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Durante mi último viaje a Europa –que incluyó una breve estancia en Alemania– tuve la oportunidad de visitar el Museo Ludwig de Colonia, que presentaba en esos días la primera exposición individual del pintor francés Balthus. “Balthus existe”, escribió el poeta Rainer Maria Rilke, queriendo borrar así las sospechas que rondaban en las mentes de muchos críticos de que se trataba de un personaje de ficción. Y añadió algo más sobre el entonces jovencísimo creador plástico: “Estoy convencido de que, en unos pocos años, se convertirá en un artista con talento, tal vez con genio.” Sin lugar a dudas, el vaticinio de Rilke se cumplió ampliamente.

"Paciencia", 1943

"Paciencia", 1943

Balthasar Klossowski de Rola –este era su auténtico nombre– nació en 1908 en París. Era hijo de un matrimonio de orígen polaco, residente en la capital francesa, formado por Erich Klossowski –destacado historiador de arte– y por Elisabeth Dorothea Spiro, conocida como Baladine Klossowska. Ambos formaban parte de la élite cultural de la Ciudad-Luz. El hermano mayor de Balthus, Pierre Klossowski, fue un conocido filósofo muy influido por los escritos del Marqués de Sade. Esta peculiar familia sirvió de inspiración a Jean Cocteau, que los visitaba asiduamente, para su conocida novela Les Enfants Terribles. Balthus murió, como correspondía a su condición social, en una aristocrática mansión situada junto a la ladera de una montaña cercana a los Alpes suizos.

Autorretrato

Autorretrato

Balthus, que se definía a sí mismo como  “el rey de los gatos” (su único autorretrato lleva precisamente ese título), era una persona bastante introvertida aunque muy relacionada con los grandes artistas de la década de los 30. Su trabajo comenzó a ser admirado por muchos intelectuales y artistas parisinos –entre los que se encontraban André Bretón y Pablo Picasso. El gato, por supuesto, fue siempre el animal preferido de este excepcional artista. Rilke llegó a escribir un breve prefació para un librito que Balthus escribió siendo casi un niño. Era la historia del seductor, inquietante y misterioso gato “Mitsou”, que aparecía de la nada y desaparecía en la nada. Las tranquilizadoras palabras del poeta, al final de su breve prefacio, aclaran: “El gato no, pero Balthus existe.

Y por supuesto que existía: era dueño de una serie de castillos en Francia y Suiza, y siempre afirmó que poseía un antiguo título nobiliario — el de Conde Klossowski de Rola– con raíces familiares en las Highlands escocesas. Afirmaba también ser pariente directo de Lord Byron, y poco importa comprobar si era cierto o no. Lo que verdaderamente interesa es su extraordinaria obra pictórica. Para mí, los rasgos que mejor definen sus lienzos son –además de la perturbadora belleza de sus trazos intemporalmente clásicos, alejados de las modas y vanguardias imperantes en  aquellos años– la rigurosa ordenación compositiva y su pasión por unos pocos artistas auténticamente importantes, que de alguna u otra manera influyeron en su concepción del arte, especialmente Piero della Francesca y Masaccio.

2Fueron muchos los que injustamente calificaron a Balthus de pintor ‘voyeurista’ y algo impúdico al que le atraían las adolescentes . El primer cuadro que llamó la atención del crítico de arte Wilhelm Uhde y de Adré Breton fue “La calle”, de 1933. Dos aspectos convierten esta tela en una obra maestra: su estructura compositiva y una escena inquietante que aparece camuflada en la zona izquierda de la obra. Y es que el erotismo, para Balthus, siempre estará subordinado a la pintura. En el año 1934 expuso en la Galería Pierre de París “La lección de guitarra”, un cuadro que inicia uno de los temas más habituales en su pintura, el de las nabokovianas “lolitas”. Las adolescentes de Balthus, presentadas frecuentemente en posiciones insinuantes, se encuentran en espacios cerrados, dedicadas a la lectura, abandonadas al sueño o enfrascadas en sus pensamientos. Ciertamente, constituyen la mejor prueba del significado más puro y último de su pintura: la imposible recuperación del único paraíso perdido en la vida del hombre, es decir, la infancia.

… Tristes somos aquellos que no hemos nacidos de los dioses
Teresa Wilms Montt

Teresa de las Mercedes Wilms Montt, nació el 8 de septiembre de 1893 en la ciudad de Viña del Mar, en el seno de una acomodada familia compuesta por Federico Guillermo Wilms Montt y Brieba, y su señora Luz Victoria Montt y Montt. Dado el contexto social de la época, su instrucción estuvo a cargo de institutrices y profesores particulares. Cuando Teresa tenía 17 años, contrajo matrimonio con Gustavo Balmaceda Valdés. En los años siguientes (1911 y 1913) nacieron sus dos únicas hijas, Elisa y Silvia Luz.

