CUATRO PALABRAS PARA UNA VIDA

Tajalápiz

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tajalapiz
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Nací en una ciudad donde las piedras de los edificios son doradas, a fuerza de bañarse todo el año en la luz del sol. Poco disfruté de ella, pues con seis años tuve que dejar las calles conocidas, los amigos apenas esbozados, los parques y los columpios que me eran familiares y también a mis abuelos y la insólita casa en la que vivían, detrás de la universidad.
Me llevé recuerdos, el acento peculiar de mis paisanos y sus palabras, que yo creía universales, entendiendo que el universo se extendía hasta los confines de la Península Ibérica, incluyendo la cercana Portugal. Pero no era así. Cuando empecé a ir al colegio en la extraña y gris ciudad donde habían destinado a mi padre, me di cuenta de que existían las barreras del idioma, aun dentro del castellano.
Cada palabra que utilizábamos de manera diferente para designar lo mismo, era un clavo que me ataba a mi pasado, a mis raíces y que me separaba de ese nuevo lugar que parecía moverse a golpe de sílabas  para alejarse de mí.
Me sentí triste y desarraigada durante un tiempo y necesité repetirme muchas veces que estaba condenada a vivir en aquel sitio en el que yo no era nadie, ni en casa ni fuera de casa, pues mi hermanajo recién nacido me desplazó tanto como las palabras.
Me volví orgullosa de mi pequeño patrimonio de letras, aun cuando acepté, por no tener otra opción, sus palabras.
Una de ellas fue “sacapuntas”, horrendo sinónimo de mi fino “afilapuntas”, que “tajalápiz” me ha traído al recuerdo.
Y es que las palabras tienen un gran poder de evocación, no menor que su poder de provocación y de otros muchos poderes que contienen las letras.
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Encandilar

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plaza.mayor.leon
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No recuerdo bien si fue poco antes del traslado laboral de mi padre de Salamanca a León, o pasados unos meses, cuando mis padres me dijeron que mi abuelo había muerto. Incrédula esperé verle, como siempre, sentado en  el banco del parque donde me llevaba a jugar. Pero no. No volví a verle más. Mi abuela, que hasta entonces había pasado desapercibida para mí, se transformó en un ser poderoso, inmenso,  como si hubiera asumido dentro de sí el frágil cuerpo de mi abuelo, que no su tímida personalidad.
Esos son los últimos recuerdos de mi infancia en la bella Salamanca. Cada vez que vuelvo allí, miro las piedras doradas de la Casa de las Conchas, de la Universidad, de la calle Libreros, donde vivían mis abuelos, y respiro ese aire limpio que me borra la nostalgia.
Me fui acostumbrando a la nueva ciudad. Empecé a tomarle cariño al ir descubriendo mi barrio e integrarme en el ambiente del colegio, aunque estaba en el grupo de las empollonas, de las pocas que no se sabían la letra de las canciones de moda, de las que se estampaban contra el potro en el gimnasio.
Descubrí la Catedral y sus impresionantes vidrieras, las  maravillosas iglesias que salpicaban de historia la ciudad, las típicas calles y plazas, llenas de vida. Poco a poco,  León me fue encandilando.
Recuerdo que los domingos iba con mi padre y mi hermano al kiosco y a tomar “un butanito” –refresco de naranja–, mientras mi madre quedaba en casa haciendo la comida.
Y no me puedo acordar de mucha más diversión que leer el tebeo semanal, porque solo tenía tiempo para estudiar-dormir-comer.
Por eso, casi ni me enteré de que mi madre estaba embarazada y mi nuevo hermano llegó sin que me diera cuenta. ¡Ahora que mi primer hermano y yo éramos uña y carne!
Mi hermano pequeño trajo varias novedades, por ejemplo, nuestro primer coche, un “seiscientos”.
También coincidió su nacimiento con el comienzo de mi emancipación: los domingos por la tarde ya podía ir con mis amigas y sus hermanas mayores a ver películas en las salas de cine de los colegios de curas y, cuando teníamos dinero para ello, a los cines de verdad.
Al acabar los estudios en el colegio llegaron más novedades: el instituto femenino, nuevas amigas, las discotecas… ¡cuánto me gustaba bailar!
Cuando ingresé en la Universidad empezaron los vinos en el Barrio Húmedo, los primeros suspensos, el agobio de pensar en encontrar trabajo nada más acabar  de estudiar la carrera…
Fueron tres cursos  duros, pero llenos de emociones, en los que me desplazaba en bicicleta desde mi casa hasta la Escuela Universitaria,  pasando por el puente que hay por encima de las vías del tren.
Muchas veces, al mirar las vías, pensaba que el ferrocarril tenía que ser un mundo hecho de sueños, de los sueños de cada viajero. Y sentía  que algún día conocería ese mundo, aunque no se me ocurría la relación entre cultivos y carriles, granjas y estaciones.
Pero algo, dentro de mí- o quizás como una nube alrededor de mi cabeza- me decía que sí, que algún día las vías serían como las venas de mi cuerpo y los trenes, como la sangre que circula por ellas. Acerté.
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Espuma


