La concesión en 1992 del premio Nobel de Literatura a Derek Walcott (nacido en la caribeña isla de Santa Lucía), planteó entre muchos críticos y estudiosos la formulación de la siguiente pregunta: ¿Es lícito incluir a los países antillanos, con abstracción de sus lenguas, en el marco de la cultura latinoamericana o, por el contrario, y apoyándose precisamente en el peso de sus idiomas, es pertinente remitidos a la cultura de la potencia metropolitana que los colonizó y en cuya lengua se expresan?

Esclavos negros en las Antillas, litografía de Deroy F. Biard.

Esclavos negros en las Antillas, litografía de Deroy F. Biard.

En lo que respecta a países de las Grandes Antillas como Cuba, Santo Domingo (que, conjuntamente con Haití, conforman lo que habitualmente se denomina La Española) y Puerto Rico no habría ningún problema en este sentido, ya que los dos casos se confunden en un mismo origen: la unidad lingüística de las islas (salvo Haití) en relación con España y con todo el continente que habla el idioma castellano. Más difícil resulta en cambio “clasificar” socio-culturalmente a las demás islas, amparadas por intereses tan diversos como el británico (Bahamas, Jamaica, Barbados, Trinidad), el norteamericano (islas Vírgenes), el francés (Martinica, Guadalupe) y el holandés (Curaçao, Aruba), sin olvidar tampoco la influencia inglesa, francesa y neerlandesa en la Guayana continental. La herencia francesa, evidente en la conformación cultural de Haití, Martinica y Guadalupe, no riñe con la acepción de lo “latinoamericano”, aunque no ocurre lo mismo con las sociedades insulares pertenecientes a los ámbitos inglés y neerlandés. Existe, en efecto, una cierta actitud de rechazo por parte de algunos antillanos de lengua inglesa en ser incluídos bajo tal denominación, alegando la relativa incidencia del ingrediente “latino” en su cultura, aunque tampoco los asiste toda la razón al ampararse gregaria e incondicionalmente bajo el sospechoso rótulo de “West Indies”, de inequívoco origen sajón. Hace más de medio siglo salió al paso de dicho celo patrocinado por la política cultural inglesa el poeta cubano Nicolás Guillén cuando cantaba: “West Indies, en inglés. Y en castellano, / las Antillas … “

El Premio Nobel, Derek Walcott.

Derek Walcott, Premio Nobel 1992

Brian King, poeta antillano en lengua inglesa, resume el contenido de algunos de los temas dilectos de los escritores del área: “algo sobre Colón, Drake o Toussaint L’Ouverture”, es decir, las mismas motivaciones caras a muchos de los escritores latinoamericanos de la parte continental. A este respecto es necesario señalar el ejemplo de un libro como La pérdida de El Dorado, de V.S. Naipaul –triniteño de origen hindú que escribe en lengua inglesa, auténtico representante del vasconceliano “crisol de razas” –, que plantea una vez más el debate sobre la identidad cultural de las Antillas al tiempo que postula las afinidades –reales o eventuales-­ entre las sociedades insulares y continentales de América Latina. Se puede advertir fácilmente cómo dos de los temas más dilectos de la historia latinoamericana son recreados en esta obra a través de una lengua diferente a la española en la que inicialmente se expresaron: a) la leyenda de la ciudad del oro, gestada durante las jornadas de la Conquista y jamás agotada del todo, y b) la realidad de la lucha anticolonialista en los albores decimonónicos.

Otro escritor del Caribe, Alejo Carpentier, recreó a su vez y en forma magnífica el periodo político de finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX en dos obras fundamentales, El Siglo de las Luces y El reino de este mundo, obras en las que, a través de la incidencia histórica, se da vida a dos de las figuras capitales de la idiosincrasia antillana: Victor Hughes, el transplantador de las ideas jacobinas de la Revolución Francesa al Caribe, y Henri Christophe, el rey negro que quiso hacer de Haití una variante tropical del fasto versallesco. No hay que olvidar tampoco que fue otra isla caribeña –Cuba-­ la que contempló la última batalla anticolonialista en 1898.

