raoul-walsh-2.jpgAcabo de cerrar el libro y me quedo pensativo ante la ventana ¿Qué haré durante estas largas y tediosas tardes que restan del verano? Elegir otro ejemplar sin duda, entre aquellos que reposan en la biblioteca y se resisten, por una razón u otra, a ser leídos con urgencia. Tal vez le pida prestada alguna novela a un amigo. No lo sé. Puede que baje hasta una librería y eche una ojeada al estante de las novedades.

Mientras me debato en la duda y comienzan a encenderse las luces de la ciudad pienso, eso sí, que ya no volveré durante algún tiempo a cabalgar en mi caballo desde la puerta del cine Capitol hasta la antigua casa de la calle Bazán donde conocí a mi esposa, que ya no caracolearé a lomos de mi alazán hasta las columnas del Teatro Principal azotándome con brío las posaderas para llegar a punto a la hora de la cena. Incluso es probable que olvide, cuando baje a la Explanada y observe el mar, que por el horizonte puede aparecer el velero legendario del capitán Horacio Hornblower, como solía suceder en las noches de verano, cuando tomábamos una horchata en el kiosco de Peret.

Mas no se puede tener todo en esta vida. Durante unas semanas, leyendo «Raoul Walsh, el cine en sus manos», he creído que todo era posible, pues he regresado a las sensaciones más gratas e intensas de la infancia allá en el Teatro Vico, al sabor puro de los programas dobles en los cines perdidos para siempre, al manantial oscuro donde brotaba el agua de los sueños.

La autobiografía de Walsh ha realizado ese prodigio. No sólo he descubierto los secretos que envolvieron los rodajes de «El ladrón de Bagdad» y de «El último refugio», de «Murieron con las botas puestas» y de «Al rojo vivo», de «El hidalgo de los mares» o de «High Sierra», entre otras películas memorables. Las he vuelto a revisar gracias a esa fuerza misteriosa que enciende los recuerdos. Y lo que es más, he comprendido la grandeza de aquellas aventuras que iluminaban las tardes de los domingos a través de la peripecia vital de su autor: Raoul Walsh, el hombre que conoció a Mark Twain y a Bufalo Bill, que cabalgó con el mismísimo Pancho Villa desde Juárez hasta Ciudad de México, que trabajó como ayudante de dirección con Griffith en «El nacimiento de una nación»; fue vaquero, cirujano de ocasión y el artífice, entre esas otras cintas indicadas, de una joya olvidada del cine del oeste como es «Juntos hasta la muerte».

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¿Por qué demonios se ha terminado tan pronto este libro traducido a patadas, que parece haberse escrito en el pescante de una diligencia o en la chalupa de estribor de un bergantín?

Es otra pregunta que me hago ya en medio de la noche. Y es que las memorias de este hombre locuaz y extrovertido tienen poco que ver con la literatura de calidad. Son más el documento vivo y directo de un hombre de acción. Un documento que aporta sustanciosos datos sobre los orígenes de Hollywood y esa etapa dorada de las producciones de los grandes estudios que concluyó a finales de los años cincuenta. Un documento que nos habla, también, de un tipo de individuo nacido para escribir la historia de los héroes y mitos que conforman eso que llamamos «el estilo de vida americano», no con una vieja Underwood sino con una cámara en la mano filmando a no sé cuántos fotogramas por segundo.

Igual no bajo a las librerías y me voy a un Blockbuster en busca de «Gentleman Jim» o de «Objetivo Birmania». Una noche es una noche, ¿no les parece?

Mr. Arriflex

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