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A poco andar el matrimonio, comenzaron las desavenencias entre Gustavo y Teresa, principalmente debido a las molestias del primero ante la personalidad de su mujer, quien había comenzado a frecuentar tertulias y ateneos y se había adscrito a los ideales anarquistas y a la masonería. Gustavo reaccionó resguardándose en el alcohol y el juego; Teresa, por su parte, en su amigo y primo de Gustavo, Vicente Balmaceda Zañartu, El Vicho (al que se referirá más tarde en su diario como Jean). Tras numerosos conflictos conyugales, traslados y cartas de Vicente Balmaceda dirigidas a Teresa, Gustavo Balmaceda convocó a un tribunal familiar, el que decretó su enclaustramiento en el Convento de la Preciosa Sangre, al que ingresó el 18 de octubre de 1915 y del que escapó en junio de 1916 con rumbo a Buenos Aires, ayudada por Vicente Huidobro. Durante su estada en el convento, comenzó a escribir su diario, en el cual consignó sus sentimientos respecto a la pérdida de sus hijas, a su separación de Vicente Balmaceda y las motivaciones de su primer intento de suicidio el 29 de marzo de 1916.

En Buenos Aires, colaboró en la revista Nosotros, en la que también lo hicieron en su oportunidad Gabriela Mistral y Ángel Cruchaga Santa María, entre otros. También, publicó su primera obra Inquietudes sentimentales, un conjunto de cincuenta poemas con rasgos surrealistas que gozó de un éxito arrollador en los círculos intelectuales de la sociedad bonaerense. Lo mismo ocurrió con Los tres cantos, obra en la que exploró el erotismo y la espiritualidad. Dos años después de esta obra, tras viajes a Barcelona y Nueva York, volvió a Buenos Aires y publicó Cuentos para hombres que todavía son niños. En él, evocó su infancia y algunas experiencias vitales, en narraciones de gran originalidad y fantasía.

En la inquietud del mármol se publicó en Barcelona y constituyó una elegía de tono lírico, compuesta por 35 fragmentos, cuyo motivo central fue la muerte. Escrita en primera persona, enfocó su interés en el rol mediatizador del amor de la vida y la muerte. También publicó Anuarí, obra inspirada en un romance que mantuvo con un joven bonaerense que se suicidó. Además, en 1922 apareció Lo que no se ha dicho, en él, se incluyen “Páginas de mi diario”, “Con las manos juntas”, “Los tres cantos”, “Del diario de Sylvia” y “Anuarí”.

Luego continuó viaje por Europa, visitando Londres y París, pero manteniendo siempre residencia en Madrid. En el año 1920 se reencontró con sus hijas en París; pero tras la partida de ellas, enfermó gravemente. En esta crisis, consumió una gran dosis de Veronal y falleció el 24 de diciembre de 1921. En las últimas páginas de su diario, escribió: “Morir, después de haber sentido todo y no ser nada…”.


Datos y fotografía extractados de los libros “TERESA WILMS MONTT: UN CANTO DE LIBERTAD”, de RUTH GONZALEZ-VERGARA, (Ed. Grijalbo-Mondadori y Random House Mondadori, 1993 a 2009, seis ediciones), y de “LIBRO DEL CAMINO, Obras Completas de Teresa Wilms Montt”, recopiladas, prologadas y comentadas por la misma autora. (1994-1995, dos ediciones).

Tal vez alguno de ustedes tuvo la ocasión de leer la crónica Sentada en la Torre Eiffel con los pies colgando, que envió nuestro corresponsal en la capital francesa y que fue publicada el pasado 17 de octubre bajo la firma de Judith Valence, seudónimo que suele utilizar nuestro colaborador cuando escribe –o escribía– en blogs y revistas electrónicas de escaso relieve. Saturnino Vanaclocha es su auténtico nombre, aunque pertenece a una de las más rancias y tradicionales familias catalanas. Anoche recibí este correo suyo donde me explica las razones que le obligan a presentar su irrevocable dimisión. Me he quedado de piedra.

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Auguste Renoir. Le Moulin de la Galette, 1876

Jefe: No puedo seguir trabajando para El Faro, lo siento mucho. Me da cierto reparo contárselo, pero sé que usted es una persona benevolente y lo entenderá: Hace veinte días me comí un Renoir. No uno de los importantes. Y tampoco el cuadro entero. Pero me las arreglé para desgarrar un trozo del tamaño de un plato de postre y masticarlo hasta que empecé a sentir como los amargos y corrosivos pigmentos aceitosos parecían abrasar el fondo de mi garganta. No obstante, me lo habría tragado completo de no haber sido porque un desconcertado guardián del Musée d’Orsay –al percatarse de mi acción—vino corriendo hacia mí, me tiró al suelo, me abrió la boca con todas sus fuerzas e introdujo varios de sus dedos en ella en un desesperado intento por sacarlo de allí. Al extraer tan bruscamente el pedazo de tela de mi faringe, me dañó seriamente el paladar. Fue un final desafortunado para mi ansiada y casi cumplida fantasía. Y duró poco, jefe.

