Un olvidado y deslumbrante apartamento parisino, que permaneció totalmente cerrado y olvidado durante 70 años, fue descubierto hace unos años en el barrio de Pigalle, cerca de la Opéra Garnier.

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La romántica y hermosa historia de esta vivienda –cuya inquilina fue la bella y adinerada Madame de Florian– se conoció por primera vez en 2010, año del fallecimiento de su titular, que vivió en este apartamento hasta su huída al sur de Francia semanas antes de que las tropas nazis desfilaran por París, en mayo de 1940.

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Madame de Florian nunca regresó a su apartamento, ni a la capital francesa. Sin embargo, siguió pagando religiosamente las mensualidades correspondientes al alquiler de la vivienda hasta que falleció a los 91 años, en el año 2010.

Una de las personas que tuvo el honor de ser la primera en introducir la llave en aquella vieja y oxidada cerradura, por primera vez en setenta años, comparó la experiencia con la de ‘penetrar en el castillo de la Bella Durmiente’.

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Aunque parezca extraño, la presencia piezas de taxidermia en las casas pudientes de la época era un ostentoso signo de riqueza.

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Todos los muebles aparecieron tal como ella los dejó, lo que indica una huída precipitada. Daba también la impresión de que la marcha hubiese sido ayer mismo.

Una verdadera máquina del tiempo. El piso mostró muchos tesoros, pero el más valioso de todos era una pintura del artista italiano del siglo XIX Giovanni Boldini.

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La hermosa y delicaada mujer del retrato es la abuela Madame de Florian, Marthe de Florian. Fue pintado por Giovanni Boldini en 1898, cuando Marthe tenía 24 años de edad. La pintura fue recientemente subastada y vendida por 2 millones cien mil euros. La abuela Marthe fue una conocida actriz que tuvo una larga lista de admiradores masculinos. En el piso se encontraron las cartas de amor de sus admiradores, entre ellos estaba el propio Boldini y el Primer Ministro de Francia, George Clemenceau.

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Madame de Florian huyó de París antes de la llegada de los nazis a París el 14 de junio de 194o. En la foto, los oficiales alemanes y los parisinos se mezclan cerca de un café al aire libre en los Campos Elíseos, en el Día de la Bastilla en 1940.

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Hasta hoy, son muchos los que se preguntan –sin tener la respuesta– porqué Madame nunca volvió a su apartamento de París. Desafortunadamente, la casa no está abierta al público y es propiedad de sus herederos.

El cineasta estadounidense David Lynch

El cineasta estadounidense David Lynch

A mediados de octubre de 2013, David Lynch –el mítico director de cine, pero también fotógrafo, pintor, escultor, diseñador, músico y moderno gurú de la meditación trascendental– participó en el festival Trans-Rizoma de Madrid, una muestra interdisciplinar que se celebra anualmente en la capital de España, y a la que entonces pude asistir.

La visita del realizador de obras maestras como Blue Velvet, Mulholland drive o Inland Empire, tenía como finalidad divulgar las virtudes de la Meditación Trascendental, que él lleva más de 30 años practicando. Pero, ¿cómo afecta la meditación trascendental en la creación artística?, le preguntaron al maestro. “Cuanto más feliz es uno, más creativo se vuelve”, respondió un Lynch sereno y luminoso. Y fue en ese momento cuando llegó la pregunta pertinente: ¿por qué, entonces, sus películas son tan inquietantes? “Es cierto que mucha gente afirma que mis películas son muy oscuras, pero yo estoy aquí hablando de la felicidad … Yo me enamoro de las ideas que me enamoro, y estoy convencido que para mostrar el sufrimiento, no es necesario sufrir”, defendió con total convenimiento.

Alejado del cine desde la película Inland Empire, David Lynch, sin embargo, adelantó en Madrid –y recientemente lo ha confirmado a través de su cuenta en Twiter– que volverá a dirigir una nueva temporada de la afamada serie Twin Peaks. Una obra televisiva que explora, como suele hacer en la mayoría de sus films, un mundo enfermizo y subterráneo, tan angustioso como sugerente. Y es que, definitivamente, el cine creado por Lynch es un cine de sensaciones, pero poseedor al mismo tiempo de una “lógica interna” y una rigurosidad encomiable.

