vacacionesroma.jpgAl contrario que nuestro cinéfilo Mr. Arriflex -que por cierto se encuentra actualmente en Bollywood trabajando como extra en un musical bengalí-, yo tengo ordenada por años mi bien surtida cinemateca… Cada quincena, invariablemente, elijo siete títulos (el 7 es mi número de la suerte), correspondientes a una determinada fecha y las disfruto como nadie viéndolas de nuevo.

Esta vez mi elección se centró en el año 1955, y las siete películas que deleitaron mi retina fueron, en primer lugar, dos obras cinematográficas primorosas, triunfadoras en aquel año de gracia en el que yo, aunque no lo crean, todavía tomaba biberones: Creemos en el amor y Vacaciones en Roma.

Quienes hayan sentido alguna vez la curiosidad de preguntarse cuáles son los secretos del éxito cinematográfico encontrarán la respuesta en ambos films. Con pantalla normal (aunque ya existía el cinemascope), cámaras normales y en blanco y negro la primera; y con pantalla cinemascópica, cámaras especiales y technicolor la segunda de las citadas, la fórmula fue idéntica para Vacaciones en Roma y para Creemos en el amor: gracia, ternura, simpatía y, por encima de todo, nada más y nada menos que sensibilidad.

Carrusel napolitano es otro recuerdo inolvidable, aunque el público –¡ah, el público!– no le concediera en ese año el privilegio de la longevidad. He aquí un triunfo de la fantasía y de la imaginación, desbocadas sobre las invisibles coordenadas de un cálculo cinematográfico perfecto. Fuegos artificiales de humor y de alegría, de ritmos frenéticos, de evocaciones irónicas con un borde estremecido de ternura. Raudales de color en arco iris increíbles, pululantes armonías de movimientos en un allegro vivace sin pausa. Cine italiano maravilloso, la cara insospechada de una moneda que se cotizaba como ninguna.

quietman.jpg ¿Y qué me dicen de El hombre tranquilo? Alrededor de esta cinta se ha hecho cuanta literatura requerían las circunstancias ; pero está claro que a El hombre tranquilo le sobra la literatura. John Ford puso en ella -al igual que John Wayne- algo precioso, muy superior a la simple maestría de un artista enfrentado, de grado o por mor de las circunstancias, al desenvolvimiento de un tema cualquiera. Puso sinceridad. Y emoción personal. Si se recuerda que Ford era irlandés, podrá descifrarse la clave de la película. Y la clave nos habla de antiguas tradiciones perdidas, de costumbres seculares donde la hombría, el amor y la simplicidad eran cosas muy serias, aunque Ford acentuó la sílaba comediográfica del anacronismo para que sonriamos con él mientras desfilan los paisajes húmedos y tiernos de la verde y bucólica Eire.

crimenperfecto.jpg Crimen perfecto es una lección de Hitchcock sobre la asignatura de cómo puede llevarse el teatro al cine sin que deje de ser teatro y sin que deje de ser cine. Conferencia magistral de precisión, rigor y exactitud. A la historia- ceñida y escueta- del asesinato que pudo ser perfecto no le sobra ni un milímetro de celuloide. No sobra, tampoco, ni una palabra. Ni un gesto, ni un ademán, ni un movimiento de las figuras. Es algo así como un silogismo implacable e inteligente cuyas premisas y conclusión se ofrecen al público, como el prestidigitador las bocamangas y los bolsillos, antes de darles forma y volumen, antes de sacar a relucir las insospechadas sorpresas de lo que parece un juego de manos y sólo es, simplemente, la aplicación cinematográfica del talento.

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Sin olvidar El ídolo de barro, un tanto descompuesta por presumibles intervenciones ajenas a su forma original, pero que aún conserva una fuerza y un sentido dramático evidentes, quiero reservar para el epílogo La guerra de los mundos, enciclopedia y compendio del trucaje y de los efectos especiales artesanos en el cine, ilustración portentosa de la novela de Wells, que se hubiera quedado mudo de estupor al verla. En esta época nuestra, febril, inquieta y desquiciada, cada cual tiene su idea de lo que podría ser la guerra de los mundos, como si no hubiera bastante con las actuales, de la misma manera que tiene su idea de cómo podrían ser los marcianos y sus platillos volantes. Pues bien: la película de Byron Haskin, transcurridos más de cincuenta años, no defrauda a nadie, con todo y reconocer sus inevitables concesiones a la galería de la puerilidad. Porque, además de unos trucos sensacionales revela amplia capacidad de fabulación y pone al servicio de la tremenda aventura bélica unos medios materiales extraordinarios.

Les recomiendo que vean alguna de estas maravillosas películas, e intentaré –antes de que Mr. Arriflex retome este apartado de cine– reseñar otras siete obras maestras de la pantalla. Ya veremos qué año y qué títulos elijo para tal ocasión.

Luis Irles

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