CUATRO PALABRAS PARA UNA VIDA
Tajalápiz
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Encandilar
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Espuma

Cierzo
Amaterasu
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Frente a mi cama, un pequeño espejo. Sobre la cómoda, un sable. Colgada de mi pecho, una joya en forma de esfera. Son los tres únicos objetos que me unen a un pasado del que no recuerdo absolutamente nada.
Sé que mi hermano murió junto a mis padres, porque me lo contó Jimmu cuando me recogió en su casa. Allí, junto con otros niños sin hogar aprendí muchas cosas. Por el día me gustaba jugar al ajedrez y por la noche lloraba.
Después de muchos amaneceres de luz dorada tintada de azul y de añil, fui a estudiar a Tokio, al centro de la capital. El ruido me escocía en los ojos y la multitud me hacía callar.
Pero por mucho que callara no era capaz de escuchar nada de mi pasado. Ni a fuerza de apretar la joya en forma de esfera que Jimmu me dijo que era de mi madre.
Sobre el pequeño espejo, desde niña, intento imaginar sus facciones.
La quiero ver con el cabello largo y suelto, oliendo a flores. Y sobre su rostro paso los dedos. Su piel suave tiene textura de frío cristal. Y su sonrisa me llega sin sonido. Como la de mi padre.
Lo veo un paso por delante de mi madre, protegiendo su frágil silueta con la sombra cálida de su cuerpo. De su cintura se proyecta la espada que cada noche vela mis sueños como un brazo protector.
Mi hermano no ha muerto, él vive dentro de mí. No me habla, pero me hace escuchar canciones que me hacen reír, que me hacen vibrar.
Cuando las oigo, soy otra persona capaz de romper mi muro de silencio. Pero eso sólo puedo hacerlo de noche.
De día mis palabras surgen de mi mente y no pasan por mi corazón. Hasta la noche, todas las imágenes que veo desde que salgo de casa y llego a mi despacho son planas, estáticas. La gente aquí es también plana, no tiene perfil. Nadie sabe que yo les veo así.
Día tras día, actúo sin implicarme y dejo que vayan pasando las horas hasta que el sol se va y las luces no son capaces de dejar ver mi rostro. Entonces muero, muero cada día para dejar vivir a mi hermano.
Él nace cada vez que me desnudo en el camerino y cubro mis pequeños pechos para que no se noten. Después no recuerdo nada hasta que salgo del local con la ropa de mi hermano Elvis en el bolso, escuchando dentro de mí sus palabras: “El mundo parece más vivo por la noche, parece como si Dios no lo estuviese viendo”.
A veces voy hasta casa tarareando una y otra vez nuestras canciones. Cuando llego a la puerta de mi apartamento me reciben 24 tatamis de silencio. Silencio que sólo yo puedo romper.
En el trabajo no es así. Me gustaría cambiarme al departamento de teian. Cada día me resulta más tedioso ver las caras de la gente, casi siempre nuevos rostros de candidatos entre los que tengo que seleccionar.
Les pregunto sus nombres mirándoles a los ojos, intentando encontrar a alguien especial. Nunca lo he conseguido. Mañana, otra tanda de aspirantes que será tan anodina como todas…
—¿Nombre?
—Peter Saku
—¿Fecha de nacimiento?
—Yo veinticinco ¿y tú? —contesta sonriendo altanero. Le miro severamente. No pierde de vista mi escote.
—Te conozco. Me sobresalto, pues creo reconocer su rostro mestizo, pero no sé donde lo he visto. Me extraña que me tutee.
—¿Perdón?
—Tu eres Elvis.
—No le entiendo. Por favor, sigamos con la entrevista.
—No, tú eres la que hace de Elvis en el Meyasubako. Me imagino que por aquí no lo sabrán… ¿verdad? —me dice con guasa, mostrando una sonrisa intrigante —He visto tu colgante en forma de esfera…
Le miro impasible. Le invito a marcharse. Me hace un guiño. Se va. Dudo un instante. Cojo mi bolso. Invento una excusa. Le sigo hasta la estación. Sube a un cercanías de la línea Este. Le busco dentro.
— ¿Qué quieres?
—Mira, a mí no me la das. Mucho rollo de ejecutiva, pero tu eres tan mierda como yo. Tan mierda como Elvis, tan mierda como todo.
No me pude contener. Le empujé, le grité que Elvis era mi hermano y que el único mierda era él.
—¿No te jode la tía que dice que es hermana de Elvis? Estás pirada…
Se bajó en la parada de Yokohama gritando: “¡Elvis era un mierda que la palmó por ser un mierda! ¡Y tú eres una puta!”.
Un impresentable…con perfil.
De nuevo en la oficina, leí atentamente su currículo. Padre japonés, madre americana… Ingeniero recién licenciado… Vive en Shinjuku. Trabaja en su barrio por las tardes en una tienda de discos.
Desde aquel día, cuando acabo el trabajo, cojo el tren hasta allí. Atravieso el Shinjuku gyoen sin que los árboles y las flores sean capaces de sosegarme.
Espero siempre en la misma cafetería. Escondiendo mi rubor tras el cristal, miro como sube la calle con su andar de chulo. Acaricio con mi mirada sus largas piernas, me detengo en sus fuertes muslos para frotar dulcemente, con mi mano invisible, allí donde acaban. Le despojo de su cazadora y me detengo en su boca. Siempre en su boca, mientras me aprieto más y más contra él.
Hasta que la calle le aleja de mí. Entonces le sigo y cuando llega a su trabajo regreso a mi casa. Espero con ansia la hora de ir al local. Sobre el escenario, antes de coger el micrófono, antes de saludar, le busco. Casi siempre está. Me mira con fijeza. Noto dentro de mí un deseo que me desgarra y que se escapa por mi mirada.
Cuando la música comienza, me desvanezco y cuando salgo a la calle el aire me trae de nuevo.
Esta noche los dueños de la sala se han enfadado conmigo. Me han dicho que me he acercado a su mesa, me he abalanzado sobre él y con una voz muy extraña, una voz de hombre, le he dicho: “Déjala en paz, bastardo”. Después le he dado un empujón. No lo sé, no recuerdo nada.
Ahora está en la calle fumando, apoyado sobre la pared, a unos metros de mí. No sé que hacer.
María del Carmen Salgado Romera – Mara
Pizarra
“Hoy día la gente conoce el precio de todo y el valor de nada” O. Wilde

“SE REGALAN PALABRAS”
La pancarta de tela blanca se mecía, liviana, al compás de las risas, las voces y la brisa de la soleada mañana de fiesta recién estrenada. Las personas se arracimaban alrededor de los puestos de la feria curioseando, dejándose fascinar por los carteles que prometían sorpresas y diversión.
Aún no había nadie delante del sencillo puesto situado debajo de la pancarta que contaba, tan solo, con una mesa y una silla ocupada por un hombre delgado de unos cuarenta o cincuenta años, con el pelo algo largo y canoso que observaba a la gente con sus ojos penetrantes.
Yo había llegado al pequeño pueblo el día anterior. Me enteré de la fiesta por los coloridos anuncios de papel pegados en fachadas y farolas. Reconocí al feriante por habernos cruzado en el pasillo de la pensión.