Ahora estoy cumpliendo la condena de 18 meses que me impuso el juez, pero no me importa pasarme una temporada en la cárcel. ¿Sabe?, los franceses tratan a sus reclusos mejor que en cualquier otro país del mundo. Yo solamente tuve –y de eso hace ya bastante tiempo– una corta experiencia carcelaria en mi vida, un asunto poco importante y demasiado vergonzoso para hablar de él. La comida aquí es buena. Mejor que buena, diría yo: verduras frescas, nada de latas ni congelados. Y aunque la carne está a veces un poco dura, viene siempre acompañada de un pan crujiente y exquisito. Y vino. ¡Los franceses sirven un vino bastante aceptable en los comedores de sus prisiones! ¿Puede imaginarse usted esta clase de hospitalidad en los centros penitenciarios de nuestro país?

Seguiremos en contacto, don Luis. Tenemos derecho, cada semana, a una hora de internet en la biblioteca de “La Santé”. Un fuerte abrazo.

Saturnino

Fue una casualidad que la escritora norteameriana Joan Schenkar encontrara un buen día en una pequeña biblioteca de París más de 200 cartas firmadas por Dolly Ierne Wilde. La autora de las misivas pertenecía a la familia Wilde, y como casi todos sus parientes se trataba de una persona algo excéntrica, con magníficas dotes literarias, bohemia, a la que le gustaba llamar la atención con su original indumentaria.

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Dolly había nacido en 1895 y era hija de Willy, el hermano mayor de Oscar Wilde, la figura más importante del clan, aunque como el resto de la familia un ser agobiado por los problemas; en aquella época se le juzgaba en Londres por su homosexualidad, que en uno de los mayores escándalos e injusticias que se conocen le llevó a la cárcel.

Pues bien, a Joan Schenkar, que ya había oído hablar de nuestra protagonista y en busca de más datos sobre ella había realizado un viaje a París, el contenido de las cartas –en su mayoría de amor– le intrigó y cautivó de tal manera que a partir de estos documentos y de testimonios de la época decidió reconstruir la vida del singular personaje, protagonista de los aires locos y glamourosos de las primeras décadas del siglo XX.

Asegura la biógrafa que Dolly se parecía mucho a su tío. La presenta como una mujer optimista, muy alegre, aficionada a “la conversación incisiva, las conquistas de emergencia, los coches veloces, las películas extranjeras, la literatura experimental y a las actrices alcohólicas». Una mujer de armas tomar, una adelantada de su tiempo que se hacía querer y que incluso dos décadas después de su muerte la gente que la conoció seguía recordándola y sintiendo muy reciente el dolor por su desaparición (que se produjo en la primavera de 1941 en Londres). Dolly Wilde fue una mujer de las que dejan huella.

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Las cartas, verdaderos documentos sociales de una época, llevaban 60 años ocultas, sin embargo su lenguaje las actualizaba, era de una calidad excelente, aunque a veces su estilo gramatical resultaba algo ampuloso. En ellas hablaba de su relación con Natalie Clifford Barney, una expatriada estadounidense, dueña de un salón literario en el mismo centro de París, que introdujo a la sobrina de Wilde en el circuito parisino y con la que mantuvo una relación amorosa. A partir de esta «amistad», Dolly conoció a gente como Joyce, Proust, Truman Capote, Isadora Duncan o Marguerite Yourcenar, entre otros. Amistades de las que siempre sacó lo que pudo, porque lo suyo era vivir a expensas del dinero ajeno.

 
Judith Valence
Corresponsala en la Ciudad Luz
Le Phare de la Fin du Monde.
(El Faro del Fin del Mundo)
 

Mi amiga Solange trabaja por las mañanas en un Museo de París. Las tardes las dedica a su hogar, pues es madre de tres hijos de entre once y tres años y tiene en casa a su suegro, jubilado de los Ferrocarriles Franceses, que pasa el día sentado frente al reloj de la cocina dando vía libre a un tren imaginario de alta velocidad. También tiene a su cuidado un hermoso perro y un guacamayo que le regaló al segundo de sus hijos el día del cumpleaños.

A quien menos ve es a su marido, un ejecutivo de aspecto pulcro, siempre impecable de quien también se podría pensar que sólo suda por los tobillos. Digo esto porque en los últimos años parece que es el máximo exigible a un hombre de talla.

Hace poco, mientras tomábamos café, me confesó la envidia que había sentido al conocer la noticia de que el ex-propietario de la Inmobilier Sans Gabán que se presentó a declarar ante las correspondientes señorías por el caso de la lujosa urbanización “La Lune de Saint-Tropez”, en paños menores, había sido enviado por orden del presidente del Tribunal a un hospital privado a fin de que recibiera los cuidados necesarios.

-Ya ves, me dijo, con lo que yo daría por pasar aunque sólo fuera un fin de semana en algún centro donde me cuidaran… no pido que sea una buena clínica en los Alpes suizos, pero estoy al borde de mis fuerzas.

