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Tras el éxito de crítica y taquilla de Match Point y Scoop, Woody Allen presentó recientemente su última película, Cassandra’s Dream, en el Festival Internacional de Cine de Toronto. El film está protagonizado por Colin Farrell, Hayley Atwell y Ewan McGregor. Además confirmó que ha aceptado la propuesta de Plácido Domingo para dirigir una ópera en Los Ángeles el próximo año.

El trabajo filmográfico de Allen le ha hecho merecedor de numerosos premios. Ha sido nominado al Oscar en 20 ocasiones, y ha ganado tres de ellas, además de nueve Globos de Oro, diez premios BAFTA, un Oso de Plata en Berlín (a toda su carrera), un premio FIPRESCI en Cannes, tres premios César a la Mejor Película Extranjera, etcétera.

Conozco a un escritor cinéfilo que no vacila en afirmar que Woody Allen es tan importante como William Shakespeare. Esta persona asegura que, si el autor de Hamlet se las arregló para definir y seguir definiendo el espíritu humano -sus pasiones, locuras y gozos epifánicos- bajo la transparente máscara de príncipes alucinados y duendes traviesos, entonces el autor de Annie Hall hace lo mismo y lo propio con neoyorquinos neuróticos y tartamudeantes. Suena exagerado, puede ser, quién sabe… Podemos volver a conversarlo en unos cuatrocientos años.

En cualquier caso, los extremos siempre acaban tocándose: uno y otro pintan el escenario de su aldea global y han conseguido lo que pocos, la lograda creación de estereotipos originales, de personales lugares comunes y de complejos hombres símbolo sin los cuales nos resultaría todavía un poco más difícil comprender a ese tipo que todas las mañanas nos mira desde el espejo y nos pregunta ¿ser o no ser?; ese tipo que nos explica que no es que a él le dé miedo la muerte, sólo que no quiere estar allí cuando ésta suceda.

Freud, Churchill, James Dean, los Beatles… Woody Allen no desentona en semejante compañía. Woody Allen no sólo es famoso en un mundo donde cada vez es más fácil ser famoso: Woody Allen es, además, carne de póster. Lo que no es tan sencillo de conseguir. Woody Allen es uno de los rostros clave a la hora de perseguir, alcanzar y acorralar el sigloXX, cuyos últimos latidos, cada vez más espaciados y lejanos, todavía podemos oír desde el XXI. Pensaba en eso mientras volvía a ver casi sin darme cuenta -no era la idea, estaba haciendo zapping y de golpe, allí estaba ese tipo en blanco y negro, al amanecer, junto a un puente- una película titulada Manhattan. La ciudad no es la misma -ahora le faltan dos altas torres- pero la película sí, y no pude evitar sentir esa extraña sensación que produce la súbita conciencia del tiempo transcurrido casi sin que nos demos cuenta.

La primer vez que vi Manhattan supe que me encontraba ante un film clásico. Woody Allen -Isaac Davis en la película- era un antihéroe más héroe que anti, a la vez que una opción atendible para todos aquellos que nunca serían Indiana Jones. Woody Allen era “feo”, pero lo mismo se las arreglaba para “volverlas locas”, sin que eso significara que Woody Allen no fuera amo y señor de una épica mucho más posible, verosímil… De nuevo contemplaba otra vez el horizonte de Manhattan como se contempla un inequívoco clásico certificado, y pensé que “cuando yo fuera grande”, me gustaría ser un poco como Woody Allen. Es decir, uno jamás llega a tener la edad de los genios, por más que las cuentas nos den el mismo resultado y la espalda nos duela exactamente en el mismo sitio. Y si bien no me atrevo del todo a poner a Woody Allen a la misma altura de William Shakespeare, sí está claro que los dos cumplen a la perfección el mismo objetivo: entretener con inteligencia o -mejor todavía- entretener con la inteligencia. Así como nosotros hemos crecido con Shakespeare, Woody Allen ha crecido con nosotros.

Mr. Arriflex

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