprentas, distribuidas entre 260 ciudades, con un lanzamiento aproximado de 35.000 obras distintas.
A Johann Gutenberg, de Maguncia, se le atribuye la invención de los caracteres móviles fundidos. Los primeros incunables salieron de su imprenta: entre ellos destaca la Biblia de Gutenberg (1453-55), en latín, de 42 líneas. Durante los primeros treinta años, la imprenta se expandió por Europa occidental y comenzó a dividirse en diferentes actividades especializadas. Los libros no tenían portada con caracteres, al principio, en letra gótica y las palabras presentadas con no pocas abreviaturas, imitando a los códices. Pero ya en el mismo siglo fueron adoptándose otros tipos de letras, especialmente la redonda o romana, la veneciana o itálica y cursiva, mucho más legibles que las primeras y que al fin prevalecieron sobre estos (salvo en Alemania) desde comienzos del siglo siguiente. Hacia finales de éste, se introdujo el tipo elzeviriano (del holandés Elzevir) más delgado que los anteriores y después siguieron otros caracteres de fantasía con la gran variedad hasta los de hoy en día.

Tipos de incunables
Antes de los tipos metálicos móviles, se usaban planchas de madera fija, que dieron lugar a los incunables xilográficos, entre los que destaca la Biblia Pauperum y la Biblia de los pobres. Los protoincunables son los libros impresos en los primeros talleres, entre 1472 y 1480. A su vez, se denominan post-incunables aquellos libros impresos a principios del siglo XVI que por error o debido a una insuficiente información han sido clasificados como incunables.
El primer impreso español que se conserva en la actualidad es el Sinodal, impreso por Juan Párix de Heidelberg (Johannes Parix) en 1472 que contiene unas actas de una reunión celebrada en Segovia. Incunables españoles de gran valor son la Biblia (impresa en Valencia en 1478), Los doce trabajos de Hércules (originalmente escrita en catalán con el título Los dotze treballs de Hèrcules) de Enrique de Villena (Zamora, 1483), Tirante el Blanco de Joanot Martorell (Valencia, 1490), Gramática de la lengua castellana de Antonio de Nebrija (Salamanca, 1492) y la primera edición de La Celestina de Fernando de Rojas (sin fecha ni lugar de impresión).
Entre las ediciones más importantes de incunables, se encuentran las de Gutemberg, Nicolas Jensen, William Caxton, y Aldo Manuzio.

Lucía Etxeberría en los 90
Hacer una crítica literaria o simplemente dar el punto de vista como lector no es nada fácil. En primer lugar, aunque les parezca absurdo, hay que leerse el trabajo y les puedo asegurar que muchos críticos no lo hacen. Acomódense, libérense de tensiones, borren de su mente otras cuestiones y dense al puro vicio de leer. Tómenselo como una excursión campestre, sin prisas, respirando el aire puro que destilan las frases, túmbense entre las letras, deténganse a contemplar la belleza de una metáfora o escuchen el trino armonioso de un párrafo. Si en algún momento de la lectura el cielo se encapota o como diría Prada se vuelve torvo, no se corten, cierren el libro deprisa no vaya a ser que una riada de letras desbocadas y sin sentido les lleven al mar de la estupidez.
La parrafada anterior viene a cuento porque hace unos días cayó en mis manos un libro de relatos titulado Páginas Amarillas, que la editorial Lengua de Trapo lanzó al mercado hace ya más de una década. Es un compendio de treinta y ocho relatos escritos por otros tantos autores españoles nacidos entre 1960 y 1971. La Nueva Generación les llamaron entonces. Algunos de ellos están designados –seguramente– a ocupar los sillones de la Real Academia de la Lengua, otros por malditos no lo harán nunca. La mayoría se difuminará en el olvido –¿lo están ya?– cuando ya no tengan esa juventud insultante con la que entonces se adornaban.
Si alguno de ustedes piensan comprar el libro en alguna librería de segunda mano y si les sirve de consejo mi humilde opinión les diré que no es un buen libro en general: tengan en cuenta de que se trata de varios relatos, de distintos autores, algunos buenos y otros malos, unos horribles y la mayoría de medio pelo. Ahora bien, si lo que pretenden es conocer como escribían nuestras jóvenes promesas en la década de los 90, adelante, es un magnífico catálogo, gástense el dinero y tengan en casa una muestra de cada uno de ellos, luego, cuando cuajen sus primeras novelas (aunque la mayoría ya lo han hecho), comparen y ya sabrán a que atenerse.