Especialista en recrear atmósferas inquietantes y claustrofóbicas, sus películas no dejan a nadie indiferente. Es capaz de transmitir al espectador, en un mismo instante –y casi siempre con las soberbias bandas sonoras de Angelo Badalamenti– la más amplia gama de sentimientos: desde la más refinada dulzura hasta el dolor más intenso. Y para conseguirlo, el maestro de Montana construye un universo visual y sonoro absolutamente personal, partiendo del diseño de personajes excéntricos, muchas veces deformes, que bordean lo absurdo y lo surreal.

Secuencia de

Secuencia de “Blue Velvet”

Blue Velvet, por ejemplo, es la primera película donde Lynch hace una demostración de cómo hacer extraño cualquier hecho cotidiano. Sin duda, esta fue la obra que llevó a Lynch a la fama y que llegó en un momento adecuado para él, después del desastre que supuso Dune. La película es también un claro antecedente de Twin Peaks, ya que Lynch volvería a utilizar a muchos de los actores y actrices de Terciopelo azul (Kyle MachLachlan, Laura Dern, Jack Nance) y los eternos temas: las oscuras pasiones ocultas bajo la superficie de nuestra hipócrita civilización y la violencia sexual.

De su más conocida filmografía:  Eraserhead (1976), The Elephant Man (1980), Dune (1984), Blue Velvet (1986), Twin Peaks (1989), Wild at heart (1990) –Palma de Oro en Cannes–, Twin Peaks: Fire Walks With Me (1992), Hotel Room (1993), junto con J.Signorelli, Las français vus par … (1993), un filme de episodios, dirigido también por H.Herzog, A.Vadja y L.Comencini, Lost Highway (1996), The Straight Story (1999), Mulholland Drive (2001) e Inland Empire (2006), mucho críticos cinematográficos coinciden en señalar a Dune como su peor película o, mejor dicho, como la prueba palpable de que también los genios se equivocan. Lynch intentó plasmar en la pantalla este totémico clásico de ciencia ficción de Frank Herbert, pero a pesar de su grandiosidad y de su enorme presupuesto no deja de ser una obra confusa e incoherente.

Yo, personalmente, también creo que Dune –junto a Wild At Heart— pueden ser los eslabones más débiles de la obra de David Lynch, pero películas como la impenetrable Inland Empire, Eraserhead (que tras su fracaso comercial se ha convertido con el paso de los años en una obra de culto), la hermosa y desgarradora The elephant man o The Straight Story, que no es la típica película de Lynch, pero que en mi opinión es una de sus mejores obras. Por supuesto, en el top-ten de su filmografía –o mejor dicho, ocupando los tres primeros puestos de la lista– estarían Twin Peaks: Fire walks whith me, una película que parece mejorar con el tiempo; Blue Velvet y Mulholland Drive, que originalmente fue concebida como el regreso de Lynch a la televisión, y posteriormente se convirtiría en su película más gratificante. Mulholland Drive es, para mí, su indiscutible obra maestra.

Mr. Arriflex

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Durante mi visita a Noruega –país al que viajé por primera vez el pasado verano para asistir al “Den Norske Film Festival” en la idílica ciudad de Haugesund– tuve ocasión de conocer el impresionante Frogner Park de Oslo, el mayor espacio de esculturas del mundo creadas por un mismo artista. Se trata de una colección de 212 estatuas de piedra, bronce y hierro fundido esculpidas por Gustav Vigeland, el más importante y revolucionario escultor de los países escandinavos que, según muchos críticos de arte, representan aspectos ciertamente inquietantes de las teorías evolucionistas de Darwin.

Muchas de las esculturas a tamaño natural incluyen docenas de pequeñas figuras, como el puente con 58 hombres, mujeres y niños desnudos en todas la posturas imaginables. «Sinnataggen» (Niño Enfadado) — que representa a un niño dando una patada airada al suelo y que  es la escultura más querida del parque. A veces recibe el apelativo de «La Mona Lisa de Vigeland». No muy lejos de allí está «Livshjulet» (La Rueda de la Vida), un círculo de personas entrelazadas con un diámetro de tres metros.

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La entrada al parque también resulta impresionante: la amplia puerta se compone de esbeltas figuras masculinas en diferentes fases de la vida que se agarran a las columnas de granito coronadas por lámparas de hierro forjado. La escultura más emblemática del parque, en sentido literal y figurado, es el «Monolitten» (Monolito). Se trata de una columna de 14 metros situada en el punto más elevado del parque; una reproducción gigantesca a la cual 3 picapedreros dedicaron 14 años de trabajo diario bajo la supervisión de Vigeland. Hecha a partir de un único bloque de granito macizo, parece como si las 121 figuras de la escultura treparan las unas encima de las otras para alcanzar el cielo; una metáfora del anhelo de las personas por lo divino y lo espiritual.

