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Cada año son más las personas que aprovechan las fiestas navideñas para viajar a cualquier remoto o exótico país de nuestro planeta. Los primeros días de enero son propicios para encontrarse –generalmente en la cafetería que suelo frecuentar– con estos sufridos amigos y escuchar los emocionados relatos de esos antiguos ‘contraculturales’ que ahora encargan un tour organizado de lo más convencional. En la mayoría de los casos esos trips se resuelven con monumentales diarreas tropicales, heladas en el Norte o timos de las agencias. En tales momentos, entre trago y calada, siempre saco a colación la diferencia que hacía el gran escritor Paul Bowles sobre el viajero auténtico y el turista. El primero es el que dispone de tiempo, frente al segundo que viaja a tiro hecho, decía el autor norteamericano-tangerino.

En homenaje a los aventureros modernos relataré tres experiencias verídicas que me han sido referidas recientemente. Alguna de ellas será narrada con mayor extensión próximamente porque vale la pena. Entre ellas la de Juan Sevilla (oculto la verdadera identidad de los protagonistas), un andaluz de 28 años que viajó por América Central y tras convivir con los indios en la selva, fumar con ellos hierbas alucinógenas y hongos varios experimentó en pocos días la caricia de una enorme serpiente sobre su hombro, cuyos bellísimos ojos verde fosforescente –según me dijo– se parecían a los de Ava Gardner… más tarde se enroló en un trapicheo de cocaína que resultó estar preparado por la DEA. Juan dio con sus huesos en una infernal cárcel de Guatemala City con cucarachas como portaviones y sólo gracias a una huelga de hambre pudo salir y regresar a su tierra. En el interín, el muchacho se vio envuelto en tiroteos varios y otras agresiones. Con todo, el colega está dispuesto a regresar tan pronto como pueda aunque en algunos países tiene vedada la entrada.

Otro caso de viaje alucinante es el de dos valencianos que se marcharon nada menos que a la región fronteriza entre Pakistán y la India. El viaje duró año y medio y en muchas ocasiones perdieron el contacto con la familia por lo que ésta les dio por muertos. La culminación de esa aventura oriental es una escena digna de Henri Michaux. Una barcaza por el Ganges con un montón de desarrapados tirados sobre ella, uno de ellos tocando el sitar interminablemente mientras las pipas de opio pasaban de mano en mano. En fin, una especie de barca de Caronte con aires medievales. Esta pareja de temerarios comprobó in situ las modernas teorías de la vanguardia historiadora en el sentido de que algunas zonas del planeta permanecen en la Edad Media. La última aventura es la de Marieta Bryan que se fue voluntaria de la Cruz Roja a Gabón -localizarlo en el mapa por África ecuatorial-; su experiencia de año y medio antes de tomar precipitadamente un avión que la devolviera a España es de transfusiones de sangre de vacas a seres humanos; la corrupción generalizada en las entregas de Cruz Roja de víveres. La ayuda se la quedan los funcionarios del país y jamás llega a los poblados y otras maravillas por el estilo. La mujer comió lagarto crudo y tuvo que enseñar a las nativas a cortar el cordón umbilical en los partos. Allí lo hacían con los dientes. En definitiva, experiencias excitantes que explican el porqué los turistas viajan al Tercer Mundo a golpe de pito y en rebaño. Si a alguno se le ocurre salir del circuito… la empresa no se hace responsable.

Fco. Girod

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