La mayor parte de las biografías de Mozart –por ejemplo, las de Stanley Sadie y de Fernando Vela–, igual que obras literarias basadas en su obra –como la de Pushkin o el delicioso relato de Edward Morike “Mozart camino de Praga”– subrayan la juvenil alegría del compositor, aunque sin llegar a la inolvidable y controvertida risa de “Amadeus”. Pero, como se advierte en su música, la alegría de Mozart contenía un oculta melancolía, que prefigura la contradictoria conciencia trágica del hombre moderno.
Wolfgang Amadeus Mozart morirá tres años después de la Revolución Francesa y, aunque pondrá música a una de las más agrias y punzantes sátiras de la alta nobleza, Las Bodas de Fígaro, sátira que él sabrá suavizar y humanizar con el increíble y profundo refinamiento de su música, el cambio de los tiempos, la aparición de una nueva nobleza y una nueva aristocracia le serán extrañas así como ignorará la Restauración y el ansia de perpetuarse que tendrán sus hombres, ansia a la que Beethoven volverá la espalda borrando la dedicatoria de su Eroica a Bonaparte: Mozart será el músico del rococó y su música, espiritualmente y como un símbolo acompañará el trágico reinado de Maria Antonieta; paralelo al talante, a la elegancia de la corte de Versalles, su aportación a la música del siglo XVIII europeo aparenta ser algo frívolo y circunstancial, el brillo de un instante que se desvanece y del que ni el recuerdo queda; pero Mozart, con un año de diferencia en su nacimiento, vivirá en los mismas días que W. Blake y trabajará paralelo a las gigantescas figuras de Goethe y Hölderlin: tres de los más grandes poetas y trágicos que ha conocido la humanidad le son contemporáneos; su música, a primera vista insustancial e intrascendente, de forma oscura y soterrada, como un río subterráneo, silencioso pero avasallador, buscará sus raíces en el mismo suelo en que fructificará la locura de Hölderlin y su visión, renovada y nueva, verdadero monumento del idioma alemán, de las tragedias de Sófocles o de Hyperion: de la poesía hará una vida y una ética así como Mozart de la música hará un lenguaje misterioso, escondido, transmisor de mensajes no siempre fáciles de descifrar; como uno de aquellos trovadores de la alta edad media, también hay una búsqueda –una quéte– en sus obras; en ellas hay un largo camino que conduce a un grial no fácilmente discernible pero que el autor busca incansablemente.
La juventud de Mozart es el primer velo que enmascara a éste: su madurez nada tiene que ver con los años y su aparente inocencia esconde la melancolía de quien no podía ignorar su verdadero valor y el lugar preciso que iba a ocupar en la historia del arte: su figura es única; Bach podrá ser más “sabio”, Beethoven o Schonberg más técnicos, pero Mozart es único porque sólo él conoce el milagro de una juventud consciente: parece estar siempre cantando en “la primera mañana del mundo” pero, al mismo tiempo, nada humano le es ajeno y, sabedor de la energía contenida en una juventud que desaparecerá con él mismo, se derrama en su obra con una fuerza irresistible, virginal y autoconsciente: ningún músico, antes o después de él había hecho de la inocencia una obra de arte y de la conciencia de su humanidad una obra maestra: en esto radica su suprema perfección.
“J’avais des amis; l’idée d’en être séparée pour jamais et leurs peines sont un des plus grands regrets que j’emporte en mourant; qu’ils sachent du moins que jusqu’a mon dernier moment j’ai pensé a eux … “: estas palabras de María Antonieta, escritas la noche antes de su ajusticiamiento, y con las que concluye la carta que intenta dirigir a su cuñada –carta inacabada que jamás llegará a su destino–, lamentan el abandono de aquello que le era más caro: el amor de sus amigos; también la música de Mozart –que morirá dos años antes que María Antonieta– patentizará con su velado y elegíaco dolor, el lamento por todo lo que no existió ni llegó a ser: Mozart querrá ser amado por todos y la romántica y trágica imagen de su entierro será asimismo la imagen de su fracaso y ésta será un símbolo de que, si fue amado por los dioses, los hombres, a los que él tanto deseaba aproximarse, sólo le estuvieron cercanos a través de su música, código secreto y ambiguo en el que sólo podía depositar una confianza de ser comprendido asimismo ambigua.

Salieri, un músico olvidado, convertido --quizá injustamente-- en símbolo de una envidia muy humana.