Lo que no llegué a sospechar es que unos días después de este encuentro, mi amiga iba a presentarse en su trabajo con unas bragas y sujetador a juego por todo atavío.

Su marido fue avisado de inmediato para que acudiera con alguna prenda que pudiera tapar la desnudez de la esposa que, entre tanto, fue recluida en los húmedos sótanos del Museo.

De lo que ocurrió tras este insólito hecho no tengo detalles, pero un tiempo después, me llegó la noticia de que Solange, abandonada por el marido y desposeída del hogar y de los hijos, andaba mendigando por los alrededores de la Place de la Concorde.

Todas sus pertenencias, cuando la encontré, las llevaba en un viejo carro de la compra que me pareció el suyo. Pedía de forma repetitiva «un euro para poder comer». Unos adolescentes que andaban paseando sus recién estrenados monopatines, se reían de ella instándola a que dijera «dólar» en lugar de «euro» sin que mi amiga pareciera advertir su presencia.

La tomé por un hombro con la ilusión de hacerla despertar de aquella pesadilla.
-Solange, susurré…
-Felice, Felice de Siracusse, respondió con la mirada perdida y una sonrisa medio siniestra.

Ha conseguido escapar, pensé mientras caminaba buscando dónde comprarme alguna blusa transparente y chic para la macrofiesta que organiza mi amigo Jea-Paul en su castillo del Loira este fin de semana…

Una de las visitas obligatorias para cualquier cinéfilo que viaje a París es a la Cinémathèque Française, que mantiene de forma permanente una programación muy diversa y siempre interesante. Tuve la ocasión de comprobarlo mientras permanecí en la Ciudad-Luz, asistiendo al ciclo dedicado en esos días a mis admirados Peter Handke y Wim Wenders.

Desgraciadamente sólo tuve tiempo de disfrutar de una de ellas: La mujer zurda, con la que Handke (controvertido novelista, autor teatral, guionista de Movimiento falso, de El cielo sobre Berlín y de El miedo del portero ante el penalty, de Wenders)  debutó como realizador cinematográfico en 1978. El film –interpretado por Edith Clever, Bruno Ganz, Bernhard Minetti, Angela Winkler, Michael Lonsdale y Gerard Depardieu, entre otros excelentes actores– no deja de tener interés, pese a lo discutible del resultado.

A mi juicio, La mujer zurda no es un film ‘polémico y reaccionario’ –como se le etiquetó en su época– a no ser que se entienda por tal una obra que se aparta del panfleto feminista, es decir, de la simplista consideración de que la felicidad consiste en la mera eliminación del hombre como único elemento generador de conflictos en la pareja.

Lo equivocado de la película no reside, pues, en el terreno ideológico, sino en el del estilo. Handke pretendió acercarse a realidad cotidiana con la mayor «objetividad» y para ello eligió un tono de crónica cercano al documental. A partir de una experiencia personal (Handke vivía en París desde 1970 separado de su esposa), plasmó aquí un caso de crisis personal y matrimonial desde una óptica femenina. Y queriendo evitar toda huella psicologista y sentimental de carácter literario, generó un relato descarnado, frío y distanciado que tiene poco que ver con el naturalismo propio de la narrativa tradicional.

Un ascetismo en la imagen que recuerda a Bresson, una planificación sostenida y con los actores frente a la cámara a media distancia, una búsqueda deliberada de un «cine de la mirada» (explícito homenaje al cineasta japonés Ozu), una sustitución de la psicología por el comportamiento (referencia al novelista Flaubert), además de evidentes concomitancias con el Antonioni de la Incomunicación (los personajes se convierten en objetos y los objetos en personajes) y de un palpable tributo a las entonces modernas corrientes del cine alemán (dirección de actores «teatral», saltos espacio-temporales, abundancia de tiempos dramáticamente «muertos»), configuran las características formales de un film repleto de implícitas y de explícitas referencias culturales que puede desconcertar a más de un espectador.

Handke creyó que lograba el máximo de «realismo» rehuyendo los artificios del relato de ficción sin caer en la cuenta de que la crónica o el documento deben también recurrir a ciertas convenciones narrativas, no ya para gratificar al público, sino para hacer ideológicamente productivo un trabajo estético que corre el peligro de quedar encerrado en sí mismo. Un ejemplo: al no explicitar los motivos de la crisis conyugal y al despreocuparse del contexto sociológico (de París sólo le interesó el paisaje urbanístico del extrarradio como telón de fondo de significación objetual), el drama de la protagonista se acerca peligrosamente a esa «angustia vital» de raíces irracionales y metafísicas que ignora los condicionamientos materiales de toda existencia humana.

Infeliz en su matrimonio y desgraciada en su soledad, la protagonista no parece asumir con lucidez su problema y, lógicamente, ante sí sólo halla la única certidumbre de la vejez y de la muerte (visita de su padre). La sombra de Bergman también planea sobre esta primera película de Peter Handke que, si hacemos caso a lo que declaró su autor, es ante todo una plasmación fílmica del universo plástico del pintor norteamericano Andrew Wyeth.