soria
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Siempre he sentido que  el tren tiene algo de mágico. Lo descubrí de pequeña, cuando aún no teníamos coche y en vacaciones nos desplazábamos  a ver a mi familia materna. Las máquinas eran de carbón y  los pasajeros, tres cuartos de hora después, también.
Íbamos a mi Soria de tíos y primos, de fiestas y de vaquillas, de  S. Juan de Duero  y S. Saturio. De calles y lugares cargados de historia, que se revive, si se está en silencio,  a cada respiración…
Soria, mi pensamiento constante, que anhelo como nadie sabe, donde encontré el calor de sus gentes, donde nacieron  las mujeres a quien más admiro: mi abuela y mi madre.
Soria, simiente de vida que florece en primavera y se cubre de nívea  paz cada invierno, la tierra que quiero que  sea mi reposo final…
Muchas veces he pensado que me equivoqué al nacer en Salamanca porque también empieza por “S” y soy despistada.
Por Dios que valoro la  bella ciudad en la que nací, pero es que Soria me hechizó sin remedio.
León fue un paréntesis, fue la tierra donde sembré las semillas de mi  futuro, pero la cosecha estaba más allá de sus confines: Asturias.
Asturias es espuma, de olas que rugen desgarrando sus entrañas, de sidra que restalla en los amplios vasos, de saltos de agua que rompen sobre las rocas…
Allí me llevó el destino cuando tenía veintidós años para trabajar  en el ferrocarril, viajando en las máquinas, pues ingresé de ayudante de maquinista.
El ferrocarril… ¡ese mundo que había imaginado hecho con los sueños de los viajeros! Y tal como pensaba, las vías han llegado a ser mis venas  y los trenes,  mi sangre.
A veces, casi hasta el punto de hacerme sufrir un infarto… pero sé que si vivo hasta la edad de jubilarme, iré a ver los trenes, como cuando de niña me llevaba mi padre cogida de la mano a la estación de Salamanca.
Y siempre recordaré la fascinante experiencia de ver desde las cabinas los magníficos paisajes de  mi tierra anfitriona: Asturias, esta tierra verde, azul y gris que me ha dado durante más de la mitad de mi vida amigos, trabajo, hogar y dos hijas que crecen deprisa mientras yo maduro añorando  a mi Soria del alma.
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Cierzo

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Mi último deseo: que las cenizas de este cuerpo sean esparcidas desde el puente cercano a los Arcos de S. Juan de Duero, para que mi alma pueda volar con el cierzo sobre el manto de la nívea paz soriana,  si es invierno.
Si no es invierno, simplemente será paz.
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Mara (María del Carmen Salgado Romera)


Amaterasu

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Frente a mi cama, un pequeño espejo. Sobre la cómoda, un sable. Colgada de mi pecho, una joya en forma de esfera. Son los tres únicos objetos que me unen a un pasado del que no recuerdo absolutamente nada.

Sé que mi hermano murió junto a mis padres, porque me lo contó Jimmu cuando me recogió en su casa. Allí, junto con otros niños sin hogar aprendí muchas cosas. Por el día me gustaba jugar al ajedrez y por la noche lloraba.

Después de muchos amaneceres de luz dorada tintada de azul y de añil, fui a estudiar a Tokio, al centro de la capital. El ruido me escocía en los ojos y la multitud me hacía callar.

Pero por mucho que callara no era capaz de escuchar nada de mi pasado. Ni a fuerza de apretar la joya en forma de esfera que Jimmu me dijo que era de mi madre.

Sobre el pequeño espejo, desde niña, intento imaginar sus facciones.
La quiero ver con el cabello largo y suelto, oliendo a flores. Y sobre su rostro paso los dedos. Su piel suave tiene textura de frío cristal. Y su sonrisa me llega sin sonido. Como la de mi padre.

Lo veo un paso por delante de mi madre, protegiendo su frágil silueta con la sombra cálida de su cuerpo. De su cintura se proyecta la espada que cada noche vela mis sueños como un brazo protector.

