No voy a entrar en filosofías ni en “pensamientos profundos”, no es esa mi intención, pero para las personas que nos hemos sentido “inadaptados” desde niños y que buscamos desesperadamente la hermandad entre los seres humanos, la pureza de espíritu, la esencia del “naked ape” y la Presencia del Jefe, intuimos que nuestro verdadero hogar está en las islas del Pacífico Sur. Así ha sucedido (y sucederá) con personajes tan dispares como Fletcher Christian, Herman Melville, Paul Gaugin o Jacques Brel -por poner un pequeño ejemplo- entre una multitud de almas anónimas, la mía incluida, que se encuentran unidas por un mismo nexo.

Me viene a la memoria una noche -una de las nítidas, estrelladas y perfumadas noches de “allá abajo”- en que me hallaba en compañía de mi amigo “XYX” bebiendo mai-tais en Bora-Bora mientras que varias tahitianas nos bailaban al son de sus ukeleles. Entrados ya en copas, me confesó que él había sido un gangster que había matado por dinero y que una vez pagada su deuda con la sociedad cumpliendo condena, había -tras innumerables peripecias- venido a parar con sus huesos a esta bella isla. Aquí (allá) se ganaba la vida honradamente paseando a los turistas en un bote de “fiber glass bottom” transparente que permitía ver el bellísimo fondo marino. Me contaba que -dado que el ser humano se mueve y actúa por comparación- una vez cada dos años regresaba a París, a la “civilización”, para poder revalorizar más todo lo que poseía: sus queridas islas.

Y es que a poco que uno tenga alguna fina fibra de sensibilidad, queda atrapado por aquel paisaje y aquellas gentes bondadosas que te hacen sentir que no perteneces a la “sociedad occidental” y que tu mundo es ése y no el otro. Creo que todos me entendéis y no es necesario entrar en descripciones y criticas de toda la hipocresía, avaricia y porquería materialista que ahoga a todo el que vive en el “mundo civilizado”… El que ha vivido en esos paisajes y en ese ambiente, nunca más vuelve a ser el mismo que era antes.

Voy a tratar de definirlo en pocas palabras: Es la transmutación de la pobre alma del moderno alquimista urbanita, también llamado “porcus bipedus” que transforma paisaje y sentimientos en dinero; o, mejor aún: el darse cuenta de que se es poseedor de sentimientos humanos, de sensibilidad y de que no todo son autos, cemento, fútbol y dinero. Que hay un lugar en este maltratado planeta en que todavía existe la pureza de alma y en donde la Obra del Jefe está presente por doquier

Aquella gente es pura en su forma más esencial, pues siendo adultos,conservan la inocencia del niño. La sonrisa siempre la llevan dibujada en sus rostros. A cualquier broma o chiste, responden con sonoras carcajadas y con otra broma y, a poco que seas un “cachondo mental” como era mi caso, te ofrecen su amistad, siendo al momento asimilado como uno mas de ellos; te invitan a sus “farés” (casas) y se deshacen en sinceros halagos para con tu persona. No guardan rencor. Incluso cuando borrachitos, hemos tenido alguna pelea a puñetazos, el desenlace ha sido beber juntos y acabar siendo “amigos-hermanos hasta la eternidad”, tal y como El Jefe manda.

Una noche, ya pasada la madrugada, estando atracados en Huahine, vino a toda prisa el prefecto de policía a avisarnos que los jóvenes del poblado andaban alborotados porque estaban celosos de nosotros ya que les estábamos dejando sin novias…. y estaban tramando algo. Al cabo de un tiempo, vimos una muchedumbre que se alumbraba con antorchas y, armada de palos y bastones, se dirigía a nuestro barco en silencio. Ya estábamos preparados y no nos cogieron de sorpresa.

Largamos amarras rápidamente mientras izábamos la real y nos hicimos a la mar en el momento justo. Menuda batalla campal que se podía haber organizado. No quiero ni pensarlo! A la semana siguiente, cuando recalamos de nuevo en la isla, todo estaba en calma y la gente nos comentaba entre bromas y risas la “anécdota” pasada y….-lo que es mejor- las mujeres seguían sus relaciones con nosotros como si nunca hubiese sucedido nada. Desconocen los prejuicios del “dressed monkey” y están limpios de maldad en su interior. Limpios de corazón.

