El Rey de los huevones, film de Boris Quercia

    El Rey de los huevones, film de Boris Quercia

Huevón

Por Carlos Droguett

es una palabra alegre, triste, cruel, optimista, angustiosa, débil, robusta, desafiante, filosófica voz sola, solitaria, cabal, total, ella sola se basta, es sustantivo adjetivo, verbo, adverbio anuncia una decisión o tarja una tragedia, sazona una anécdota, define un cuerpo o un alma, más bien un alma, alumbra el fondo ignorado y misterioso del hombre vale por un texto de filosofía, reemplaza un discurso y a varios oradores, voz llena de fiesta y amargura, llena de acción más que de inercia, voz llena de experiencia, es la más chilena, la más definidora, la más expresiva, la más sugerente, la más sensorial, la más popular, la más universal de las expresiones chilenas todos los hombres no son huevones, no, para llegar a serlo cabalmente hay que haber vivido un largo itinerario de sufrimiento, de viril amargura, de desesperante espera,no, muchos hombres, jamás obtendrán de la vida el privilegio de ser elevados a la categoría de un rotundo y completo huevón, jamás treparán a esa dignidad y deberán contentarse con rozar las aguas, con codearse con la innumerable grey de los huevetas.

Como se ve es una palabra de distinción, como las condecoraciones que ofrece la naturaleza, genio, belleza, carácter, sólo unos pocos son sus privilegiados. Hay hombres que en el curso de la vida, habiendo nacido en cuna de oro, los desplazamientos sociales del mundo que avanza, los posterga, los arroja cruelmente y sin retorno al estado llano. Eran aristócratas, ahora son del montón, ya no son huevones a secas, ya no les basta con su apellido, que se ha deslucido y deslustrado, ahora deben agregar a su apelativo otras palabras que indiquen que allá muy adentro, en los extramuros de la vida todavía alientan ellos, ellos que ahora se han convertido en unos pobres y tristes huevones.

Palabra soberbia, solitaria, orgullosa, jamás acompaña. Explota en el mediodía del idioma como un rotundo sol, ella sola se basta, ella sola define, desafía, provoca, insulta, mata o da la vida.

Como el tábano socrático, llama a la acción y al desvelo, voz despectiva, despreciativa, hiriente, burlona, cruel, encierra no obstante en su sustancia una irreemplazable semilla de estimación, de amor, de admiración, voz que no desprecia nunca.

Otra característica de ella es que enlaza con sus sílabas todos los estratos de la sociedad, el aristócrata y el roto en ella se entienden, es un puente, un trazo de unión que une a las diferentes capas sociales y que cosa curiosa, sirve más para unir que para desunir.

Cuando los contrincantes en el parlamento, en el arte, en la vida social o en la vida doméstica ya no tienen argumentos en la lengua ni en la memoria y sólo buscan afanosamente en los rincones las armas contundentes, las desviaciones o la alevosía, entonces milagrosamente hace ella su limpia aparición y rompe el nudo de sangre, pone un poco de sonrisa, de amable, cautelosa, adusta sonrisa en la tragedia. El roto mira al aristócrata, el patrón mira a su criado y entonces comprenden que son de la misma carne y de la misma sangre.

El hueveta es un huevón venido a menos que no obstante andar con la ropa raída y el pelo largo, todavía, a simple vista, conserva reflejos dorados de su antiguo esplendor. Ya no hay soberbia en él, sólo humildad, ya no es de la estirpe de los triunfadores, pero tampoco lo es de los derrotados.

En cambio, el pelotas es un advenedizo, un roto de mierda que por mucho que asciende en la escala social -más claro en la económica- jamás logrará adquirir asimilarse a la pura y rancia estirpe de aquel que por nacimiento y por destino es un huevón.

El alcance del significado sociológico de esta hermosa y rotunda locución está en la anécdota del loco. Se encontraba el cruel y vengativo enfermero -mezcla de matón de prostíbulo y de sargento de policía en el patio grande y para burlarse de los pobres enfermos trazó una raya con tiza en el suelo y prometiéndoles golosinas y fiestas los impulsaba a pasar bajo ella. Rotos y ensangrentados, llorosos y rientes, se amontonaban en el rincón asoleado del patio cuando le llegó el turno al loco esencial, quién exclamó con rotundo orgullo y complaciente despreciativa: Ah, no, yo no. Yo soy loco pero no huevón.

Porque el huevón tiene mucho de la lúcida y celeste ingenuidad de don Quijote.