Me había producido una extraña impresión, como si a su alrededor hubiera algo. Algo que saliera de él y se pudiera meter en los demás y luego regresara a él. No sé. Pensé que era una tontería y me olvidé del hombre hasta que volví a verle en el comedor a la hora de la cena.
Allí no me dio ninguna sensación rara, pero me enteré de que trabajaba de mago. La dueña de la pensión y la extranjera camarera le trataban con mucho respeto. O con miedo. También algunos de los huéspedes parecían afectados por su seriedad y por ese aire de estar controlando continuamente todo y a todos. Sentía curiosidad por él, pero el cansancio del viaje me hizo indiferente a su mirada y procuré acabar pronto para acostarme.
Por la mañana decidí ir a la feria, más por pasar el rato que porque me atraiga el andar solo entre la gente. Deambulaba por allí sin poderme quitar de la cabeza el puesto del mago. De tanto en tanto miraba. Había crecido el semicírculo de hombres, mujeres y niños que le observaban… Nadie se acercaba. Quizás si hubiera regalado algo de comer se hubieran agolpado ansiosos, pero una palabra… una palabra gratis, cuando las tenemos todas gratis, no parece un gran regalo. O, tal vez, era porque su apariencia les intimidaba .
Mi curiosidad iba en aumento. Me acerqué. Caminé hasta sobrepasar a las últimas personas situadas a unos cinco metros de la mesa. Después, las miradas de todos se concentraron en mí, como si hubiera entrado en una zona prohibida.
No soy tímido, pero me costó seguir avanzando. El mago tenía la vista fija en sus manos entrecruzadas. Solo cuando ya estaba al borde de la mesa alzó los párpados.
—¿Quieres tu palabra?
—Sí
—No podrás compartirla con nadie.
—De acuerdo.
“Pizarra”— Me dijo.
“¡Qué tontería!— pensé— ¡tanto misterio para esto!
—Gracias— contesté.
—Recuerda que no debes decirla a nadie.
Asentí procurando mantenerme serio. ¡Menudo mago! Al darme la vuelta tropecé con un hombre que esperaba para recoger su palabra. Iba a hacerle un comentario sarcástico pero me sorprendió ver que se había formado una cola de unas quince o veinte personas.
Me quedé observando. Todos se ponían muy serios cuando el mago hablaba con ellos. Luego volvían a sus grupos, pero ya no eran los mismos. A medida que los hombres, mujeres y niños recibían su palabra, el silencio se adueñaba de la feria.
Comenzó a llover y las gotas parecieron diluir la tensión. La gente, entre carreras y risas, buscaba refugio bajo la carpa del bar o los árboles.
Yo también me refugié durante los minutos que duró el chaparrón, preguntándome qué palabras les habría dicho para que, al oírla, se quedaran todos tan serios, cuando la mía me había parecido tan simple que casi ni me acordaba de ella.
¡Ah, sí!: ¡Pizarra! ¿Pizarra? Pizarra.
Los recuerdos fueron adueñándose de mí. Aquel hombre flaco, ojeroso y canoso- fuera mago o farsante- me había regalado el recuerdo de chirridos hirientes y borradores que esparcían el polvo de dibujos, palabras y números muertos. Me vi con mandilón azul y calcetines hasta la rodilla. Volví a sentir como una mano, casi siempre la de mi madre, cogía la mía cada vez que salía a la calle.
Regresé al puesto de la feria para agradecer al mago ese billete a mi pasado, pero ya no estaba.
“Pizarra” iba calando más y más en mí a medida que pasaban los días: ya no solo era el encerado de mi primera clase, era el sonido, el olor, el color de todo cuanto viví, de todo lo que sentí, el recuerdo de cada compañero, de cada profesor durante cada día de mis estudios. Era también el pizarrín compartido con mis hermanos en el que los garabatos daban paso a las faltas de ortografía, a las primeras cuentas. Era la pizarra que regalé a mi sobrina y su mano en el hueco de la mía mientras hacíamos la “O”…
De pizarra eran también los tejados de los edificios de aquel pueblo del que marché al día siguiente, decidido a encontrar al mago para que me regalara otra palabra.
Lo busqué, sin conseguir encontrarlo, durante todo el verano en las ferias de los pueblos próximos. En el otoño y el invierno, no: Me eché una novia y me olvidé del mago y de sus palabras. En el verano, justamente un año después, volví al pueblo.
El pueblo estaba casi deshabitado, parecía haber sido comido a bocados por un gigante: los tejados se adentraban en el vacío de los desvanes; los muros, hinchados, combados, amenazaban con caer sobre las aceras desdentadas.
No había ningún cartel anunciando la feria. Casi nadie por la calle. La dueña de la pensión había muerto. A la camarera no la hubiera reconocido, si no hubiera sido por su peculiar acento. Le pregunté por el mago. Le costó recordarlo. Ella no había ido a la feria y él no había vuelto por allí.
Viendo cómo había quedado el pueblo, recordando todo lo que empecé a sentir desde que “Pizarra” se apropió de mí, me di cuenta del poder que encierran las palabras cuando se saben utilizar. Especialmente algunas palabras.
—¿Por eso te hiciste marinero?
—No, compañero. Me hice marinero para olvidar.
Carmen Salgado Romera (Mara)
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Sintiendo Asturias
Por María del Carmen Salgado Romera

Asturias es cremallera de dos colores: verde y azul.
Verde del agua de cielo reconvertida, azul de agua de mar removida.
Si cerrada la cremallera, sus dientes son las montañas, hijas de la tierra.
Si abierta, un abismo insondable de historia y leyenda se abre a nuestros pies.
Es, pues, necesario caminar con los ojos bien abiertos, para no caer en las trampas de sus hechizos, pues no son magia de poca monta, no.
Asturias se te cuela en el corazón y se instala allí silenciosa, prudente…
Si vives en ella, casi no te percatas entre el bullicio de lo cotidiano, de la gente de sonrisa fácil y corazón grandote (y… ¡demonios!, tan relimpios que hasta lavan el carbón). Pero si te vas –yo no lo sé, sólo lo intuyo– tiene que urbayate el alma.
Asturias, además, suena. Suena a gaita, a voces profundas que cantan canciones sencillas. Suena a hojas que se mecen en los árboles, a mugidos en los prados. Suena a arroyos y a ríos rápidos, a lagos calmos, a gotitas tiernas, a rumor de olas.
Suena, pero muy quedo –tan quedo que casi no se oye– a niebla. A niebla que es escondite de duendes. A niebla que va desde azulada a gris oscura, que si está más alta ya no se llama niebla, se llama “nubes”.
Y las nubes son panzudas, como rellenas. Se mueven lentamente. Están vivas porque se juntan, se separan, algunas son más rápidas –pocas– y cuando se enfadan o están tristes, lloran. Lloran gotas de lluvia. Las nubes están casi siempre ahí.
Por eso el sol en Asturias se vende embotellado. Porque a granel, casi no hay. Al sol embotellado le llaman sidra. Son rayos mejorados, que fueron en su día capturados por las manzanas y que tienen propiedades curativas. En dosis adecuada, según cada cual, limpian el cuerpo y el alma por dentro ( y los bajos de los pantalones y los zapatos por fuera). Y huelen, primero a dulce y después a ácido. Porque la sidra también madura, como la gente. Dulce se toma con castañas y es fiesta de niños y grandes. Madura se toma, generalmente, en compañía frente a mostradores repletos de pinchos y marisco de tacto rugoso y de color rojizo.