La mayoría de esculturas está agrupada en 5 conjuntos que recorren la avenida de 850 metros de largo. En la parte sur del parque está el estudio de Vigeland, conservado en su estado original desde el fallecimiento de este en 1943.

 


 

El escultor más famoso de Noruega

 

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Gustav Vigeland (1869-1943) nació y creció en Mandal, al sur de Noruega. De niño, sintió fascinación por las cuestiones espirituales, por dibujar y esculpir. Esta combinación marcó el resto de su vida. Sus padres le mandaron a Oslo para que aprendiera un oficio (grabado de madera) en la escuela técnica. Consiguió una beca estatal que utilizó para viajar por Europa. Pasando por Copenhague, Berlín y Florencia, consiguió llegar a París, donde trabajó en el estudio de Auguste Rodin. Ya de vuelta en Oslo, siguió trabajando para convertirse en el escultor más conocido y productivo que Noruega jamás haya tenido.

A los 19 años se puso en contacto con el escultor Bergslien que se convirtió en su maestro y medio año después presentó, por vez primera, un grupo de esculturas en la exposición de Ontono. En 1890 decide viajar por Europa visitando Copenhague, París, Berlín, Florencia y Roma, entre 1900 y 1901 viajó a Francia e Inglaterra. Se interesó por el arte egipcio, el clásico griego y por las esculturas de Miguel Ángel y de Rodin.

Vigeland se destacó enseguida como el escultor mas dotado de Noruega entre otras cosas por sus retratos y monumentos llenos de fantasía. La otra peculiaridad de la obra de Vigeland es el tema elegido para su obra: representa a hombres y mujeres que narran el ciclo completo de la vida, desde la infancia hasta la vejez y no solo eso, narra también las penas y las alegrías, el amor y la indiferencia, el entusiasmo y la resignación, el gozo y el dolor, todo reflejado en los hombres y mujeres, padres e hijos, jóvenes y viejos.

¿Qué mayor obra de arte podría desear un escultor? Durante 20 años, Gustav Vigeland trabajó en una exposición al aire libre en el patio de su casa y estudio en Frogner, un barrio de Oslo. Finalmente, se convirtió en el parque de esculturas más famoso del mundo, pero jamás pudo disfrutarlo en todo su esplendor, ya que la mayoría de las obras terminaron de trasladarse aquí en 1950, siete años después de su muerte.

Mr.  Arriflex

Por Mario Alvarado

Cour de Marbre -- Château de Versailles

Cour de Marbre — Château de Versailles

Ya Francisco Salvador estaba en la Cour de Marbre, presto a entrar al palacio. Sobre su cabeza, la balaustrada que coronaba el frontis del palacio y alrededor de la Cour de Marbre y la Cour Royale, dieciocho estatuas lo vigilaban, representando las catorce virtudes reales y las cuatro partes del mundo, África, Asia, América y Europa, porque la gloria del Gran Rey debía ser conocida en todo el universo. Las estatuas lo miraban entre inquietas y sorprendidas. Largo tiempo fue esperada su llegada y ahora que estaba allí, las estatuas no sabían como reaccionar y lo miraban a hurtadillas, comentando al oído, unas con otras, sus inaudibles impresiones. La estatua que representaba a África, intentaba inútilmente escuchar a través de su cabeza de elefante sobre un cuerpo humano, y golpeaba molesta, su pie sobre una cabeza de león, mientras que la que representaba a América iba de un lado a otro de la balaustrada, agitando las enormes plumas en su cabeza y en su cintura, seguida por un cocodrilo que nunca la abandonaba, tratando infructuosamente de entender lo que oía porque no hablaba francés… Pero nada de esto se dio cuenta el joven estudiante.

Francisco Salvador ingresó con decisión al vestíbulo desde donde arrancaba la Escala de la Reina hasta los Grands Appartements. Esta escalera había sido construida con finos mármoles policromados, a excepción de los peldaños que eran de piedra. Era ésta una escala noble y majestuosa, pero de ningún modo comparable a su hermana mayor, la antigua escala de Los Embajadores.