Una noche fuí al cine. Proyectaban “El Diablo a las Cuatro” (The Devil at 4 O´clock) y “La Taberna del Irlandés” (Donovan’s Reef) en una sala al aire libre cuyos asientos eran bancadas (de madera de cocotero, obviamente) donde cada uno se sentaba como y donde podía. Aquella noche disfruté como pocas veces lo he hecho de verdad. No puedo describir las sensaciones que experimenté (feelings como dicen los cracas) al sentirme inmerso en aquel ambiente y oler (olor que llegaba hasta el mismísimo corazón) el perfume que me rodeaba. Como aplaudía y reía el público tahitiano cada vez que salía algún paisano suyo en la pantalla o cuando la acción, en la pantalla, era tomada por algún nativo!!!. Disfruté tanto viendo su comportamiento y sus sanas y espontáneas reacciones que apenas me enteré del argumento de las películas!

Para ellos lo importante es “cómo” seas, no “quién” seas. Y viene a colación el caso que nos sucedió a Casabó y a mí en un hotel-bungalow de Moorea: Estábamos los dos tomando nuestro trago y las camareras no hacían más que gastarnos bromas y provocarnos para que les respondiésemos de la misma manera. En otra mesa cercana estaba Michel Polnareff (cantante a la sazón muy de moda en Francia) con dos mujeres de infarto; dos rubias de “Play-Boy” que eran el punto de atención de todos los que se encontraban allá. El buen hombre y las rubias no hacían más que mirarnos a nosotros y el “show” que teníamos montado con las chicas.

No pudo más. Su curiosidad acabó venciéndole. Se levantó y, dirigiéndose a nosotros, nos preguntó con extremada cortesía que quienes éramos. Le contestamos que tan solo éramos oficiales del “Pacific Star” y que hacíamos ruta regular entre las islas.

-“Je comprend pas!!. Vosotros sabéis quien soy yo?”- Preguntó. A lo que respondimos que nos parecía que era Polnareff.
-“Merde!!. No puedo entender que siendo yo tan famoso, las chicas no me hagan ni puñetero caso y sin embargo a vosotros sí!!!!”- Se sinceró el hombre.

Cuando al marcharnos requerimos el importe de lo que habíamos bebido, nos dijeron que todas las consumiciones (que fueron muchas) ya estaban pagadas. “Alguien” al que le caímos muy bien nos había invitado. Gracias Michel..!

Los sábados hacíamos noche en Papeete. El “rat-pack” o “grupo golfo” teníamos, como ya he dicho, un viejo Peugeot-403 que usábamos para nuestros desplazamientos por la isla principal (más de una vez nos ha costado tener que empujarlo por avería del auto o por “avería” nuestra debido a las copas en exceso) y lo utilizábamos para ir al desaparecido “Puo’Oro” que era el “dancing” (y no discoteca) mas popular de la ciudad. En la puerta, unas tahitianas vendían collares y coronas hechos de flores aromáticas que todo el mundo -incluido nosotros- compraba. Dentro del local -y entre un perfume….Como definirlo? Yo diría que paradisíaco si tenemos en cuenta las bellísimas mujeres que no dejaban descansar ni un momento a nuestra retina- un grupo de música tocaba tamouré principalmente y la gente bailaba mientras los mai-tais se consumían en cantidades industriales. La verdad es que se tenia que ser muy, pero que muy tonto o un auténtico Frankestein para no “ligar” como mínimo con una o dos bellezas.

El domingo recibíamos al pasaje y por la tarde poníamos proa a Moorea, situada a pocas millas, donde fondeábamos y hacíamos noche.

