cafe-marais.jpg

Café Marais, París.

Hay días en que ocurren cosas inesperadas, hermosas, donde todo parece conjurarse para que el pasado retorne a nosotros y nos transporte súbitamente a una realidad ya vivida. No sé si a alguno de ustedes les habrá pasado alguna vez. ¿Cómo explicarlo? No es fácil. Yo estaba hace unas cuantas noches en mi pequeña buhardilla, cómodo y relajado. Había terminado mi estresante jornada laboral y -como suelo hacer muchas veces- comencé a navegar por los intrincados caminos de internet mientras escuchaba, al mismo tiempo, música de fondo procedente de alguna de las tantas emisoras a las que te puedes conectar desde el mismo computador. Súbitamente, comenzó a sonar uno de los más hermosos temas que se han compuesto jamás. Era la voz quebrada y profunda de Jacques Brel cantando Ne me quitte pas.

En ese mismo instante el tiempo retrocedió para mí, y como un nítido relámpago, pude evocar a este gran artista: sus facciones tan singulares, su boca grande de gruesos labios y dientes caballunos, su rostro inteligente de joven rebelde de todas las épocas, con la mirada tierna y lejana de un soñador idealista empedernido que reflejaba, al mismo tiempo, su desilusión e inconformismo con este mediocre mundo.

Mis pensamientos volvieron al Madrid de los sesenta, cuando escuché esa canción por primera vez, en la casa de unos amigos que celebraban la graduación -ya olvidé de qué- de una hermosísima muchacha francesa. Mientras oía la conmovedora voz de Brel, miraba embelesado sus indescriptibles ojos azules y su nariz de finos rasgos aguileños, que me recordaban la típica belleza gala que tantos pintores han tratado de representar, con un birrete tricolor, como en “La Liberté” del maestro Delacroix.

Ella puso nuevamente la canción y me pidió, con su coqueto acento francés, que la acompañara con mi inseparable guitarra, mientras la cantaba con su preciosa voz llena de sensualidad.

No sé todavía como surgió ese flechazo instantáneo entre los dos, pero esa intensa relación duró varios meses. Unos meses repletos de locura, alegría y desenfrenado amor. Pero su sueño revolucionario, (nuestro ídolo- como el de casi toda la juventud de aquella época- era el Ché Guevara), pudo más que nuestros momentos de pasión y ella decidió marchar a París, donde un grupo de estudiantes iniciaban una revolución juvenil que estaba punto de cambiar el mundo. Era mayo del 68.

No me di cuenta -hasta unas semanas después-, que tenía que seguirla y encontrarla como fuera, y con la ayuda de algunos amigos junté lo necesario para poder viajar a París.

Tenía una dirección de ella en Porte de Vanves donde, según me dijo, vivía junto a su hermana. Cuando finalmente llegué, después de un épico viaje, toqué el timbre de su puerta mientras sujetaba, nervioso, una rosa en mi mano. Temblé de emoción al sentir que la puerta se abría, pero no era ella a quien vi, sino a una vieja mujer de aspecto magrebí. Me dijo, en un pésimo francés, que esas personas se habían marchado hacía apenas tres días…

Recorrí todos los lugares que ella siempre me había nombrado: sus locales favoritos de París, frecuentados por jóvenes estudiantes sudamericanos. Con ellos -me comentó en una ocasión- podía compartir sus pensamientos políticos y su música. Estuve horas en “L’Odeon”, en “ La Casa de Chile y América del Sur”, “El Bohío”, etc, además de los comedores de La Sorbonne, -donde por unos pocos francos comían los estudiantes –y unos cuantos bistrot en Saint Germain , que también mencionaba. Pero nada pasó. Fué imposible encontrarla, así que volví en “auto-stop” hacía mi tierra desviándome premeditadamente hacia los Pirineos franceses, donde su familia tenía una vieja casa de piedra, medio abandonada, (en la cual nos habíamos refugiado alguna vez) como última esperanza de encontrarla y, al mismo tiempo, soñando -como un niño ilusionado- que ella me estaría esperando.

Escribí nervioso en el buscador de Google: “Odile B…” y apareció su nombre, datos actuales (relacionados con el arte) y su foto, en un lugar de América, el año pasado.

¿Cómo describir este extraño e inesperado reencuentro (tan sólo por mi parte), al ver ahora esa imagen de mujer madura, pero que todavía conserva esos rasgos maravillosos; los atractivos rasgos que aún recuerdo de su juventud?

Figura un correo en esa página, pero no sé qué haré ¿Escribirle para decirle todo lo que he sentido, lo que sigo sientiendo al recordarla?

Ya veré… De momento, sólo revivo aquellos instantes y vuelvo a ser el joven que una noche, allá en Madrid, escuchó por primera vez Ne me quitte pas y vivió, durante unos meses, una de las épocas más hermosas de su vida.

Lucio Mistral

NE ME QUITTE PAS – Jacques Brel

Anuncios