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Hacía ya tiempo que  Rosana C. –buena amiga y excelente periodista– me había propuesto viajar al Sáhara. Ella, al igual que yo, es una gran admiradora del escritor norteamericano Paul Bowles (que vivió más de cuarenta años en la ciudad de Tánger), así que su sueño era recorrer la misma ruta que llevaron a cabo la pareja protagonista de una de las más famosas novelas de este gran autor:  The sheltering sky (‘Bajo el cielo protector’). La historia, que fue llevada al cine por Bernardo Bertolucci, relata el alucinante viaje de un matrimonio de artistas y un amigo de éstos, con el objetivo de buscar alicientes para la creación. El trío protagonista, los personajes de Port y Kit Moresby, y Tunner, está sumido en una sorda desesperación que se agranda en la medida en que se van adentrando en el desierto más grande e inhóspito del planeta.

Hace cosa de un mes tomamos la decisión -varias veces aplazada- de hacer esa ruta, que además nos alejaría de las bajas temperaturas de las navidades europeas. Viajamos hasta la capital de Marruecos, y desde allí iniciamos -a bordo de un todo terreno alquilado- nuestro particular viaje hacia el sur.

Dos días más tarde, después de breves escalas en El Golea, Adrar y Aoulef, llegamos a la región de Tamanrasset. Esta zona del Sáhara, cercana a la frontera con Argelia, está habitada por los tuaregs, de faz cubierta con un velo azul, y se asemeja a un paisaje lunar. Cerca de allí, las Montañas Ahaggar, cordillera de aspecto macabro conocida también con el nombre de Hóggar, no tienen paralelo con ninguna otra clase de montañas que yo haya visto. Durante el día, el sol devora todo el color. Pero al amanecer y en el ocaso, las montañas se visten de azul pizarra, de púrpura, de amarillo y de rojo carmesí. Y no hay rastro de vida en ellas.

El Sáhara se caracteriza singularmente por ser plano, caluroso y estar lleno de arena, aunque existen zonas rocosas donde ésta no se acumula. En árabe, la palabra «Sáhara» quiere decir «vacío», y el desierto es en verdad un paraje vasto y solitario. La temperatura, en un poblado como In Salah, suele llegar a 55 grados centígrados al sol.

En Tamanrasset, un lugareño nos recibió en su casa convertida en “hotel”. Las paredes de barro ocre dan la impresión de que podrían ser desmoronadas por la lluvia; pero la lluvia no es problema en Tamanrasset; cierta vez dejó de llover durante siete años consecutivos. Sin embargo, suele haber en setiembre tormentas que llegan a ser de una violencia demoledora. El pueblo cuenta con unos 3000 habitantes, de los cuales 75 son miembros del ejército marroquí. El comercio de la población está establecido en tiendas increíblemente primitivas. Hay pocos teléfonos, y la electricidad funciona tan sólo durante siete horas diarias.

 

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Tamanrasset es el principal centro urbano de los tuaregs, pero casi ninguno de ellos vive allí. Los tuaregs son nómadas y habitan tiendas o campamentos en el desierto circundante. Todos los habitantes de la ciudad son gente amable. Casi sin excepción, los que encontrábamos al paso nos saludaban con un afable “Bonjour”… Los tuaregs son un pueblo singularmente pintoresco, porque son los hombres y no las mujeres los que llevan la cara cubierta con un velo. Los velos son de un magnífico tinte azul índigo, pero el color no está bien fijado y destiñe como si fuera papel carbón. Esto hace que la piel de los tuaregs parezca azul. Además usan color azul para pintarse ojeras. Nosotros nunca le vimos la cara a un tuareg; los hombres no se despojan del velo ni para comer ni para beber, pues alimentos y bebida se los llevan a la boca por debajo del velo. Son altos y la combinación del capucho blanco y el velo azul los hace parecer criaturas de ficción. Semejan proyectiles ambulantes con celada, pero a pesar de todo son majestuosamente hermosos.

La costumbre de los tuaregs de cubrirse la cabeza es tan antigua que nadie conoce la razón de ella, aunque lo probable es que el tuareg la inventara simplemente para defenderse la cara del sol. Los tuaregs probablemente descienden de los antiguos bereberes, y fueron excelentes guerreros, jinetes y tratantes de esclavos, hasta la llegada de los franceses. Se rigen por el principio del matriarcado.

A diferencia de casi todos los demás musulmanes, los tuaregs son monógamos. Son gente pobre, frugal, limpia y respetuosa de la ley. La delincuencia es casi desconocida entre los tuaregs, que viven de sus rebaños y viajan constantemente con ellos de pastadero en pastadero. El Sáhara tiene abundancia de pastos en las estribaciones de las montañas, donde se acumula el agua de las lluvias.