Otra característica de esta expresión aparentemente hiriente es que ha perdido, si alguna vez la tuvo, toda característica obscena, conservándose como una de las voces más puras del idioma en esta parte sur del continente americano. Efectivamente, quien la usa no sólo trata de herir, de despertar al amor propio dormido o adormilado de alguien, de alguien querido o estimado casi siempre. No, ya es una expresión que sirve de punto de unión, de contacto, de combustible permanente e inagotable del idioma de los sentimientos que él quiere expresar. Me he fijado que familiares o amigos la usan en lugar del patronímico que interlocutor o reemplazando en ocasiones, y muy a menudo, las expresiones amigo, compañero, hermano, que dan curso o impulso a una conversación o una confidencia.

Fíjate huevón… te voy a contar huevón, es una frase que no tiene en absoluto una intención peyorativa o disminuidora, simplemente es un modo de acercarse a la ternura, a la pura alma, de enhebrarse al sentimiento del que oye o del compañero de conversación… Es un modo de demostrar absoluta confianza, fe, ilusión, intención de incorporar toda aquella alma a la propia.

Por último, para demostrar su capacidad de abarcarlo todo, no sólo ha salido del contorno del sexo masculino y ha pasado holgadamente al del sexo femenino.

Carlos Droguett  (1912-1996) autor de títulos fundamentales de la literatura chilena,  Desarrolló una escritura tan transgresora y vehemente como su propio carácter. Obras como “Eloy” y “Patas de perro” dan cuenta de una propuesta creativa que revolucionó la narrativa local.

El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

Decir que a las librerías españolas llegan anualmente unos pocos libros de autores noruegos sería una exageración por mi parte. Simplemente, no llegan. Así que a la satisfacción que me produjo hace años la lectura de El cuchillo en la garganta, –la primera novela de Kjartan Fløgstad traducida al español — se une ahora el placer de haber descubierto otra de sus más recientes obras, Paraíso en la tierra.

Este libro –el segundo que se publicó en España de uno de los autores escandinavos más importantes en la actualidad–, innovador en la forma y que deja patente su consabido interés por la literatura en español y por Chile en particular, es una novela en donde reúne parodia, novela social y tendencia a los aforismos con una prosa que hace que se le pueda reconocer sin rodeos como uno de los más notables narradores europeos contemporáneos.

Poeta y traductor, autor de una peculiar historia de la emigración noruega a Iberoamérica, Fløgstad crea en Paraíso en la tierra un protagonista chileno, José Andersen, que emigra de Noruega en busca de las raíces de un padre que no conoció y, a la vez, de un porvenir esquivo. De Chile a Noruega, de una cultura a otra, de un rincón del mundo a otro en un viaje hacia delante y hacia atrás con la única herencia de una biblioteca repleta de autores nórdicos y citas de literatura hispanoamericana.

La intensidad de Kjartan Flogstad en este escrito es a vida o muerte. Un relato a bocajarro, con una cadencia rápida, fragmentada y asfixiante, una verborrea martilleante sobre el viaje de José Andersen en busca de sus raíces, en busca de un inexistente edén.

También es un libro sobre la supervivencia. Sobre cómo superar múltiples adversidades, a una infancia marcada por la figura de un padre extranjero en el norte de Chile. Sobre la búsqueda de la identidad, de la herencia de un progenitor. Es un viaje que empieza en un bar en Oslo, cruza la costa noruega y acaba en el fondo de un pequeño lago en el corazón de Europa. Pero, sobre todo, es una historia sobre la búsqueda de raíces. El autor, profundo conocedor del mundo latinoamericano aprovecha para criticar, con humor y cariño, a sus compatriotas noruegos, a la vez que nos introduce en la reciente historia de Chile.

Kjartan Fløgstad se dio a conocer en la década de los sesenta como poeta lírico; desde entonces, su obra literaria, que ronda los cuarenta títulos, ha tocado géneros y técnicas muy diversas. Ha sido traducido al inglés, al alemán, al francés y al español.

Gran Manila es la última novela de Fløgstad traducida a nuestro idioma, una historia sobre la vida cotidiana en una pequeña localidad noruega que gira en torno a la fábrica que la multinacional norteamericana Union Carbide instaló en la localidad. Así, su pequeña historia correrá pareja a la del resto de los trabajadores de la corporación por todo el mundo: Estados Unidos, la India… transformándose en las páginas de esta absorbente novela coral en la historia social del siglo XX. El autor vuelve a mostrar con esta novela su potente escritura, su afilada crítica social y su magnífico retrato de las transformaciones del mundo y la subjetividad contemporáneos.