Porque Asturias también se toca: en lo escurridizo y resbaloso de las truchas, en lo pegajoso del pulpo. Se toca en las plumas perdidas de los pájaros en el bosque, en el tacto húmedo de las setas, en el rugoso de las rocas o el flexible de la vegetación.
Se toca en la humedad que se mete por poros y oquedades, que se tiende a dormir perezosamente en las sábanas estirándose como los hilos de plata de los dedos de la luna, que acarician a la Asturias que quisiera dormir, pero tiene turno de noche… que huele a bosque, a carbón, acero y mar.
María del Carmen Salgado Romera (Mara)
Nota: “Urbayate” es una palabra que no sé si existe, la derivo de urbayo que es el nombre que le dan a una lluvia muy fina y persistente y lo digo en el sentido de “llorar” (llorar el alma, si te vas).
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DOCE Y EL MAR

Doce, escrito en letra con rotulador permanente sobre la mesa redonda de la terraza del bar hispano. Enfrente la carretera y luego el mar.
Deliciosa soledad, burbuja de silencio, entre el circular de coches de colores y rumor amortiguado de olas.
Doce y me pongo a recitar los meses del año, las horas del reloj, a recordar que son doce los apóstoles, doce los cascabeles que lleva mi caballo por la carretera, doce los signos del zodiaco. Que en mis doce años apilo todos los recuerdos de mi adolescencia y que son doce también, las puntas que tiene la estrella que he prometido volver a buscar al mar de éter.
Doce y el mar.
Doce, el mar y una cerveza. No pasa nada, el mar calmo y rutinario coloca olas pequeñas sobre la playa. Una furgoneta acaba de aparcar. Descarga bebidas para el bar hispano.
Doce y los campos verdes de hierba alta y los rojos de amapolas y los amarillos de trigo. Cuando hay viento también parecen un mar y, a veces, colocan semillas pequeñas sobre la tierra.
Doce y Castilla, las campanas de las iglesias repicando, transmutando el sueño en hechizo.
Doce y la espuma del mar está atrapada en mi jarra de elixir de lúpulo y cebada. Si me la bebo, se irán desdibujando los peces, las algas y las sirenas. Los barcos encallarán en los mares de trigo, cebada y centeno. Las amapolas volarán, rojas, y yo tañeré las campanas llamando a fiesta.
Bebo, pero no ha pasado nada. Quito con mi dedo índice la espuma de la comisura de mis labios y leo de nuevo: doce.
Cuento las gaviotas que ahora mismo están volando: Ocho. Las personas de colores fríos y los coches amarillos. Pago la cerveza al camarero hispano, cruzo la carretera y sobre la arena escribo DOCE con un palo, atropellando huellas de gaviotas.
La brisa me refresca. Ahora ya sé lo que es doce: Doce es un universo, un giro completo, doce es la puerta que sella el renacer. Doce es lo conocido y lo tangible.
Doy la espalda al mar y vuelvo al bar hispano. En la mesa, escrito en letra con rotulador permanente pone “trece”. Me doy la vuelta: ya no tengo ganas de entrar. Y cuento las cigüeñas mientras escucho el rumor lejano de los mares de trigo, de hierba y de amapolas. Las campanas repiquetean tocando a fiesta.
Y doy vueltas y vueltas de alegría, con mis pies descalzos y mi vestido blanco. Tengo doce años y de mi cuello pende mi estrella de cuarzo blanco de doce puntas, la que prometí coger cuando fuera mayor, en el mar de éter.
Doce.
Doce y el mar.
Mara (Mª del Carmen Salgado Romera)
La primera sirena
“Vi nacer a la primera sirena. Acérquense, se lo voy a contar en voz muy baja… no quiero que me escuche mucha gente, sólo las personas capaces de creer que hay otras dimensiones más allá de las 3D.”

“Shaxan, la dulce diosa creadora, cuyos ojos iluminan el interior de las cosas, jugaba una tarde a proyectar con sus largos dedos ondas sobre el mar.
Las ondulaciones iban tomando forma de mujer: primero un abanico de cabellos, sobre un delicado rostro; después un maravilloso torso y una estrecha cintura…
Se quedó mirando las líneas que se mantenían inmóviles sobre el mar, ahora embravecido.
Decidió dar vida a aquellos rasgos y transmitir al nuevo ser todas sus cualidades femeninas, menos una: la capacidad de procrear, pues temió que aquella criatura, a la que puso como nombre “Sirena”, cautivara a los hombres con su irresistible belleza, robándoles la voluntad.
Por ello a su cintura, unió una cola de pez de escamas multicolores y, al soplar sobre ella, la sirena abrió los ojos.
Sonriendo con gratitud a la diosa, se deslizó dentro del agua, maravillándose con todo cuanto veía. Se sentía tan feliz que, sin saber cómo, empezó a cantar.
Los tiburones se acercaron y la sirena, al verlos, sintió miedo, convirtiéndose –a sus ojos– en una estatua de coral.”
Mara (Mª del Carmen Salgado Romera)
Breve relato de terror
ROBERT BLOCH, el famoso autor de Pshyco, que inmortalizó en el cine el genial Alfred Hitchcock, con Janet Leigh y Vera Miles, dos de sus rubias favoritas de las muchas que tuvo, escribió uno de los cuentos más breves y terroríficos de toda la historia de la literatura:
“Era el único hombre vivo sobre la tierra y, de repente, alguien llamó a su puerta…”
A mí me sigue produciendo escalofríos cada vez que lo leo.
Prince Valiant
El día que me echaron de ‘El Greco’
Bien, le digo a Shynie que piense si quiere conocer alguno de esos antiguos Cafés de Madrid, locales hermosos, bohemios, con toda una insustancial tendencia de evasión sin límite y sin verdaderos personajes para la pantalla grande o las librerías. El Greco, por ejemplo, Anticco Café con sabor italiano.
Me dice que bien. Claro que si no hubiese habido un cálculo previo de todo esto, no quedaría nada. O sea, como un día sin jarana para la convención; una ponencia sólida para la reunión de artistas y poetas malditos y una atractiva joven mujer californiana medio boba, de otra escuela psicosomática que no tiene más remedio que sentarse conmigo para que le hable del phike o what ever you like.
Pero la nena había apostado por los “sin remedio” y no había voltios suficientes para ese sin remedio, sin dinero, sin su América guardándole la espalda, sin nada, absolutamente nada, ni siquiera fantasía, sólo el poder de su voz y querer quebrantar la paz de aquel lugar antes de que llegara el fin del mundo, el temido fin del mundo que nos siguen anunciando los mormones.
Así que, de repente, se levantó como una pantera y se plantó encima de un taburete para recitar, con su bonito acento americano, un poema psicodélico de Timothy Leary.
Hold in reverence this Great Symbol of Transformation, and the whole world comes to you. Comes to you without harm dwelles in common wealth dweells in the union of Heaven and Earth. Offer music, food, wine, and the passing guest will stay a while, but the molecular message in its passage through the mouth is without flavor. It cannot be seen. It cannot be heard. It cannot be exhausted by use. It remains.