Porque pocos autores hay en la historia de la música occidental menos comprendidos que él y pocos a los que su verdadera imagen –si es que existe y si es posible acercarse a ella– haya sido tan alterada y velada por un cúmulo de ideas preconcebidas y de lugares comunes: la música de Mozart, como decía con atroz definición cierto conocido director de orquesta español, es “la espuma del rococó”; esta supuesta “espuma”, hecha de frivolidad y de sofistificación elegante, a un profundo análisis se le revela como algo turbio, huidizo, velándose siempre tras las convenciones técnicas y melódicas –estructurales– de la época; Mozart no es un revolucionario: es sólo un iluminado que con infinita discreción, sin que nos demos cuenta, nos entrega los descubrimientos de su ingenio, las epifanías de un instinto consciente pero cerrado en sí mismo. ¡Despierten! parece decir, y su deseo de conciencia es el mismo que emerge de los océanos primordiales en la poesía de Blake o es tan terriblemente lúcido en Hölderlin que éste tiene que refugiarse en la locura, espantado ante una realidad cuya conciencia es demasiado pesada para poderse soportar.
La breve vida de Mozart no permite a éste llevar a sus últimas consecuencias su evolución musical, evolución que el descubrimiento de la obra de Bach y la seguridad de que la medieval aportación de éste es el inicio, el dintel, de un nuevo mundo, hacían prever sería muy radical –a pesar de las modas del momento y de que, al hacer esto, Mozart se alejaba del camino de todos y se alejaba de aquello que parecía exigir su época y su entorno–; su muerte detuvo una progresión que, a juzgar por las obras escritas bajo la influencia de Bach, La Missa KV 427, La Flauta Mágica y el Requiem, no hacía caso de los intereses musicales de la sociedad de finales de siglo y se inclinaba, con toda seguridad, hacia un rigor de escritura y de complejidad musical que, de haberse proseguido, habrían sobrepasado las aportaciones de Beethoven y, más tarde de Schumann o Brahms; paralelo a Mahler, Mozart morirá en el umbral de un nuevo mundo y, al mismo tiempo, dejará una producción tan preñada de posibilidades –aunque velada por la apariencia de una ingenua escritura-- que lo que en ella hay de futuro, como es el caso posterior de Wagner, aún está, en cierto aspecto, por descubrir. Decía Gide: “Una obra clásica es bella por su contenido romanticismo”; la obra de Mozart es bella –y lo es muy a menudo hasta un límite casi inimaginable– por todo aquello que refrena y esconde; su discreción es la forma con que aparece lo abstracto, la síntesis de un horizonte que muy pocos han podido vislumbrar: junto con Blake, Goethe y Hölderlin, Mozart es uno de los pocos grandes artistas del siglo XVIII.
grave aigu
























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Mayo 17, 2009 a 4:18 pm
Lourdes Senabre
He leído con suma atención este magnífico artículo sobre el genio de Salzberg. Debo decirle que soy una fervorosa amante de la música de Mozart y que me encantan sus sinfonías y sus conciertos de piano, siendo mi favorito el 17 en G mayor, K453. El segundo movimiento tiene una belleza etérea, que a mi juicio logra rozar la perfección.
Le felicito muy sinceramente por su interesante blog.
Un afectuoso saludo desde Brighton, GB.
Lourdes Senabre
Mayo 17, 2009 a 6:29 pm
Eduardo Lebel
Afirma el autor de este extraordinario artículo que Mozart “es uno de los pocos grandes artistas del siglo XVIII junto a William Blake, Goethe y Hölderlin. Y estoy totalmente de acuerdo con él, porque a los cuatro genios citados admiro por igual, aunque poéticamente (y la poesía también es música) me inclino por Hölderlin, que marcó de manera determinante la obra de filósofos y de poetas como el propio Luis Cernuda, para mí el mejor de la Generación del 27.
Me despido dándole la enhorabuena por su blog, y recordando uno de los magistrales y conmovedores poemas del autor de Hyperion.
Saludos de Eduardo Lebel
A LAS PARCAS
Un verano y un otoño más os pido, Poderosas,
para que pueda madurar mi canto,
y así, saciado con tan dulce juego,
mi corazón se llegue hasta morir.