Mi hermano no ha muerto, él vive dentro de mí. No me habla, pero me hace escuchar canciones que me hacen reír, que me hacen vibrar.
Cuando las oigo, soy otra persona capaz de romper mi muro de silencio. Pero eso sólo puedo hacerlo de noche.

De día mis palabras surgen de mi mente y no pasan por mi corazón. Hasta la noche, todas las imágenes que veo desde que salgo de casa y llego a mi despacho son planas, estáticas. La gente aquí es también plana, no tiene perfil. Nadie sabe que yo les veo así.

Día tras día, actúo sin implicarme y dejo que vayan pasando las horas hasta que el sol se va y las luces no son capaces de dejar ver mi rostro. Entonces muero, muero cada día para dejar vivir a mi hermano.

Él nace cada vez que me desnudo en el camerino y cubro mis pequeños pechos para que no se noten. Después no recuerdo nada hasta que salgo del local con la ropa de mi hermano Elvis en el bolso, escuchando dentro de mí sus palabras: “El mundo parece más vivo por la noche, parece como si Dios no lo estuviese viendo”.

A veces voy hasta casa tarareando una y otra vez nuestras canciones. Cuando llego a la puerta de mi apartamento me reciben 24 tatamis de silencio. Silencio que sólo yo puedo romper.

En el trabajo no es así. Me gustaría cambiarme al departamento de teian. Cada día me resulta más tedioso ver las caras de la gente, casi siempre nuevos rostros de candidatos entre los que tengo que seleccionar.

Les pregunto sus nombres mirándoles a los ojos, intentando encontrar a alguien especial. Nunca lo he conseguido. Mañana, otra tanda de aspirantes que será tan anodina como todas…

—¿Nombre?
—Peter Saku
—¿Fecha de nacimiento?
—Yo veinticinco ¿y tú? —contesta sonriendo altanero. Le miro severamente. No pierde de vista mi escote.
—Te conozco. Me sobresalto, pues creo reconocer su rostro mestizo, pero no sé donde lo he visto. Me extraña que me tutee.
—¿Perdón?
—Tu eres Elvis.
—No le entiendo. Por favor, sigamos con la entrevista.
—No, tú eres la que hace de Elvis en el Meyasubako. Me imagino que por aquí no lo sabrán… ¿verdad? —me dice con guasa, mostrando una sonrisa intrigante —He visto tu colgante en forma de esfera…

Le miro impasible. Le invito a marcharse. Me hace un guiño. Se va. Dudo un instante. Cojo mi bolso. Invento una excusa. Le sigo hasta la estación. Sube a un cercanías de la línea Este. Le busco dentro.

— ¿Qué quieres?
—Mira, a mí no me la das. Mucho rollo de ejecutiva, pero tu eres tan mierda como yo. Tan mierda como Elvis, tan mierda como todo.

No me pude contener. Le empujé, le grité que Elvis era mi hermano y que el único mierda era él.

—¿No te jode la tía que dice que es hermana de Elvis? Estás pirada…

Se bajó en la parada de Yokohama gritando: “¡Elvis era un mierda que la palmó por ser un mierda! ¡Y tú eres una puta!”.
Un impresentable…con perfil.

De nuevo en la oficina, leí atentamente su currículo. Padre japonés, madre americana… Ingeniero recién licenciado… Vive en Shinjuku. Trabaja en su barrio por las tardes en una tienda de discos.

Desde aquel día, cuando acabo el trabajo, cojo el tren hasta allí. Atravieso el Shinjuku gyoen sin que los árboles y las flores sean capaces de sosegarme.

Espero siempre en la misma cafetería. Escondiendo mi rubor tras el cristal, miro como sube la calle con su andar de chulo. Acaricio con mi mirada sus largas piernas, me detengo en sus fuertes muslos para frotar dulcemente, con mi mano invisible, allí donde acaban. Le despojo de su cazadora y me detengo en su boca. Siempre en su boca, mientras me aprieto más y más contra él.

Hasta que la calle le aleja de mí. Entonces le sigo y cuando llega a su trabajo regreso a mi casa. Espero con ansia la hora de ir al local. Sobre el escenario, antes de coger el micrófono, antes de saludar, le busco. Casi siempre está. Me mira con fijeza. Noto dentro de mí un deseo que me desgarra y que se escapa por mi mirada.

Cuando la música comienza, me desvanezco y cuando salgo a la calle el aire me trae de nuevo.