“¿Me invitas a una birra?, gracias tío…”, me dice el tipo sentado junto a mí. Total, que la protagonista de la historia podía estar comprometida allá en Sausalito con la propia esencia de la distancia para comer caro y no llegar a volver nunca. Lo supe de inmediato, sabía que no podía caminar hasta el Palacio de Justicia sin vomitar, más por alguna razón u otra nos obligaron, nos apremiaron, a que abandonáramos el hermoso Café Anticco. ¿Por qué?, me he preguntado muchas veces: ¿Es que en Madrid ya no gusta la psicodelia?
Balarassa
Cómo aferrarse al vacío
EXACTAMENTE por el norte aquella ciudad, la de mi padre, limitaba con el mar. Puedo concebirla en estos momentos como un dibujo japonés, de líneas gruesas los edificios y el conjunto de las olas en trazos muy finos. Él no era policía, ¿cómo se le ocurrió entonces participar en aquella aventura? Hago una marca sobre esta mesa, establezco un itinerario entre las dos manchas húmedas que deja la taza de café y reconstruyo, lenta pero implacablemente, su largo viaje.
Si le contara cuanto ocurrió, es seguro que Miriam enumeraría diversas hipótesis para explicarlo; y cada una de sus historias implicaría una prueba diferente de su humor. Pero no le diré nada, solo iré a acostarme con ella.Crece violentamente la noche. En otro lugar de la ciudad algunas personas deben estar dejando a un hombre en la sala de reclusos. Yo estoy obligado a asistir y, sin embargo, desde aquí, la idea de mi deber es inconsistente, muy débil: Ruedo los dedos sobre la línea húmeda que acabo de trazar, sonrío para mí mismo (¿hay en mi ausencia, en mi alejamiento de aquel sitio donde se me espera, un acto de crueldad?) y acepto que, finalmente, no abandonaré este lugar. Afuera ocurre un impresionante fenómeno que transforma árboles, calles y rostros. Me esfuerzo por crear un pensamiento acerca de la belleza de la noche; sostengo por un momento una serie de palabras, pero en seguida quedo indefenso. Día o noche, con el cielo embadurnado de colores y texturas: nada se altera. Mi compromiso se ha destruido: en el edificio desconocido, el hombre habrá de ser aceptado aunque nadie aparezca para entregarlo y aunque ni siquiera él pueda explicar qué hace allí. Los otros lo habrán dejado esperándome y yo no iré. Así, las últimas relaciones nuestras, en el presente, se borran. Permanece, por el contrario, la atadura que estableció otro tiempo, pero sólo es un recuerdo que únicamente tiene que ver conmigo.
* * *
POR EL EXTREMO de este local, que se llama Amor del Bueno, penetra un animado grupo de adolescentes. Otro acontecimiento en el que sólo puedo participar -dentro de mí mismo- como un tercero. ¿Cómo explicar que estoy detenido en medio de mi propia participación y las acciones de los demás? ¿He creado este límite irreal, soy culpable? ¿Cómo distinguir cuanto ahora ocurre -esas voces, los movimientos de esos cuerpos jóvenes- del hombre que aun puede esperar, en un gran edificio, al otro lado de la ciudad?
Uno de los adolescentes canta. Soy un hombre maduro, cuantas cosas en mí han comenzado a detenerse.
Repaso minuciosamente el esquema establecido para este último día, veo alejarse a Ira en el auto e intento decir que solo podré verla mañana, después del atardecer. Pero cuando hablo ya ella desaparece, se aleja dentro del núcleo cambiante que construyen las luces. La noche ha llegado con rapidez; me sorprenden su fuerza, su frescura. Estoy seguro que viví exhaustivamente cada minuto, que nada, hoy, dejé escapar. ¿Pero qué he hecho? ¿Con quiénes estuve, cuáles palabras quedan de la jornada? Persisten vagas resonancias, colores, débiles sonidos; trato de aprehender sus significados, pero es imposible: mi vida acaba de iniciarse con la ausencia de la mujer que se oculta ahí, en una vía de la ciudad. Ahora emprendo la aventura: recorrer mi propia historia, excluyendo la imaginación y el olvido, hasta que los actos formen parte de mí mismo y mi cuerpo y mi pensamiento obtengan las formas últimas de la lógica.
♦ ♦ ♦
Recepción en la embajada de Mónaco
Noté que él me miraba con insistencia desde el fondo del amplio salón. Yo fingí indiferencia.
Volví de nuevo a prestar atención al circulo de señoras que conversaban animadamente cerca de mí, luciendo sus elegantes y exclusivos modelos de alta costura, cargadas con bellísimas y valiosas joyas que destellaban uniformes bajo la suave luz que iluminaba el gran hall.
Me uní a ellas. Yo sonreía y asentía apropiadamente a sus intrascendentes comentarios, sabiendo que él me seguía mirando. Un camarero se aproximó. La mujer gruesa que estaba a mi lado intentó alcanzar un canapé de caviar y tropezó con mi pie. Pude asirla milagrosamente por su antebrazo y evitar así que cayera al suelo. Ella me sonrió agradecida.
Con el rabillo del ojo pude verlo cerca de la barra. Había deslizado su brazo alrededor de la cintura de una joven rubia y delgada. Ya no me miraba.
Un hombre alto y maduro se unió a nuestro círculo y yo me situé lentamente a su lado. Reí sus comentarios, agitando coquetamente hacia atrás mi cabeza. Después puse descuidadamente mi mano sobre la manga de su exquisita chaqueta de tweed.
Eché un nuevo vistazo hacia el fondo del salón. Allí seguía él, tan atractivo y seguro de sí mismo, sosteniendo una copa de champán y flirteando con una pelirroja que vestía un ajustado traje negro.
Continué mirándolo.
Y entonces nuestros ojos se encontraron.
Él salió a la terraza que daba al amplio jardín a través de la puerta cercana a la barra del bar. Yo salí por la de enfrente.
Nos reunimos junto a la hermosa fuente, cuyos chorros de agua brillaban contra el claro de luna. Él buscó mi mano, después me dio un beso suave y fugaz.
Pero no habría más caricias esa noche, no hasta que hubiéramos vaciado nuestros bolsillos, hasta que hubiéramos calculado el valor de la pulsera de diamantes, del broche de rubíes, del reloj de oro de 18 quilates, del anillo con esmeraldas…


























42 comments
Comments feed for this article
Junio 24, 2007 a 1:19 am
Daniela
Ciudades y orillas…”orillas que forman la densa y etérea region de literatura y arte…”
Y entre “tu orilla ” y “la mía”, decidí venir a buscarte, Julio. Eres mi querido extranjero de cócteles pasados… te he dejado un pequeño recado en mi blog.
Besos a la intemperie…
Junio 24, 2007 a 1:42 am
Carolina Oliveros
Hola, Julio Juan Don Juan
lindos relatos.. esto es para que lo disfrute, busca el trailer… esa es una idea de la música que estoy practicando…me encanta la música pero no sé tocar ningún instrumento entonces toco no mas….la navidad pasada me trajo un acordeón de estudio…chiquita, de 8 bajos, y con esa estaré haciendo cositas… entonces como te gusta la música…al escuchar esto pensé que te podría gustar esa base ..
saludos desde Val-lluvia…
Julio 3, 2007 a 11:28 pm
Cristina G. Orellana
A veces es muy cómodo etiquetar un relato con los adjetivos de: “bueno”, “regular” o “malo”. Pero cuando terminé de leer “Corazones rasgados” tuve que pensármelo muy mucho a la hora de calificar este texto genial, porque si algo de perversamente genial tienen los cuentos de Julio Irles es que, en su aparente condición realista -pero a la vez poética e inasible-, parecen estar envasados al vacío perfecto, son imposibles de abrir como ciertos relojes o ciertos cuentos de mi admirado Juan Carlos Onetti.