Resulta curioso constatar que las mejores historias que aquí aparecen sean las de los autores menos conocidos, tienen un buen principio y un mejor final y en medio una lectura que divierte, que anima a seguir leyendo. Es el caso de Juan Bonilla, Luis María Carrero, Francisco Casavella, Luis G. Martín y Begoña Huertas. Los otros tienen en común que prometen mucho para luego ir desinflándose como un globo, con finales que el lector ya presume de antemano, sin ingenio, sin sorpresas de última hora. Algunos compensan la falta de ingenio esgrimiendo un lenguaje académico, preciosista o precioso, enfangando los párrafos de paráfrasis complejas o destellos de un falso lirismo que a veces abruma y desconcierta al lector, pero la molla, lo que realmente interesa, son buñuelos de viento. Otros se decantan por su particular lenguaje radical, tajante, de suburbio de ciudad, de speed puro, con citas constantes a los Chemical Brothers, Cold-cut, Dinosaur Jr. y cuarenta grupos más. Son (eran) la hermandad de los rockeros, los más agresivos, los que salpican sus páginas de sangre, los de los personajes marginados y tugurios nocturnos. Ray Loriga, José Ángel Mañas, Benjamín Prado y Daniel Múgica son fieles exponentes de esta tendencia.
No quieren que les encasillen en ningún movimiento, no representan a nadie salvo a ellos mismos, pero han hecho una literatura concreta dictada por las editoriales y para un público concreto. La verdad es que observando el bagaje de alguno de ellos se puede extraer la conclusión de que serían capaces de abrirse las venas en directo en cualquier programa de televisión con tal de seguir estando en los escaparates. Y si lo dudan vean a una flamante ganadora del premio Nadal, Miss Lucía Etxebarría posando desnuda en las páginas de alguna revista feminista, aunque no enseñe nada, como su literatura. Sólo falta que Juan Manuel de Prada se despelote en Interviú y nos demos cuenta de que además de cultura también tiene otra cosa.
El Crítico Feroz
Sin duda, uno de los aspectos más apasionantes de la historia del cine es el de la censura. Su existencia es tan antigua como el cine mismo, y su permanencia sigue hoy casi intacta en varios países del mundo. Las cortapisas religiosas y políticas la propiciaron con la excusa de hacer prevalecer ciertos criterios morales. Pero la censura no sólo se ejerció con legislaciones y códigos, sino también indirectamente a través del control económico.

Los escándalos públicos provocados frecuentemente, sirvieron de excusa para impedir la libre difusión de películas. Ello pasó con Un chien andalou, de Buñuel y Dalí, y tambien con L’age d’or, de los mismos autores. El día del estreno de esta segunda obra, piquetes de agitadores de extrema derecha irrumpieron en la sala «Studio 28», donde se proyectaba, mientras gritaban consignas antijudías, a pesar de que ninguno de los autores era hebreo y que la obra había obtenido el oportuno permiso de exhibición.
Situaciones políticas concretas y puntuales pueden hacer que un film sea permitido en un país y prohibido en otro. O, lo que es peor, que pueda estar vetado durante años y luego se consiga proyectarlo libremente como si nada hubiese ocurrido. Un caso flagrante de ello se produjo con la cinta de Charles Chaplin El gran dictador (1938), en la que se parodia a Hitler y a Mussolini, que fue prohibida en España hasta después de la muerte de Franco, ocurrida en 1975. Casi cuarenta años de silencio para un film pacifista.