El alma que aquí abajo fue frustrada
no hallará reposo, ni en el Orco,
pero si logro plasmar lo más querido
y sacro ante todo, la poesía,
entonces sonreiré satisfecho a las feroces
sombras, aunque debiera dejar
en el umbral mi voz. Un solo día
habré vivido como los dioses. Y eso basta.
Mayo 18, 2009 a 10:06 am
Luis Irles
Estimada Lourdes, amigo Eduardo.
Muchísimas gracias a ambos por sus comentarios. Lourdes cita el concierto 17 en G mayor K453 como su favorito, lo cual demuestra su exquisito gusto musical. Y por otra parte, Eduardo Lebel, nos remite a uno de los mejores poemas de Hölderlin, un tremendo poeta que compartía ciertos rasgos vitales con Mozart.
Les agradezco enormemente, en nombre del autor del artículo y en el mío propio, sus hermosas palabras.
Un abrazo para los dos.
—-
Querido amigo Mario, justo cuando estaba respondiendo a Lourdes y a Eduardo se recibió en este faro tu magistral comentario sobre Mozart, cuya música habrás interpretado tantas veces con admirable maestría. Poco más puedo añadir por mi parte a lo que de manera tan maravillosa expresas aquí. Tu aportación a este blog es inestimable y siempre certera, lo cual te agradezco de todo corazón.
Recibe un fuerte abrazo de tu amigo,
Luis
Mayo 18, 2009 a 12:10 pm
marioalvarado
Sin duda, Mozart es el compositor más grande del siglo XVIII, por lo menos, sino que de la Historia de la Música, puesto que en su música se encuentra toda la paleta de emociones humanas. No hay figuritas de biscuit ni reverencias cortesanas, cualquiera que escuche la Fantasía y Sonata en do menor, k.v. 457-475, el Rondó en la menor, k.v, 511 o la lúgubre sonata en La menor, k.v. 310, compuesta tras la repentina muerte de su madre en Paris, habrá de encontrarme razón.
Lo que sucede, es que Mozart es hijo de su siglo y con elegancia y urbanidad expresa las tragedias más tremendas. Beethoven es obvio en su desafío a la vida, es evidente, incluso ordinario, es fácil reconocer qué es lo que quiere decir, (considerar a Beethoven similar a Schoenberg al mismo nivel de tecnicismo, es una barbaridad, por favor disculpas, pero es así, Beethoven no pensaba en la estructura de sus obras, las escribía de acuerdo a los dictados de su genio, vulgar, pero genio, Shoemberg era un músico de escritorio, jamás tocó un isntrumento y componía de acuerdo a las reglas estrictas del Dodecafonismo, que probó afortunadamente ser una estupidez)
No me quiero extender con pedanterías, ya lo fui y no quiero continuar por ese camino, sólo diré que la música de Beethoven ciertamente es un desafío a la existencia, una cachetada al Destino, un alarido de inconformidad, un puño cerrado apuntando al cielo, mientras que la música de Mozart es una aceptación a lo que le toca vivir, y su lamento es discreto e íntimo, tratando de no incomodar a sus semejantes. En muchos conciertos para piano, uno puede percibir en medio de una alegría desbordante, una lágrima discreta, esa es la diferencia, Beethoven no se mide, Mozart sí, pero el universo emocional de Mozart es mucho más amplio.
Un fragmento del poema que me precede ejemplifica: “entonces sonreiré satisfecho a las feroces sombras”
sonreír en medio de las lágrimas…
Beethoven no habría sonreído, no sabía, habría gritado y destrozado todo a su alrededor, y por último el que Mozart fuera o no procaz en sus bromas, en sus escritos groseros o en su vida cotidiana nada tiene que ver con su obra. Una cosa es el hombre y otra el artista, el genio y su obra. Me gusta Mozart, Beethoven no y Bach no era más o menos sabio que los anteriores, más aburrido tal vez…
Mayo 19, 2009 a 12:03 pm
Miguel Arteaga
Estimado Mario Alvarado,
He leído con interés su excelente comentario sobre el artículo de “grave aigu”, referido a Mozart… No esperaba menos de usted siendo, como he leído, un reputado músico e instrumentista. Sin embargo, y aunque estemos de acuerdo en que Arnold Schoenberg fue –y sigue siendo– un autor controvertido, discrepo sobre el calificativo que usted utiliza para describir al compositor judeo-alemán, llamándolo: “músico de escritorio”.