Julio 9, 2007 a 4:22 pm
comopompasdejabon
Elijo este relato último de Corazones Rasgados porque ha calado en el mio, con una inesperada melancolía, para enviarte querido Julio besos ingrávidos hasta tu arrecife de coral.
Te envié palabras con una paloma mensajera pero…¡ ya sabes como somos las mujeres!, siempre que vamos de viaje llenamos las maletas de recuerdos inútiles, así que no me sorprendería que se retrase perdida, en cualquier exótico mercado, en su travesía.
Quiero ademas aprovechar mi visita a este Faro para felicitarte a ti y a Luis, Venancio, Jotai, Jules, colaboradores, admiradores, primos y demás familia que hacen de este blog tan bella y aguamarina perla.
Burbujas de besos.
Agosto 6, 2007 a 4:05 pm
Diestrosiniestro
Bonito puerto en el que he venido a aparcar mi bote…
-Un faro es el mejor sitio para amarrarlo, querido amigo…
El tuyo también es excelente y acogedor. Leí alguno de tus relatos. Volveré muy pronto.
Puse tu dirección en mi Blogroll.
Gracias por remar hasta acá y por tu comentario.
Septiembre 14, 2007 a 1:38 am
Danilo Purreidón
Estimado amigo (si me permite llamarlo así)
Cuanto mas veces releo “Como aferrarse al vacío”, mas sorprendido y confuso quedo. No tengo la facilidad de poder expresarlo.
Saludos desde Puerto Natales
Danilo
Abril 28, 2008 a 4:36 pm
Patricia Gomez
Gracias, los he leído todos, me quedo con algunas sensaciones extrañas, pero mías, es curioso hace mucho tiempo escribí un cuento muy parecido al “Violín de Paganini”, sólo que el mío se llamaba “El deseo de ser humano”, un violín con vida y bla bla…, también inspirado en Paganini y el pacto con el diablo que dicen tenía, para justificar el que lograra tocar con tal maestría. EN fin…, ha sido un placer leerte.
Slds.,
Abril 28, 2008 a 5:19 pm
Luis Irles
Querida Patricia. Muy amable por enviar tu comentario a esta sección. Es curioso que también tú escribieras un relato sobre ese instrumento tan hermoso como es el violín… sería una delicia poder leerlo, ¿Porqué no lo publicas en tu excelente blog?
Un saludo cordial
jotaí
Abril 29, 2008 a 3:33 pm
Patricia Gomez
Julio, estuve hurgando en mi computador pero no lo encontré, lo debo tener en papel en algún rincón olvidado, prometo buscarlo y traspasarlo, el violín es un instrumento tan vivo, creo qeu uno de los más vivos y tal vez por eso inspira a tantos escritores, como tú. Insisto, fue un placer leerte.
Un abrazo, Patricia
Abril 30, 2008 a 12:14 pm
Julio
Hola, Patricia. Gracias por responder. Estaré encantado de leer tu cuento cuando lo encuentres. Yo también soy bastante desorganizado con mis papeles, aunque lo peor del caso es que ni siquiera recuerdo dónde puedan estar mis “rincones olvidados”. Preocupante, ¿no es cierto?
Te envío un abrazo.
Mayo 3, 2008 a 1:37 am
Patricia Gomez
jaja, tal vez esten esperando que los recuerdes para hacerse reales. Un abrazo.
Patricia
Mayo 3, 2008 a 8:59 pm
Para Julio y los amantes del violín « Patricia Gomez, (Binah)
[...] por lo tanto me he prouesto escribirlo nuevamente. Ésto nació después de leer un cuento de Julio Irles, escritor y hermano de luis un “amigo de red”. Para él y todos aquellos que aman el [...]
Mayo 5, 2008 a 5:39 pm
Luis Irles
Hola, Patricia. Aunque Julio ya dejó en tu blog su agradecimiento por el hermoso detalle que has tenido hacia él, yo –como amante del violín– también me doy por aludido, te doy las gracias y te envío un fuerte abrazo. Hiciste una perfecta selección musical. Ha sido un deleite escucharla enterita.
Abrazos
Mayo 6, 2008 a 1:49 pm
Patricia Gomez
Que bueno que les haya gustado, un abrazo.
Mayo 6, 2008 a 3:23 pm
Luis Irles
¿Acaso te llegaste a plantear en algún momento que nos podría disgustar?
Por supuesto que nos encantó!
Abrazos, querida Patricia.
Junio 15, 2008 a 9:59 pm
Araceli Cano
El gran escritor peruano Julio Ramón Ribeyro manifestó en cierta ocasión que el relato es una forma de calar profundamente en un momento excepcional, de una circunstancia o simplemente de la vida de alguien, y el resultado de eso es –si el cuento es bueno, como lo es “Llámalo desventura”– un cambio (aunque sea momentáneo) en el lector. A mí me pasó algo parecido, ya que quedé fascinada y conmovida por la historia que has logrado plasmar aquí, así como por la peculiaridad y humanidad de los personajes que habitan tu cuento y por el estilo tan personal que has utilizado para describirlos.
Fue un placer leerte.
Un abrazo desde Cantabria.
Araceli
Junio 25, 2008 a 1:12 pm
Narkia
Querido Luis:
Es la primera vez que visito tu página, estaba buscando cosas sobre faros…y me topé con tu blog. Qué maravilla!!no sabes la ilusión que me ha hecho encontrarme con alguien que siente la misma pasión por los faros que yo, aunque ya sienta que lo mio es algo obsesivo.
He visto que tienes una foto del AR MEN, un faro de situado en Francia, es una pasada la foto, yo la tengo en mi habitación…esa es de los Plisson no se si lo conoces…son unos fotografos franceses que se dedican a los faros.
Espero que te haya gustado mi comentario y bueno yo también me estoy haciendo un blog y creo que hay cosas en común como la foto y el poema de Cernuda. Un beso.
http://lachicadelfaro.blogspot.com/
Narkia,
Junio 28, 2008 a 9:16 pm
Luis Irles
Querida Narkia:
Siento mucho no haber podido responder antes a tu cálido y amable comentario, pero estoy de vacaciones por Europa y he tenido muy pocas oportunidades de entrar a internet.
Te agradezco enormemente los exagerados halagos que haces a este blog, aunque –siendo sincero– debo decirte que me siento muy contento viniendo de una persona como tú.
Yo sí que me he sentido maravillado y sorprendido al constatar tu profunda pasión por los faros. Es evidente que eres una persona romántica y llena de sensibilidad.
Espero que mantengamos una comunicación fluida a partir de ahora. Y estaremos siempre encantados de recibirte en este faro austral, donde ya figura un enlace al tuyo.
Un fuerte abrazo y todo mi aprecio,
Luis
Noviembre 1, 2008 a 10:00 am
Lola
Este es uno de esos cuentos en lo que lo fundamental es la creación de una voz narrativa –no siempre fácil de conseguir en un relato.