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Café Marais, París.

Hay días en que ocurren cosas inesperadas, hermosas, donde todo parece conjurarse para que el pasado retorne a nosotros y nos transporte súbitamente a una realidad ya vivida. No sé si a alguno de ustedes les habrá pasado alguna vez. ¿Cómo explicarlo? No es fácil. Yo estaba hace unas cuantas noches en mi pequeña buhardilla, cómodo y relajado. Había terminado mi estresante jornada laboral y -como suelo hacer muchas veces- comencé a navegar por los intrincados caminos de internet mientras escuchaba, al mismo tiempo, música de fondo procedente de alguna de las tantas emisoras a las que te puedes conectar desde el mismo computador. Súbitamente, comenzó a sonar uno de los más hermosos temas que se han compuesto jamás. Era la voz quebrada y profunda de Jacques Brel cantando Ne me quitte pas.

En ese mismo instante el tiempo retrocedió para mí, y como un nítido relámpago, pude evocar a este gran artista: sus facciones tan singulares, su boca grande de gruesos labios y dientes caballunos, su rostro inteligente de joven rebelde de todas las épocas, con la mirada tierna y lejana de un soñador idealista empedernido que reflejaba, al mismo tiempo, su desilusión e inconformismo con este mediocre mundo.

Mis pensamientos volvieron al Madrid de los sesenta, cuando escuché esa canción por primera vez, en la casa de unos amigos que celebraban la graduación -ya olvidé de qué- de una hermosísima muchacha francesa. Mientras oía la conmovedora voz de Brel, miraba embelesado sus indescriptibles ojos azules y su nariz de finos rasgos aguileños, que me recordaban la típica belleza gala que tantos pintores han tratado de representar, con un birrete tricolor, como en “La Liberté” del maestro Delacroix.

Ella puso nuevamente la canción y me pidió, con su coqueto acento francés, que la acompañara con mi inseparable guitarra, mientras la cantaba con su preciosa voz llena de sensualidad.

No sé todavía como surgió ese flechazo instantáneo entre los dos, pero esa intensa relación duró varios meses. Unos meses repletos de locura, alegría y desenfrenado amor. Pero su sueño revolucionario, (nuestro ídolo- como el de casi toda la juventud de aquella época- era el Ché Guevara), pudo más que nuestros momentos de pasión y ella decidió marchar a París, donde un grupo de estudiantes iniciaban una revolución juvenil que estaba punto de cambiar el mundo. Era mayo del 68.

No me di cuenta -hasta unas semanas después-, que tenía que seguirla y encontrarla como fuera, y con la ayuda de algunos amigos junté lo necesario para poder viajar a París.

Tenía una dirección de ella en Porte de Vanves donde, según me dijo, vivía junto a su hermana. Cuando finalmente llegué, después de un épico viaje, toqué el timbre de su puerta mientras sujetaba, nervioso, una rosa en mi mano. Temblé de emoción al sentir que la puerta se abría, pero no era ella a quien vi, sino a una vieja mujer de aspecto magrebí. Me dijo, en un pésimo francés, que esas personas se habían marchado hacía apenas tres días…

Recorrí todos los lugares que ella siempre me había nombrado: sus locales favoritos de París, frecuentados por jóvenes estudiantes sudamericanos. Con ellos -me comentó en una ocasión- podía compartir sus pensamientos políticos y su música. Estuve horas en “L’Odeon”, en “ La Casa de Chile y América del Sur”, “El Bohío”, etc, además de los comedores de La Sorbonne, -donde por unos pocos francos comían los estudiantes –y unos cuantos bistrot en Saint Germain , que también mencionaba. Pero nada pasó. Fué imposible encontrarla, así que volví en “auto-stop” hacía mi tierra desviándome premeditadamente hacia los Pirineos franceses, donde su familia tenía una vieja casa de piedra, medio abandonada, (en la cual nos habíamos refugiado alguna vez) como última esperanza de encontrarla y, al mismo tiempo, soñando -como un niño ilusionado- que ella me estaría esperando.

Escribí nervioso en el buscador de Google: “Odile B…” y apareció su nombre, datos actuales (relacionados con el arte) y su foto, en un lugar de América, el año pasado.

¿Cómo describir este extraño e inesperado reencuentro (tan sólo por mi parte), al ver ahora esa imagen de mujer madura, pero que todavía conserva esos rasgos maravillosos; los atractivos rasgos que aún recuerdo de su juventud?

Figura un correo en esa página, pero no sé qué haré ¿Escribirle para decirle todo lo que he sentido, lo que sigo sientiendo al recordarla?

Ya veré… De momento, sólo revivo aquellos instantes y vuelvo a ser el joven que una noche, allá en Madrid, escuchó por primera vez Ne me quitte pas y vivió, durante unos meses, una de las épocas más hermosas de su vida.