 


El Faro del fin del mundo publicó, en febrero de 2008, un artículo sobre este escritor titulado Kjartan Fløgstad, el cosmopolita de los fiordos. Puede leerlo AQUÍ

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El 6 de agosto de 1945 la muerte cayó del cielo en Hiroshima. Ese día, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica utilizada con fines bélicos en la historia. Tres días más tarde, una nueva detonación nuclear arrasaría Nagasaki. Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, totalizando unas 246.000 muertes.

En la impresionante ceremonia conmemorativa, el actual alcalde de la castigada ciudad nipona, Kazumi Matsui, pidió a los líderes mundiales que “trabajen incansablemente para lograr un mundo libre de armas nucleares”. En el mundo aún existen unas 15.000 armas nucleares, recordó también Matsui, quien instó a la comunidad internacional a erradicar para 2020 estos artefactos “inhumanos y de maldad máxima”.

Tras la tragedia de Hiroshima, y hasta el fin de la Guerra Fría, el fantasma del desastre nuclear tuvo la amenazante forma de un hipotético misil atómico precipitándose desde las alturas; pero, a partir de los accidentes nucleares de Three Miles Island en 1979, en Estados Unidos, y muy particularmente —por su dimensión y efectos— de Chernobyl en 1986, en la entonces Unión Soviética, el espectro se encarnó en la aparentemente inofensiva imagen de una central nuclear erigida en el paisaje. Eso, al menos, a ojos del movimiento ecologista y de las corrientes de opinión —sociales, políticas y científicas— afines a una posición de crítica y denuncia antinuclear.

La patética lección que supuso Chernobyl en materia de seguridad no demuestra haber rendido aún sus esperados frutos, y ello queda traducido en una polémica que no cuestiona los beneficios de la energía atómica (por otro lado, menos contaminante que la producida a partir del gas, el carbón, o el petróleo, que contribuyen al efecto invernadero) ni su elevado grado de desarrollo y eficacia, sino que se apoya, justamente, en los escasos progresos obtenidos en la implementación de nuevos sistemas de seguridad y de modelos de capacitación de mayor fiabilidad; situación, esta, perfectamente ejemplificada en el caso de los accidentes nucleares en las centrales japonesas de Tokaimura y –años más tarde– en la de Fukushima I, otro de los más graves ocurridos hasta ahora pese a la sofisticada tecnología nipona.

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Además de las tesis que relacionan la aparición de enfermedades cancerígenas y de malformaciones en recién nacidos con la vecindad de centrales nucleares, y de las inherentes preocupaciones por la seguridad, el tema de los residuos tóxicos es el auténico talón de Aquiles de esta industria energética. Con un periodo de vida que puede alcanzar las decenas de miles de años, y un alto poder radiactivo, hasta ahora no se ha concebido un sistema que ofrezca completas garantías para su aislamiento, y en el debate internacional han concurrido alternativas tan dispares como el hundimiento le los desechos en el fondo submarino, su enterramiento en los hielos antárticos o en el corazón de montañas, el lanzamiento al espacio, e, incluso, la descabellada idea de convertir la Luna en un vertedero.

Por ahora, y habida cuenta de que los proyectados cementerios nucleares sólo son válidos para residuos de baja y media intensidad, y corta vida (aunque hablamos de cientos de años), la basura más contaminante espera depositada en piscinas especiales, de las propias centrales, un destino final que pudiera venir de la ya antigua idea del enterramiento a grandes profundidades en zonas geológicamente estables.

El debate está servido y, sin duda, se agudizará. Las organizaciones y partidos políticos comprometidos con el medio ambiente de Francia, Alemania y otros países europeos, han conseguido introducir la idea del desmantelamiento progresivo pero total de la industria nuclear. Las espadas están en alto, pero de parte de un bando actúa el omnipresente poder del dinero, y la lid se anuncia dura y larga. Lo que queda claro –y esperando que lndia y Pakistán no retornen a iniciar su macabro juego de amenazas y contraamenazas— es que mientras no se desarrollen suficientemente las tecnologías relativas a las energías alternativas —hidráulicas, eólicas y solares– a un nivel tan productivo como rentable, parece utópico pensar que el hombre prescinda de la tecnología nuclear.