En el marco de una ciudad hermosa y palpitante como Praga (tantas veces visitada por mí), con un personaje aparentemente anodino, y mediante un excelente ritmo en su prosa, el autor ha creado una auténtica joyita literaria para los lectores y lectoras de este blog que mejora día a día.
Un fuerte abrazo.
Noviembre 1, 2008 a 11:49 am
Luis Irles
Procuramos seleccionar con rigor los relatos que se publican en este Faro, estimada Lola. Gracias por tus palabras, en nombre del autor y del mío propio.
Otro abrazo enorme para ti.
Luis
Noviembre 7, 2008 a 2:33 pm
Pablo
Por motivos profesionales estuve en Praga hace 2 años, y este gran relato me hizo recordar con nostalgia aquella maravillosa ciudad. En uno de los lugares que cita el autor viví algunos de los momentos más intensos de mi vida porque allí conocí a la que hoy es mi prometida. Volveré de nuevo el próximo mes de marzo para la boda, y tal vez nos quedemos a vivir en la que para mí, es la capital más hermosa de Europa.
Enhorabuena al autor y felicidades por este interesantísimo blog.
Pablo
Noviembre 8, 2008 a 6:07 pm
Luis Irles
Estimado Pablo, muchas gracias por tu hermoso y romántico comentario. Praga es, como bien dices, una maravillosa ciudad propicia para vivir intensos sentimientos. En tu caso con un final feliz, muy diferente –por cierto– al del relato.
Desde este modesto blog te damos las gracias por tus elogiosas palabras y os deseamos lo mejor, tanto a ti como a tu futura esposa, en la nueva vida que váis a emprender.
Un fuerte abrazo.
Junio 23, 2009 a 6:45 am
Beatriz
DOCE Y EL MAR es un precioso relato lleno de imágenes intensas y poéticas. Mi enhorabuena a María del Carmen Salgado Romera por su excelente texto, que junto a LA PRIMERA SIRENA, lleno de magia y sensibilidad, me han parecido dos cuentos maravillosos.
Un saludo cordial desde Tarragona,
Beatriz Castellet
Junio 24, 2009 a 11:06 am
Luis Irles
Hola Beatriz,
Estoy de acuerdo contigo en que los dos cuentos que María del Carmen Salgado ha tenido la amabilidad de enviarnos para su publicación en este blog son magníficos. En su nombre, y en el mío propio, te doy las gracias por tu amable comentario.
Bienvenida a este faro. Un saludo desde Chile,
Luis
Julio 9, 2009 a 9:31 am
Mª del Carmen Salgado Romera
Asturias es un paraíso digno de ser visitado: las personas que aquí viven, sus paisajes de mar y montaña, sus monumentos y gastronomía hacen de esta comunidad autónoma situada al norte de España un lugar muy especial. Llevo viviendo en Asturias tantos años que soy asturiana por descendencia, gracias a mis dos hijas nacidas en Oviedo. Hace unos años hice un modesto homenaje de palabras a esta tierra, palabras que quiero compartir con todos vosotros a través de este entrañable e interesante blog.
Julio 13, 2009 a 8:49 am
Luis Irles
Estimada Mara,
Mil gracias por enviarnos este sentido y poético texto sobre la maravillosa Asturias que, lógicamente, hemos trasladado a la sección “Cuentos” de este faro.
Un fuerte y agradecido abrazo para ti.
Luis
Julio 14, 2009 a 6:27 pm
Mª del Carmen Salgado Romera
Quiero agradecer a Beatriz sus estimulantes palabras sobre los relatos que habéis tenido la amabilidad de publicar en esta sección. Tengo un problema que os quiero comentar. Es un problema que me está gustando mucho intentar resolver. No siempre los retos son una pesada carga, lo estoy comprobando en estos días en que estoy plenamente sumergida en éste: escribir un cuento donde un extraño farero ha desaparecido. La verdad es que me enfrento a más de una dificultad, pues nunca he estado dentro de un faro, ni estoy familiarizada con la navegación. Si a esto añadimos que está ambientado en 1796, la dificultad crece. Para complicarlo aún más, el comienzo del cuento ya está configurado por un maestro del misterio, E. A. Poe, pues se trata de terminar su cuento inconcluso “El Faro”. Ya he escrito dos terminaciones a su relato que están publicadas en la http://amigos-escritores.blogspot.com/ junto a las narraciones sobre faros de mis amigos escritores, pero… esta vez es diferente: la protagonista es una mujer que está decidida a saber qué le ocurrió a su primo, el farero desaparecido. Una mujer valerosa a la que el mar va hechizando poco a poco. De hecho, me tiene tiranizada pues me hace buscar en Internet, en bibliotecas, en librerías documentación sobre el mar, las personas y los objetos con él relacionados. Los otros protagonistas de mis faros no fueron tan exigentes. Esta mujer, cuyo rostro aún no he visto, me obliga a leer, a analizar, a ensamblar las informaciones, me hace soñar con su primo el farero y conjeturar qué le pudo ocurrir. Sí, me tiene tiranizada, pero ambas estamos descubriendo, a la par, un universo fascinante. Además, está haciendo de mí, más que una escritora, una cuentista, pues “donde no llega la erudición, llega la imaginación” y los datos que no consigo, los tengo que discurrir. Por eso, ya voy pidiendo perdón por delante a todos los marinos y fareros que pronto- eso espero- podrán leer ese relato, por los posibles errores técnicos que pueda cometer. ¿Por qué os estoy contando mi problema? Tengo dos motivos, el primero, pediros ayuda. El segundo, haceros una invitación. Por supuesto, comenzaré explicando el segundo: os invito a participar, como escritores o como lectores, en nuestro blog que este año está haciendo un homenaje a Poe y a todos los fareros, en agradecimiento a su labor.
Os recuerdo la dirección del blog: http://amigos-escritores.blogspot.com/
Y ahora viene mi petición de ayuda… ¿Alguien me puede explicar cómo eran las ventanas de un faro de piedra de 1800, muy expuesto a las tempestades? Porque supongo que tendrían que tener contraventanas exteriores de hierro, pero no he visto ninguno así fotografiado o en maqueta. Y las ventanas me las imagino de guillotina, que supongo que soportarán mejor el viento y las olas, si no están cerradas las contraventanas. Otra pregunta: ¿Cómo subían el aceite hasta el fanal? ¿Con una grúa exterior? ¿Con poleas en el interior?
Gracias por vuestra amabilidad por atenderme. Si alguien me puede orientar sobre alguna página web de faros y de la vida de los fareros en aquella época me vendría muy bien. Muchas gracias por todo.
Mara (Carmen Salgado Romera)
Julio 14, 2009 a 9:49 pm
Luis Irles
Estimada Mara: El nuevo relato que estás escribiendo me parece sumamente original. Desgraciadamente, poco puedo ayudarte en lo referente a las dificultades que se plantean con la descripción de un faro de finales del siglo XVIII… Sinceramente, creo que somos muy pocos los marinos mercantes que podríamos resolver tus dudas… Yo he intentado investigar algo sobre el asunto, pero ha resultado muy difícil encontrar documentos que respondan a tus peticiones.