Esta se encontraba exactamente en la entrada opuesta, al frente de la Escala de la Reina, siempre manteniendo el equilibrio, la simetría y la correspondencia, y daba acceso a los Grands Appartements del Rey. Esta escala estaba hecha de mármoles franceses, rojos, verdes, blancos y grises. Este acceso era usado por los embajadores cuando presentaban sus credenciales al Rey y era la entrada oficial al piano nobile de Versailles, donde se encontraban la serie de estancias que constituían los apartamentos del Rey.

Grandes momentos vivió la Escala de Los Embajadores, recordó Francisco Salvador, como esa vez en que Louis XIV, desde lo alto, le dio la bienvenida al Grand Condé, que acababa de derrotar a William de Orange en la batalla de Seneffe. Este evento marcó el fin de casi quince años de exilio decretados en contra del Grand Condé por el Rey, como castigo por intentar una rebelión contra él.

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Las siguientes fotografías figuran en el catálogo editado por la Haiku Gallery de Londres, que montó a finales del pasado año una exposición con parte de la obra del fotógrafo chino Chin-san Long.

Este extraordinario artista, muy poco conocido en Occidente, nació en la provincia de Zhejiang en 1892. En 1927 Chin-san Long se convirtió en uno de los primeros fotógrafos de prensa cuando el Shanghai Eastern Times, periódico para el que trabajaba, compró la primera rotativa en color del país. En 1939, Long perfeccionó un método que le permitió combinar múltiples imágenes en la cámara oscura. Los resultados fueron bellísimas fotografías que incorporaban la metodología de la tinta china tradicional, creando así una síntesis entre la técnica fotográfica occidental y la estética china. A lo largo de nueve décadas de trabajo, Chin-san Long consiguió popularizar la fotografía en China. Juzguen ustedes mismos contemplando los ejemplos que les mostramos aquí:
 


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Man Ray (Filadelfia, 1890 – París, 1976) ha sido uno de los artistas más representativos de los años treinta. Conocido por sus pinturas surrealistas y sus films, fue la introducción de soportes y técnicas fotográficas en sus obras lo que motivó su destacado papel dentro del dadaísmo. Cuando comparaba sus rayogramas con las radiografías sólo quería expresar su desdén por los movimientos vaguardistas que trataban de mantener la relación del arte con la sociedad en que se inscribía.

Man Ray era un antiracionalista, o mejor, un racionalista que abominaba del resultado final de la técnica y el progreso: la guerra, la reproducción artística. No tuvo reparo en mezclar distintos métodos y objetos en el entorno del marco. Como buen dadaísta, partía de una preconización del capricho, de la arbitrariedad, de lo gratuito, contra una educación y cultura burguesas. El título de vanguardista que hoy se le adjudica tiene otro sentido, el de replantear los límites de la representación artística. Después se dejó llevar por el surrealismo. Escribió en 1937 el libro «La Photographie n’est pas l’art», con prólogo de André Breton, ajuste de cuentas con los fotógrafos. Sin embargo, no deja de ser curioso que, adelantándose muchos años, planteara polémicas y utilizara muchas ideas que han continuado una legión de imitadores, exégetas y epígonos, y dentro, precisamente de ese lenguaje, que últimamente es tan elástico que todo parece caber, sin coherencia.

manray-tears-1930.jpgNo desdeñó el trabajo comercial, al que impregnó de su personalidad. Como ejemplos, los portafolios «Les Champs Délicieux» (1922) y «Electricit» (1931), donde mezcla triviales referencias de una forma totalmente original, para sentirse a gusto dentro de la intrascendencia más revulsiva. La fotografía se convierte en un mero pincel al servicio de su búsqueda de la belleza en lo cotidiano. ‘Hay tantas maravillas en un vaso de vino como en el fondo del mar’, que le dedicaría Paul Eluard.

Trata, como si fuese un pionero, de descubrir nuevos caminos en el mundo del arte, y tanto, que ha sido él, pintor, el máximo responsable de que la fotografía sea considerada como una de las bellas artes. Intuitivo y emocional su obra se reparte entre bodegones y naturalezas muertas por un lado y retratos -de los personajes más significativos de la época que le tocó vivir- y desnudos protagonizados por mujeres fatales por otro.

Fotógrafo enigmático desde su nacimiento, no se sabe muy bien su apellido, hasta su muerte, ya que por su expreso deseo no se puede publicar su epitafio. Para conocerlo deberemos viajar a París y en el cementerio de Montparnasse, aclarar el misterio.