Un olvidado y deslumbrante apartamento parisino, que permaneció totalmente cerrado y olvidado durante 70 años, fue descubierto hace unos años en el barrio de Pigalle, cerca de la Opéra Garnier.

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La romántica y hermosa historia de esta vivienda –cuya inquilina fue la bella y adinerada Madame de Florian– se conoció por primera vez en 2010, año del fallecimiento de su titular, que vivió en este apartamento hasta su huída al sur de Francia semanas antes de que las tropas nazis desfilaran por París, en mayo de 1940.

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Madame de Florian nunca regresó a su apartamento, ni a la capital francesa. Sin embargo, siguió pagando religiosamente las mensualidades correspondientes al alquiler de la vivienda hasta que falleció a los 91 años, en el año 2010.

Una de las personas que tuvo el honor de ser la primera en introducir la llave en aquella vieja y oxidada cerradura, por primera vez en setenta años, comparó la experiencia con la de ‘penetrar en el castillo de la Bella Durmiente’.

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Aunque parezca extraño, la presencia piezas de taxidermia en las casas pudientes de la época era un ostentoso signo de riqueza.

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Todos los muebles aparecieron tal como ella los dejó, lo que indica una huída precipitada. Daba también la impresión de que la marcha hubiese sido ayer mismo.

Una verdadera máquina del tiempo. El piso mostró muchos tesoros, pero el más valioso de todos era una pintura del artista italiano del siglo XIX Giovanni Boldini.

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La hermosa y delicaada mujer del retrato es la abuela Madame de Florian, Marthe de Florian. Fue pintado por Giovanni Boldini en 1898, cuando Marthe tenía 24 años de edad. La pintura fue recientemente subastada y vendida por 2 millones cien mil euros. La abuela Marthe fue una conocida actriz que tuvo una larga lista de admiradores masculinos. En el piso se encontraron las cartas de amor de sus admiradores, entre ellos estaba el propio Boldini y el Primer Ministro de Francia, George Clemenceau.

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Madame de Florian huyó de París antes de la llegada de los nazis a París el 14 de junio de 194o. En la foto, los oficiales alemanes y los parisinos se mezclan cerca de un café al aire libre en los Campos Elíseos, en el Día de la Bastilla en 1940.

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Hasta hoy, son muchos los que se preguntan –sin tener la respuesta– porqué Madame nunca volvió a su apartamento de París. Desafortunadamente, la casa no está abierta al público y es propiedad de sus herederos.

El cineasta estadounidense David Lynch

El cineasta estadounidense David Lynch

A mediados de octubre de 2013, David Lynch –el mítico director de cine, pero también fotógrafo, pintor, escultor, diseñador, músico y moderno gurú de la meditación trascendental– participó en el festival Trans-Rizoma de Madrid, una muestra interdisciplinar que se celebra anualmente en la capital de España, y a la que entonces pude asistir.

La visita del realizador de obras maestras como Blue Velvet, Mulholland drive o Inland Empire, tenía como finalidad divulgar las virtudes de la Meditación Trascendental, que él lleva más de 30 años practicando. Pero, ¿cómo afecta la meditación trascendental en la creación artística?, le preguntaron al maestro. “Cuanto más feliz es uno, más creativo se vuelve”, respondió un Lynch sereno y luminoso. Y fue en ese momento cuando llegó la pregunta pertinente: ¿por qué, entonces, sus películas son tan inquietantes? “Es cierto que mucha gente afirma que mis películas son muy oscuras, pero yo estoy aquí hablando de la felicidad … Yo me enamoro de las ideas que me enamoro, y estoy convencido que para mostrar el sufrimiento, no es necesario sufrir”, defendió con total convenimiento.

Alejado del cine desde la película Inland Empire, David Lynch, sin embargo, adelantó en Madrid –y recientemente lo ha confirmado a través de su cuenta en Twiter– que volverá a dirigir una nueva temporada de la afamada serie Twin Peaks. Una obra televisiva que explora, como suele hacer en la mayoría de sus films, un mundo enfermizo y subterráneo, tan angustioso como sugerente. Y es que, definitivamente, el cine creado por Lynch es un cine de sensaciones, pero poseedor al mismo tiempo de una “lógica interna” y una rigurosidad encomiable.

Especialista en recrear atmósferas inquietantes y claustrofóbicas, sus películas no dejan a nadie indiferente. Es capaz de transmitir al espectador, en un mismo instante –y casi siempre con las soberbias bandas sonoras de Angelo Badalamenti– la más amplia gama de sentimientos: desde la más refinada dulzura hasta el dolor más intenso. Y para conseguirlo, el maestro de Montana construye un universo visual y sonoro absolutamente personal, partiendo del diseño de personajes excéntricos, muchas veces deformes, que bordean lo absurdo y lo surreal.