No obstante, leyendo algo sobre el Faro de Peñas (que está precisamente en tu tierra y que alumbró por primera vez el 15 de agosto de 1852) encontré algunas curiosidades. Según la página web que consulté: “El edificio estaba dividido en dos cuerpos: el primero, situado al norte, era una casa de planta rectangular, el segundo, 4 metros al sur tenia planta circular y en el se encontraba la linterna, de sección poligonal, con cúpula doble de cobre y con cinco cristales planos por cara. Presentaba dos inconvenientes: la luz no incidía normalmente sobre los cristales por ser planos, produciéndose pérdidas de luz y destellos parásitos y por otro lado, los montantes verticales producían sectores de sombra falseando la característica del faro. La lámpara utilizada era de mecanismo de relojería y mecheros de cuatro mechas, utilizando aceite como combustible. Este sistema de alumbrado se renovaría en 1913, quedando el viejo sistema como reserva.”
Un libro que suena interesante: “FAROS DEL MUNDO”, de Anna María Mariotti, editado por la Librería Universitaria (Barcelona, 2007), que ofrece muchos datos y fotografías sobre faros, especialmente del siglo XIX.
http://www.librodefaros.com/bibliografia/bibliografia.htm
Y, por último, si puedes leer inglés, te aconsejo que entres en la AMERICAN LIGHTHOUSE FOUNDATION
http://www.lighthousefoundation.org/alf_lights/whaleback/wbl_sitevisit_06feb21.htm
Espero que algún lector más conocedor del mundo de los faros antiguos te pueda ser más útil que yo, y de paso se decida a enviar un cuento a vuestro excelente blog.
Un fuerte abrazo
Julio 24, 2009 a 3:23 pm
Antonio F. Rovira
Aunque “Sintiendo Asturias” no se puede definir como una narración propiamente dicha, me he sentido conmovido -soy asturiano y resido en Canadá- por la poética descripción de nuestra tierra que María del Carmen Salgado nos transmite con tanto sentimiento, sensibilidad y emoción. Aquí (y en sus otros textos), el peso de la palabra, la trascendencia de cada palabra, evidencia su clara vocación de poeta.
Mi más sincera enhorabuena a la autora de estas maravillosas letras, que hago extensible a usted por su interesante blog.
Antonio F. Rovira
Julio 24, 2009 a 4:26 pm
Luis Irles
Estimado Antonio: Muchas gracias por tus amables palabras. Estoy seguro de que María del Carmen Salgado -que como bien dices es una excelente narradora y poeta- se sentirá muy satisfecha al haber conseguido transmitir esa bella imagen de Asturias a un paisano que vive tan lejos de su tierra.
Recibe un cordial saludo desde Chile.
Luis
Octubre 4, 2009 a 2:20 pm
Mª del Carmen Salgado Romera
Apreciado Luís, quiero agradecer a Antonio su amable comentario que me emocionó. Y deseo hacer palpable mi gratitud de la mejor manera que sé: ofreciendo a esta maravillosa página un nuevo cuento, “Pizarra”. A través de él entraréis en una feria muy especial, una feria en la que se regalan… palabras.
He tardado en contestar a vuestros mensajes porque estaba esperando a que mi cuento sobre el faro, ese cuento que era un reto, estuviera publicado en el blog de Amigos Escritores. Es demasiado largo para ofrecerlo a este blog, por lo que os invito a leerlo en nuestra página: http://amigos-escritores.blogspot.com/ . Os agradeceré cualquier sugerencia que lo pueda mejorar y deseo que os resulte entretenido.
Me despido con un cariñoso saludo, especialmente a Antonio y a Beatriz- me acordé de ella cuando estuve en el faro del puerto de Tarragona este verano- y, por supuesto a Luís Irles.
María del Carmen Salgado Romera
Octubre 4, 2009 a 3:15 pm
Luis Irles
Estimada Mara: Muchísimas gracias por tu visita, que siempre se agradece en este faro. Y gracias también por el magnífico relato que has tenido la gentilez de hacernos llegar y que ya se encuentra a disposición de nuestros lectores en la sección de “Cuentos”. El texto es bellísimo, como todos los que salen de tu inspirada pluma, y lo mismo puedo decirte del cuento que has publicado en vuestro blog “Amigos Escritores” y que volveré a releer con más detenimiento para hacerte llegar mi modesta opinión –que de antemano puedes adivinar– ya que te considero una magnífica escritora.
Espero que Antonio y Beatriz tengan ocasión de leer tu comentario. Seguro que se sentirán muy halagados por tus cariñosas palabras.
Recibe un fuerte abrazo y mi más sincera felicitación por tu excelente trabajo.
Octubre 17, 2009 a 12:47 pm
Montse García
Hermoso y conmovedor relato, como todos los que escribe María del Carmen Salgado. Su escritura denota una técnica narrativa excelente y una gran carga lírica, además de una portentosa imaginación.
Mi enhorabuena a esta escritora asturiana y mi felicitación sincera para usted, Sr. Irles, por su interesantísimo blog.
Un cordial saludo.
Montse García, Córdoba (España)
Octubre 17, 2009 a 2:30 pm
Luis Irles
Estimada Montse: Quiero agradecerte, en nombre de María del Carmen Salgado y en el mío propio, tu amable comentario y tu visita a este blog.
Estoy de acuerdo contigo en que los relatos de nuestra amiga Mara son excelentes, siendo un honor para mí el haber publicado alguno de ellos en este faro, al que eres bienvenida.
Saludos cordiales y gracias de nuevo por tus letras.
Octubre 22, 2009 a 4:40 pm
Mª del Carmen Salgado Romera
Gracias Montse, gracias Luis, por vuestras palabras y también a todas las personas que leen los relatos que con tanto cariño os envío. Hoy quiero presentaros a una diosa reencarnada en una misteriosa mujer.
Amaterasu es ritmo, el dulce ritmo de la flauta japonesa; es sosiego, el relato está inspirado en los jardines de ese país. Y os recomiento que busquéis en internet vídeos del jardín por el que pasea nuestra diosa. Una diosa difícil de entender, pero que genera instinto de protección y curiosidad (al menos a mí). Con ella os dejo.
–
Nota de Luis Irles: El relato Amaterusa puede ser leído en la sección de CUENTOS de este blog.
Octubre 23, 2009 a 6:37 am
Luis Irles
Mil gracias a ti, mi estimada María del Carmen, por tener la gentileza y la generosidad de enviarnos tus magníficos cuentos y permitirnos su publicación en este faro.
Amaterusa es un relato excelente que –puedo afirmarlo con total sinceridad– incita a todos aquellos que amamos la buena literatura a seguir leyendo con sumo interés tu llamativa y poética prosa.
Nuestro apartado de Cuentos se enriquece nuevamente con tus letras.
Un fuerte abrazo,
Luis
Octubre 23, 2009 a 8:35 am
J. Feroud
Leo siempre con interés los cuentos de Ma. del Carmen Salgado. Este “Amaterusa” me ha gustado especialmente porque está escrito con una prosa versátil, transparente y bipolar en cuanto a desolación y exotismo. La autora conjuga aquí un ejercicio de proyección-mosaico, que da como resultado una composición en la que una clase de telemaquia y las relaciones humanas confluyen en una sola especie. En realidad, todos sus relatos giran siempre en torno a un isomórfico lugar-sueño en el que el lector participa más de lo irreal que de la verosimilitud del texto. La prosa versátil de Mara posibilita la realización de contrastes, de fragmentos estilísticos enfrentados que destilan una extremada belleza.