Lucio Mistral

NE ME QUITTE PAS – Jacques Brel

Su nombre: Guy des Cars, nacido el 6 de mayo de 1911 en Paris y fallecido el 21 de diciembre de 1993 también en la capital francesa. Hijo del aristócrata galo François de Pérusse, conde des Cars y de la chilena Maria Teresa Edwards.

guydescars200.jpg Casi sesenta años de carrera literaria y más de 300 millones de libros vendidos en el mundo no le sirvieron a Guy des Cars para ganarse el respeto de los críticos. Los jueces literarios –sobre todo los franceses– solían ignorar, por no decir despreciar, a este escritor demasiado leído para ser profundo… Pero este hecho jamás acobardó a Guy des Cars, quien estaba completamente convencido de que sólo la literatura popular perdurará en la historia.

“Escuche —le dijo en una ocasión a un periodista— se me reprocha vender, ser popular. Tolstoi, Dumas, Balzac eran populares. En su tiempo se los vapuleaba, pero eso no les impidió mantenerse. Dicen que yo escribo para las porteras, pero, amigo mío, las porteras ya no leen más desde que existe la tele. En literatura están los que se cuentan a si mismos. Yo elegí contar a los otros. Eso es lo que gusta, mi viejo; eso es lo que gusta “. La receta para des Cars era simple: seis meses de gestación de la historia, tres meses de escritura, ocho horas de trabajo por día, un té por la mañana, nada de almuerzo, un bolígrafo y varias resmas de papel cuadriculado. Guy detestaba el ruido de la máquina de escribir, y todos los lunes una secretaria retiraba sus manuscritos y los mecanografía en tres copias sobre las cuales el escritor hacía las correcciones. “Un libro se hace con esfuerzo. Hay días que todo va para el diablo, otros en que las cosas marchan bien. En todo caso yo escribo siempre a mano porque la mano se bate, acaricia, vive y además corrige a la velocidad del pensamiento. La mano modera y domestica las palabras”.

Hombre original, sincero y ligeramente vulgar en su lenguaje hablado, Guy des Cars fue educado por los jesuitas, a los que se unió a la edad de 7 años, permaneciendo hasta los 16. En ese tiempo, fue expulsado seis veces. Sus profesores decían de él: “Brillante alumno, pero de espíritu malvado”. A los 19 años de edad, se trasladó a Chile –y tras permanecer una corta temporada en el país andino– regresó a Francia y escribió una comedia teatral titulada Croisière pour Dames seules (Crucero para damas solteras), que gozó de un gran éxito.

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Con su vocación ya formada, Guy fue alumno de filosofía de Teilhard de Chardin, y para darle el gusto a su padre se doctoró en Derecho. Su progenitor estaba horrorizado ante la idea de que su hijo se dedicase a la literatura. Dispuesto a luchar por su vocación. Guy abandonó el cómodo castillo familiar para dedicarse al periodismo. Un día le propusieron un trabajo en Gringoire, pero él lo rechazó para entrar en Candide, donde solían publicar a jóvenes autores en su mayoría desconocidos. Más tarde León Baylby, que había leído sus escritos, le ofrece trabajar en Jour. Allí tuvo como compañero a un belga que debutaba: “Cada vez que lo enviaban a hacer un reportaje se instalaba en el café de la esquina y lo escribía. Un día lo echaron: era Georges Simenon“. Cuando llegó la guerra Guy des Cars fue nombrado teniente de caballería y de esa experiencia surge el perdón de su padre y su primera novela, El oficial sin nombre, que vendió nada menos que 750.000 ejemplares en cinco meses.

Era principios de 1942. “No quería volver a París, que estaba ocupada —contó des Cars—, y continué escribiendo. Hice La dama del circo, un libro que me negué a que lo filmara Clouzot porque trabajaba en el Continental, un lugar que estaba en manos alemanas. Pensé que al final de la guerra lo que necesitaríamos serían novelas porque pensaba que íbamos a estar invadidos por la literatura americana. Escribí entonces un gran libro: La impura, que Fayard, que había sido mi editor hasta entonces, no quiso publicar. Fue así que entré en Flammarion“.

Sin bien el estilo literario de des Cars es un dechado de lugares comunes y de frases remanidas, no hay duda de que sus personajes se salen completamente de lo común: “Hice 16 novelas que tratan casos patológicos, incluida la historia de un transexual. En ese género de novelas hay que ser muy verdadero, la credibilidad es muy importante. Es por esto que me documento, me introduzco en el ambiente de mi historia, asisto a operaciones, etcétera. Para La salvaje aprendí el alfabeto Braille dactilográfico y manual. Para La impura (una bella mujer que se vuelve leprosa) pasé tres meses en las islas Fidji en un leprosario. Esta trata la historia verídica de una gran maniquí rusa, amiga de mi madre.”

