Los americanos lo denominan Cult. Se trata de cierto fanatismo cinéfilo que mueve a los afectados por esta patología benigna, a ver una y otra vez determinadas películas sacralizadas.

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Un espectador ansioso se sienta en la sala oscura y ve la película por decimoséptima vez. Para él es otra obra. Descubre nuevos giros y detalles que en un primer momento le habían podido pasar desapercibidos. Se llega a aprender los diálogos de memoria, con tan prodigiosa retención que luego será capaz de repetirlos en voz baja mientras los personajes prosiguen con sus textos.

Ese apasionado espectador al que sólo le calma la imagen en la pantalla, puede estar viendo Casablanca o Ciudadano Kane, con una devoción fetichista por la obra. Coleccionará los carteles, se hará con la música y esperará pacientemente que la película sea repuesta en algún cine de barrio, en la televisión, o en un cineclub.

Quizás esas sean las características del “culter”, aquel que necesita de estas imágenes-talismanes para creer que en ellas radica la posibilidad de todo. Una especie de iluminación mística que le sebrevendrá al término de cada función. Los norteamericanos acuñan el término cult cuando se refieren a películas como The Rocky Horror Picture Show, o The Night of the Living Deads, ambas de la denominada ‘serie B’ que llevan bastantes años consecutivos en cartelera en cines de Los Angeles y Nueva York. Allí acude, casi como un rito, un público que sigue de memoria el argumento. Acúden una y otra vez sin cansarse de ver las mismas películas, que sin embargo son otras, gracias a la participación de tan ferviente público.

claquetaok.jpg En nuestro país, el cult se manifiesta de un forma más equilibrada, casi como pequeños delirios personales con películas clásicas. Por supuesto, la televisión y el DVD no cuentan para el cult. Sentirse así frente a la pequeña pantalla, es casi ridículo para un ritual que requiere los 35 mm de film. La pantalla grande y la oscuridad de la sala son indispensables para saborear las proezas visuales de un Orson Welles, de unos Hermanos Marx o de un Wenders; éste último considerado por muchos como uno de los connotados del cult contemporáneo; junto al joven director francés J. J. Beiniex.

El culter espera la noche, se meterá en un cine y, después de la película, dormirá satisfecho esperando la siguiente sesión.

Julio Arriflex de Notal