Mi amiga quiso que visitásemos a los tuaregs, y tuvimos la suerte de que estuviese en Tamanrasset un grupo de nobles. Acampaban no lejos de allí, y enviaron un emisario para anunciar a sus compatriotas que llegaríamos a la mañana siguiente. A medida que nos aproximábamos a su campamento, íbamos viendo asnos y carneros; luego vimos camellos y jaimas. La destinada a las ceremonias, que fue donde nos recibieron, era de cuero de color de arena, que dos postes sostenían tirante. Hasta más afuera de la entrada de la tienda se extendía una alfombra roja. Ardía una pequeña fogata, alimentada con basuras y ramitas. Permanecimos sentados a la oriental esperando que hirviera el agua para servir el té. «Estos hombres –nos había dicho un amigo que había estado allí– son capaces de arruinarse con tal de conseguir té».

tuareg6ok.jpg En la tienda se hallaban Mustafá, el cuñado del Amenocal -jefe del grupo-, con su esposa, uno de los sobrinos del Amenocal. Las damas, tímidas como pajaritos amedrentados, estaban sentadas al fondo de la tienda. Pero pronto, cediendo a una irresistible curiosidad, empezaron a acariciar las joyas y adornos que llevaba mi amiga. Uno de los nobles tuaregs sonrió y mostró a su vez unos amuletos de cuero que llevaba puestos.

Primeramente nos obsequiaron con leche de camella, que es deliciosa, y fue servida a todos en una misma escudilla. Luego siguió el té, una infusión cargada, dulzona y pegajosa. Cada uno tuvo que tomar tres tazas ceremoniosamente. La conversación versó sobre las cosechas, el tiempo y la comidilla local. Al marcharnos llevamos a una de las mujeres hasta un campamento que estaba a unos cuantos kilómetros de distancia. Era la primera vez que viajaba en automóvil.

Al día siguiente salimos de Tamanrasset para dirigirnos en automóvil hacia el oeste. Tras un día largo y penoso llegamos a Arak (a 390 kilómetros). Otro día más y nos encontramos en In Salah (a 270 kilómetros), para llegar en la siguiente jornada al maravilloso oasis de El Golea (a 420 kilómetros), donde 17 manantiales ocultos proporcionan agua a la población a razón de 2200 metros cúbicos por minuto. El Golea se asienta sobre una breve faja rocosa, exactamente entre las dos comarcas más temibles de todo el Sáhara: el Gran Arenal del Oeste y el Gran Arenal del Este. En El Golea casi nos helamos por la noche, con una temperatura bajo cero y sin medio alguno de calefacción en las habitaciones.

Al segundo día, todo signo de vegetación desapareció casi por entero. Antes se percibían trechos aislados de maleza. Ahora nada. Aquí y alla, esparcidos en la arena, innumerables esqueletos de camellos y de otros animales que habían sucumbido en la marcha. Toda persona que cruza el Sáhara en un vehículo de su propiedad tiene que depositar una fianza considerable que responda de los gastos de un automóvil de socorro que se enviará en su busca si el pasajero a no ha llegado a su destino a las 24 horas. En verano y sin agua, ninguna persona puede esperar sobrevivir más de 12 horas en esta región del Sáhara. Un solo día, entre el alba y la puesta del sol, es suficiente para matarla.

Montar en camello -cosa que hicimos al sexto día de nuestro recorrido- no fatiga tanto como montar a caballo, siempre que el camello no galope. El camello posee un rasgo desconcertante: aunque esté cansado o enfermo nunca lo parece, pero un día se desploma muerto de repente. Pregunté si el camello sería algún día reemplazado por el omnipresente jeep. ¡De ninguna manera! -me contestaron-. Nadie puede comerse un jeep cuando se muere y, además, la gasolina cuesta dinero.

Nuestro último día lo pasamos en Miribel y en El Golea, donde existe un cómodo hotel, empezamos a darnos cuenta de la presencia de un nuevo factor en la vida del Sáhara: el petróleo. Dos grandes empresas hacen exploraciones en esta parte del desierto. Hasta entonces no se había encontrado petróleo, pero ya se acariciaban grandes esperanzas. Cerca de Ghardaia perforaban un primer pozo. Un habitante del pueblo nos habló así: “El petróleo puede ser, tal vez, la riqueza del Sáhara. Pero también puede ser su ruina”.

JLA