Ira Cohen en 1979. Fotografía de Gerard Malanga.

De 1923 a 1956, Tánger fue una zona internacional gobernada por Francia, España y Reino Unido. Conocida como la Interzone, su bien ganada fama de ser una ciudad cosmopolita que ofrecía una libertad absoluta, atrajo a decenas de artistas y escritores occidentales en los años 50 y 60.

Una de las figuras más prolíficas de Tánger –y al mismo tiempo de las menos conocidas– fue la del poeta, fotógrafo y artista estadounidense Ira Cohen (1935 – 2011), que vivió allí durante los años 60. Cohen publicó una revista literaria titulada Gnaoua, que en árabe significa exorcismo y que, posteriormente, influiría en la creación de uno de los festivales musicales y artísticos más importantes de Marruecos. En ella se publicaron escritos tempranos de William Burroughs y Brion Gysin, entre otros.

Posteriormente, Jimi Hendrix y otros muchos artistas fueron retratados en su “Mylar Images“. Al mismo tiempo, diseñaba espectaculares portadas de discos. Técnica y conceptualmente, Cohen integró en sus trabajos fotográficos sus experiencias chamánicas y tántricas, al igual que hizo con su obra como poeta, músico y cineasta, que comenzó a finales de los años 70. Varios trabajos suyos fueron presentados recientemente en el Art Basel 38 / Kunst + Film de John Armleder.

Sus imágenes, rebosantes de espontaneidad e ironía, se refieren no sólo al dadaísmo y su inconformismo, sino también al antiautoritarismo y la crítica social de la Generación Beat, que también rompió muchos tabúes y desarrolló nuevas formas de vida experimental. El trabajo de Cohen refleja estas influencias de una manera impresionante. Después de muchos años, la obra del artista neoyorquino –sobre todo la fotográfica– vuelve encuadrarse en sus parámetros habituales, sostenido por su cerrada defensa del trabajo artesanal frente a la labor de equipo que predomina en la actualidad. De este modo, Cohen siempre estuvo cerca de la verdad e impregnó sus imágenes de sinceridad, de tal forma que se convierten en la representación de una historia en la que no se pretende convencer a nadie de nada, en la que no se ha intentado sorprender, en la que los protagonistas son personas de carne y hueso que viven en ciudades anónimas.

En su trabajo aflora también una especie de ‘sentido del humor cósmico’, muy notorio en su libro underground  ‘The Hashish Cookbook’, una recopilación de recetas hash escritas bajo el seudónimo de Panama Rose (un tipo popular de marihuana), que fue publicado en 1967 por su propia editorial Gnaoua. Significativamente, una de sus portadas es visible en la carátula de LP de Bob Dylan ‘Bringing It All Back Home’.

“Tenía muchas cosas de Burroughs y de Ian Sommerville, sobre todo cuando hablaba de “La Máquina del Ensueño”, que él y Brion Gysin co-inventaron”, recuerda el escritor Barry Miles en sus memorias. En Marruecos, Cohen también produjo un disco de música de trance marroquí antes de trasladarse a Katmandú, donde vivió durante diez años y creó una colonia de artistas.

Innov Gnawa – [6] “Toura Toura” from remix-culture on Vimeo.

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Phaptawan Suwannakudt, la más valorada de las artistas tailandesas.

Haciendo zapping una noche en Manila, acabo en un programa tailandés de vídeos musicales llamado ‘Bangkok Jam’. Mientras intento coger la onda, me pregunto que, si es cierto que la música se ha globalizado, los discos de Bangkok tienen que sonar igual que los que hacen furor en Los Angeles, Tokio o París. Con todo, la visión de esos “cortos” virtuales, dominados por una narrativa musical y que evolucionan como el típico tema pop, me impulsa a revisar ciertas ideas preconcebidas. Veo, por ejemplo, una balada rock totalmente fiel al estándar; pero mientras progresa hacia el estribillo final, la música se detiene repentinamente para dar paso a un lacrimógeno intercambio entre la desventurada pareja. En otras palabras, el desarrollo de la fórmula queda frenado por un pasaje melodramático muy propio de la cultura popular local. Se trata, de hecho, de un suplemento teñido de interioridad en aparente contradicción con una industria musical basada en un proceso de montaje hábil y pulcro. Con todo, en la narración de una “historia romántica” para el público tailandés, esa perturbación vernácula está llena de sentido, incluso a través de un lenguaje tan supuestamente global como es el de la música hecha para video clips.

De una forma bastante similar aborda la artista tailandesa Phaptawan Suwannakudt la creación de imaginería. Educada dentro de la tradición de la pintura mural tailandesa y continuadora del compromiso de su padre, Paiboon Suwannakudt, para con esa disciplina, Phaptawan pinta según las veneradas costumbres del arte sagrado, pero aprehendiendo su forma y significado dentro del planteamiento de su propia obra, de su propia narrativa vital, lo que se hace particularmente evidente en su serie Nariphan (1996), que pone al descubierto tanto su habilidad sensible y su sentimiento en la aplicación del acrílico sobre seda, como su aguda capacidad para dar cuerpo a una historia trágica bastante ajena a la contemplación budista. El replanteamiento que la artista hace de la tradición de la pintura mural tailandesa, nos introduce dentro de una historia del arte que ha tenido que hacer frente a los estragos del tiempo ya que, como se ha señalado, “los murales existentes en raras ocasiones son anteriores al siglo dieciocho”. En !as descripciones de esos murales se observa que, a pesar de las influencias chinas e islámicas, mantienen el carácter tailandés en su “delicado dibujo lineal, vivos colores, dibujos textiles y rasgos étnicos”

Phaptawan Suwannakudt. Obra de su serie ‘Elefantes’

Phaptawan Suwannakudt. Obra de su serie ‘Bhava’

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Bajo el título de ‘Ted Russell: Bob Dylan NYC 1961-1964’, la neoyorquina galería de Steven Kasher estuvo albergando –desde el 20 de abril hasta el pasado 3 de junio– una exposición de fotografías excepcionalmente interesantes del músico, poeta y Premio Nobel de Literatura 2016, Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan. Casualmente, me encontraba yo en la Gran Manzana en esos días y –tres o cuatro jornadas antes de su clausura– me planté en el 515 de la calle Oeste con la 26. La exposición, resumida en pocas palabras, no era más que una fresca mirada del fotógrafo Ted Russell (que en la actualidad tiene 87) años al interior del joven Bob Dylan, cuando éste vivía en un descuidado apartamento del Greenwich Village a principios de la década de los 60.

En noviembre de 1961, Bob Dylan tenía 20 años, y ya era un cantante bastante popular que se preparaba para una ascendente y prometedora carrera musical. Sus primeras actuaciones pagadas, sobre todo en el ‘Gerde’s Folk City’, despertaban interés. Una favorable e inesperada reseña en el ‘New York Times’ y la grabación y lanzamiento de “Song for Woody”, su primera composición original, tuvo un gran éxito e influyó en muchos cantantes y compositores de la época.

Por su parte Ted Russell –nacido en Londres en 1930– y residente en los Estados Unidos desde el año 1952, está considerado uno de los grandes fotógrafos del siglo XX. Comenzó a fotografiar a los 10 años y, a los 15, ya colaboraba con algunos periódicos londinenses. Al año siguiente, trabajó en ‘Acme Newspictures’ en Bruselas. Más tarde se unió al personal de ‘Now’, un magazine ilustrado, y posteriormente a la revista ‘Spotlight’. En el 52 abordó el Queen Mary para Nueva York, llegando con cuatro cámaras y 200 dólares. Pronto fue reclutado y se desempeñó como fotógrafo del Ejército. Después de asistir a la Universidad de California en Berkeley, regresó a Nueva York y se convirtió en fotógrafo de la revista ‘Life’ durante más de 12 años. Sus trabajos han aparecido además en las prestigiosas revistas ‘Newsweek’, ‘Time’, ‘Saturday Review’ y ‘New York’ e igualmente expuestas en el Centro Internacional de Fotografía y en el MOMA.

Por mi parte, debo confesar que fue una grata experiencia la visita que hice a la ‘Steven Kasher Gallery’, inspiradas por la música y los retratos de Bob Dylan. Estas fotografías de Dylan han sido una iluminación: cuando en 1961 su primer disco ni siquiera había sido promocionado, el músico de 21 años, con el pelo rizado y los ojos vivos, estaba a punto de proclamar su propia verdad al mundo, aunque nadie lo sospechaba. Armado con su máquina de escribir y su guitarra iba a aplastar y absorber la realidad y devolverle la vida dentro de una nueva forma, con un equilibrio perfecto entre una inocencia necesaria y ligera para hablar sinceramente al mundo y una tenacidad antigua, de siglos, para hacerlo. Fue Bob Dylan, sin duda, el joven que cambió el rock and roll en ese momento, la primera gran revolución musical desde que Elvis Presley la iniciara en Memphis en 1956.

Mr. Arriflex

La literatura infantil y juvenil en los países hispanohablantes está considerada como un subgénero literario que los escritores y críticos pasan por alto con pleno convencimiento. Cierto es que muy pocos deben tener recuerdos gratos de lecturas de libros infantiles en su propia niñez: estaban los cómics de mal gusto y tan alienantes como para considerarlos peligrosos para la “salud mental” de las víctimas (hoy sucede lo mismo) y los textos edificantes —donde en cada página se levantaba un dedo moralizador, amenazante— que ayudaban a aprender la lección del colegio. Obviamente, estos géneros no podían despertar ningún entusiasmo, ninguna afición a la lectura.

La últimas encuestas del CIS sobre hábitos de lectura en España –país al que, paradójicamente, se le considera una potencia editorial– han vuelto a dar un resultado alarmante: el 40% de la población reconoce que no lee nunca un libro o prácticamente nunca. Me parece una cifra suficientemente elocuente como para insistir en hechos elementales: hay que dedicar más atención al campo de la literatura infantil, estimular la lectura desde muy pequeño, familiarizar al niño con el libro como objeto bello y divertido, crear bibliotecas públicas, crear bibliotecas en los colegios, crear bibliotecas ambulantes, separar tajantemente la pedagogía de la literatura infantil y difundir un hecho aparentemente poco conocido: la literatura infantil es una diversión, una pasatiempo agradable.

¿Y qué es entonces esta literatura infantil y juvenil? Mi respuesta es que se trata de literatura a secas, como la novela policíaca, bien hecha, es literatura. Una prueba para ver si un libro “infantil” es bueno o no, consiste en leerlo uno mismo: si se divierte, la respuesta es positiva, si se aburre, es negativa.

Hay varias maneras de interesar a los adultos. Y hay que interesarlos, porque los niños no disponen generalmente de dinero para poder comprar libros; ¿cuántos niños habrán entrado alguna vez en una librería? ¿Dónde encontrarán fácilmente el rincón dedicado a sus libros?

Se puede reflexionar sobre la necesidad de crear hábitos de lectura y leer y discutir con los niños los textos, escoger libros no pedagógicos, no didácticos, no moralizantes sino aquellos que tienen calidad literaria y tratan problemas contemporáneos. Cualquiera puede disfrutar de la lectura de un cuento de hadas que, como lo ha demostrado Bruno Bettelheim recientemente, son una práctica muy necesaria para poder solucionar conflictos emocionales y sociales. También sirven para evocar pueblos lejanos, e ir conociendo sus costumbres y mitos.  Los niños –está más que probado– suelen ser lectores muy críticos, pero en cambio su acogida es muy alentadora. Grandes escritores han escrito grandes obras infantiles: pienso en Bashevis Singer, Böll, Buzzati, Dahl, Durrell, Kästner, Twain… faltan buenos originales, y faltan más editores de libros infantiles.

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Montgomery Clift junto a Marilyn Monroe y Clark Gable.

Adelantándose a la celebración oficial del 50 aniversario de la muerte de Montgomery Clift, la emblemática ‘Cinémathèque Française’ ha programado para los próximos días 23, 24 y 25 de julio la proyección de 12 de las 17 películas en los que intervino el inolvidable actor. Entre ellas destacan ‘De aquí a la eternidad’, ‘Río Salvaje’, ‘Vidas rebeldes’, ‘De repente, el último verano’, ‘La heredera’, ‘Río Rojo’, ‘Vencedores o vencidos’ y ‘Yo confieso’.

Mi primer recuerdo de Montgomery Clift va unido a la proyección del film Río Rojo, de Howard Hawks. Era una sala para cinéfilos ya desaparecida, por supuesto. Corría el año 1970 y una de mis inquietudes culturales era frecuentar cines de Arte y Ensayo recomendados por las revistas especializadas de la época. Río Rojo se proyectó junto a Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais. Aunque era un gran admiradorde John Wayne, sin embargo me quedé impresionado por el trabajo de Montgomery Clift, que interpretaba en la película de Hawks al hijo de Wayne, un vaquero introvertido. Fue seguramente la profundidad psicológica del personaje, con su rostro atormentado, lo que me atrajo de este inolvidable actor.

Curiosamente Río Rojo fue el primer film de los 17 en que intervino Clift. Había nacido 7 de octubre de 1920 en Omaha (Nebraska). Hasta participar en el film de Hawks (tenía 28 años) Montgomery Clift ya poseía un amplia carrera teatral en Broadway, rechazando las ofertas que le venían de Hollywood. Pronto dos hechos –que posteriorente marcaron toda su carrera– influyeron en el actor. Por una parte su trabajo con Elia Kazan (le dirige en la obra de Thornton Wilder ‘The Skin of Our Teeth’), que le inicia en método del Actor’s Studio (Dustin Hoffman, Jack Nicholson, Robert De Niro y Al Pacino han confesado las influencias que recibieron de Clift). Y por otra parte una disentería que contrajo muy joven, cuyo tratamiento le puso en contacto con el mundo de los fármacos y las drogas.

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‘The Rope Dancer Accompanies Herself with Her Shadows.’ Man Ray, 1916

A raíz de mi visita a la reciente exposición “Dalí, Duchamp, Man Ray. Una partida de ajedrez”, organizada por el museo de Cadaqués, y en la que a través de fotografías, pinturas, esculturas, dibujos, grabados y manuscritos se muestra la relación entre estos tres artistas universales y su vínculo con la maravillosa localidad de la Costa Brava catalana donde solían veranear juntos, me ha parecido oportuno rescatar estas notas sobre Ray publicadas hace ya algunos años en este mismo blog.

Y es que para mí, Man Ray (Filadelfia, 1890 – París, 1976) ha sido uno de los artistas más representativos de los años treinta. Conocido por sus pinturas surrealistas y sus films, fue la introducción de soportes y técnicas fotográficas en sus obras lo que motivó su destacado papel dentro del dadaísmo. Cuando comparaba sus rayogramas con las radiografías sólo quería expresar su desdén por los movimientos vaguardistas que trataban de mantener la relación del arte con la sociedad en que se inscribía.

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Athanasius Kircher (1602-1680)

Pocos seguidores de la literatura clásica recuerdan actualmente la monumental obra de Athanasius Kircher, un extravagante jesuita alemán del siglo XVII considerado por muchos historiadores como uno de los científicos más importantes de la época barroca. Políglota, erudito y estudioso orientalista, Kircher escribió más de treinta voluminosos libros sobre los más variados temas: desde la óptica, la acústica, la lingüística y las matemáticas a la criptología, la egiptología, la numerología y la sinología.

Nacido en Geisa, Abadía de Fulda, en Hesse, en vísperas de una caza de brujas organizada por la Municipalidad de aquella localidad ubicada en el centro de Alemania, logró sobrevivir –según lo describe en sus memorias– a una estampida de caballos, a una hernia severa y a los ejércitos de un obispo loco, antes de aparecer en Roma en 1633, sólo unos pocos meses después del juicio a Galileo Galilei. Allí vivió más de cuarenta años hasta su muerte en 1680.

Kircher no era sólo un escritor. Fue el inventor de ingeniosos dispositivos de espionaje, de estatuas parlantes y de máquinas musicales. También fue el creador del ‘vanguardista’ Museo de Curiosidades que instaló en el Colegio de los Jesuitas en Roma. En una de sus salas se mostraban unos supuestos huesos de la cola de una sirena y un ladrillo de la torre de Babel. Colaboró, así mismo, con el maestro barroco Gianlorenzo Bernini en dos de sus más famosas esculturas y –haciendo gala de una enorme audacia– descendió varios metros al interior del humeante cráter del Vesubio para obtener materiales geológicos. Algunos estudiosos de su obra aseguran que, probablemente, fue el primero en usar un microscopio para examinar la sangre humana.

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‘Volar en círculos’ es el título de las esperadas memorias de John Le Carré, uno de los escritores más leídos del pasado siglo. Sus novelas ambientadas en el embrollado mundo del espionaje durante los años perversos de la Guerra Fría –tales como El espía que volvió del frío, El topo, La gente de Smiley— son también conocidas mundialmente gracias a las numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas que se han hecho de ellas.

Más de medio siglo después de publicar su primera novela, “Llamada para un muerto” (1961) –y de vender millones de ejemplares en todo el orbe–, el gran escritor británico decidió compartir con sus lectores aspectos de su vida. Lo hizo tras muchos años de ir ofreciendo con cuentagotas pequeños datos sobre su época de agente del MI5 y del MI6.

¿Qué suelen esperar los lectores de las memorias de un escritor que, en principio, ha tenido una vida de lo más movida, como es el caso de Le Carré, que fue espía antes de que escritor y que, gracias a su fama y también a su curiosidad, ha viajado por todas partes y ha tratado personas de toda especie y pelaje? Yo diría que esperan, sobre todo, tres cosas: la posibilidad de al menos atisbar la cara del hombre que se esconde tras la máscara del escritor, la oportunidad de descubrir los hechos auténticos y las personas reales que ha utilizado como materiales en bruto para sus ficciones y, last but not least, un anecdotario diverso y curioso, entre pintoresco y dramático. En ‘Volar en círculos’ todas esas espectativas se cumplen ampliamente.

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Hace casi veintiséis años que nos dejó Miles Davis, pero los amantes del jazz lo seguimos considerando el genio más grande que ha dado la música afro-americana. Y nos es ésta una apreciación subjetiva, ya que toda la crítica especializada llegó a la misma conclusión tras presenciar los conciertos que el gran quinteto de Miles ofreció en el Plugged Nickel Club de Chicago, los días 22 y 23 de diciembre de 1965. “Es lo más emocionante que he escuchado en mi vida. El trompetista Miles Davis se ha convertido ya en un símbolo para muchos, y no sólo por su música…”, escribió al día siguiente Albert Russell en las páginas del “Chicago Tribune”.

Precisamente estuve viendo anoche ‘Miles Ahead’, la película que ha realizado Don Cheadle para mostrar en ella su pasión por uno de los músicos más importantes que ha tenido el siglo XX. En mi opinión, el film solo brinda unas cuantas sugerencias cuya complejidad no está bien servida, un guión excesivamente simple y unos personajes demasiado esquemáticos. Debo confesar, sin embargo, que muchs de sus secuencias lograron emocionarme, especialmente la de su memorable “Kind of Blue”, donde Miles le arranca a su trompeta las más bellas y sugerentes notas que se pueden escuchar en toda la historia del jazz. Unas notas impregnadas de tristeza y melancolía que te llegan directamente al alma.

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La Librería Kitabevi de Estambul.

La Librería Kitabevi de Estambul.

Tuve que viajar a Turquía el pasado noviembre. El motivo principal que me llevó a tomar dos vuelos de la ‘Air France’ fue el tener que asistir a la ‘International Maritime Conference’, que se celebra anualmente en Estambul, pero también mi incontenible deseo de aspirar a pleno pulmón las más formidables y antiguas esencias otomanas. Los turcos tienen un hondo sentido de lo erótico, como sabe muy bien todo aquél que conozca su literatura, y hasta el más sencillo de sus proverbios es susceptible de sensuales interpretaciones y fantasías.

Quise llevar conmigo, como lectura que me suele acompañar siempre que viajo a algún país del mundo islámico, ‘The Book of Sufi Ribaldry’ (no existe traducción a nuestro idioma), que reúne a varios de los más grandes poetas sufíes persas y turcos que escribieron versos ‘obscenos’, pero también una prosa satírica (como es el caso de Rumi y Sadi) que pretende transmitir mensajes de un alto contenido espiritual y/o moral.

Está claro que la lectura de un libro suele conducir, inevitablemente, a otro. Y este último es el principio de una sucesión de títulos similares, de una tela de araña que se expande por nuestro tiempo libre hasta saciar el entusiasmo. Así que, siguiendo el consejo de un naviero griego aficionado a la lectura, fui a parar a la Librería Kitabevi, ubicada en la zona de Istiklal Caddesi. Fue una suerte dar con ella y me maravilló la cálida belleza de este entrañable local.

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El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo polaco de origen judío Zygmunt Bauman –autor de una extensa obra entre la que destaca “La modernidad líquida”– falleció el pasado lunes, 9 de enero, a los 91 años en Leeds, Inglaterra. Con su muerte, desaparece uno de los intelectuales europeos más importantes y prolíficos de los últimos tiempos; un pensador que transmite un cierto sosiego en un mundo cada vez más gris.

Leí a Zygmunt Bauman por primera vez en el verano del 2002, cuando aún mantenía yo la esperanza de encontrar una explicación clara e inteligente que me ayudara a moderar la antipatía que siento hacia la sociedad actual, una sociedad en la que el capitalismo salvaje y globalizado está acabando con la solidez de la sociedad industrial. Empecé por “El malestar de la posmodernidad”, que me gustó mucho. En contraste con el clásico de Freud, “El malestar en la cultura”, aquí el filósofo polaco sostiene que la inseguridad y el miedo a los rápidos cambios en la sociedad contemporánea marcan el deseo de libertad que caracteriza a nuestro tiempo, y también la dificultad que tenemos para encontrarla.

Poco después, leí la que para mí es su mejor obra: “Ética Posmoderna”. En ella, Bauman sostiene que para renovar la forma en que vemos nuestra vida juntos, tenemos que rehacer de nuevo el significado de muchos conceptos. Uno de ellos sería el de ‘moral’, sin duda, cada vez más desgastado. Estoy de acuerdo con esto: o abandonamos el sentido que la sociedad le ha dado a esta palabra, o seguiremos siendo testigos de muchos crímenes de odio.

También ‘devoré’, con verdadera fruición, su conocida trilogía: “La modernidad líquida”, “Amor líquido” y “Vida líquida” y, más tarde, “La cultura como praxis”, “La globalización: consecuencias humanas”, “En búsqueda de la política”, “La sociedad individualizada” y “Vidas desperdiciadas”. En cualquier caso, debo confesar que no llegué a encontrar en la extensa obra de Bauman todas las explicaciones que yo buscaba para quitarme ese malestar que no me abandona. Más bien se acrecentó cuando leí su libro “Modernidad y Holocausto”, en el que se diferencia de muchos otros pensadores que veían la barbarie del Holocausto como un fracaso en la modernidad.

Seguramente no voy a encontrar las respuestas que busco en el resto de su obra, pero reconozco que sus libros están repletos de observaciones muy lúcidas, de una gran valentía intelectual para enfrentarse a cuestiones muy sensibles y, sobre todo, porque brindan un poco de consuelo ante un mundo cada vez más deplorable. También es un momento para observar la increíble coherencia de su pensamiento: alguien que vio la fluidez contemporánea y la situó como una de los pilares de su pensamiento sólo podía dejar de escribir cuando la muerte se lo impidiera. Y eso es lo que acaba de ocurrir.

“Me faltan algunos recuerdos todavía.
Estoy seguro de que existen.”

Albert Camus

 

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“Xanadú”, el barco de los sueños.

Mi viejo siempre me lo decía: “Deberías de llevar un diario personal en el que escribir todas tus aventuras”. Jamás lo hice. Posiblemente porque los papeles y el dinero siempre han sido enemigos naturales míos.

Yo, junto con mis compañeros-amigos-hermanos de la época, entre los que, cómo no, se encuentra mi queridísimo Luis Irles (Lucho 4 friends), tuvimos la suerte de pertenecer a una generación que saboreó la última época romántica de la navegación. Creo que es una generación de marinos, salida de la entrañable “Escuela de Náutica” (ahora se llama algo así como “Facultad Superior de Marina Civil”, nombre rimbombante y cursi donde los haya) de Barcelona, irrepetible.

Podíamos navegar en buques como el “Benito” de casco de remaches y calderas y maquinillas a vapor que, con buena mar hacia sus 9 nudos a toda máquina y si teníamos temporalillo de proa iba hacia atrás. Esto era un problema porque no teniamos congelador, de manera que si nos retrasabamos sobre el ETA (Estimated Time of Arrival, no confundir con la banda terrorista), nos quedábamos cortos de provisiones.

El “Benito” (indicativo de llamada: E A A T) era un viejo carbonero de la “Naviera Astur-Andaluza” y el segundo -después del “Genoveva Fierro”- más antiguo de la flota mercante española. Le habían modernizado la superestructura y tenía un inmenso puente y una amplia estación de radio con material americano de la II Guerra Mundial cuyo transmisor era de onda media solamente.

Yo embarqué en él porque siempre me he sentido hechizado por las antigüedades. Recuerdo que comenté a alguien: “Seguro que el viejo va con pantuflas” y, en efecto, acerté.

Afrodisio, Don Afrodisio, el capitán, ya estaba en edad de jubilarse. Asistía al puente con pantuflas y en su guardia (no llevábamos 1er. oficial) su esposa le hacía compañía tejiendo calceta y escuchando los trinos del canario que, encerrado en su jaula, era un serviola más.

En las maniobras de atraque y desatraque la cubierta se llenaba de vapor, se retiraba el canario del puente para que no se enfermase de una corriente de aire y Don Afrodisio salía al alerón con sus sempiternas pantuflas, boina calada hasta las cejas y una bufanda a cuadros que su esposa previamente le habia suministrado. Y, ¡ay de él que no saliese vestido de esa guisa!, tendria resonando en sus oidos la voz de ella: “Afrodisio ponte la bufanda y la boina que te resfrías..!!!”

Más de una noche, estando yo en estado “traspuesto” (como decia mi abuela) en el catre, he notado las manos de Don Afrodisio y su mujer que, con mucho sigilo habian entrado en mi camarote para arroparme.

Que El Jefe tenga en la gloria a los dos. Se lo merecen por nobles y excelentes personas.

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Hasta finales de los años setenta, la ahora mundialmente famosa Fura dels Baus se dedicaba a realizar espectáculos teatrales callejeros en Barcelona. Fue a finales de octubre de 1983 –al estrenar su inusual montaje Accions, en la localidad costera de Sitges– cuando empezaron a destacar en el panorama europeo, convirtiéndose en el fenómeno cultural del momento.

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“El Holandés Errante”, de Wagner, en versión de “La Fura dels Baus”

Su método de trabajo evolucionó con mucha rapidez y generó la creación de un lenguaje propio, que se vio desarrollado en sus montajes: Suz/O/Suz (1985), Tier Mon (1988), Noun (1990), MTM(1994) o Manes (1996). Fiel a sus principios de creación participativa, La Fura desarrolló proyectos a través de Internet, como Work in progress, espectáculo en el que se conectaban escenas que ocurrían simultáneamente en diversas ciudades, dentro de un ámbito de teatro digital.

Posteriormente, con Atlántida de Manuel de Falla, El martirio de San Sebastián de Claude Debussy y más de una decena de obras posteriores, la compañía se adentró en el mundo de la ópera, e igualmente se atrevió con el mundo cinematográfico a través de su película Fausto 5.0.

Ahora, a punto de finalizar 2016, La Fura dels Baus aterriza en el Teatro Real de Madrid con la monumental ópera de Richard Wagner El Holandés Errante para representar –bajo la dirección escénica de Àlex Ollé– 10 funciones entre el 17 de diciembre y el 3 de enero de 2017.

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Es curioso comprobar como hay algo extraño en la luz de las películas nórdicas que te conecta de forma directa con un clima y una sensación de frío. Mi amigo Dani siempre me dice que viendo estas obras cinematográficas, sin saber muy bien cómo, siempre terminas envuelto con una frazada. Y tiene razón, porque nosotros somos más bien de tonos amarillos y rojizos, más quemados, el blanco nórdico nos deslumbra y encoge. A mí me hipnotiza. Del norte de Europa nos llegan películas que a menudo nos parecen gélidas, extrañas, retorcidas. Cuesta conectar a veces, pero si te dejas llevar por su estética, su ritmo narrativo y su manera de tratar el drama y el humor entras en un nuevo mundo.

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El cantante Sixto Rodriguez

El cantante Sixto Rodriguez

Escuchando de nuevo el álbum “Cold Fact” de Sixto Rodriguez, recordé que en su día me pagué la entrada al cine y no esperé a ser invitado a la presentación oficial de “Searching for Sugar Man”, la película documental dirigida por el fallecido director sueco Malik Benjelloul, ganadora del Oscar en 2013 y que –a estas alturas– se ha convertido ya en una película de culto.

Hay todavía mucha gente que no la ha visto. Y, entre los que lo han hecho, no conozco a nadie que no le haya gustado. Seguramente, por razones muy diversas. Por la música, por la historia, por la realización. A mí me gusta, sobre todo, porque el relato fílmico es un gran ejercicio de investigación periodística realizado sin pretensiones grandilocuentes.

“Searching for Sugar Man” es la historia –ni más ni menos– de un hombre llamado Sixto Rodríguez. Un hombre que cantaba en los bares más sórdidos de Detroit a finales de los años sesenta. Rodriguez llegó a grabar un par de discos —“Cold fact” (1970) y “Coming from reality” (1971)– que pasaron totalmente desapercibidos y que, finalmente, cayeron en el más absoluto de los olvidos. Rodríguez no era anglosajón ni negro, sino hijo de un emigrante mexicano y eso, probablemente. no le ayudó a triunfar en el mundo de la música. Su vida se centró entonces en su anterior trabajo: simple obrero de la construcción, y poco más.

Su anterior y efímera carrera musical habría pasado al olvido si sus poéticas canciones, con una fuerte carga social, no hubieran llegado casualmente a la República Sudafricana en los tiempos más duros y represivos del apartheid. Lo hicieron –según se relata en la película– en forma de LP en la mochila de un joven turista procedente de Estados Unidos. Como un inesperado fenómeno social, mucho antes de la época de internet, la música de Rodríguez fue extendiéndose de boca en boca, de copia en copia y seguramente en voz baja, para que las autoridades sudafricanas no la incluyera en la lista de su terrible censura por subversivas y amorales. La leyenda del cantante que nadie conocía, pero cuyas canciones se convirtieron en un símbolo de la lucha contra el apharteid en Sudáfrica, se hacía más y más grande, y llegó a su culminación cuando se extendió la noticia de que el cantante se había suicidado en el escenario, en plena actuación, disparándose un tiro, decían unos, o prendiéndose fuego, aseguraban otros.

En los años noventa, ya en una Sudáfrica normalizada, Stephen Segerman se planteó investigar la vida de aquel ídolo de su generación, y comenzó a buscar las primeras pistas. La emoción por el descubrimiento de que no había muerto y por los detalles de su peripecia vital llenan de humanidad este extraordinario documental. El espectador, que parecía resignado a seguir la historia de un personaje atrapado en media docena de fotografías en blanco y negro, comparte la emoción en los ojos de los narradores cuando éstas se materializan en un hombre de más de setenta años, con un magnetismo personal indiscutible, que vive en la misma casa de siempre, en un Detroit gris y decadente y en unas condiciones próximas a la pobreza. Las ganancias por sus éxitos en Sudáfrica durante los setenta nunca llegaron a sus manos. Y cuando años más tarde –rescatado ya del olvido– ofreció un memorable y emocionante concierto en Cape Town, Rodriguez donó los ingresos de esta y otras actuaciones a causas benéficas.

Mr Arriflex

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Luis Irles

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Gracias por el premio, navegante de mares de papel.

PREMIO DARDO

Otorgado a este Faro por el blog El mar, qué gran tema para hablar, capitaneado por nuestro colega y buen amigo José, al que quedamos sumamente agradecidos.

PREMIO CALIDEZ

Gracias a Patricia Gómez, Binah, excepcional ser humano y poeta, por concedernos este hermoso premio.

PREMIO AL ESFUERZO PERSONAL

Nuestro generoso e incansable amigo Funkoffizier, de El mar qué gran tema para hablar, vuelve a premiar a este Faro, lo cual nos llena de orgullo y agradecimiento.

PREMIO CAMPANHA DE AMIZADE

Agradecemos profundamente a Jon Kepa, creador del blog Enseñanzas Náuticas el habernos concedido el premio Campanha de Amizade. Muito obrigado, amigo.

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Gracias a nuestra amiga Narkia por este bonito premio.

PREMIO OTORGADO POR CAPITANA

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Nuestra muy querida amiga Capitana nos ha honrado con este bonito premio. Le agradecemos muy mucho el detalle que ha tenido con nosotros.

PREMIO OTORGADO POR TIACHEA Y, NUEVAMENTE, POR JON KEPA

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

PREMIO A LA HONESTIDAD

Premio a la Honestidad_thumb[1]

El Grand Chef de Oídococina!, ha tenido la gentileza de obsequiarnos con un exquisito plato recién salido de sus creativos fogones. Le quedamos enormemente agradecidos por este hermoso detalle.

UN REGALO DE 'TINTERO Y PINCEL'

premio

Nuestra admirada amiga María, cuyo talento artístico puede comprobarse en su blog Tintero y Pincel, nos ha honrado con este simpático "Cracking Crispmouse Bloggywog Award". Un detalle que le agradecemos de todo corazón.

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SANTIAGO DE CHILE

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TIERRA SENTIDA

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OBRAS DEL ARTISTA SEBASTIÁN MÁRQUEZ

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BARCELONA

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