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Su estatura y corpulencia llaman la atención; pero transmite una sensación de serenidad y calma con su rostro impasible y sus movimientos mesurados. Sólo su voz revela su estado de ánimo; y su risa sonora y espontánea rompe bulliciosamente la serenidad que emana de toda su persona. Es una montaña nevada, de esas que abundan en los paisajes sureños proyectando una imagen sólida de serenidad y fortaleza. Y sin embargo en su interior bullen emociones y rebeldías intensas, siempre a punto de provocar una erupción.

Sí…el viento sabe que el Hombre es un volcán activo y que explota su cólera en forma repentina, por motivos razonables casi siempre. El Hombre también lo sabe; pero ignora que la anciana mujer ha llegado a temer sus estallidos y que se ovilla en su cama, como una niña asustada, cuando lo sabe enojado o molesto.

Los vecinos antiguos lo conocen desde siempre: llegó a la población a los siete años, llevando ya sobre sus hombros la pesada carga de la enfermedad que lo acompañará durante toda su vida. Él recuerda cuándo cambió el trato que su familia le daba: su madre, mujer joven y llena de energía en ese entonces, dedicó su tiempo y esfuerzo a conseguir los medios y remedios que él necesitaba, medicinas que no existían en Chile hace cuarenta y cinco años; había que traerlos desde Argentina e ir todos los meses a Santiago para recogerlos y encargar una nueva remesa. El viaje a la capital demoraba cuatro largas horas en tren o bus. La madre salía al alba y volvía ya de noche…siempre con el remedio salvador. Su padre, varón crecido en los cerros de Valparaíso, ingresado a la Armada de Chile en su adolescencia, derivado como aprendiz al taller de mecánica y transformado en padre de familia dominante y machista, dejaba de lado su idea de que el hombre era menos hombre si hacía tareas de mujer: en esas ocasiones se quedaba en casa, con sus cuatro hijos, dos varones y dos hembras y los dirigía al más puro estilo militar mientras cocinaba, aseaba la casa y enviaba los niños al colegio… Y toda la familia llegó a saber que el penúltimo tenía una enfermedad mortal. Hubo que decírselo a todos, cuando él soñó con un caballito blanco que venía a buscarlo y despertó preguntando dónde se había escondido. La madre se aterrorizó ante la idea de la muerte y desde entonces, todos le dieron un trato especial…o se exponían a las iras de la madre que lo protegía de todo y de todos. Y en aquellos años tenía la fuerza de una leona; no tenía garras, pero sí una lengua rápida que causaba heridas incurables.

¿Cómo enfrenta un niño su propia muerte? Ver morirse una mascota o algún abuelo anciano suele causarle pesadillas. ¿Y saber que él mismo morirá? ¿Qué efectos causa en su formación, en su mente, en su manera de enfrentar la vida?…

Sólo el viento lo sabe; y aunque sopló, arremolinado e inquieto sobre todos ellos, no pudo cambiar las circunstancias… porque la Creación sigue las reglas de Aquél que ordenó el caos y separó las tinieblas de la luz. Y entre esas reglas, está la de permitir el libre albedrío de las personas y el curso regular de la naturaleza.

La familia no tenía ni la cultura, ni los medios económicos para el adecuado manejo de una enfermedad tan desconocida: diabetes infantil, insípida. Era en esos tiempos en que los padres ordenaban y los hijos obedecían. Los sicólogos aún no estorbaban la buena crianza tratando de evitar los traumas infantiles y por tanto no pudieron recomendar una forma de informarle sin traumas.

Su hermana, niña como él, le dijo que moriría. Inspirada en su amor por el hermano pequeño, lo llevó aparte en secreto y le entregó la versión cristiana que recogió en la escuela dominical: morir significaba que vendría Jesús y lo llevaría a un hermoso país donde nunca era de noche y donde había ríos de agua viva… Y como el verdadero amor es una fuerza divina, el niño no se asustó, ni se aterró, y fue seducido por la imagen de ríos caudalosos e inagotables de agua dulce y fresca…¿Qué psicólogo lo habría hecho mejor? ¿Qué adulto habría encontrado las palabras justas y precisas y la confianza que los niños sólo dan a otros niños? . La idea de agua fresca y abundante encantó al niño, porque el único síntoma de su enfermedad era una sed intensa y constante, abrasadora. Y ante la esperanza de ver esos ríos y saciar su sed, la muerte perdió su aguijón.