Man Ray fue un trabajador incansable e inquieto, que ha dejado su influencia hasta nuestros días.

Mr. Arriflex

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No recuerdo ahora si llegué a mencionar, en alguno de los posts publicados en este Faro, al grandísimo terapeuta norteamericano Eric Berne –creador de la terapia transaccional– una especialidad que tal vez está hoy día algo relegada, pero continúa siendo una fuente de inspiración de bastantes modelos de intervención en la asistencia psicológica moderna.

El libro más conocido de Berne, que estuve releyendo últimamente, se titula Los juegos en los que participamos, y en él nos habla de nuestras conductas neuróticas, refiriéndose a ellas como si fueran parte de un juego; un ritual que todos nosotros repetimos una y otra vez, con la complicidad de nuestro entorno, intentando obtener, en la secuencia, la falsa seguridad que creemos necesitar o que nos inducen, convencen y enseñan que necesitamos.

Sin embargo, la auténtica seguridada sólo puede desprenderse del completo conocimiento y manejo de los propios recursos y de la aceptación de las propias carencias o defectos; porque ser un adulto sano es –según Berne– abandonar todos nuestros disfraces: los de víctima, los de sabelotodo, los de tiernos y desvalidos, y por supuesto también los del autosuficiente que no necesita nada.

La congruencia está relacionada con la sinceridad de aceptarme como soy. La seguridad, con conocer y asumir como propias mis incertidumbres y mis dudas. La madurez, con ser capaz de pedir sin depender. Qué bueno y sano sería poder pedir con claridad lo que busco o necesito y permitirle al otro (a los otros) decir que o que no, según sea su deseo:

Lo peor de nosotros está contenido en nuestros repetidos y exigentes roles neuróticos, que nos impiden aprender que manipular es exigir y que la respuesta del otro a mis exigencias o las de cualquiera, no puede ser siempre la mejor. Aprender a pedir sin exigencias es uno de los grandes desafíos del ser humano, e implica aceptar que no somos autosuficientes. De hecho, nos asegura Berne en su excelente libro, “yo mismo, cuando me obligo a hacer algo que no quiero, cuando trato, cuando intento, cuando te presiono, cuando me obligo, cuando me impongo darte… es probable que consiga darte más, quizás mucho más, pero nunca te doy lo mejor. Porque lo mejor de mí, lo más bello de mí; lo más constructivo de mí… es lo que quiero darte, es lo que me surge sin esfuerzo.”

Gran lección la que nos brinda Eric Berne en Los juegos en los que participamos. Su lectura es amena y muy recomendable. Una clave para conocernos mejor a nosotros mismos y que viene a resumirse en unas pocas pero certeras palabras: “Lo mejor de mí que puedo darte, es lo que quiero darte”.

 

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Monterrey (México)

El primer tomo de la trilogía de La Frontera de Cormac McCarthy, «Todos los hermosos caballos» -libro que recomiendo a los amantes del western y las lecturas con mucha enjundia-, demostró ser un excelente compañero de viaje en un pequeño recorrido hecho, recientemente, entre el norte de México y el sur de Texas donde transcurre gran parte de esta magnífica novela. ¿Y qué tiene que ver la literatura con la gastronomía, se preguntarán ustedes? Bastante, porque la buena literatura sea cual sea el tema de que trate: el amor, la guerra, el misterio, siempre refleja el espíritu, el paisaje y las costumbres del lugar en el que está ambientada la historia, y presenta también aspectos cotidianos como los hábitos alimenticios de sus personajes. La comida ilustra y nos dice mucho de cómo viven los seres que intervienen en un relato. McCarthy consigue ambientar de tal forma al lector que uno siente incluso deseos de tomar todo lo que toman los protagonistas, el joven John Grady Cole y su amigo Rawlins: tortillas, frijoles, café, carne asada…

Muchas son las cosas que han cambiado desde finales de los años cuarenta, época en la que está ambientada «Todos los hermosos caballos», pero las pautas a la hora de comer parecen mantenerse igual. México es uno de los países de América Latina con una tradición gastronómica importante, es una de las cocinas más ricas y variadas. Del norte al sur del país es muy diferente la elaboración y materias que intervienen en la dieta de los mexicanos. En el norte, lo habitual son las fajitas (tiras de carne de pollo o res cortadas muy finas), la carne deshebrada para los tacos, las piezas de carne como el T bone, el puré de frijoles, los frijoles cocidos, los tamales, el asado de cabrito y las tortillas de maíz o de harina que sirven para acompañar todos los platos incluso las sopas (olla de res, elote -maíz-, verduras), a los que son muy aficionados los mexicanos, y las innumerables salsas elaboradas con chile (ají), principal sazonador de cualquier plato.