Secuencia de

Secuencia de “Blue Velvet”

Blue Velvet, por ejemplo, es la primera película donde Lynch hace una demostración de cómo hacer extraño cualquier hecho cotidiano. Sin duda, esta fue la obra que llevó a Lynch a la fama y que llegó en un momento adecuado para él, después del desastre que supuso Dune. La película es también un claro antecedente de Twin Peaks, ya que Lynch volvería a utilizar a muchos de los actores y actrices de Terciopelo azul (Kyle MachLachlan, Laura Dern, Jack Nance) y los eternos temas: las oscuras pasiones ocultas bajo la superficie de nuestra hipócrita civilización y la violencia sexual.

De su más conocida filmografía:  Eraserhead (1976), The Elephant Man (1980), Dune (1984), Blue Velvet (1986), Twin Peaks (1989), Wild at heart (1990) –Palma de Oro en Cannes–, Twin Peaks: Fire Walks With Me (1992), Hotel Room (1993), junto con J.Signorelli, Las français vus par … (1993), un filme de episodios, dirigido también por H.Herzog, A.Vadja y L.Comencini, Lost Highway (1996), The Straight Story (1999), Mulholland Drive (2001) e Inland Empire (2006), mucho críticos cinematográficos coinciden en señalar a Dune como su peor película o, mejor dicho, como la prueba palpable de que también los genios se equivocan. Lynch intentó plasmar en la pantalla este totémico clásico de ciencia ficción de Frank Herbert, pero a pesar de su grandiosidad y de su enorme presupuesto no deja de ser una obra confusa e incoherente.

Yo, personalmente, también creo que Dune –junto a Wild At Heart— pueden ser los eslabones más débiles de la obra de David Lynch, pero películas como la impenetrable Inland Empire, Eraserhead (que tras su fracaso comercial se ha convertido con el paso de los años en una obra de culto), la hermosa y desgarradora The elephant man o The Straight Story, que no es la típica película de Lynch, pero que en mi opinión es una de sus mejores obras. Por supuesto, en el top-ten de su filmografía –o mejor dicho, ocupando los tres primeros puestos de la lista– estarían Twin Peaks: Fire walks whith me, una película que parece mejorar con el tiempo; Blue Velvet y Mulholland Drive, que originalmente fue concebida como el regreso de Lynch a la televisión, y posteriormente se convirtiría en su película más gratificante. Mulholland Drive es, para mí, su indiscutible obra maestra.

Mr. Arriflex

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Durante mi visita a Noruega –país al que viajé por primera vez el pasado verano para asistir al “Den Norske Film Festival” en la idílica ciudad de Haugesund– tuve ocasión de conocer el impresionante Frogner Park de Oslo, el mayor espacio de esculturas del mundo creadas por un mismo artista. Se trata de una colección de 212 estatuas de piedra, bronce y hierro fundido esculpidas por Gustav Vigeland, el más importante y revolucionario escultor de los países escandinavos que, según muchos críticos de arte, representan aspectos ciertamente inquietantes de las teorías evolucionistas de Darwin.

Muchas de las esculturas a tamaño natural incluyen docenas de pequeñas figuras, como el puente con 58 hombres, mujeres y niños desnudos en todas la posturas imaginables. «Sinnataggen» (Niño Enfadado) — que representa a un niño dando una patada airada al suelo y que  es la escultura más querida del parque. A veces recibe el apelativo de «La Mona Lisa de Vigeland». No muy lejos de allí está «Livshjulet» (La Rueda de la Vida), un círculo de personas entrelazadas con un diámetro de tres metros.

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La entrada al parque también resulta impresionante: la amplia puerta se compone de esbeltas figuras masculinas en diferentes fases de la vida que se agarran a las columnas de granito coronadas por lámparas de hierro forjado. La escultura más emblemática del parque, en sentido literal y figurado, es el «Monolitten» (Monolito). Se trata de una columna de 14 metros situada en el punto más elevado del parque; una reproducción gigantesca a la cual 3 picapedreros dedicaron 14 años de trabajo diario bajo la supervisión de Vigeland. Hecha a partir de un único bloque de granito macizo, parece como si las 121 figuras de la escultura treparan las unas encima de las otras para alcanzar el cielo; una metáfora del anhelo de las personas por lo divino y lo espiritual.

