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Viajar está de moda. Los análisis culturales de este principio de siglo están estudiando cómo el aumento imparable de los movimientos migratorios a nivel internacional, fundamentalmente durante la última década, ha abierto la posibilidad de nuevas formas de comprensión de la emigración, tanto para los individuos inmersos en el viaje, como para los grupos emisores y las sociedades receptoras que suelen ser, éstas últimas y como casi siempre, los países desarrollados. Conceptos como los de identidad, tradición, preservación y resistencia cultural, entre otros, que casi siempre se veían afectados cuando se introducían los temas migratorios, están ahora actualizando sus mecanismos de conformación a partir de las nuevas formas de comprensión de un fenómeno que no parece ya tener fin.

De tal manera, los movimientos migratorios y diaspóricos transnacionales, asociados a los desplazamientos de todo tipo que ha impulsado la nueva globalidad contemporánea, se están erigiendo como una de las prácticas que con gran fuerza dan lugar a la reconversión de algunos de los más estables y rancios ejes conceptuales de la modernidad. Al respecto, el antropólogo James Clifford ha planteado: “Esas comunidades imaginarias que llamamos “naciones” requieren ser constantemente actualizadas. Las migraciones y los viajes, ya sean de trabajo o de turismo, unen idiomas, tradiciones y lugares de manera coactiva y creativa”.

Todo esto, y probablemente algo más, ha derivado el discurso político y cultural de este principio de siglo hacia nuevas y diversas miradas al viaje o, lo que es más importante, a “”pensar” el viaje, ya sea inmerso en las variantes migratorias que lo condicionan y contextualizan, muchas veces de manera dramática, como también en calidad de concepto, de tránsito existencial, de figura ontológica y metafórica.

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