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“¿En vuelo directo desde París? ¡carajo, chico! Pues están ustedes bien lejitos de casa”. El taxista cubano que nos recogió en el aeropuerto de Kansas City estaba impresionado. Tuvimos que contárselo todo: desde el tiempo que hacía en París hasta cómo marchaban las cosas en Europa. A su vez, él nos señaló la calle más peligrosa de la ciudad, lo cual ilustró con la descripción del promedio de muertes violentas que en ella ocurren a lo largo del año…

¿Por qué mi muy británico amigo Peter y yo habíamos elegido Kansas City? Verán ustedes. Ninguno de los dos habíamos estado antes en los Estados Unidos -omisión un tanto ruborizante después de haber conocido yo más de 40 países – y queríamos conocerlos desde un punto de vista nuevo. Nueva York ha sido descubierta con harta frecuencia y por demasiadas personas que, habiéndola tomado como punto de partida, no han dado luego un solo paso por el resto del país. De modo que extendimos en el suelo un mapa de los Estados Unidos y Peter puso el dedo al azar en un punto. En aquel punto ocupado por el dedo había escrito un nombre: Kansas City.

musico-jazz.jpg La elección nos pareció magnífica. Kansas … a las puertas del Lejano Oeste. Kansas … con sus vastas llanuras agrícolas, la estirpe más típica del estadounidense, la genuina Norteamérica. ¡Viva Kansasl Pero resultamos defraudados … porque Kansas City no está en el estado de Kansas sino en el de Missouri. Ciertamente la cosa carecía de importancia porque ya no existe en el mundo una sola persona que pueda ver a los Estados Unidos por primera vez. Hollywood se ha encargado de exportarlo a todos los rincones del mundo. Así que todo lo que veíamos en Kansas City nos resultaba familiar.

Lenta y continua oleada de automóviles que avanzaban despacio inundaba las calles. No se oía el menor ruido. De repente nos dimos cuenta … ¡no sonaba una sola bocina! Cualquier calle de segundo orden en Santiago, en Brighton, en Barcelona o en París es más ruidosa que la avenida más céntrica de cualquier gran ciudad estadounidense.

Necesitábamos un auto para nuestro uso. El diario Star de Kansas City, periódico para el que trabajó Hemingway durante una temporada, publicaba columnas enteras de used cars en venta. Eran demasiados anuncios y elegimos uno al azar… Una hora más tarde yo iba manejando un hermoso Buick Riviera del 98, por el que habíamos pagado 6.200 dólares. Con derecho a reventa, eso sí.

Pronto trabamos amistad con varias personas. El propietario del restaurante donde fuimos a comer fue el primero de ellos. Las preguntas que nos hizo Mr. Clark fueron las mismas que íbamos a oír en el trascurso de todo el viaje: ¿Por qué no les caemos bien a los europeos? ¿Siguen haciendo “barbacoas de autos” en París? Empezamos a dar largas explicaciones. ¡Gran error! Cuando se conversa con estadounidenses hay que responder con concisión y claridad y estar dispuesto a llegar al límite de la simplificación. Si no se hace así, los interlocutores pierden interés en una cuestión que, en último término, no merece dedicarle tanto tiempo.

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Al día siguiente partimos a la carretera y seguimos el curso paralelo al río Mississippi, en dirección al sur. Llegamos primeramente a Mound Bayou, un pueblecito pintado de blanco, al norte de Vicksburg. Tenía ocho iglesias y una clínica recién pintada. Conversamos con el médico (que, naturalmente, le preguntó a Peter si era canadiense o irlandés por el acento tan raro que tenía). Mi amigo respondió con una sonrisa forzada (no soporta el ‘inglés bastardo’ que, según él, hablan estos yankees vulgares e incultos) … Yo intervine rápidamente para decirle al médico lo mucho que nos gustaba Mound Bayou y a él se le iluminó el rostro… “¿Qué les parece nuestro país?”, insistió. Mi amigo carraspeó un poco, yo dije con un tono exageradamente exultante “¡Maravilloso, maravilloso!”.

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Tras dos días de recorrido, en el que pudimos contemplar paisajes muy hermosos, llegamos a Nueva Orleans, que es en cierto modo “la ciudad amada de los Estados Unidos” y que muchos norteamericanos nostálgicos se complacen en describir apasionadamente. Ellos dicen que es su ‘ambiente’, palabra enigmática que suelen usar para designar los lugares ‘raros’, mal alumbrados, atestados de gente y falsamente ostentosos… además de nada estadounidenses. Por mi parte debo confesar que la ciudad -ya casi del todo recuperada de su desastre- me causó un desagradable efecto con su extraño y presuntuoso aire de romanticismo sobre un fondo de rascacielos.

Después de quedarnos un par de días allá para confraternizar -por pura y simple curiosidad- con algunas atractivas lugareñas que alardean de sus apellidos franceses, tomamos la carretera que nos llevó a un largo y hermoso puente sobre el Mississippi. Habíamos decidido dirigirnos hacia el Oeste, rumbo al clima soleado de Arizona y California… Pero esa aventura ya se las contaré otro día.

Luis Irles

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