La mayoría de esculturas está agrupada en 5 conjuntos que recorren la avenida de 850 metros de largo. En la parte sur del parque está el estudio de Vigeland, conservado en su estado original desde el fallecimiento de este en 1943.

 


 

El escultor más famoso de Noruega

 

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Gustav Vigeland (1869-1943) nació y creció en Mandal, al sur de Noruega. De niño, sintió fascinación por las cuestiones espirituales, por dibujar y esculpir. Esta combinación marcó el resto de su vida. Sus padres le mandaron a Oslo para que aprendiera un oficio (grabado de madera) en la escuela técnica. Consiguió una beca estatal que utilizó para viajar por Europa. Pasando por Copenhague, Berlín y Florencia, consiguió llegar a París, donde trabajó en el estudio de Auguste Rodin. Ya de vuelta en Oslo, siguió trabajando para convertirse en el escultor más conocido y productivo que Noruega jamás haya tenido.

A los 19 años se puso en contacto con el escultor Bergslien que se convirtió en su maestro y medio año después presentó, por vez primera, un grupo de esculturas en la exposición de Ontono. En 1890 decide viajar por Europa visitando Copenhague, París, Berlín, Florencia y Roma, entre 1900 y 1901 viajó a Francia e Inglaterra. Se interesó por el arte egipcio, el clásico griego y por las esculturas de Miguel Ángel y de Rodin.

Vigeland se destacó enseguida como el escultor mas dotado de Noruega entre otras cosas por sus retratos y monumentos llenos de fantasía. La otra peculiaridad de la obra de Vigeland es el tema elegido para su obra: representa a hombres y mujeres que narran el ciclo completo de la vida, desde la infancia hasta la vejez y no solo eso, narra también las penas y las alegrías, el amor y la indiferencia, el entusiasmo y la resignación, el gozo y el dolor, todo reflejado en los hombres y mujeres, padres e hijos, jóvenes y viejos.

¿Qué mayor obra de arte podría desear un escultor? Durante 20 años, Gustav Vigeland trabajó en una exposición al aire libre en el patio de su casa y estudio en Frogner, un barrio de Oslo. Finalmente, se convirtió en el parque de esculturas más famoso del mundo, pero jamás pudo disfrutarlo en todo su esplendor, ya que la mayoría de las obras terminaron de trasladarse aquí en 1950, siete años después de su muerte.

Mr.  Arriflex

Por Mario Alvarado

Cour de Marbre -- Château de Versailles

Cour de Marbre — Château de Versailles

Ya Francisco Salvador estaba en la Cour de Marbre, presto a entrar al palacio. Sobre su cabeza, la balaustrada que coronaba el frontis del palacio y alrededor de la Cour de Marbre y la Cour Royale, dieciocho estatuas lo vigilaban, representando las catorce virtudes reales y las cuatro partes del mundo, África, Asia, América y Europa, porque la gloria del Gran Rey debía ser conocida en todo el universo. Las estatuas lo miraban entre inquietas y sorprendidas. Largo tiempo fue esperada su llegada y ahora que estaba allí, las estatuas no sabían como reaccionar y lo miraban a hurtadillas, comentando al oído, unas con otras, sus inaudibles impresiones. La estatua que representaba a África, intentaba inútilmente escuchar a través de su cabeza de elefante sobre un cuerpo humano, y golpeaba molesta, su pie sobre una cabeza de león, mientras que la que representaba a América iba de un lado a otro de la balaustrada, agitando las enormes plumas en su cabeza y en su cintura, seguida por un cocodrilo que nunca la abandonaba, tratando infructuosamente de entender lo que oía porque no hablaba francés… Pero nada de esto se dio cuenta el joven estudiante.

Francisco Salvador ingresó con decisión al vestíbulo desde donde arrancaba la Escala de la Reina hasta los Grands Appartements. Esta escalera había sido construida con finos mármoles policromados, a excepción de los peldaños que eran de piedra. Era ésta una escala noble y majestuosa, pero de ningún modo comparable a su hermana mayor, la antigua escala de Los Embajadores.

Esta se encontraba exactamente en la entrada opuesta, al frente de la Escala de la Reina, siempre manteniendo el equilibrio, la simetría y la correspondencia, y daba acceso a los Grands Appartements del Rey. Esta escala estaba hecha de mármoles franceses, rojos, verdes, blancos y grises. Este acceso era usado por los embajadores cuando presentaban sus credenciales al Rey y era la entrada oficial al piano nobile de Versailles, donde se encontraban la serie de estancias que constituían los apartamentos del Rey.