A pesar de ser un escritor popular por excelencia, (tal vez antes de que los americanos inventaran los best-sellers), Guy des Cars fue llevado al cine una sola vez. Eso sucedió en la Argentina, donde Daniel Tynaire realizó Hijas de la alegría, una película que el autor considera “bastante bien realizada”. Des Cars no aceptó nunca que sus novelas fueran adaptadas al cine porque piensaba que arruinarían su estilo.
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No tanto en España, pero sí en Sudamérica, sus novelas tuvieron una enorme aceptación, sobre todo en la Argentina. En este país sus más grandes éxitos fueron La impura —37 ediciones, 238.000 ejemplares— y El solitario —33 ediciones, 228.000 ejemplares—. Otro de sus libros, La ladrona, llegó a vender casi un cuarto de millón de ejemplares.

Es difícil calcular a cuánto pudo ascender su fortuna, pero baste decir que recibía cerca del 70 por ciento de las ventas, para darse cuenta de que era varias veces millonario. A pesar de esto detestaba los bienes terrenales y sólo era dueño de un castillo ubicado en el sur de Francia. En cuanto a su apartamento en París y a su automóvil, ambos eran alquilados. “Rico, dicen que soy rico cuando en realidad lo que soy es el mejor contribuyente de Francia. De cada 25 líneas que escribo, 22 se las doy al fisco”, declaró en cierta ocasión. Uno de sus más conocidas novelas, Te amaré eternamente, mantuvo imperturbables a los críticos parisienses, que, como siempre, lo ignoraron, mientras los diarios de provincia le dedicaban una buena cantidad de espacio. En este libro -el número 50 de su producción literaria- Guy des Cars se sumergía en una aventura alucinante digna de Hoffmann o de Edgar Poe, en la que volvía a demostrar, que por sorprendente que sea la realidad, ésta jamás pudo rivalizar con él.

A escasos veinte kilómetros de París, entre extensos jardines de ensueño, se alza el más noble de los palacios de Occidente: enriquecido por el arte y el fausto de tres siglos; admirado anualmente por cerca de tres millones de visitantes llegados de todas partes del globo, Versalles es el monumento que proclama la gloria de Francia.

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Crearon a Versalles los reyes de la casa de Borbón para mostrar ante Europa, expresado en términos de belleza, el sumo predominio de Francia. Pocos lugares menos adecuados habrían podido elegirse para un palacio de recreo: terreno cenagoso, arenisco, falto de agua viva. Verdad es que el primer castillo allí edificado por el misógino Luis XIII lo destinaba este monarca a albergue donde aislarse de París y de la Corte. Sólo después de fallecido Luis XIII, en 1643, y durante el reinado de su hijo y sucesor Luis XIV, fue cuando la Corte se trasladó a Versalles.

El joven Luis XIV, apuesto, majestuoso, cortés hasta para con los más humildes, se tomó muy en serio lo que él llamaba «el oficio de rey». A más de creer, como la generalidad de los franceses del siglo XVII, en el derecho divino de los reyes, creía asimismo que a tal derecho iba unida la obligación de edificar con magnificencia y vivir con esplendidez. En los siete decenios de su reinado, y aun en años subsiguientes, rara vez estuvieron ociosos el martillo y la piqueta. Alcanzó a 35.000 el número de obreros empleados a un tiempo en las obras de Versalles, y a millones de francos oro el costo de esas obras. Lo que había sido un marjal quedó trasformado en paraje maravilloso, digno de un cuento de hadas: kilómetros de bosquecillos, senderos, cientos de estatuas, fuentes, y un palacio que en ocasiones daba cabida a 10.000 residentes.

Actuaba en Versalles el «Rey Sol» en calidad de protagonista de un espectáculo grandioso, siempre a la vista de sus súbditos; pues si estaba convencido de que su poder emanaba del mismo Dios, estimaba igualmente que los súbditos debían tener «franco y libre acceso» a la presencia del soberano. Toda persona «de porte decente» podía llegarse a admirar al Rey cuando él, solitario y magnífico, permanecía sentado a la mesa en que le servían plato tras plato de generosos manjares. Los jardines, los salones de palacio, la larga Galería de los Espejos con su muebles de plata maciza y sus 17 arañas de cristal, estaban abiertos para cuantos acreditasen su condición de caballeros portando espada.

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Tan gloriosas parecían a ojos de todos la diaria salida y puesta del regio sol de Versalles, que presenciarlas se tuvo por singular privilegio. Por esto, y por lo riguroso del ceremonial que imperaba desde el acto de levantarse el Rey hasta el de retirarse a descansar, la suerte de los cortesanos pendía del menor ademán de Su Majestad. Se extendía la etiqueta más allá de las simples cuestiones de precedencia de lugar o de asiento, o del acto de llamar a una puerta, (jamás debía hacerse esto último golpeando, sino arañando con el meñique de la mano izquierda.) Desdichado de aquél que no se hallase presente cuando el Rey pasaba la mirada por la corte; porque el sagaz monarca mantenía a la nobleza cerca de su persona y dependiente de su real patrocinio. Ningún otro camino conducía a un noble al enriquecimiento; verse alejado de la Corte y confinado a su castillo significaba la ruina. Toda la aristocracia francesa aspiró a residir en Versalles, aun cuando hubiera de conformarse con los más mezquinos alojamientos del palacio.