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El pasado jueves, 5 de febrero, arrancó la 65 edición del festival Internacional de Cine de Berlín —la Berlinale para los amigos. Berlín 2015, como análogamente Cannes, San Sebastián o Venecia, vienen a ser cada vez más el reflejo, de forma específica, de las contradicciones que en la consideración «festival» conducen a la crisis de un sistema en cuanto tal (como manifestación cerrada y en cierto modo discriminatoria), crisis que afecta fundamentalmente a las raíces y demás prolongaciones desde las que se plantea o se construye «el tinglado de los festivales». Reflejo, por supuesto, de otras crisis más amplias al nivel cultura-industria-consumo, índice de unos supuestos que se manifiestan a cada paso en la forma de la decadencia e invalidez de los esquemas convencionales sobre los que se montan unas estructuras.

Si la ignorancia de Berlín a todo cuanto significa o pueda significar cine nuevo, la crisis de un lenguaje, los nuevos planteamientos desde los que iniciar una búsqueda, la reflexión sobre el medio, ha tomado cuerpo decididamente en este 65º Festival, no es sólo como resultante de un sistema específico (el berlinés) desvelado aquí, sino más bien el punto concluyente de la suma de las implicaciones distintas que acceden en Berlín, como, por otra parte, en otros festivales, o en situaciones generales.

Alucinado por la visión de un cine «moderno», entre comillas, jadeante por sus esfuerzos de estar «á la page» y no dejar perder el tren de la «novedad» más engañosa, oportunista entre oportunistas (desde el lado político al cultural, que en definitiva son uno sólo), el Festival de Berlín se ha equivocado de estación. Si «Queen of the Desert» resulta en cualquier caso un film interesante, lo que ya es menos entendible (y con esto estamos ya jugando al «juego de los premios») es su casi seguro Oso de Oro como la mejor película de la Bernlinale. Si el festival –en sus intentos de estar al día– premia también películas como la insufrible “50 sombras de Grey”, “Mr. Holmes”, “Everything will be fine”, “Ixcanul (Ixcanul Volcano)” o “Nadie quiere la noche”, creyendo sin duda que ésas son las obras modernas y nuevas, modelo perfecto de exhibicionismo y oportunismo, de mimetización de las fórmulas brillantes de «cine joven», el festival sólo revela su incompetencia y marginación, su puesta en situación «out». Y si, al mismo tiempo, Berlín ignora olímpicamente (cuando no desprecia) las obras auténticamente válidas y rigurosas, que las hay, las únicas aportaciones de creadores sean Terrence Malick, Jafar Panahi, Werner Herzog, Isabel Coixet, Patricio Guzmán u Olivier Hirschbiegel, las posibles perspectivas que tuvieron lugar, Berlín consigue que uno se sienta bastante desconcertado por su criterio.

El fenómeno, por generalizable que sea a otras esferas, a otros festivales, no deja de ser lamentable, en su correlación cultural. Desde los sistemas de intereses de todo tipo en juego, desde los criterios de selección de obras por países, desde los cerrados márgenes de «competición», desde los postulados que presiden la inclusión de un jurado, desde la exclusivización de unos votos y unos premios, desde la necesidad de esos mismos premios para unas cinematografías incipientes y de mercados reducidos, desde la consiguiente contradicción de ello, desde las presiones que convierten un festival de cine, tanto en una feria “de baratijas” al mejor postor, como en un equilibrio desequilibrado de intereses industriales o políticos.

Desde los supuestos de «contestación» institucionalizada, a la necesidad de una auténtica radicalización. Desde los asentamientos en un sistema cerrado (con apariencia de «libre confrontación»), a la realidad de una dialéctica cultural abierta. Desde la absorción de las corrientes más aparatosamente «diferentes», a la realización consecuente de un cine realmente imbricado en la problemática compleja de una compleja y pavorosa realidad. Desde un cine acomodaticio, convencional, apoyado en los esquemas burgueses del arte, a un cine de agresión. Desde la torpe y primaria realidad inmediata, a la imaginación.