Grandes momentos vivió la Escala de Los Embajadores, recordó Francisco Salvador, como esa vez en que Louis XIV, desde lo alto, le dio la bienvenida al Grand Condé, que acababa de derrotar a William de Orange en la batalla de Seneffe. Este evento marcó el fin de casi quince años de exilio decretados en contra del Grand Condé por el Rey, como castigo por intentar una rebelión contra él.

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Las siguientes fotografías figuran en el catálogo editado por la Haiku Gallery de Londres, que montó a finales del pasado año una exposición con parte de la obra del fotógrafo chino Chin-san Long.

Este extraordinario artista, muy poco conocido en Occidente, nació en la provincia de Zhejiang en 1892. En 1927 Chin-san Long se convirtió en uno de los primeros fotógrafos de prensa cuando el Shanghai Eastern Times, periódico para el que trabajaba, compró la primera rotativa en color del país. En 1939, Long perfeccionó un método que le permitió combinar múltiples imágenes en la cámara oscura. Los resultados fueron bellísimas fotografías que incorporaban la metodología de la tinta china tradicional, creando así una síntesis entre la técnica fotográfica occidental y la estética china. A lo largo de nueve décadas de trabajo, Chin-san Long consiguió popularizar la fotografía en China. Juzguen ustedes mismos contemplando los ejemplos que les mostramos aquí:
 


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Man Ray (Filadelfia, 1890 – París, 1976) ha sido uno de los artistas más representativos de los años treinta. Conocido por sus pinturas surrealistas y sus films, fue la introducción de soportes y técnicas fotográficas en sus obras lo que motivó su destacado papel dentro del dadaísmo. Cuando comparaba sus rayogramas con las radiografías sólo quería expresar su desdén por los movimientos vaguardistas que trataban de mantener la relación del arte con la sociedad en que se inscribía.

Man Ray era un antiracionalista, o mejor, un racionalista que abominaba del resultado final de la técnica y el progreso: la guerra, la reproducción artística. No tuvo reparo en mezclar distintos métodos y objetos en el entorno del marco. Como buen dadaísta, partía de una preconización del capricho, de la arbitrariedad, de lo gratuito, contra una educación y cultura burguesas. El título de vanguardista que hoy se le adjudica tiene otro sentido, el de replantear los límites de la representación artística. Después se dejó llevar por el surrealismo. Escribió en 1937 el libro «La Photographie n’est pas l’art», con prólogo de André Breton, ajuste de cuentas con los fotógrafos. Sin embargo, no deja de ser curioso que, adelantándose muchos años, planteara polémicas y utilizara muchas ideas que han continuado una legión de imitadores, exégetas y epígonos, y dentro, precisamente de ese lenguaje, que últimamente es tan elástico que todo parece caber, sin coherencia.

manray-tears-1930.jpgNo desdeñó el trabajo comercial, al que impregnó de su personalidad. Como ejemplos, los portafolios «Les Champs Délicieux» (1922) y «Electricit» (1931), donde mezcla triviales referencias de una forma totalmente original, para sentirse a gusto dentro de la intrascendencia más revulsiva. La fotografía se convierte en un mero pincel al servicio de su búsqueda de la belleza en lo cotidiano. ‘Hay tantas maravillas en un vaso de vino como en el fondo del mar’, que le dedicaría Paul Eluard.

Trata, como si fuese un pionero, de descubrir nuevos caminos en el mundo del arte, y tanto, que ha sido él, pintor, el máximo responsable de que la fotografía sea considerada como una de las bellas artes. Intuitivo y emocional su obra se reparte entre bodegones y naturalezas muertas por un lado y retratos -de los personajes más significativos de la época que le tocó vivir- y desnudos protagonizados por mujeres fatales por otro.

Fotógrafo enigmático desde su nacimiento, no se sabe muy bien su apellido, hasta su muerte, ya que por su expreso deseo no se puede publicar su epitafio. Para conocerlo deberemos viajar a París y en el cementerio de Montparnasse, aclarar el misterio.

Man Ray fue un trabajador incansable e inquieto, que ha dejado su influencia hasta nuestros días.