W.R., los misterios del organismo, (1917)
En ocasiones, la inteligencia en el planteamiento y la audacia pueden llegar a romper ciertos tabúes y lograr que se produzcan cintas importantes en las que la crítica consigue abrirse camino. Un caso de tal naturaleza es el de la cinta filmada en Yugoslavia por Dussan Makavejev, W. R., los misterios del organismo (1917). En ella, y siguiendo caminos que, como los de Wilhelm Reich, estaban muy lejos de las tesis oficiales defendidas en el país, se lograba introducir un tipo de pensamiento en contra de todas las costumbres burocratizantes.
Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, el establishment logra fagocitar a los creadores libres, ofreciéndoles ocasiones tentadoras y prácticamente todos ellos acaban aceptando las reglas del juego, a cambio de mayores posibilidades expresivas y a costa de una reducción de su libertad de opción tanto ideológica como estética.
En realidad, jamás los artistas fueron totalmente libres en el ejercicio de sus procesos creativos y los cineastas, como los pintores, los arquitectos o los músicos saben que están inscritos en una sociedad y en un contexto cultural y político concretos. A la habilidad con que jueguen con los recursos se deberá el que su expresión alcance mayor o menor libertad. Al fin y a la postre, ni los pintores de corte de siglos pasados ni los arquitectos actuales han sido dueños absolutos de su obra y, sin embargo, un Goya o un Sert han logrado expresarse. Y lo mismo logró Eisenstein, por ejemplo, con su Iván el terrible, primera parte (1945).