Mr. Arriflex

El Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN) –el mayor laboratorio de investigación en física de partículas del mundo– anunció ayer que el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) reiniciará próximamente sus operaciones después de dos años de mantenimiento y actualizaciones.

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El primer rayo de protones será disparado a  principios de abril, y será seguido por un rayo contrario. La energía inicial fue de 450 Gev, y en las siguientes semanas se llevarán a cabo una serie de pruebas para verificar la integridad de todos los sistemas, posteriormente la energía sera elevada a los niveles experimentales.

Hace dos años Gran Colisionador de Hadrones (LHC), –ubicado en la localidad de Meyrin, Suiza– fue parado para un reacondicionamiento técnico. Esta semana ha sido reactivado y está listo para su segundo ciclo de tres años. Su anterior etapa culminó con el histórico hallazgo del bosón de Higgs. En esta nueva fase, los científicos esperan ubicar microagujeros negros que no solo podrán revelar universos paralelos, sino también poner en duda la famosa teoría del Big Bang.

El descubrimiento de dichos microagujeros a cierto nivel de energía es un paso adelante para probar la teoría de ‘la gravedad arco iris’, según la cual nunca ha existido nada parecido a un punto determinado del comienzo del universo, y que, en realidad, el universo se mueve hacia atrás en el tiempo de manera indefinida. La teoría de ‘gravedad arco iris’ –que en cierta medida busca conciliar la teoría general de la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica– se basa en la suposición de que el efecto de la gravedad sobre el cosmos puede sentirse de forma diferente en relación a la longitud de las ondas de luz.

A lo largo de varios días, el LHC producirá colisiones a 13 teralectronvoltios (TeV), una energía jamás alcanzada por ningún acelerador en el pasado. Con este nuevo nivel de energía, el LHC abrirá nuevos horizontes de la física y de futuros descubrimientos”, dice el director general del CERN, Rolf Heuer, en el comunicado.

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“La consecuencia de funcionar a una energía mayor es que aumenta el potencial de hacer un descubrimiento, de encontrar nuevas partículas más pesadas que las que se producían cuando la máquina tenía 7 u 8 TeV. Porque cada nueva partícula que descubramos, puede abrir la puerta hacia el universo oscuro”, puntualizó Heuer, aunque advirtió que llevará muchos años obtener los resultados. Encontrar partículas nuevas con una masa mayor que el bosón de Higgs supondría entrar en el 95% del cosmos del que aún la humanidad no sabe nada, según los expertos.

Las actualizaciones, que requirieron desde conectar cerca de 10.000 conexiones entre magnetos, darle más potencia a los sistemas de vacío, criogenia hasta nuevos aislamientos, han aumentado la capacidad de energía a 13 TeV –poco más del doble de la potencia original–, y el tiempo entre colisiones fue reducido en un 50%, de 50 a 25 nanosegundos.

La temporada pasada el LHC se centró en la búsqueda del bosón de Higgs, pero esta vez los experimentos van con todo sobre la física más allá del modelo estándar, desde materia oscura y antimateria hasta supersimetría y otras teorías del todo. No sabemos que nuevos descubrimientos le esperan al LHC, pero el primer paso en la nueva era de la física de altas energías ya se ha dado. De nuevo, será cuestión de esperar.

Web oficial del CERN

Dicen que el escritor es un tipo que pone todo su empeño en hacer lo que no sabe hacer. Nadie le ha enseñado. Nunca sabe como terminará lo que escribe. Cuando empieza su segunda obra, ha de olvidar la primera y volver a sortear todas las dificultades de la segunda… Ya decía Michel Butor que escribir una novela es escribir algo que nunca ha existido.

El escritor británico Ian McEwan

El escritor británico Ian McEwan

Un artista plástico, un arquitecto, cualquier profesional creativo, sabe qué es lo que quiere conseguir cuando comienza algo. Pero un escritor casi siempre trabaja más allá de sus límites porque le gusta saber qué hay más allá. A veces, sin embargo, consideramos el trabajo de escribir como algo inútil. Aunque seamos capaces de meternos en la piel de otras gentes que inventamos para poder así dar forma a nuestro discurso, sea este el que sea. Aunque seamos capaces de asumir la desdicha y la condición humana y saber que podemos expresarla en forma de relatos, novelas o poemas. Aunque sepamos describir la alegría, o la paz que da el amor, o la felicidad completa.

