
Lucía Etxeberría en los 90
Hacer una crítica literaria o simplemente dar el punto de vista como lector no es nada fácil. En primer lugar, aunque les parezca absurdo, hay que leerse el trabajo y les puedo asegurar que muchos críticos no lo hacen. Acomódense, libérense de tensiones, borren de su mente otras cuestiones y dense al puro vicio de leer. Tómenselo como una excursión campestre, sin prisas, respirando el aire puro que destilan las frases, túmbense entre las letras, deténganse a contemplar la belleza de una metáfora o escuchen el trino armonioso de un párrafo. Si en algún momento de la lectura el cielo se encapota o como diría Prada se vuelve torvo, no se corten, cierren el libro deprisa no vaya a ser que una riada de letras desbocadas y sin sentido les lleven al mar de la estupidez.
La parrafada anterior viene a cuento porque hace unos días cayó en mis manos un libro de relatos titulado Páginas Amarillas, que la editorial Lengua de Trapo lanzó al mercado hace ya más de una década. Es un compendio de treinta y ocho relatos escritos por otros tantos autores españoles nacidos entre 1960 y 1971. La Nueva Generación les llamaron entonces. Algunos de ellos están designados –seguramente– a ocupar los sillones de la Real Academia de la Lengua, otros por malditos no lo harán nunca. La mayoría se difuminará en el olvido –¿lo están ya?– cuando ya no tengan esa juventud insultante con la que entonces se adornaban.
Si alguno de ustedes piensan comprar el libro en alguna librería de segunda mano y si les sirve de consejo mi humilde opinión les diré que no es un buen libro en general: tengan en cuenta de que se trata de varios relatos, de distintos autores, algunos buenos y otros malos, unos horribles y la mayoría de medio pelo. Ahora bien, si lo que pretenden es conocer como escribían nuestras jóvenes promesas en la década de los 90, adelante, es un magnífico catálogo, gástense el dinero y tengan en casa una muestra de cada uno de ellos, luego, cuando cuajen sus primeras novelas (aunque la mayoría ya lo han hecho), comparen y ya sabrán a que atenerse.

Resulta curioso constatar que las mejores historias que aquí aparecen sean las de los autores menos conocidos, tienen un buen principio y un mejor final y en medio una lectura que divierte, que anima a seguir leyendo. Es el caso de Juan Bonilla, Luis María Carrero, Francisco Casavella, Luis G. Martín y Begoña Huertas. Los otros tienen en común que prometen mucho para luego ir desinflándose como un globo, con finales que el lector ya presume de antemano, sin ingenio, sin sorpresas de última hora. Algunos compensan la falta de ingenio esgrimiendo un lenguaje académico, preciosista o precioso, enfangando los párrafos de paráfrasis complejas o destellos de un falso lirismo que a veces abruma y desconcierta al lector, pero la molla, lo que realmente interesa, son buñuelos de viento. Otros se decantan por su particular lenguaje radical, tajante, de suburbio de ciudad, de speed puro, con citas constantes a los Chemical Brothers, Cold-cut, Dinosaur Jr. y cuarenta grupos más. Son (eran) la hermandad de los rockeros, los más agresivos, los que salpican sus páginas de sangre, los de los personajes marginados y tugurios nocturnos. Ray Loriga, José Ángel Mañas, Benjamín Prado y Daniel Múgica son fieles exponentes de esta tendencia.
No quieren que les encasillen en ningún movimiento, no representan a nadie salvo a ellos mismos, pero han hecho una literatura concreta dictada por las editoriales y para un público concreto. La verdad es que observando el bagaje de alguno de ellos se puede extraer la conclusión de que serían capaces de abrirse las venas en directo en cualquier programa de televisión con tal de seguir estando en los escaparates. Y si lo dudan vean a una flamante ganadora del premio Nadal, Miss Lucía Etxebarría posando desnuda en las páginas de alguna revista feminista, aunque no enseñe nada, como su literatura. Sólo falta que Juan Manuel de Prada se despelote en Interviú y nos demos cuenta de que además de cultura también tiene otra cosa.
El Crítico Feroz
























8 comments
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Mayo 28, 2009 a 9:57 pm
Francisco
Muy acertado su comentario. Trataré de comprar el libro y le daré mi humilde opinión.
