¿Recuerda alguno de ustedes la canción Capri c’est fini, (pueden ver el video pinchando sobre el título) que el entonces joven cantante francés Hervé Vilard hizo famosa en el mundo entero? Hervé tenía razón de sentirse triste al no poder volver con su ex amada a esa isla maravillosa y fascinante, de apenas 15 kilómetros cuadrados, ubicada justo a la entrada del Golfo de Nápoles.

capri472.jpg

Bañan sus orillas las aguas más azules del mundo, pero falta en su territorio agua potable, que hay que llevar desde tierra firme. Tiene un puerto que merece escasamente el nombre de tal. La circuyen inaccesibles acantilados. No hay en su interior una sola llanura. Las dos carreteras con que cuenta semejan más bien montañas rusas. En los días de marejada, que son frecuentes en el Golfo de Nápoles, ninguna embarcación puede arribar a la isla o aventurarse fuera de su puerto. Y sin embargo, son miles los fascinados viajeros que visitan esta isla que al decir de todos es un auténtico paraíso. Ya en los años 50, Capri se convirtió en un destino popular para la jet set internacional. La piazzetta central de Capri, aunque conserva su modesta arquitectura urbana, está llena de tiendas lujosas, caros restaurantes, y paparazzis a la caza de personajes famosos.

El blanco buque procedente de Nápoles hace sonar la sirena mientras, bailoteando sobre las olas, navega a la vista de los acantilados de Capri. Los pocos taxis de la isla se precipitan por la tortuosa carretera al puerto. Los siguen coches de los que tiran caballos empenachados y de encascabeladas colleras. El funicular desciende perezosamente. Atraca al muelle la embarcación y van saltando a tierra los pasajeros: una pareja sueca de recién casados, dos profesoras danesas, un barbudo vecino de Bombay estudiante de Leyes, un joven chileno, unas muchachas estadounidenses, más y más viajeros de toda edad y de todos los países.

capri-terrace-sanmichele320.jpgUn aire soleado, tibio, acariciador, oloroso a jazmín y a madreselva, a gardenia y a tuberosa, a clavel y a brezo, envuelve al viajero mientras el coche rueda carretera arriba. Y ya mire hacia las cumbres, ya hacia la costa, la isla le ofrece sus flores, sus pinos aparasolados, sus quintas de colores pálidos y de jardines circuidos por altas tapias, las gigantescas peñas de sus orillas, el espejeo de su mar de zafiro. Tan hermoso es el espectáculo, que más que visto parece soñado.

Llega el viajero a las Piazzas o piazzetas de Capri o Anacapri, las dos únicas localidades de la isla: alegres tiendas y cafés con mesas al aire libre ocupan sus costados, de la cual irradian las empedradas y tortuosas calles. En una esquina se alza la torre del reloj. Aunque los punteros señalan las horas con relativa exactitud, la campana las da como se le antoja. A las dos da nueve campanadas, o cuatro, o doce… Es evidente que en esta isla viven para gozar de las horas, y no para contarlas.

capricitta.jpg Los visitantes (muchos de ellos italianos) pasan el día arrellanados en los cafés de la Piazza, charlando entre copa y copa. El visitante siente en torno suyo gentes risueñas, el sonreír de la vida misma, algo que casi ha desaparecido hoy del mundo: la paz. Imagina que tal contento es obra de milagro, y que aquí todo anda por arte de encantamiento. Sí, Capri es una especie de milagro y está regido por uno de los climas más suaves de la tierra, y sigue viva en la isla la tradicional hospitalidad cuyo espíritu ha de mantenerse.

Cuando el viajero les dice: «Esta tierra es la más feliz que he conocido; me encantaría quedarme aquí», los capriotas responden que todo el que quiera establecerse en Capri es bien recibido. Capri, la isla párvula y risueña, pertenece sólo a quienes supieron convertirla en un paraíso y seguirán queriéndola y, acaso lograrán conservarla por otros 20 siglos.

El libro que creó la fascinación por Capri en Francia, Alemania e Inglaterra fue Los lotófagos, una novela de Somerset Maugham. En la historia, el protagonista, de Boston, va a Capri de vacaciones y está tan encantado con el sitio que deja su trabajo y decide dedicar el resto de su vida a estar ocioso en Capri… Tal vez por eso Hervé Vilard olvidó ya a su antiguo amor y su Capri c’est fini y -según pude leer hace unos meses- se compró recientemente una linda casa en esta maravillosa isla del Mediterráneo.

Anuncios