Esta noche los dueños de la sala se han enfadado conmigo. Me han dicho que me he acercado a su mesa, me he abalanzado sobre él y con una voz muy extraña, una voz de hombre, le he dicho: “Déjala en paz, bastardo”. Después le he dado un empujón. No lo sé, no recuerdo nada.

Ahora está en la calle fumando, apoyado sobre la pared, a unos metros de mí. No sé que hacer.

María del Carmen Salgado Romera – Mara

Pizarra

“Hoy día la gente conoce el precio de todo y el valor de nada” O. Wilde

PIZARRA.CUENTO

“SE REGALAN PALABRAS”

La pancarta de tela blanca se mecía, liviana, al compás de las risas, las voces y la brisa de la soleada mañana de fiesta recién estrenada. Las personas se arracimaban alrededor de los puestos de la feria curioseando, dejándose fascinar por los carteles que prometían sorpresas y diversión.

Aún no había nadie delante del sencillo puesto situado debajo de la pancarta que contaba, tan solo, con una mesa y una silla ocupada por un hombre delgado de unos cuarenta o cincuenta años, con el pelo algo largo y canoso que observaba a la gente con sus ojos penetrantes.

Yo había llegado al pequeño pueblo el día anterior. Me enteré de la fiesta por los coloridos anuncios de papel pegados en fachadas y farolas. Reconocí al feriante por habernos cruzado en el pasillo de la pensión.
Me había producido una extraña impresión, como si a su alrededor hubiera algo. Algo que saliera de él y se pudiera meter en los demás y luego regresara a él. No sé. Pensé que era una tontería y me olvidé del hombre hasta que volví a verle en el comedor a la hora de la cena.

Allí no me dio ninguna sensación rara, pero me enteré de que trabajaba de mago. La dueña de la pensión y la extranjera camarera le trataban con mucho respeto. O con miedo. También algunos de los huéspedes parecían afectados por su seriedad y por ese aire de estar controlando continuamente todo y a todos. Sentía curiosidad por él, pero el cansancio del viaje me hizo indiferente a su mirada y procuré acabar pronto para acostarme.
Por la mañana decidí ir a la feria, más por pasar el rato que porque me atraiga el andar solo entre la gente. Deambulaba por allí sin poderme quitar de la cabeza el puesto del mago. De tanto en tanto miraba. Había crecido el semicírculo de hombres, mujeres y niños que le observaban… Nadie se acercaba. Quizás si hubiera regalado algo de comer se hubieran agolpado ansiosos, pero una palabra… una palabra gratis, cuando las tenemos todas gratis, no parece un gran regalo. O, tal vez, era porque su apariencia les intimidaba .
Mi curiosidad iba en aumento. Me acerqué. Caminé hasta sobrepasar a las últimas personas situadas a unos cinco metros de la mesa. Después, las miradas de todos se concentraron en mí, como si hubiera entrado en una zona prohibida.

No soy tímido, pero me costó seguir avanzando. El mago tenía la vista fija en sus manos entrecruzadas. Solo cuando ya estaba al borde de la mesa alzó los párpados.

—¿Quieres tu palabra?
—Sí
—No podrás compartirla con nadie.
—De acuerdo.
“Pizarra”— Me dijo.
“¡Qué tontería!— pensé— ¡tanto misterio para esto!
—Gracias— contesté.
—Recuerda que no debes decirla a nadie.

Asentí procurando mantenerme serio. ¡Menudo mago! Al darme la vuelta tropecé con un hombre que esperaba para recoger su palabra. Iba a hacerle un comentario sarcástico pero me sorprendió ver que se había formado una cola de unas quince o veinte personas.

Me quedé observando. Todos se ponían muy serios cuando el mago hablaba con ellos. Luego volvían a sus grupos, pero ya no eran los mismos. A medida que los hombres, mujeres y niños recibían su palabra, el silencio se adueñaba de la feria.

Comenzó a llover y las gotas parecieron diluir la tensión. La gente, entre carreras y risas, buscaba refugio bajo la carpa del bar o los árboles.

Yo también me refugié durante los minutos que duró el chaparrón, preguntándome qué palabras les habría dicho para que, al oírla, se quedaran todos tan serios, cuando la mía me había parecido tan simple que casi ni me acordaba de ella.

¡Ah, sí!: ¡Pizarra! ¿Pizarra? Pizarra.