Como bien sabe, aunque el joven Schonberg compusiera piezas vocales al calor de las obras de Brahms, al iniciarse en la de Wagner se familiariza con la filosofía de la música de Schopenhauer, según la cual en toda obra escrita sobre un texto éste viene a ser definitivamente una ilustración o un comentario sobre aquello que sólo la esencia de la música puede revelar. Así, en el caso del primer Schonberg, un texto, como el de Dehmel en “Noche transfigurada”, o el de Maeterlinck en “Pelleas y Melisande”, puede estar en el origen de la obra y aportar su sujeto material, pero no constituye el contenido de la música, ni ella es una ilustración sonora de aquél. Este planteamiento, lógicamente, no tuvo las deseadas consecuencias ni despertó buenas críticas en su época.
Fue entonces cuando él se lanzó a una investigación radical sobre el ser de la música para modificar y transformar sus presupuestos partiendo de la experiencia de músicos como el propio Wagner o Gustav Mahler. Su gran batalla inicial se dio con la obsesión por las disonancias: a partir de ahí surgió el método de composición con doce tonos como una necesidad; él mismo dijo “El oído se fue familiarizando gradualmente con gran número de disonancias, hasta que llegó a perder el miedo a su efecto perturbador. Ya no se esperaba ninguna preparación para las disonancias de Wagner ni resolución para las discordancias de Richard Strauss; no nos molestaban las armonías irregulares de Debussy, ni las asperezas contrapuntísticas de los últimos compositores”. Para Schoenberg sus análisis y renovaciones formales no fueron un experimento impersonal, sino que él los entendió siempre de un modo plena y radicalmente romántico, como “expresión de mí mismo”, escribió… “Toda investigación –también dejó escrito el compositor– que tienda a producir un efecto tradicional queda más o menos marcada por la intervención de la conciencia. Pero el arte pertenece al inconsciente. Es a uno mismo a quien hay que expresar. Expresarse directamente”. Y fue trabajando en Berlín cuando logró elaborar su nueva construcción: los doce tonos, el dodecafonismo (que él prefería llamar politonal), con su organización serial, imprevisible para el oído tradicional; algo que es difícil de explicar y definir, pero que Schoenberg consideraba un simple método, aunque con él vino a revolucionar toda la historia de la música de ahí en adelante, creando lo que en sentido estricto podríamos denominar “verdadera” música moderna. El camino emprendido por Arnold Schoenberg significaba, entre otras muchas cosas, una mayor pureza, una mayor elementalidad que la de su maestro, el gran Gustav Mahler.
Y algo importante que sería conveniente transmitir a los jóvenes que desconocen la llamada “música seria”, es que la mayor parte de la música que hoy día se escucha en la radio, la televisión, computadoras, y en cualquier otro tipo de medio de reproducción imaginable es literalmente música antigua, desde por ejemplo Monteverdi o Vivaldi a Amy Winehouse y demás “modernos” actuales, pasando, incluso, por Sex Pistols, Pink Floyd, REM, The Smiths, etc… La música contemporánea empieza con nuestro amigo Arnold Schoenberg, así que si alguno quiere saber cómo suena de verdad la música de nuestro tiempo que escuche algo de este gran músico, que fue además un magnífico pintor.
Le envío un cordial saludo, y espero –si así lo estima oportuno– que me responda con sinceridad a la siguiente pregunta: ¿De verdad no le gustan sus Tres piezas para piano op. 11 No. 1?
Miguel Arteaga,
Profesor de Música del I.E.S “Gregorio Marañón”
Mayo 20, 2009 a 3:27 am
Náufrago
Debo reconocer que las notas musicales y yo nunca nos hemos llevado demasiado bien. Sin embargo, el artículo refleja algo que me interesa muchísimo: cómo la personalidad (la persona) afecta a la obra (el personaje).
Mayo 21, 2009 a 10:11 am
marioalvarado
Distinguido Profesor Arteaga:
El leído con sumo interés su artículo, el cual revela su absoluta erudición sobre el tema.
Sin embargo, es un tema largo y podríamos estar agradablemente dicutiendo horas y con mucho placer teniendo un interlocutor de su altura, por lo tanto, me voy a remitir muy brevemente sobre algunos puntos y aspectos de su nota.