Mr. Arriflex

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No recuerdo ahora si llegué a mencionar, en alguno de los posts publicados en este Faro, al grandísimo terapeuta norteamericano Eric Berne –creador de la terapia transaccional– una especialidad que tal vez está hoy día algo relegada, pero continúa siendo una fuente de inspiración de bastantes modelos de intervención en la asistencia psicológica moderna.

El libro más conocido de Berne, que estuve releyendo últimamente, se titula Los juegos en los que participamos, y en él nos habla de nuestras conductas neuróticas, refiriéndose a ellas como si fueran parte de un juego; un ritual que todos nosotros repetimos una y otra vez, con la complicidad de nuestro entorno, intentando obtener, en la secuencia, la falsa seguridad que creemos necesitar o que nos inducen, convencen y enseñan que necesitamos.

Sin embargo, la auténtica seguridada sólo puede desprenderse del completo conocimiento y manejo de los propios recursos y de la aceptación de las propias carencias o defectos; porque ser un adulto sano es –según Berne– abandonar todos nuestros disfraces: los de víctima, los de sabelotodo, los de tiernos y desvalidos, y por supuesto también los del autosuficiente que no necesita nada.

La congruencia está relacionada con la sinceridad de aceptarme como soy. La seguridad, con conocer y asumir como propias mis incertidumbres y mis dudas. La madurez, con ser capaz de pedir sin depender. Qué bueno y sano sería poder pedir con claridad lo que busco o necesito y permitirle al otro (a los otros) decir que o que no, según sea su deseo:

Lo peor de nosotros está contenido en nuestros repetidos y exigentes roles neuróticos, que nos impiden aprender que manipular es exigir y que la respuesta del otro a mis exigencias o las de cualquiera, no puede ser siempre la mejor. Aprender a pedir sin exigencias es uno de los grandes desafíos del ser humano, e implica aceptar que no somos autosuficientes. De hecho, nos asegura Berne en su excelente libro, “yo mismo, cuando me obligo a hacer algo que no quiero, cuando trato, cuando intento, cuando te presiono, cuando me obligo, cuando me impongo darte… es probable que consiga darte más, quizás mucho más, pero nunca te doy lo mejor. Porque lo mejor de mí, lo más bello de mí; lo más constructivo de mí… es lo que quiero darte, es lo que me surge sin esfuerzo.”

Gran lección la que nos brinda Eric Berne en Los juegos en los que participamos. Su lectura es amena y muy recomendable. Una clave para conocernos mejor a nosotros mismos y que viene a resumirse en unas pocas pero certeras palabras: “Lo mejor de mí que puedo darte, es lo que quiero darte”.

 

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Monterrey (México)

El primer tomo de la trilogía de La Frontera de Cormac McCarthy, «Todos los hermosos caballos» -libro que recomiendo a los amantes del western y las lecturas con mucha enjundia-, demostró ser un excelente compañero de viaje en un pequeño recorrido hecho, recientemente, entre el norte de México y el sur de Texas donde transcurre gran parte de esta magnífica novela. ¿Y qué tiene que ver la literatura con la gastronomía, se preguntarán ustedes? Bastante, porque la buena literatura sea cual sea el tema de que trate: el amor, la guerra, el misterio, siempre refleja el espíritu, el paisaje y las costumbres del lugar en el que está ambientada la historia, y presenta también aspectos cotidianos como los hábitos alimenticios de sus personajes. La comida ilustra y nos dice mucho de cómo viven los seres que intervienen en un relato. McCarthy consigue ambientar de tal forma al lector que uno siente incluso deseos de tomar todo lo que toman los protagonistas, el joven John Grady Cole y su amigo Rawlins: tortillas, frijoles, café, carne asada…

Muchas son las cosas que han cambiado desde finales de los años cuarenta, época en la que está ambientada «Todos los hermosos caballos», pero las pautas a la hora de comer parecen mantenerse igual. México es uno de los países de América Latina con una tradición gastronómica importante, es una de las cocinas más ricas y variadas. Del norte al sur del país es muy diferente la elaboración y materias que intervienen en la dieta de los mexicanos. En el norte, lo habitual son las fajitas (tiras de carne de pollo o res cortadas muy finas), la carne deshebrada para los tacos, las piezas de carne como el T bone, el puré de frijoles, los frijoles cocidos, los tamales, el asado de cabrito y las tortillas de maíz o de harina que sirven para acompañar todos los platos incluso las sopas (olla de res, elote -maíz-, verduras), a los que son muy aficionados los mexicanos, y las innumerables salsas elaboradas con chile (ají), principal sazonador de cualquier plato.

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Luis Irles

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