Todo este preámbulo viene a cuento porque acabo de releer La playa de Chesil –la novela del consagrado autor inglés Ian McEwan– que, aunque no está considerada como una de sus mejores obras, no se puede leer sin dejar de admirar esta nueva demostración de destreza narrativa, o de la aparente facilidad con la que McEwan es capaz de trenzar un discurso que, independientemente del contenido de la historia, resulta una auténtica y placentera lectura. Un control de los mecanismos más narrativos que se hace patente, por ejemplo, en el tiempo de la historia: en esencia, unas pocas horas de la noche de bodas de una pareja, detalladas con un tempo lento y minucioso, atento a cada una de las inflexiones que se van sucediendo en el ánimo de los dos personajes.

En la práctica, sin embargo, McEwan intercala la historia previa al presente de la narración, unas breves pinceladas que sitúan el origen de los dos y de su amor; así como también una especie de epílogo de los años posteriores a la finalización de la historia estricta. Y lo hace alternando en la narración el punto de vista de ambos personajes, y valiéndose del flashback para dar una información mínima pero suficiente. El resultado es una narración impecable, una historia breve –casi una nouvelle– y deliciosa, sin demasiadas pretensiones aparentes.

«Eran jóvenes, cultos y, ambos, vírgenes aquella noche, su noche de boda, y vivían en una época en que una conversación sobre problemas sexuales era del todo imposible.»

Es la frase que abre la narración, un inicio de aquellos destinados a perdurar, que introduce, con unas pocas palabras, el núcleo central de la historia, el conflicto con que deberán encallar los dos principales personajes. Estamos en la Inglaterra de 1962 –justo antes de los cambios sociales que habrían de venir–, Edward y Florence sacaban de casarse y se disponen a cenar en el hotel, situado al borde de Chesil Beach, donde pasarán la noche de bodas. Una violinista de buena familia y un aspirante a historiador de clase obrera –caracterizado por resolver a golpes los problemas– que pese a las diferencias han optado por compartir la vida. Y el concepto de noche de bodas que recupera aquí todo el sentido que había tenido en otros tiempos: el de una primera vez que, en la novela de McEwan, es sinónimo de movimientos torpes, de fracaso, de platos rotos.

img_art_12842_4860En pocas páginas –y, en consecuencia, con una economía de recursos realmente destacable– McEwan es capaz de trazar las líneas maestras de la psicología de los dos miembros de la pareja, los miedos y las inseguridad que los atenazan, los deseos que los mueven, la ceguera o la ingenuidad con que se encaran a una situación nueva y, en consecuencia, desconocida. Un dibujo en el que lo que no se dice o lo que no se hace tiene tanta o más importancia que lo que es de forma explícita. La brevedad implica contención, y McEwan ha usado las palabras justas, y sólo las justas; nada es superfluo. Por el contrario, cada frase puede leerse en clave simbólica, y desde este punto de vista abrirse a líneas temáticas diversas: la educación de cada sexo, especialmente de la mujer, las diferencias insalvables de clase, la manera como la época marca los personajes, la incomunicación, la relación entre la felicidad y la ambición, etc.

Quizás hubiéramos preferido que el autor hubiera cerrado la novela justo en el momento que termina la historia que se narra; que hubiera evitado, así, esa especie de epílogo que, por momentos, recuerda el esquema previsto de otra novela, tal vez inicialmente más extensa, en la que todo está absolutamente delimitado, y todas las piezas del rompecabezas acaban finalmente por cuadrar. En el caso de la novela de McEwan, resultado de un proceso de aceleración del tiempo narrativo en las últimas páginas, una técnica simplificadora con que se pretende dar algunas pistas de cuáles serán los caminos que seguirán los dos personajes a partir de aquella noche. Y así, si McEwan cuenta unas pocas horas en las primeras cien páginas de la novela,  cuenta un buen puñado de décadas en las últimas diez.

En cualquier caso, una historia sencilla pero emotiva; y, sobre todo, muy bien narrada. Con el trasfondo del paisaje idílico de la playa de Chesil como símbolo del contexto en el que se encuentran los dos personajes y de lo que este marco les exige. Una exigencia que no se corresponde con su preparación y, tal vez, no del todo tampoco con sus deseos. Ir hasta allí para volver de vacío –o, peor aún, para volver con las manos llenas de los pedazos de un objeto que era tan valioso– es el más cruel de los destinos que se puede dar a este hotel al borde de la playa.

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Luis Irles

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