El escenario donde se desenvolvió este espectáculo ofrecido por una monarquía absolutista fue, en lo principal, obra de tres hombres: Luis XIV, el arquitecto Mansart y el diseñador de parques y jardines Le Nótre. Los tres se propusieron crear un mundo en que la majestuosa regularidad del arte regulase la espontánea hermosura de la Naturaleza.

El cuerpo central del palacio continuó siendo el pequeño castillo de piedra y ladrillo rojo, emplomada techumbre gris azulenca, dorados balaústres de hierro forjado, y antepatio de mármol, edificado por Luis XIII. A esto añadió Luis XIV pabellones armoniosamente agrupados y largas alas de piedra de color claro que se prolongan en graciosa sucesión abarcando el espacio que hay hasta la alta verja del empedrado patio. Frente a la amplia fachada del palacio se extienden terrazas adornadas con parterres, estatuas y espejeantes estanques; la gran mancha de césped llamada Alfombra Verde; el enorme Estanque de Apolo, al cual sigue el Gran Canal cuyas rielantes aguas se alargan por cerca de dos kilómetros hacia los álamos que se recortan contra el suave azul de la lejanía.

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Man Ray (Filadelfia, 1890 – París, 1976) ha sido uno de los artistas más representativos de los años treinta. Conocido por sus pinturas surrealistas y sus films, fue la introducción de soportes y técnicas fotográficas en sus obras lo que motivó su destacado papel dentro del dadaísmo. Cuando comparaba sus rayogramas con las radiografías sólo quería expresar su desdén por los movimientos vaguardistas que trataban de mantener la relación del arte con la sociedad en que se inscribía.

Man Ray era un antiracionalista, o mejor, un racionalista que abominaba del resultado final de la técnica y el progreso: la guerra, la reproducción artística. No tuvo reparo en mezclar distintos métodos y objetos en el entorno del marco. Como buen dadaísta, partía de una preconización del capricho, de la arbitrariedad, de lo gratuito, contra una educación y cultura burguesas. El título de vanguardista que hoy se le adjudica tiene otro sentido, el de replantear los límites de la representación artística. Después se dejó llevar por el surrealismo. Escribió en 1937 el libro «La Photographie n’est pas l’art», con prólogo de André Breton, ajuste de cuentas con los fotógrafos. Sin embargo, no deja de ser curioso que, adelantándose muchos años, planteara polémicas y utilizara muchas ideas que han continuado una legión de imitadores, exégetas y epígonos, y dentro, precisamente de ese lenguaje, que últimamente es tan elástico que todo parece caber, sin coherencia.

manray-tears-1930.jpgNo desdeñó el trabajo comercial, al que impregnó de su personalidad. Como ejemplos, los portafolios «Les Champs Délicieux» (1922) y «Electricit» (1931), donde mezcla triviales referencias de una forma totalmente original, para sentirse a gusto dentro de la intrascendencia más revulsiva. La fotografía se convierte en un mero pincel al servicio de su búsqueda de la belleza en lo cotidiano. ‘Hay tantas maravillas en un vaso de vino como en el fondo del mar’, que le dedicaría Paul Eluard.

Trata, como si fuese un pionero, de descubrir nuevos caminos en el mundo del arte, y tanto, que ha sido él, pintor, el máximo responsable de que la fotografía sea considerada como una de las bellas artes. Intuitivo y emocional su obra se reparte entre bodegones y naturalezas muertas por un lado y retratos -de los personajes más significativos de la época que le tocó vivir- y desnudos protagonizados por mujeres fatales por otro.

Fotógrafo enigmático desde su nacimiento, no se sabe muy bien su apellido, hasta su muerte, ya que por su expreso deseo no se puede publicar su epitafio. Para conocerlo deberemos viajar a París y en el cementerio de Montparnasse, aclarar el misterio.

Man Ray fue un trabajador incansable e inquieto, que ha dejado su influencia hasta nuestros días.

Mr. Arriflex

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Luis Irles

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Nuestro entrañable amigo Tony T., miembro del grupo Café & Blogs, nos ha sorprendido muy gratamente al crear EL FARO MAGAZINE, una bitácora en la que ha comenzado a publicar una selección de artículos aparecidos en este Faro desde su inicio. Desde aquí le damos las gracias por el hermoso detalle que ha tenido con nosotros.

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Gracias por el premio, navegante de mares de papel.

PREMIO DARDO

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Nuestra muy querida amiga Capitana nos ha honrado con este bonito premio. Le agradecemos muy mucho el detalle que ha tenido con nosotros.

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

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