No, sinceramente le respondo que no, no me atraen ni gustan las piezas del opus 11 del compositor. Tal vez lo único que agradezco es su brevedad. Para mí la música es o no es y el ops 11 no es. Recuerde que estamos en una amable discusión y es mi opinión. Desde el punto de vista pianístico, su escritura es dispareja y absurda, es una escritura concebida en base a los sonidos y no para el instrumento para el que fue pensada y muy pensada. Bien podría haberse destinado a cualquier medio sonoro. Desde el punto de vista musical, es música árida, cerebral, aleatoria en sus combinaciones, y por lo tanto no expresa nada. Si uno quiere buscarle segundas lecturas o relacionarla con vivencias personales, naturalmente que le encontrará más sentido, pero ahí se está internando en el campo de la música de programa.
No sé qué es lo que`piensan los jóvenes, si es que piensan, de la relación entre la música seria y la que ellos escuchan. De partida, pienso que la música seria es un nombre bastante discutible, como música culta, selecta o peor, clásica, lo que la amarra solamente al siglo 18. Conozco y estoy seguro que Ud. también, mucha música que no es seria en absoluto, con mucho sentido del humor. No creo que sea posible encontrar un apellido a lo obvio, la llamada música seria, es simplemente música, el resto, empezando por la actual, son manifestaciones primitivas que apelan a los sentidos e instintos más básicos o corresponde a música de caníbales.
Me parece que el compositor estaba muy equivocado al llamar a su música politonal. Aquello implica que estaba componiendo dentro de un sistema tonal al cual concurrían todas las tonalidades simultáneamente en una obra. Atonal es má apropiado. En todo caso, debe haberse referido así a sus experimentos composicionales para justificarlos ante una audiencia espantada. No se ofenda, creo que Shoenberg tiene una obra audible, La Noche Transfigurada, no me molesta, pero es una obra muy temprana, creo que la primera.
El dodecafonismo o como quiera llamársele, es un sistema cerebral y matemático por el medio del cual, gente sin talento posa de artista. No se trata de que a uno le caiga del cielo la inspiración, tampoco que le brote del subconciente, no puede, está amarrado a las regla del dodecafonismo. La única creatividad está en elegir el orden de los doce sonidos. Luego es como llenar un puzzle o crucigrama. Y el resultado es eso. Luego, el autor, dice que compuso una obra…
No me extiendo más, a pesar de que gustoso lo haría largamente, para no ser tan antipático, y termino diciéndole que la búsqueda por la disonancia en muy antigua, de otra manera, no existiría la consonancia. ¿Para qué necesitaría algo ser consonante si no hay disonancia que se le oponga? En su tiempo, la música de Chopin, era considerada por grandes pianistas como Moscheles y maestros como Czerny, espantosamente disonante e incomprensible, y si uno la escucha, efectivamente les encuentra razón en el contexto de su época, aunque a nososotros nos parezcan como dicen algunos demasiado entusiastas, “armonías celestes.”
Lo saluda muy atenta y afectuosamente, MarioAlvarado.
Mayo 22, 2009 a 11:56 am
Miguel Arteaga
Le agradezco enormemente su pormenorizada e interesante respuesta, amigo Alvarado. En efecto, es siempre muy agradable y enriquecedor mantener una ‘civilizada’ discusión musical con personas que, como usted, saben muy bien de lo que están hablando.
Es inevitable que existan discrepancias –a veces muy profundas– en el terreno artístico, (yo las mantengo frecuentemente con algunos de mis colegas), y he llegado a la conclusión de que éstas resultan siempre muy positivas para mí. Puedo asegurarle que el punto de vista -o más propiamente, de “oído”- que usted defiende frente a la obra de Schoenberg la comparten muchos melómanos; aunque también es cierto que no somos exactamente una ‘fanática minoría’ la que la defendemos.
No sería justo para los lectores de este blog que siguiéramos aburriéndolos con tecnicismos y términos musicales que probablemente muchos de ellos desconozcan, así que termino esta breve nota dándole las gracias nuevamente por haber tenido la gentileza de responder a mi pregunta.
Reciba usted el más cordial de mis saludos.
Miguel Arteaga
Mayo 23, 2009 a 9:57 am
Luis Irles
Estimado Náufrago: Me vas a permitir que ponga en duda tu declaración de “enemistad” hacia las notas musicales… Más bien me inclino a pensar que es justamente todo lo contrario. Muy interesante, por otra parte, la observación que haces acerca de cómo la personalidad (la persona) puede afectar a la obra (el personaje).