La actriz Theda Bara, prototipo de la vampiresa durante la década de los 20 , fue blanco de las iras moralistas en Estados Unidos.
A pesar de los obstáculos, siempre ha habido intentos, en todas las épocas y países, por escapar a tal estado de cosas. Efectivamente, muchos movimientos cinematograficos han intentado eludir el control del hoy en día llamado establishment. Ejemplar resultó el esfuerzo hecho en un pequeño pueblo suizo, La Sarraz, donde se reunieron, en 1930, cineastas de varios paises y entre los que se encontraba Eisenstein, para trazar una estrategia que liberara a los realizadores de sus servidumbres. Si bien la guerra mundial dio al traste con sus aspiraciones, el llamado espíritu de La Sarraz continuó latiendo y, acabada la contienda y abiertos nuevos caminos gracias al empleo de tecnologías sofisticadas pero de bajo coste, nació una serie de movimientos liberadores que se llamaron Free Cinema en Gran Bretaña, Nouvelle Vague en Francia, Neue Deutsches Kino en Alemania y Escuela de Nueva York en los Estados Unidos, cuya férrea censura moral y política entre los años 40 y 60 no impidió que se realizaran, aunque con la espada de Democles sobre las cabezas de sus directores, películas inolvidables.
Algo parecido sucedió en la Europa del Este, gracias a las escuelas de cine que amparaban a jóvenes cineastas. Así, en 1954, Andrei Wajda se revela en Polonia con Pokolnie (Generación) mientras su compañero Andrei Munk hace lo propio con Blekitzny Krzyz (1956). Poco tiempo después, el proceso se repite en Checoslovaquia con Jiri Menzel (Trenes rigurosamente vigilados, 1966) y Vera Chytivola (La calle verde, 1960).
Pero a pesar de los grandes avances logrados en el terreno de la libertad de expresión en los países democráticos, tal vez tenga razón el ensayista Roger Manvell, cuando afirma que la censura –con todos sus matices– está aquí y ha llegado para quedarse. Así que sería muy conveniente que todos siguiéramos los consejos de la propia Junta de Censores británica: “Una educación de primera clase; conocimiento de la vida y experiencia del mundo; sentido común; sentido del humor; penetración imaginativa en las reacciones del público agregando a esas cualidades que deben ser subrayadas por dos elementos: gusto por el cine y un saludable disgusto por la censura.”
La mayor parte de las biografías de Mozart –por ejemplo, las de Stanley Sadie y de Fernando Vela–, igual que obras literarias basadas en su obra –como la de Pushkin o el delicioso relato de Edward Morike “Mozart camino de Praga”– subrayan la juvenil alegría del compositor, aunque sin llegar a la inolvidable y controvertida risa de “Amadeus”. Pero, como se advierte en su música, la alegría de Mozart contenía un oculta melancolía, que prefigura la contradictoria conciencia trágica del hombre moderno.
Wolfgang Amadeus Mozart morirá tres años después de la Revolución Francesa y, aunque pondrá música a una de las más agrias y punzantes sátiras de la alta nobleza, Las Bodas de Fígaro, sátira que él sabrá suavizar y humanizar con el increíble y profundo refinamiento de su música, el cambio de los tiempos, la aparición de una nueva nobleza y una nueva aristocracia le serán extrañas así como ignorará la Restauración y el ansia de perpetuarse que tendrán sus hombres, ansia a la que Beethoven volverá la espalda borrando la dedicatoria de su Eroica a Bonaparte: Mozart será el músico del rococó y su música, espiritualmente y como un símbolo acompañará el trágico reinado de Maria Antonieta; paralelo al talante, a la elegancia de la corte de Versalles, su aportación a la música del siglo XVIII europeo aparenta ser algo frívolo y circunstancial, el brillo de un instante que se desvanece y del que ni el recuerdo queda; pero Mozart, con un año de diferencia en su nacimiento, vivirá en los mismas días que W. Blake y trabajará paralelo a las gigantescas figuras de Goethe y Hölderlin: tres de los más grandes poetas y trágicos que ha conocido la humanidad le son contemporáneos; su música, a primera vista insustancial e intrascendente, de forma oscura y soterrada, como un río subterráneo, silencioso pero avasallador, buscará sus raíces en el mismo suelo en que fructificará la locura de Hölderlin y su visión, renovada y nueva, verdadero monumento del idioma alemán, de las tragedias de Sófocles o de Hyperion: de la poesía hará una vida y una ética así como Mozart de la música hará un lenguaje misterioso, escondido, transmisor de mensajes no siempre fáciles de descifrar; como uno de aquellos trovadores de la alta edad media, también hay una búsqueda –una quéte– en sus obras; en ellas hay un largo camino que conduce a un grial no fácilmente discernible pero que el autor busca incansablemente.
La juventud de Mozart es el primer velo que enmascara a éste: su madurez nada tiene que ver con los años y su aparente inocencia esconde la melancolía de quien no podía ignorar su verdadero valor y el lugar preciso que iba a ocupar en la historia del arte: su figura es única; Bach podrá ser más “sabio”, Beethoven o Schonberg más técnicos, pero Mozart es único porque sólo él conoce el milagro de una juventud consciente: parece estar siempre cantando en “la primera mañana del mundo” pero, al mismo tiempo, nada humano le es ajeno y, sabedor de la energía contenida en una juventud que desaparecerá con él mismo, se derrama en su obra con una fuerza irresistible, virginal y autoconsciente: ningún músico, antes o después de él había hecho de la inocencia una obra de arte y de la conciencia de su humanidad una obra maestra: en esto radica su suprema perfección.
Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!
Pablo Neruda
ANTE EL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO
A pocos meses de conmemorarse el Centenario del nacimiento de Miguel Hernández (30 de octubre de 2010), son muchos los actos que se están organizando –tanto en España como en otros países del mundo– para elaborar una programación coherente y unitaria en los diversos campos culturales como el editorial, escénico, musical, artístico, etc. Cabe destacar la importancia del acuerdo adoptado unánimamente por el Congreso de los Diputados declarando el año 2010 como el Año Hernandiano. Una de las actividades cuya preparación se encuentra más avanzada –según podemos leer en la revista Silbos, que edita la Asociación de Amigos de Miguel Hernández– es el III Congreso Internacional sobre el poeta de Orihuela, que se celebrará precisamente en su ciudad natal, así como en las de Elche y Alicante. En este Congreso participarán prestigiosos especialistas hernandianos, pertenecientes a universidades de España, Francia, Estados Unidos, Puerto Rico, Cuba y México.
Pocos hombres se volcaron tan íntegra y apasionadamente en su creación lírica como Miguel Hernández. Su verbo cálido y enterizo va marcado con el sello imborrable de la sinceridad. Tal es su estilo humano y poético. Su actuación cotidiana, social o política, la llevaba a cabo con tal hombría y sin reservas como su quehacer artístico. Es la actitud radical de quien pudo decir en endecasílabos genialmente acuñados: “porque yo empuño el alma cuando canto” y “la lengua en corazón tengo bañada”. Todo el hombre íntegro e ingenuo, entusiasta y apasionado, profundo e intenso, se ha disparado de tal modo en la resonancia metálica de su palabra poética que aún lo tenemos ahí palpitando en el misterio de sus versos vigorosos y sangrantes.
Lejos de la ilustrada distinción orteguiana: “Vida es una cosa, poesía es otra … No las mezclemos”, la creación lírica es para él proyección artística de las más hondas preocupaciones humanas. Precisamente es lo personal, “lo más humano de lo humano”, el venero de su más conmovedora poesía. Su biografía, agitada y trágica, queda esculpida en poemas prodigiosos. El amor, la generación y maternidad, la esposa, son los más excelsos temas líricos. La guerra con sus heridos, sangre, muerte, soledad, hambre, inspira poemas impresionantes. El ronco tren maternal que “avanza como un largo desaliento” cargado de moribundos, dolor y sudor, empaña su verso, muy alejado de todas las purezas artificiales, pero en el que orean aires limpios de autenticidad y vibración cordial, viril y sin mixtificaciones.
Exactamente por todo ello Miguel Hernández tiene un extraordinario mensaje lírico y humano. Es capaz de levantar oleadas de entusiasmo, lo sentimos muy cerca de nosotros. A la distancia de ya algunas décadas su sensibilidad artística sigue siendo la nuestra y su poesía respira esa hombría y sinceridad que impregna toda su creación y que embriaga a todo ser humano de espíritu joven, limpio y sensible.
Una feroz polémica ya se había convertido en casi unánime aceptación, cuando un novelista norteamericano atizó de nuevo el brasero y sugirió que la creación de un venerable arquitecto chino tenía algo que ver con el Santo Grial.

