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Así es: se lee poco. En este país se lee muy poco.

La frase, repetida hasta la saciedad, se está convirtiendo en una muletilla, una especie de apoyo lingüístico cuando en una conversación pseudointeletual se analizan, por enésima vez, los motivos que nos han llevado, o nos han impedido salir, de la situación apática en que nos encontramos.

La frase viene a ser algo así como hablar del tiempo, dar carnaza a los contertulios esperando que así se pueda remontar la reunión que languidece.

Se ofrecen las opiniones más variadas; todo es válido, todo puede servir para el fin propuesto, todo es susceptible de convertirse en el elixir mágico que nos saque del atolladero, que nos permita demostrar que somos personas preparadas, conscientes, capaces de poner el dedo en la llaga y ofrecer, desprovisto de todo ornamento, una valiente, sincera e incluso desnuda disección del problema.lectores.jpg

Podremos ejercer como pontífices máximos, como sumos sacerdotes del sacrificio en el que inmolaremos a la víctima propiciatoria que lee poco y esto nos purificará, nos salvará y nos inmunizará.

Las cosas están como están, porque la gente no está preparada, le falta una mínima formación que la haga salir de su propia situación y, con ello, a través de las soluciones particulares, hallaremos la solución colectiva. Pero… se lee tan poco.

Los más “comprometidos” apuntan que la cultura no está al alcance de todos, que la mayor parte de la población no puedo dedicar parte de presupuesto a este tipo de cosas, que los libros están caros, demasiado caros para fomentar la afición a la lectura.

La solución de las bibliotecas públicas que apunta el vecino queda rápidamente descartada porque el sentido práctico más elemental demuestra que se prefiere un intercambio de ideas con los amigos en el bar-mientras se toma un vinito– a encerrarse, las pocas horas que el absorbente horario laboral les permite, entre las paredes de un incómodo almacén de libros.

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Los más desencantados consideran que el mayor enemigo es la televisión e incluso ofrecen datos objetivos, en forma de estadística, sobre la gran audiencia de que este medio goza. Dictaminan, pues, un maligno virus que va penetrando de manera paulatina e inconsciente, suave y cálidamente por los poros, la dermis, hasta llegar a las venas que lo conducirán irremediablemente al cerebro y en ese preciso momento todo será inútil, no habrá posibles soluciones; contamos con una nueva e irrecuperable víctima, un ser enajenado, incapaz de reaccionar por él mismo, teledirigido por estímulos enviados al cerebro, patrón de nuestros actos. Ni siquiera un diario deportivo o popular, con toda su carga de sensacionalismo o manipulación será capaz de conseguir el más pequeño indicio de duda, todo estará, pues, irremisiblemente perdido.

Mientras tanto, lejos, en el exterior, ajenos a la sentencia que los va a incapacitar para siempre, los más ingenuos defensores de -¿la cultura?- prosiguen su imposible batalla para crear y arraigar nuevas inquietudes, nuevas motivaciones, nuevos premios literarios, nuevas formas de creación, nuevas cepos, en definitiva, donde caigan los todavía tibios, los que no han decidido de una manera clara e inapelable en que lado van a luchar pera esta extraña pelea sin vencedores. ¡Ay de ellos, pues ambos bandos los harán culpables de sus propios desastres sin dejarles posibilidad de defensa, y sin poder presentar con suficiente convicción un simple pliego de cargos, ya que con ellos o sin ellos, en este país se seguirá leyendo poco.

V. Cervero