Los recuerdos fueron adueñándose de mí. Aquel hombre flaco, ojeroso y canoso- fuera mago o farsante- me había regalado el recuerdo de chirridos hirientes y borradores que esparcían el polvo de dibujos, palabras y números muertos. Me vi con mandilón azul y calcetines hasta la rodilla. Volví a sentir como una mano, casi siempre la de mi madre, cogía la mía cada vez que salía a la calle.

Regresé al puesto de la feria para agradecer al mago ese billete a mi pasado, pero ya no estaba.

“Pizarra” iba calando más y más en mí a medida que pasaban los días: ya no solo era el encerado de mi primera clase, era el sonido, el olor, el color de todo cuanto viví, de todo lo que sentí, el recuerdo de cada compañero, de cada profesor durante cada día de mis estudios. Era también el pizarrín compartido con mis hermanos en el que los garabatos daban paso a las faltas de ortografía, a las primeras cuentas. Era la pizarra que regalé a mi sobrina y su mano en el hueco de la mía mientras hacíamos la “O”…

De pizarra eran también los tejados de los edificios de aquel pueblo del que marché al día siguiente, decidido a encontrar al mago para que me regalara otra palabra.

Lo busqué, sin conseguir encontrarlo, durante todo el verano en las ferias de los pueblos próximos. En el otoño y el invierno, no: Me eché una novia y me olvidé del mago y de sus palabras. En el verano, justamente un año después, volví al pueblo.

El pueblo estaba casi deshabitado, parecía haber sido comido a bocados por un gigante: los tejados se adentraban en el vacío de los desvanes; los muros, hinchados, combados, amenazaban con caer sobre las aceras desdentadas.

No había ningún cartel anunciando la feria. Casi nadie por la calle. La dueña de la pensión había muerto. A la camarera no la hubiera reconocido, si no hubiera sido por su peculiar acento. Le pregunté por el mago. Le costó recordarlo. Ella no había ido a la feria y él no había vuelto por allí.

Viendo cómo había quedado el pueblo, recordando todo lo que empecé a sentir desde que “Pizarra” se apropió de mí, me di cuenta del poder que encierran las palabras cuando se saben utilizar. Especialmente algunas palabras.

—¿Por eso te hiciste marinero?
—No, compañero. Me hice marinero para olvidar.

Carmen Salgado Romera (Mara)

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Sintiendo Asturias

Por María del Carmen Salgado Romera

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Asturias es cremallera de dos colores: verde y azul.
Verde del agua de cielo reconvertida, azul de agua de mar removida.
Si cerrada la cremallera, sus dientes son las montañas, hijas de la tierra.
Si abierta, un abismo insondable de historia y leyenda se abre a nuestros pies.

Es, pues, necesario caminar con los ojos bien abiertos, para no caer en las trampas de sus hechizos, pues no son magia de poca monta, no.
Asturias se te cuela en el corazón y se instala allí silenciosa, prudente…

Si vives en ella, casi no te percatas entre el bullicio de lo cotidiano, de la gente de sonrisa fácil y corazón grandote (y… ¡demonios!, tan relimpios que hasta lavan el carbón). Pero si te vas –yo no lo sé, sólo lo intuyo– tiene que urbayate el alma.

Asturias, además, suena. Suena a gaita, a voces profundas que cantan canciones sencillas. Suena a hojas que se mecen en los árboles, a mugidos en los prados. Suena a arroyos y a ríos rápidos, a lagos calmos, a gotitas tiernas, a rumor de olas.

10Suena, pero muy quedo –tan quedo que casi no se oye– a niebla. A niebla que es escondite de duendes. A niebla que va desde azulada a gris oscura, que si está más alta ya no se llama niebla, se llama “nubes”.

Y las nubes son panzudas, como rellenas. Se mueven lentamente. Están vivas porque se juntan, se separan, algunas son más rápidas –pocas– y cuando se enfadan o están tristes, lloran. Lloran gotas de lluvia. Las nubes están casi siempre ahí.

Por eso el sol en Asturias se vende embotellado. Porque a granel, casi no hay. Al sol embotellado le llaman sidra. Son rayos mejorados, que fueron en su día capturados por las manzanas y que tienen propiedades curativas. En dosis adecuada, según cada cual, limpian el cuerpo y el alma por dentro ( y los bajos de los pantalones y los zapatos por fuera). Y huelen, primero a dulce y después a ácido. Porque la sidra también madura, como la gente. Dulce se toma con castañas y es fiesta de niños y grandes. Madura se toma, generalmente, en compañía frente a mostradores repletos de pinchos y marisco de tacto rugoso y de color rojizo.

