umbertoeco.jpgUmberto Eco escribió hace ya algún tiempo en el diario español ABC acerca de la televisión, asegurando que ésta utiliza cada vez más el metalenguaje audiovisual para hacerse realidad en sí misma.

Si para los padres del estructuralismo el significante cumplía la función de nexo formal entre el significado de un emisor y su receptor, sin otro objetivo que el de ser mero vehículo y expresión de su intencionalidad, hoy podemos asistir a diario gracias al boom de los sistemas de comunicación a la importancia del –cómo– (significante) y el progresivo deterioro del –qué– (significado), desplazado a un rincón donde difícilmente sobrevive envuelto como un dulce dentro de un papel abrumador, convertido en objeto de estudio y observación por el que provocar la reacción del receptor.

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No hay más remedio que volver a los oscuros intereses creados por los poderosos; y los poderosos no son los que administran o están en el poder político embalsamados en sus escaños, sino los que están detrás de ellos, escondidos en el anonimato de sus grandes negocios.

¿No es indicio para la humanidad civilizada el que los medios de comunicación occidentales estén cayendo en manos de mercaderes, producto de esta tendencia que tienen a concentrarlo todo alrededor suyo estos pro-hombres?

Mientras sigan bombardeando y cantando la individualidad del hombre y sus prodigios seguiremos mirándonos el ombligo, bien lo saben, no olvidemos que hasta los políticos presentan su campaña como un producto de mercado, capaces de enderezar con un trozo de tortilla los estómagos más desorientados. Y que la progresiva mecanización a la que estamos sometidos nos obliga a depender (extraña paradoja) no a unos de otros sino a todos de unos cuantos. Porque los receptores no dejamos de ser fáciles de contentar con cualquier juguetito siempre que esté envuelto en atractivo papel de celofán, dispuestos a fumar la pipa de la paz aunque con ella firmemos nuestro cáncer.

EL INFIERNO DE LA PRENSA

Rafael Cruz