Cuando el viento escuchó esta conversación y vio su efecto en el niño, batió alegremente las ropas colgadas al sol. Y repitió estas palabras por la quebrada y el bosque durante muchas horas y también en torno a las mil casas de la población; porque él sabía de la terrible sed de aquel niño, la misma sed que sufren hasta morir los que se pierden en los desiertos del norte chileno, los más secos del mundo. Sed, sed, sed, obsesión permanente de agua, que no apagaban los incontables vasos que bebía día y noche y que devolvía íntegramente, orinando con la misma frecuencia con que bebía. Así vivió desde los cuatro años. El remedio calmaba su sed, la reducía a un mínimo aceptable, pero nunca desaparecía. Era su estigma.

El viento nunca olvidó a la niña. La verdad es que nunca olvida nada y lo sabe todo; pero quedó tan impresionado por el efecto de sus palabras que la buscó muchas veces, tratando de llevarla a otras casas agobiadas por el dolor, para que llevara también la esperanza. Y todavía la busca. Cuando pasa por los campos áridos y el calor pegajoso de Iquique se esmera en llamarla, susurrarle, refrescar su don. Ella no lo escucha; tal vez hasta olvidó lo que hizo en favor de su hermano; quizás nunca se dio cuenta que no fue ella quién habló al niño. Y el viento sabe lo que habría pasado a Jonás si hubiera insistido en no usar la voz que le fue dada: por eso la llama, la rodea, se mete en sus sueños…lo único que logra es producirle inquietud y una sensación de vacío, de llamada sin contestar; pero hasta hoy, cuando el hombre o la anciana mujer se enredan en sus diálogos de sordos, o tropiezan en sus tremendas diferencias intelectuales y físicas, el viento repite una y otra vez, y de nuevo una y otra vez, las palabras de la hermana que ya no vive en la casa. Y así el hombre termina por encontrar nuevamente su equilibrio y su paz.

Hombre
En las tardes de invierno, ya terminado el almuerzo, suelen estar en el living comedor, atraídos por el sol.
Los visillos dejan ver la calle y ven bajar o subir algunos vecinos. Aparecen tres niñas que bajan corriendo, todas tratando de ganar la delantera. La anciana mujer arruga el ceño y dice:

– Ahí están otra vez las niñas de arriba. Tanto que les he dicho que no se afirmen de la reja – Se levanta y se acerca a la ventana para reprenderlas.
– ¡Déjelas! – dice el hombre. – No hacen nada.
– ¡Se van a caer – replica la mujer, aún con el ceño fruncido – Si se afirman de la reja la van a botar y se caerán.

El hombre no habla más y se retira a su dormitorio. Ella hace lo mismo. Ambos encienden el televisor y se absorben en los programas preferidos.

El viento mueve suavemente los visillos, como si desaprobara lo escuchado. La gata decide salir y salta por la ventana. El sol baña con tibio sol la pieza vacía.

Mujer
En las mañanas ambos se levantan tarde; el que lo hace primero, piensa que el otro se queda demasiado tarde en la cama.
La mujer sale al patio y mientras cuelga las toallas rezonga para sus adentros:
– ¡Cómo está este patio! Este hombre no hace nada – para ella sigue siendo el niño, aunque no murió y ya es un hombre – Ahí pasa, sentado en el sillón. Debería limpiar y botar todo lo que no sirve. ¡Todo me lo deja a mí! .
Olvida que la casa está limpia, barrida, pulcra, porque su hijo lo hace sin decir nada y sin que nadie lo mande. Como lo hacía su padre. Y cuando estuvo en cama cuarenta días, él cocinó y lavó; y la atendió mejor que un enfermero. Y ella contaba a los que llamaban para saber de su salud que estaba mejor y que el hombre la atendía muy bien, gracias a Dios. Y cuando ella se cayó y se fracturó la mano derecha, él asumió todo el quehacer y la ayudó incluso a abrocharse la ropa; pero a él no le dio las gracias. Y ante cada cosa que ella ya no puede hacer por exceso de años y kilos, recuerda que él es joven y capaz de hacerlo; pero ella no se lo pide; ni le dice lo que piensa.

La senilidad empieza a restarle facultades y ella lo nota; pero el hijo no se percata. Y cuando alguien se lo hace notar no lo cree. ¿Cómo podría creerlo? En ella aparece la leona cuando se siente herida; desde que enviudó declaró su independencia y hace lo que quiere y como se le antoja. Por lo menos así lo proclama su lengua hiriente. El hombre no sabe que es su única defensa; y que mientras más herida se siente, más cruel es su réplica y menos habla de su herida interna.

Lucinda Silva

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