Porque Asturias también se toca: en lo escurridizo y resbaloso de las truchas, en lo pegajoso del pulpo. Se toca en las plumas perdidas de los pájaros en el bosque, en el tacto húmedo de las setas, en el rugoso de las rocas o el flexible de la vegetación.

Se toca en la humedad que se mete por poros y oquedades, que se tiende a dormir perezosamente en las sábanas estirándose como los hilos de plata de los dedos de la luna, que acarician a la Asturias que quisiera dormir, pero tiene turno de noche… que huele a bosque, a carbón, acero y mar.

María del Carmen Salgado Romera (Mara)

Nota: “Urbayate” es una palabra que no sé si existe, la derivo de urbayo que es el nombre que le dan a una lluvia muy fina y persistente y lo digo en el sentido de “llorar” (llorar el alma, si te vas).

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DOCE Y EL MAR

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Doce, escrito en letra con rotulador permanente sobre la mesa redonda de la terraza del bar hispano. Enfrente la carretera y luego el mar.

Deliciosa soledad, burbuja de silencio, entre el circular de coches de colores y rumor amortiguado de olas.

Doce y me pongo a recitar los meses del año, las horas del reloj, a recordar que son doce los apóstoles, doce los cascabeles que lleva mi caballo por la carretera, doce los signos del zodiaco. Que en mis doce años apilo todos los recuerdos de mi adolescencia y que son doce también, las puntas que tiene la estrella que he prometido volver a buscar al mar de éter.

Doce y el mar.

Doce, el mar y una cerveza. No pasa nada, el mar calmo y rutinario coloca olas pequeñas sobre la playa. Una furgoneta acaba de aparcar. Descarga bebidas para el bar hispano.

Doce y los campos verdes de hierba alta y los rojos de amapolas y los amarillos de trigo. Cuando hay viento también parecen un mar y, a veces, colocan semillas pequeñas sobre la tierra.

Doce y Castilla, las campanas de las iglesias repicando, transmutando el sueño en hechizo.

Doce y la espuma del mar está atrapada en mi jarra de elixir de lúpulo y cebada. Si me la bebo, se irán desdibujando los peces, las algas y las sirenas. Los barcos encallarán en los mares de trigo, cebada y centeno. Las amapolas volarán, rojas, y yo tañeré las campanas llamando a fiesta.

Bebo, pero no ha pasado nada. Quito con mi dedo índice la espuma de la comisura de mis labios y leo de nuevo: doce.

Cuento las gaviotas que ahora mismo están volando: Ocho. Las personas de colores fríos y los coches amarillos. Pago la cerveza al camarero hispano, cruzo la carretera y sobre la arena escribo DOCE con un palo, atropellando huellas de gaviotas.

La brisa me refresca. Ahora ya sé lo que es doce: Doce es un universo, un giro completo, doce es la puerta que sella el renacer. Doce es lo conocido y lo tangible.

Doy la espalda al mar y vuelvo al bar hispano. En la mesa, escrito en letra con rotulador permanente pone “trece”. Me doy la vuelta: ya no tengo ganas de entrar. Y cuento las cigüeñas mientras escucho el rumor lejano de los mares de trigo, de hierba y de amapolas. Las campanas repiquetean tocando a fiesta.

Y doy vueltas y vueltas de alegría, con mis pies descalzos y mi vestido blanco. Tengo doce años y de mi cuello pende mi estrella de cuarzo blanco de doce puntas, la que prometí coger cuando fuera mayor, en el mar de éter.

Doce.

Doce y el mar.

Mara (Mª del Carmen Salgado Romera)


La primera sirena

“Vi nacer a la primera sirena. Acérquense, se lo voy a contar en voz muy baja… no quiero que me escuche mucha gente, sólo las personas capaces de creer que hay otras dimensiones más allá de las 3D.”


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“Shaxan, la dulce diosa creadora, cuyos ojos iluminan el interior de las cosas, jugaba una tarde a proyectar con sus largos dedos ondas sobre el mar.
Las ondulaciones iban tomando forma de mujer: primero un abanico de cabellos, sobre un delicado rostro; después un maravilloso torso y una estrecha cintura…
Se quedó mirando las líneas que se mantenían inmóviles sobre el mar, ahora embravecido.
Decidió dar vida a aquellos rasgos y transmitir al nuevo ser todas sus cualidades femeninas, menos una: la capacidad de procrear, pues temió que aquella criatura, a la que puso como nombre “Sirena”, cautivara a los hombres con su irresistible belleza, robándoles la voluntad.
Por ello a su cintura, unió una cola de pez de escamas multicolores y, al soplar sobre ella, la sirena abrió los ojos.
Sonriendo con gratitud a la diosa, se deslizó dentro del agua, maravillándose con todo cuanto veía. Se sentía tan feliz que, sin saber cómo, empezó a cantar.
Los tiburones se acercaron y la sirena, al verlos, sintió miedo, convirtiéndose –a sus ojos– en una estatua de coral.”