Estar en la zona donde concluye la historia de El Código Da Vinci, es quizá el menor de los logros obtenidos por la Pirámide del Louvre, la parte icónica, más visible, espectacular y reconocible, del amplio proyecto de reforma del legendario museo parisino, encabezado por Ieoh Ming Pei a finales de los años ochenta.
El Grand Louvre, nombre de proyecto que Pei debió defender ante la mayor polémica provocada en Francia por una obra arquitectónica desde la Torre Eiffel, cumplió el pasado 30 de marzo su vigésimo aniversario. La obra sentó un dramático antes y después en el recinto que sirve de casa a “La Gioconda” y la “Venus de Milo”.
Antes de la reforma, el Museo del Louvre ni siquiera era el más visitado de París, pues sus 3 millones de visitantes eran menos de la mitad de los que recibía el moderno Centro Georges Pompidou. Esas cifras ascendieron paulatinamente, de tal forma que en lo que va de la década, han estado por encima de los 8 millones de visitantes (8.5 en el 2008), lo que lo ha vuelto el museo más visitado del orbe.
El antiguo castillo donde el rey Carlos V de Francia acumulaba sus colecciones artísticas desde el Siglo XIV, puede ahora recibir ese alud de gente gracias a las espectaculares ampliaciones de espacio y la modernización de sus servicios que trajo aparejada la reforma del Grand Louvre. “Todo está hecho para olvidar aquel antiguo museo en el que, como decía Pei, nunca se sabía dónde estaban los lavabos”, decía una crónica de la época del diario El País.
Cierto que al escuchar la palabra Louvre, se impone hoy en día una reverencia. Pero no siempre fue así. El gran museo nacional de Francia, con más de 300 mil obras en su acervo, que van desde la prehistoria hasta los primeros atisbos de vanguardia de finales del Siglo XIX.

En 1985, André Chastel, investigador del Colegio de Francia, afirmaba que el Louvre era el peor conservado, menos vigilado y el más sucio de todos los museos internacionales. “Una obra maestra de incoherencia, en la que los cuadros están distribuidos sin orden ni razón y se pasa del Siglo XIX a la prehistoria sin la menor explicación”.
Tal situación no era por pura negligencia. Los acervos del museo eran mucho más grandes que el espacio disponible para exhibirlos y además, la institución debía compartir una buena porción del antiguo palacio con el Ministerio de Finanzas francés, que tenía sus oficinas en el ala que daba a la calle Rivoli.
Una de las primeras decisiones del gran artífice político del proyecto del Grand Louvre, Francois Miterrand, al llegar a la Presidencia francesa, fue hacer que su ministerio de finanzas se mudara a donde diera menos lata. Esa sencilla operación le dio al museo un 80% más de espacio. Pero el afán renovador no se quedó ahí.














Ruinas de la misión jesuita de San Miguel























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