Su nombre: Guy des Cars, nacido el 6 de mayo de 1911 en Paris y fallecido el 21 de diciembre de 1993 también en la capital francesa. Hijo del aristócrata galo François de Pérusse, conde des Cars y de la chilena Maria Teresa Edwards.

guydescars200.jpg Casi sesenta años de carrera literaria y más de 300 millones de libros vendidos en el mundo no le sirvieron a Guy des Cars para ganarse el respeto de los críticos. Los jueces literarios –sobre todo los franceses– solían ignorar, por no decir despreciar, a este escritor demasiado leído para ser profundo… Pero este hecho jamás acobardó a Guy des Cars, quien estaba completamente convencido de que sólo la literatura popular perdurará en la historia.

“Escuche —le dijo en una ocasión a un periodista— se me reprocha vender, ser popular. Tolstoi, Dumas, Balzac eran populares. En su tiempo se los vapuleaba, pero eso no les impidió mantenerse. Dicen que yo escribo para las porteras, pero, amigo mío, las porteras ya no leen más desde que existe la tele. En literatura están los que se cuentan a si mismos. Yo elegí contar a los otros. Eso es lo que gusta, mi viejo; eso es lo que gusta “. La receta para des Cars era simple: seis meses de gestación de la historia, tres meses de escritura, ocho horas de trabajo por día, un té por la mañana, nada de almuerzo, un bolígrafo y varias resmas de papel cuadriculado. Guy detestaba el ruido de la máquina de escribir, y todos los lunes una secretaria retiraba sus manuscritos y los mecanografía en tres copias sobre las cuales el escritor hacía las correcciones. “Un libro se hace con esfuerzo. Hay días que todo va para el diablo, otros en que las cosas marchan bien. En todo caso yo escribo siempre a mano porque la mano se bate, acaricia, vive y además corrige a la velocidad del pensamiento. La mano modera y domestica las palabras”.

Hombre original, sincero y ligeramente vulgar en su lenguaje hablado, Guy des Cars fue educado por los jesuitas, a los que se unió a la edad de 7 años, permaneciendo hasta los 16. En ese tiempo, fue expulsado seis veces. Sus profesores decían de él: “Brillante alumno, pero de espíritu malvado”. A los 19 años de edad, se trasladó a Chile –y tras permanecer una corta temporada en el país andino– regresó a Francia y escribió una comedia teatral titulada Croisière pour Dames seules (Crucero para damas solteras), que gozó de un gran éxito.

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Con su vocación ya formada, Guy fue alumno de filosofía de Teilhard de Chardin, y para darle el gusto a su padre se doctoró en Derecho. Su progenitor estaba horrorizado ante la idea de que su hijo se dedicase a la literatura. Dispuesto a luchar por su vocación. Guy abandonó el cómodo castillo familiar para dedicarse al periodismo. Un día le propusieron un trabajo en Gringoire, pero él lo rechazó para entrar en Candide, donde solían publicar a jóvenes autores en su mayoría desconocidos. Más tarde León Baylby, que había leído sus escritos, le ofrece trabajar en Jour. Allí tuvo como compañero a un belga que debutaba: “Cada vez que lo enviaban a hacer un reportaje se instalaba en el café de la esquina y lo escribía. Un día lo echaron: era Georges Simenon“. Cuando llegó la guerra Guy des Cars fue nombrado teniente de caballería y de esa experiencia surge el perdón de su padre y su primera novela, El oficial sin nombre, que vendió nada menos que 750.000 ejemplares en cinco meses.

Era principios de 1942. “No quería volver a París, que estaba ocupada —contó des Cars—, y continué escribiendo. Hice La dama del circo, un libro que me negué a que lo filmara Clouzot porque trabajaba en el Continental, un lugar que estaba en manos alemanas. Pensé que al final de la guerra lo que necesitaríamos serían novelas porque pensaba que íbamos a estar invadidos por la literatura americana. Escribí entonces un gran libro: La impura, que Fayard, que había sido mi editor hasta entonces, no quiso publicar. Fue así que entré en Flammarion“.

Sin bien el estilo literario de des Cars es un dechado de lugares comunes y de frases remanidas, no hay duda de que sus personajes se salen completamente de lo común: “Hice 16 novelas que tratan casos patológicos, incluida la historia de un transexual. En ese género de novelas hay que ser muy verdadero, la credibilidad es muy importante. Es por esto que me documento, me introduzco en el ambiente de mi historia, asisto a operaciones, etcétera. Para La salvaje aprendí el alfabeto Braille dactilográfico y manual. Para La impura (una bella mujer que se vuelve leprosa) pasé tres meses en las islas Fidji en un leprosario. Esta trata la historia verídica de una gran maniquí rusa, amiga de mi madre.”

A pesar de ser un escritor popular por excelencia, (tal vez antes de que los americanos inventaran los best-sellers), Guy des Cars fue llevado al cine una sola vez. Eso sucedió en la Argentina, donde Daniel Tynaire realizó Hijas de la alegría, una película que el autor considera “bastante bien realizada”. Des Cars no aceptó nunca que sus novelas fueran adaptadas al cine porque piensaba que arruinarían su estilo.
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No tanto en España, pero sí en Sudamérica, sus novelas tuvieron una enorme aceptación, sobre todo en la Argentina. En este país sus más grandes éxitos fueron La impura —37 ediciones, 238.000 ejemplares— y El solitario —33 ediciones, 228.000 ejemplares—. Otro de sus libros, La ladrona, llegó a vender casi un cuarto de millón de ejemplares.

Es difícil calcular a cuánto pudo ascender su fortuna, pero baste decir que recibía cerca del 70 por ciento de las ventas, para darse cuenta de que era varias veces millonario. A pesar de esto detestaba los bienes terrenales y sólo era dueño de un castillo ubicado en el sur de Francia. En cuanto a su apartamento en París y a su automóvil, ambos eran alquilados. “Rico, dicen que soy rico cuando en realidad lo que soy es el mejor contribuyente de Francia. De cada 25 líneas que escribo, 22 se las doy al fisco”, declaró en cierta ocasión. Uno de sus más conocidas novelas, Te amaré eternamente, mantuvo imperturbables a los críticos parisienses, que, como siempre, lo ignoraron, mientras los diarios de provincia le dedicaban una buena cantidad de espacio. En este libro -el número 50 de su producción literaria- Guy des Cars se sumergía en una aventura alucinante digna de Hoffmann o de Edgar Poe, en la que volvía a demostrar, que por sorprendente que sea la realidad, ésta jamás pudo rivalizar con él.