Mara (Mª del Carmen Salgado Romera)



Breve relato de terror

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ROBERT BLOCH, el famoso autor de Pshyco, que inmortalizó en el cine el genial Alfred Hitchcock, con Janet Leigh y Vera Miles, dos de sus rubias favoritas de las muchas que tuvo, escribió uno de los cuentos más breves y terroríficos de toda la historia de la literatura:

“Era el único hombre vivo sobre la tierra y, de repente, alguien llamó a su puerta…”

A mí me sigue produciendo escalofríos cada vez que lo leo.

Prince Valiant


El día que me echaron de ‘El Greco’

Bien, le digo a Shynie que piense si quiere conocer alguno de esos antiguos Cafés de Madrid, locales hermosos, bohemios, con toda una insustancial tendencia de evasión sin límite y sin verdaderos personajes para la pantalla grande o las librerías. El Greco, por ejemplo, Anticco Café con sabor italiano.

Me dice que bien. Claro que si no hubiese habido un cálculo previo de todo esto, no quedaría nada. O sea, como un día sin jarana para la convención; una ponencia sólida para la reunión de artistas y poetas malditos y una atractiva joven mujer californiana medio boba, de otra escuela psicosomática que no tiene más remedio que sentarse conmigo para que le hable del phike o what ever you like.

Pero la nena había apostado por los “sin remedio” y no había voltios suficientes para ese sin remedio, sin dinero, sin su América guardándole la espalda, sin nada, absolutamente nada, ni siquiera fantasía, sólo el poder de su voz y querer quebrantar la paz de aquel lugar antes de que llegara el fin del mundo, el temido fin del mundo que nos siguen anunciando los mormones.

Así que, de repente, se levantó como una pantera y se plantó encima de un taburete para recitar, con su bonito acento americano, un poema psicodélico de Timothy Leary.

Hold in reverence this Great Symbol of Transformation, and the whole world comes to you. Comes to you without harm dwelles in common wealth dweells in the union of Heaven and Earth. Offer music, food, wine, and the passing guest will stay a while, but the molecular message in its passage through the mouth is without flavor. It cannot be seen. It cannot be heard. It cannot be exhausted by use. It remains.

“¿Me invitas a una birra?, gracias tío…”, me dice el tipo sentado junto a mí. Total, que la protagonista de la historia podía estar comprometida allá en Sausalito con la propia esencia de la distancia para comer caro y no llegar a volver nunca. Lo supe de inmediato, sabía que no podía caminar hasta el Palacio de Justicia sin vomitar, más por alguna razón u otra nos obligaron, nos apremiaron, a que abandonáramos el hermoso Café Anticco. ¿Por qué?, me he preguntado muchas veces: ¿Es que en Madrid ya no gusta la psicodelia?

Balarassa


Cómo aferrarse al vacío

EXACTAMENTE por el norte aquella ciudad, la de mi padre, limitaba con el mar. Puedo concebirla en estos momentos como un dibujo japonés, de líneas gruesas los edificios y el conjunto de las olas en trazos muy finos. Él no era policía, ¿cómo se le ocurrió entonces participar en aquella aventura? Hago una marca sobre esta mesa, establezco un itinerario entre las dos manchas húmedas que deja la taza de café y reconstruyo, lenta pero implacablemente, su largo viaje.

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Si le contara cuanto ocurrió, es seguro que Miriam enumeraría diversas hipótesis para explicarlo; y cada una de sus historias implicaría una prueba diferente de su humor. Pero no le diré nada, solo iré a acostarme con ella.Crece violentamente la noche. En otro lugar de la ciudad algunas personas deben estar dejando a un hombre en la sala de reclusos. Yo estoy obligado a asistir y, sin embargo, desde aquí, la idea de mi deber es inconsistente, muy débil: Ruedo los dedos sobre la línea húmeda que acabo de trazar, sonrío para mí mismo (¿hay en mi ausencia, en mi alejamiento de aquel sitio donde se me espera, un acto de crueldad?) y acepto que, finalmente, no abandonaré este lugar. Afuera ocurre un impresionante fenómeno que transforma árboles, calles y rostros. Me esfuerzo por crear un pensamiento acerca de la belleza de la noche; sostengo por un momento una serie de palabras, pero en seguida quedo indefenso. Día o noche, con el cielo embadurnado de colores y texturas: nada se altera. Mi compromiso se ha destruido: en el edificio desconocido, el hombre habrá de ser aceptado aunque nadie aparezca para entregarlo y aunque ni siquiera él pueda explicar qué hace allí. Los otros lo habrán dejado esperándome y yo no iré. Así, las últimas relaciones nuestras, en el presente, se borran. Permanece, por el contrario, la atadura que estableció otro tiempo, pero sólo es un recuerdo que únicamente tiene que ver conmigo.

