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El entierro del Conde de Orgaz

Todas aquellas personas aficionadas al arte, y que además hayan tenido la ocasión de contemplar algunas de las obras de ese gran pintor griego, formado en Italia y que se quedó a vivir en Toledo llamado El Greco, estarán de acuerdo conmigo en la importancia que actualmente posee la obra de este genial artista. Pero no siempre fue así. Si ya al rey Felipe II, empeñado en llenar el enorme Palacio del Escorial con las obras de los más importantes pintores del Renacimiento, no le gustó para nada el cuadro sobre “El martirio de San Mauricio” que le había encargado expresamente, el Cabildo catedralicio toledano se vio obligado a rechazar, también, el espléndido “Expolio” que Doménikos Theotokópoulos (este era su nombre verdadero) les había pintado. De repente, el artista nacido en Creta se vio rechazado por dos de los más importantes clientes a los que podía aspirar. El pintor tuvo que apañárselas como pudo para poder ir vendiendo retratos y pinturas religiosas a pequeñas iglesias y aristócratas de segunda fila para subsistir él y su prole.

Y así llegamos hasta finales del siglo XIX, cuando la obra del Greco se encontraba, en su mayor parte, sepultada en los sótanos del Museo del Prado y perdida en innumerables iglesitas de Castilla. Hasta que ese gran intelectual que fue Manuel B. Cossío, se empeñó en defender lo obvio y la pintura del Greco obtuvo reconocimiento mundial. Aunque, eso sí, al parecer tuvieron que ceder a bajos precios algunos Grecos a los principales museos del mundo para que éstos reconocieran oficialmente su valía y le otorgaran la patente de maestro.

Claro que peor suerte tuvieron muchos otros geniales e incomprendidos artistas a lo largo de la historia. Supongo que a todos nos viene a la memoria el nombre de Vincent Van Gohg, que jamás logró vender un solo cuadro en su vida… Bueno, para ser exactos diremos que su hermano Theo –que siempre lo apoyó con auténtica pasión- le compró uno haciéndole creer que era para un rico coleccionista francés.

Para que vean las ironías de eso que llamamos arte.

Luis D’Anyana

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