Te envío un fuerte abrazo.
****
Querido amigo Mario. Estimado profesor Arteaga:
Sólo cabe definir como excelente y profunda la interesante discusión que han mantenido sobre Schoenberg, y que a todos nos ha ilustrado muchísimo. Creo, sinceramente, que ha enriquecido y complementado el estupendo artículo sobre Mozart.
Con todo mi afecto y admiración,
Luis
Mayo 26, 2009 a 12:32 pm
Jose Antonio Domínguez
Muy apreciados,
Mi elección de estudiar clavecín sólo fue inspirada por la música de Mozart. Poder escuchar y tocar toda aquella pureza que linda con la perfección platónica con un instrumento tan delicado es un bálsamo para este tedioso mundo.
Su música inspira la posibilidad de aquella añorada esperanza de una humanidad más digna de si misma y recordando a Schiller dignificada por el arte. ¿Y que arte más digno para ennoblecer la angustiosa existencia que la música? Fue Novalis quien reconoció en la música el lenguaje más perfecto por remitirse únicamente a si mismo, a parte de otras características, como inspirado por una voluntad superior. Mozart se sirvió de ello con una excelsitud extrema intentando manifestar aquellos ideales ilustrados que pretendían salvar al ser humano de la corrupción que siguió a la libertaria Revolución Francesa.
El segundo movimiento del concierto de piano n. 12 en la major k414 muestra todo ello con beneplácita complacencia. La dignidad humana es aquello a lo que cada persona nunca debería renunciar aunque aquella ‘Hoffnung’ resulte tan lejana e imposible de alcanzar. Pues como se despendre de la ‘Iphigenie auf Tauris’ de Goethe para poder llegar a ser un sujeto digno de la humanidad uno debe aprehender el proceso de humanización desde lo más íntimo del ser.
Ha sido un verdadero placer poder compartir mis opiniones con compañeros tan agradecidos al compositor más generoso de la historia universal.
Mayo 26, 2009 a 6:18 pm
Tuy
Cuando el joven Mozart empezó a entender la verdadera naturaleza del trabajo que se había propuesto, la imagen de un río comenzó a darle vueltas por su mente. Literalmente, sentía como si tuviera un gran río brotando en su interior, y tenía que encontrarle un cauce por el que pudiera fluir el ímpetu de su corriente. Comprendió claramente que debía encontrarlo o sería destruido por la fuerza de su propia creación.
Así lo imagino yo.
Mayo 27, 2009 a 10:39 am
Luis Irles
Estimados José Antonio Domínguez y Tuy,
Os doy las gracias de todo corazón por vuestros inteligentes y poéticos comentarios sobre Mozart. Hay mucha sensibilidad y conocimiento en ambos, y puedo afirmar con toda sinceridad que me han encantado.
Con toda mi admiración y aprecio,
Luis Irles
Julio 3, 2009 a 3:49 pm
Patricia Gomez
Hace tanto tiempo que no venía por acà y me encuentro con esta delicia de diálogos, de tan acabado conocimiento, de tanta elocuencia, me ha encantado!! y lo he disfrutado plenamente. No soy docta en música clásica (concuerdo que de seria nada, por el contrario, deliciosa, fuerte, conmovedora) como para atreverme a comentar, pero si algo puedo decir es que concuerdo con TUY, he escuchado muchas obras de Mozart y lo encuentro un genio, como no, pero también y a medida que avanzó en el tiempo y otros músicos creo que era un hombre brillante que se paseo por las superficies mismas del cielo y del infierno, sin poder ahondar en el corazón de ambos. Pero como dicen, en cosa de gustos y sensibilidades no hay nada escrito. Y de que era un genio, lo era.
Luis, como siempre es un placer venir a visitarte.
Patricia
Julio 4, 2009 a 11:46 am
Luis Irles
Querida Patricia: Siempre será una alegría recibir tu visita en este faro, que de alguna manera también es tuyo. Tu comentario, como siempre, está lleno de verdades y aciertos. Como acertadamente expresas, las interesantísimas opiniones vertidas por músicos de la talla de Mario Alvarado, del profesor Artega y de J. A. Domínguez, entre otros, enriquecieron enormemente el magnífico artículo sobre Mozart, firmado por “grave aigu”.
No me extraña en absoluto que Mozart sea uno de tus compositores favoritos, siendo tú una persona tan sensible.
Te envío un fuerte abrazo,
Luis