Saludos.
Octubre 23, 2009 a 10:47 am
Luis Irles
Amigo Feraud, agradezco enormemente tu elogioso comentario. María del Carmen Salgado se sentirá muy satisfecha cuando lo lea, estoy seguro. Dejo que ella, en el momento que pueda, te responda personalmente.
Un cordial saludo
Octubre 27, 2009 a 3:40 pm
Mª del Carmen Salgado Romera
Apreciado Feraud, apreciado Luis: Agradezco tanto vuestros atentos mensajes como la acertada ilustración que acompaña al relato de Amaterasu, cuyo nombre coincide con el de la diosa del sol de Japón.
Las palabras que me dedican los lectores me animan a seguir ofreciendo las mías. En este caso son cuatro, cuatro palabras para una vida: mi vida. Es tan sencilla que no necesita más. Os las confío, por el retrato costumbrista que suponen; por el elogio que encierran hacia cuatro maravillosas ciudades españolas: Salamanca, León, Oviedo y Soria; por el merecido homenaje a las personas de mi familia a quienes quiero con toda mi alma; también porque delatan mi amor por el ferrocarril. Lo demás, lo puro biográfico, es lo de menos. Un saludo de corazón, Mara.
Octubre 28, 2009 a 7:21 am
Luis Irles
Estimada Mara: Muchísimas gracias por tus palabras y por el magnífico texto que nos has enviado. Próximamente –ya que estos días estoy muy atareado con mi trabajo, y quiero hacerlo con tranquilidad– lo publicaremos en la sección de Relatos, para que los lectores del Faro puedan disfrutarlo.
Te envío un fuerte abrazo.
Noviembre 8, 2009 a 12:25 pm
Mª del Carmen Salgado Romera
Me alegra volver a contactar para felicitarte Luis, una vez más, por el detalle con que cuidas este Faro del Fin del Mundo, en todos sus apartados, para que sea una luminaria viva, humana y actual. En mi mano sólo está el ofreceros un nuevo relato. Aquí os lo dejo, con todo mi cariño.
EL HOLOGRAMA DE JADE
Elsa se detuvo en el vano de la puerta. La sala de consulta estaba, como siempre, con la persiana levantada. Los estores de algodón filtraban la luz del atardecer e impedían ver cómo la lluvia resbalaba por el ventanal. Las luces, todas encendidas salvo los focos situados detrás del biombo, multiplicaban las sombras de los objetos, produciendo una extraña sensación.
—¡Me hiciste caso: mandaste pintar las paredes de color ciruela! —dijo sonriente mientras dejaba de forma descuidada el abrigo, el bolso y el sombrero sobre el sofá, retocándose con los dedos la melena.
—¡Bien, bien! —Aprobaba los cambios moviendo levemente el mentón. Se acercó a una librería situada al fondo de la habitación. —Sí, en este estante quedan bien los libros pero tus instrumentos… ¡mejor los guardabas donde nadie los viera…!
Cogió con delicadeza un aparato cilíndrico negro, con una lente en cada base, y lo giró con lentitud a la altura de sus ojos.
—Marcos—susurró—, si alguien entrara aquí pensaría que eres un extraño oftalmólogo o un relojero caprichoso o un…
Marcos se acercó hacia Elsa, no seguro de sí mismo y con la cabeza erguida como era su costumbre, sino despacio y pensativo.
—O un… —repitió Marcos con un gesto de impotencia sentándose junto a ella.
—¿Qué te ocurre?
—Elsa, esta vez ha sido muy grave: un asesinato. ¿No recuerdas nada?
Elsa, preocupada e inquieta, negó con la cabeza. —Ya sabes que nunca recuerdo nada. Nunca.
—Perdona, en el fondo, tú no tienes la culpa… —observó Marcos intentando que su tono fuera conciliador—. ¿Te preparo algo para que te relajes?
—No, gracias: prefiero empezar cuanto antes—añadió Elsa levantándose de forma brusca—. ¡Sí, soy culpable!… Y esta vez tengo miedo. Miedo por lo que pueda ocurrir y también por mí… No puedo evitarlo, aunque sé que no vas a hacerme daño, que no va a pasarme nada, pero…
Elsa se detuvo. Intentó controlarse. —¿Cuánto tiempo tenemos?
Marcos se acercó al estante para coger unas largas y finas pinzas, una diminuta cámara y el aparato cilíndrico negro. —No lo sé, francamente no lo sé. Depende de lo que tarde en encontrar el cobertizo.
—¿Un cobertizo?—sondeó ella mientras se sentaba en el sillón anatómico, apoyando las piernas, los brazos y la nuca en los lugares adecuados.
—Sí—contestó Marcos secamente sujetando al sillón los brazos, la cintura y las piernas de Elsa con unas correas y su cabeza con una ancha cinta—. Estás temblando…
—Prométeme que, si me duele, pararás…
Él la observó durante unos segundos, con una mezcla de ternura y lástima, sintiendo una punzada de deseo, de tenerla entre sus brazos y protegerla, sobre todo, de si misma.
—De acuerdo.
Se sentó en una silla frente a Elsa. Se fue aproximando, a la vez que se ajustaba el cilindro negro a su ojo derecho. Cogió la cámara con las pinzas y las acercó despacio al centro de su ojo hasta que contactaron con la córnea. Ella gimió y él tuvo que impedir, con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, que cerrara los párpados. Las pinzas se iban introduciendo con lentitud a través de la pupila como una pala en la arena seca. Marcos las retiró y acercó su rostro al de Elsa hasta que la otra base del cilindro contactó con su ojo.
—No veo la choza, solo unos cuantos árboles. Tengo que mover otra vez la cámara—. Cogió de nuevo las pinzas y tanteó a través de la pupila.
—Sí, aquí está.
—¿Qué ves?
—Un cobertizo de madera. Está medio derruido. Ahora percibo a dos hombres. Son morenos, de unos cuarenta años. Están de espaldas. Hablan…¡Discuten! Uno saca un cuchillo. Lo mueve con rapidez. ¡Se lo clava al otro en el pecho!
—¡Dios mío!
Marcos manejó con lentitud las pinzas hasta extraer la cámara. Separó su rostro del rostro de Elsa. Se quitó la lente.
—Conseguiremos evitarlo—aseguró, intentando convencerla—.Tranquilízate. Respira lentamente: Así… Bien, bien, bien… Ahora te iré guiando hasta ese plano. Lograremos llegar a ese escenario que creaste con tu imaginación y observarás atentamente a esos seres para averiguar quienes son en realidad y por qué deseas que se produzca esa muerte.
Secó las lágrimas de Elsa y comenzó a desenganchar sus ataduras. Cuando terminó, cogió su mano acariciándola con dulzura. Ella le sonrió.
—Te explicaré cómo extinguir ese deseo… Creo que estamos aún a tiempo.
Guardó silencio durante unos instantes mientras contemplaba sus ojos de jade: holograma vivo que capturaba y manifestaba el pasado y presente de las realidades visibles y ocultas.
—Nadie morirá.
Carmen Salgado Romera (Mara)
Noviembre 8, 2009 a 6:04 pm
Luis Irles
Apreciada Mara: Muchísimas gracias por tus palabras y por habernos enviado este magnífico relato que procuraré subir a la sección de Cuentos lo antes posible.
Recibe un fuerte abrazo,
Luis