Saludos desde Tánger
Francisco
Mayo 29, 2009 a 6:48 am
Náufrago
Coincido con la mayoría de las opiniones vertidas en el artículo. Sólo un apunte: con los libros pasa como con los discos, ante la falta de material o ideas se recurre al compendio o al recopilatorio. ¡Cuidado!
Mayo 29, 2009 a 9:01 am
Victoria Geist
Yo tuve la oportunidad de leer, el mismo año de su publicación, “Las Páginas Amarillas” que tan acertadamente reseña ‘el crítico feroz’ y estoy de acuerdo con todo lo que él dice. Es más, leí otras obras de jóvenes autores de la misma generación que no aparecieron en este libro, y me sentí frustrada ante la falta de calidad –salvando unas pocas excepciones– de sus textos… Y la frustración se extiende cuando lees a las “promesas actuales”, ligados descaradamente a la industria editorial y a ciertos ‘prestigiosos’ medios de comunicación, que interesadamente los ensalzan.
Es lo que suele pasar con las modas literarias: la mayoría, en general no demasiado brillantes, las siguen mecánica y superficialmente los autores noveles, y por eso las barreras entre estilos, géneros y subgéneros han devenido artificiales y ambiguas.
Hace ya tiempo que tomé la decisión de olvidarme por completo de los ‘nuevos narradores’ y releer únicamente a los clásicos. Ellos nunca me defraudan.
Un saludo cordial,
Victoria
Mayo 29, 2009 a 11:30 am
Tuy
“En mi caso, desde hace años tengo en mente una novela que quizá no escriba nunca. Es un reto muy fuerte y la literatura me causa mucho respeto. Tendría que estar muy seguro de aportar algo interesante a la novela antes de dar ese paso…”
Estas palabras las pronunció, en noviembre de 1999, uno de los autores que figuran en el índice de “Páginas amarillas”. Que yo sepa, hasta ahora ha cumplido su palabra y no lo ha hecho. No voy a revelar su nombre, pero para mí –que lo considero un excelente escritor– ha demostrado una gran coherencia y una asombrosa madurez. ¡Que cunda el ejemplo! … Y mientras tanto, esperemos que el día menos pensado alguien nos despierte de este monótono y mediocre letargo literario en el que, como en la propia sociedad española, pocas cosas se mueven.
Salud!
Mayo 30, 2009 a 4:27 am
Luis Irles
Mil gracias, Francisco, Náufrago, Victoria, Tuy.
El crítico feroz me ha pedido que os transmita su más profundo agradecimiento por vuestros inteligentes comentarios a su bienintencionada reseña literaria.
Un fuerte abrazo,
Luis
Junio 4, 2009 a 4:10 pm
klimtbalan
Pues yo también me quito el sombrero ante “el crítico feroz”…
Cuánto bet-sellers insoportable y cuénto buen escritor ignorado, perdido en el cuarto oscuro.
Hace poquito me aconsejaron un cuentista peruano, Julio Ramón Ribeyro, y aquí ando disfrutando de sus maravillosos cuentos!!
Un beso Luis.
Junio 4, 2009 a 4:49 pm
jusamawi
En principio y según las estadísticas muy poca gente lee asiduamente.Sin embargo el número de títulos publicados al año es increíble.Ya sé que la mayoría son libros de autoayuda o de ¿ćomo….? A pesar de esto sigue siendo demasiada literatura para tan poco lector. No sé de que viven las pequeñas editoriales.Es un gran misterio para mí.De entre todos los escritores nuevos que publican sólo unos pocos valen la pena.Pasa lo mismo en cualquier campo.Publicar un libro ya no es sólo cuestión de talento y eso se nota.El libro Páginas Amarillas es una excelente prueba de esto último.
Salud
Junio 4, 2009 a 11:27 pm
Luis Irles
Querida klimtbalan, el sombrero te lo debes quitar ante la persona que te aconsejó leer al admirable Julio Ramón Ribeyro, por su buen gusto literario. Es una lástima que este grandísimo escritor de relatos peruano sea tan poco conocido es España… ¡Que lo disfrutes!
Aprovecho para darte las gracias por tu comentario sobre la Barcelona modernista.
Un fuerte abrazo.
***
Estimado jusamawi: También yo me he preguntado muchas veces cómo se explica que siendo nuestro país una de las primeras potencias editoriales del mundo, los índices de lectura sean tan bajos. Y el misterio de la proliferación de las pequeñas editoriales, y su aparente viabilidad, sigue sin tener una respuesta lógica… En fin, tal vez algún día alguien nos lo explique… Lo del talento literario es harina de otro costal.
Salud