* * *

POR EL EXTREMO de este local, que se llama Amor del Bueno, penetra un animado grupo de adolescentes. Otro acontecimiento en el que sólo puedo participar -dentro de mí mismo- como un tercero. ¿Cómo explicar que estoy detenido en medio de mi propia participación y las acciones de los demás? ¿He creado este límite irreal, soy culpable? ¿Cómo distinguir cuanto ahora ocurre -esas voces, los movimientos de esos cuerpos jóvenes- del hombre que aun puede esperar, en un gran edificio, al otro lado de la ciudad?

Uno de los adolescentes canta. Soy un hombre maduro, cuantas cosas en mí han comenzado a detenerse.

Repaso minuciosamente el esquema establecido para este último día, veo alejarse a Ira en el auto e intento decir que solo podré verla mañana, después del atardecer. Pero cuando hablo ya ella desaparece, se aleja dentro del núcleo cambiante que construyen las luces. La noche ha llegado con rapidez; me sorprenden su fuerza, su frescura. Estoy seguro que viví exhaustivamente cada minuto, que nada, hoy, dejé escapar. ¿Pero qué he hecho? ¿Con quiénes estuve, cuáles palabras quedan de la jornada? Persisten vagas resonancias, colores, débiles sonidos; trato de aprehender sus significados, pero es imposible: mi vida acaba de iniciarse con la ausencia de la mujer que se oculta ahí, en una vía de la ciudad. Ahora emprendo la aventura: recorrer mi propia historia, excluyendo la imaginación y el olvido, hasta que los actos formen parte de mí mismo y mi cuerpo y mi pensamiento obtengan las formas últimas de la lógica.

♦ ♦ ♦

Recepción en la embajada de Mónaco


blackhat.jpgNoté que él me miraba con insistencia desde el fondo del amplio salón. Yo fingí indiferencia.

Volví de nuevo a prestar atención al circulo de señoras que conversaban animadamente cerca de mí, luciendo sus elegantes y exclusivos modelos de alta costura, cargadas con bellísimas y valiosas joyas que destellaban uniformes bajo la suave luz que iluminaba el gran hall.

Me uní a ellas. Yo sonreía y asentía apropiadamente a sus intrascendentes comentarios, sabiendo que él me seguía mirando. Un camarero se aproximó. La mujer gruesa que estaba a mi lado intentó alcanzar un canapé de caviar y tropezó con mi pie. Pude asirla milagrosamente por su antebrazo y evitar así que cayera al suelo. Ella me sonrió agradecida.

Con el rabillo del ojo pude verlo cerca de la barra. Había deslizado su brazo alrededor de la cintura de una joven rubia y delgada. Ya no me miraba.

Un hombre alto y maduro se unió a nuestro círculo y yo me situé lentamente a su lado. Reí sus comentarios, agitando coquetamente hacia atrás mi cabeza. Después puse descuidadamente mi mano sobre la manga de su exquisita chaqueta de tweed.­

Eché un nuevo vistazo hacia el fondo del salón. Allí seguía él, tan atractivo y seguro de sí mismo, sosteniendo una copa de champán y flirteando con una pelirroja que vestía un ajustado traje negro.

Continué mirándolo.

Y entonces nuestros ojos se encontraron.

Él salió a la terraza que daba al amplio jardín a través de la puerta cercana a la barra del bar. Yo salí por la de enfrente.

Nos reunimos junto a la hermosa fuente, cuyos chorros de agua brillaban contra el claro de luna. Él buscó mi mano, después me dio un beso suave y fugaz.

Pero no habría más caricias esa noche, no hasta que hubiéramos vaciado nuestros bolsillos, hasta que hubiéramos calculado el valor de la pulsera de diamantes, del broche de rubíes, del reloj de oro de 18 quilates, del anillo con esmeraldas…