A las preocupaciones ideológicas y sociales es preciso agregar un factor determinante para comprender la identidad antillana: el común ancestro africano que subyace en todas esas comunidades y que se inició en una fecha exacta: 1517, cuando remesas enteras de negros fueron llevados como esclavos a las plantaciones de azúcar de las islas para acele­rar su explotación. Ya en 1771 las consecuencias del tráfico rinden beneficios no sólo económicos sino culturales: la representación en Londres de la obra teatral El hombre de las Antillas conoce un éxito inusual y gracias a ella la sociedad londinense aplaude una versión edulcorada de su política racial.

El escritor Aimé Césaire

El escritor Aimé Césaire

La gran preocupación de los pensadores y escritores antillanos por reivindicar la cuota africana de su sangre y de su cultura ha tenido muchos adalides, aunque la figura cimera de tales pretensiones es, sin duda, Marcus Garvey, un jamaicano que con su movimiento Pro-Retorno a Africa, convulsionó en los años veinte de este siglo a la sociedad antillana contando con millones de simpatizantes en todo el continente. La mejor recreación a nivel estético de esta inquietud provino de un escritor de la Martinica, Aimé Césaire, que con su celebérrimo libro Cahier d’un retour au pays natal aportaba nuevas razones para un regreso que a la postre resulta más paradigmático que real, es decir, más a nivel de toma de conciencia que de éxodo racial. Césaire, tras su profesión de fe surrealista (Les armes miraculeuses) continuó llamando la atención sobre los temas que más directamente inciden en el pasado antillano y prueba de ello es su obra La tragédie du Roi Christophe, pretensión en la que, más allá de las fronteras del idioma, se hermana con el esfuerzo que en tal sentido hizo Carpentier.

Bajo estos presupuestos de carácter sociológico, el desarrollo de la literatura antillana se acerca cada vez más, por encima de la diversidad de lenguas –en las que, y no por casualidad, el creóle se filtra con frecuencia–, a la preocupación temática de los escritores del continente latinoamericano. A los nombres conocidos de lengua española (desde Martí a Lezama Lima pasando por Pedro Henriquez Ureña, Carpentier y Julián del Casal, valga el ejemplo) y a los franceses (Césaire, Jacques Roumain, Jacques Stephan Alexis, entre otros), es preciso agregar escritores del área antillana de expresión inglesa como Edward Brathwaite con su trilogía Rights of Passage, Mask y Islands, y que, junto a Derek Walcott, ha patrocinado empresas culturales de gran importancia como la revista Bim, difundida en toda la zona, Europa y las dos Américas. Cabe destacar también al escritor guyanés A. J. Seymour, que sirve de transición entre la vieja escuela que seguía las normas de la “Rule Britannia” y la nueva poesia antillana.

Los temas sociales impregnados a veces de una dosis lírica son frecuentes, tal como ocurre con las obras de Geoffrey Drayton (Buzos negros), H.D. Garberry (Naturaleza), Daniel Williams (Nosotros, que no conocemos la nieve) y la gran dama de la poesía antillana, Louise Bennet (Jamaica Labrish). En el plano especificamente narrativo es preciso señalar la fértil evolución del género desde que, varios decenios atrás, Tom Redcam inaugurara con su novela Becka’s Buckra Baby la narrativa antillana de habla inglesa. George Lamming, de Barbados, ha escrito un libro sobrecogedor, In the castle of may skin, en el que la psicología alterna con aspectos fundamentales de la vida social, línea que se prolonga en textos como Of age and inno­cence y Season of adventure. También con su Vasto mar de los sargazos Jean Rhys se une a la corriente intimista que a menudo intenta vitalizar la naturaleza, variante de lo que en la década de los años veinte se conoció en Latinoamérica como narrativa neonaturalista o “telúrica”. El ya men­cionado V.S. Naipaul es también autor de obras como A House for Mr. Biswas, versión antillana de la Madame Bovary francesa y de La Regenta española, y en la que el papel de la mujer y la psicología de la trama adquieren rubros magnífi­cos. Otra obra suya, marcada por preocupaciones idénticas, es The suffrage of Elvira.

Finalmente, es necesario considerar la producción del guyanés Wilson Harris, autor de novelas como The Far journey of Oudin, The secret Ladder, Ascent to omni y, sobre todo, Palace of the Peacock, que por muchas razones –la recreación de la proble­mática de la sabana y la selva de su país, la psico­logía de sus habitantes puestos casi en un punto límite y una no disimulada vitalización del ele­mento fluvial– se aproxima a hitos de la litera­tura continental como La serpiente de oro, de Ciro Alegría, o Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier.