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Dicen algunos que me volví loca la noche que lo maté. Admito que estaba nerviosa –terriblemente nerviosa–, ¿pero loca? ¿Cómo podría estarlo mientras planeaba tan minuciosamente la forma de librarme para siempre de ese insoportable resplandor?

Él nunca se portó del todo mal conmigo, y casi nunca me fue infiel a pesar de haber sido marino durante más de quince años. Pero fumaba como un camionero, y ese odioso vicio suyo me condujo a este arrebato. Desde las primeras horas de la mañana hasta que anochecía, un cigarrillo colgaba de sus labios. Una colilla omnipresente que emitía con más fuerza sus brillantes destellos de color rojo dorado cada vez que él respiraba. Fue ese resplandor, esa exasperante y siempre viva candescencia, lo que me hizo perder la cabeza y selló su destino.

Lo planeé bien. Organicé un viaje a una ciudad turística cercana, diciéndole lo mucho que me ilusionaba pasar un fin de semana a solas con él. Yo había alquilado previamente una habitación en el octavo piso de un hotel para no fumadores. Cuando llegamos reaccionó exactamente como yo esperaba. Molesto por el lugar que había elegido, se apresuró a abrir la ventana desde la que se podía ver el mar, inclinándose hacia fuera mientras encendía el último cigarrillo de su vida.

El final llegó fácilmente: un ligero empujón, y la ley de la gravedad hizo el resto.

Las autoridades se mostraron comprensivas cuando yo, bañada en lágrimas, les hablé de la fatal adicción de mi marido. Todo debería haber terminado allí sino llega a ser por aquel maldito cigarrillo. Todavía prendido entre sus labios, la colilla brillaba y seguía despidiendo volutas de humo contra el cielo nocturno. La policía no pareció darse cuenta, pero entonces la ceniza creció y el extremo del pitillo se hizo más luminoso. Cuando vi salir el humo de su boca ensangrentada, perdí los estribos.

“¡No!”, grité como una loca, arrancándole el cigarrillo de los labios. “¡Te he matado una vez, y con una es suficiente!”

La brasa se iba extinguiendo lentamente, mientras un agente colocaba las esposas en mis muñecas.


Judith Israel