Herman Melville vino a parar aquí después de pasar algunas semanas en “Le Carabousse Anglaise”, como denominaban la prisión que a mediados del 1800 existía a una milla de Papeete y donde “encarcelaban” a los delincuentes, que tan solo iban a dormir allá; el resto del día lo pasaban en libertad donde y como podían. Como sabréis, él era tripulante del ballenero “Lucy Ann” y desertó en Tahití. Por eso fue encarcelado. Años más tarde escribió (él si que lo hizo, envidia me da) sus experiencias en los mares del Sur en varios libros, siendo el más conocido (celebérrimo, diría yo) “Moby Dick”. He de escribir un capítulo aparte sobre los balleneros en el Pacífico Sur. Me apasiona este tema.

Prosiguiendo con el relato, diré que yo he llegado a conocer el sistema del “Carabousse Anglaise”. No por mi, si no que uno de los amarradores del muelle de Raiatea (antes confundí Raiatea con Rangiroa. Pido perdón por ello pero la memoria , a veces, me juega estas pasadas) era un simpático vejete tahitiano que estaba condenado, según me explicó el prefecto de policía, por robar unos lechones y unos pollos. El buen hombre tenía el calabozo como su hogar. Poseía un aparato de radio y otras” comodidades” y la llave de la enrejada puerta la llevaba siempre en el bolsillo. Por las mañanas llevaba a la escuela a los hijos del prefecto y ayudaba a su esposa en los quehaceres domésticos y, cuando llegaba nuestro querido “Pacific Star”, era uno de los que lo amarraba a los cocoteros. Se ganaba sus buenos francos polinesios (moneda substituida por el Euro) que eran distintos a los francos franceses y de curso legal en toda la Polinesia de entonces.

Una vez aconteció que el prefecto superior de las Tuamotu se hallaba en visita de inspección por las islas y al llegar a Raiatea, encontró al “prisionero” debidamente encerrado en su celda. Lo que no sabia el señor prefecto es que el reo tenia la llave del calabozo en su bolsillo y, una vez que se dio por finalizada la inspección y estando “despejado el horizonte”, el simpático vejete abrió la puerta y marchó rápido a celebrar el acontecimiento. Jajajaja! La esposa del prefecto había nacido en Madrid. La buena mujer estaba contentísima de ver a españoles por esas latitudes y muchas veces nos invitaba a cenar……cocido madrileño!!! Cocido madrileño en una remota isla de la Polinesia Francesa. Viva Salvador Dalí y el surrealismo! Después de semejante ingesta, nos sudaban hasta los pies.

Mientras ella cocinaba, tomábamos prestada su piragua y nos íbamos Oleaga y yo a bañarnos mar adentro, aunque atentos siempre a los tiburones. Una vez, estando en la playa, nos dio ganas de orinar y nos dirigimos a los cocoteros para evacuar. Andábamos en esas cuando de repente, no se de dónde c_ñ_ salieron dos enormes jabalíes negros que se dispusieron a atacarnos. Corrimos como almas que lleva el diablo y nos metimos en la mar para evitar sus acometidas, pero los bichos -que, al parecer, eran unos “bromistas” de mucho cuidado- no querían irse de la orilla. Y la piragua la teníamos varada en la arena!!. Así que no nos quedo más remedio que permanecer un largísimo rato en remojo como los garbanzos del cocido que íbamos a cenar, hasta que los animales decidieron que ya se habían divertido bastante y se marcharon de allí.

Una de mis novias, en Huahine, era “la Caballo”. Le llamaban así porque era muy alta y de complexión fuerte; a mí me pasaba la cabeza, y yo, en la época, media 1.80 mts. (Ahora ya estoy en “cuarto menguante”) de estatura. La caballo no era fea -porque, yo al menos, no he conocido a ninguna tahitiana que lo fuese- pero era enorme y corpulenta y nadie le hacia caso a la pobrecita… hasta que me fijé en ella.

La noche en que yo bebía mas de la cuenta y no tenia ganas de mas “fiesta”, recalaba por el bar del chino que ella frecuentaba y tras algunas consumiciones sazonadas con carantoñas y mimitos, me cogía en brazos y, atravesando todo el poblado entre bromas y risas de los tahitianos, me llevaba al barco, hasta mi camarote, me depositaba en la cama, me sacaba la ropa y me “cuidaba” toda la noche.

Ok colegas, continuaré dándoos la lata en otro momento.

Un abrazo a todos.

God bless all of u

Tony Tarazona, Loboseadog

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