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La civilización inca no conoció el vehículo de ruedas y sin embargo construyó la mayor carretera del mundo de la antigüedad. Este pueblo alcanzó su apogeo en el siglo XV, cuando ya ocupaba un extenso territorio en América del Sur. Había nacido en las orillas del lago Titicaca hacia el año 1000 y se desarrolló por cinco centurias.

Fundamentalmente para favorecer la actividad económica y la comunicación, los incas realizaron una red de caminos, calificada por los estudiosos como obra de asombroso ingenio y esfuerzo humano. Se extendió a lo largo de 18 mil kilómetros, pese a los difíciles obstáculos presentados por una naturaleza muy accidentada. Poseyó una gran calzada que atravesaba el territorio incaico, de norte a sur, entre dos ramales de la cordillera de los Andes. En algunos tramos trepaba hasta cerca de cinco mil metros de altura por breñas y roquedales y bajaba por desfiladeros y precipicios a los valles, tierras fértiles y páramos desérticos.

La arteria principal de la Gran Calzada Real del Inca (Capac Ñan o Carretera del Sol) medía cinco mil kilómetros. Estaba ampedrada en su mayor parte y su trazado no tenía desviaciones. Atravesó grandes ciudades como la de Cuzco y Quito. Su anchura era de ocho metros y a ambos lados se alzaban muros de piedra o de tierra. Además, en sus orillas fueron sembrados árboles para ofrecer sombra a los viajeros. El corte de una planta era castigado con la pena de muerte. Junto a los muros, los hombres y animales podían beber agua, pues corría el líquido por una zanja. Cada veinte kilómetros se alzaba un tambo (edificio), el cual servía de alojamiento y donde el viajero encontraba avituallamientos tales como ropas y sandalias. Los chasquis o empleados de correo vivían en casas alzadas cada tres kilómetros. Eran corredores a pie, encargados de trasmitir mensajes. Los chasquis podían recorrer la distancia de dos mil kilómetros, de Quito al Cuzco en muy pocos días, (un buen número de historiadores de la cultura incaica aseguran que en sólo cinco jornadas).

La Gran Calzada Real de los incas se le debe a los emperadores Pachacútec, Túpac Yupanqui y Huayna Cépac; la mano de obra estuvo a cargo de otros grupos indígenas reducidos a la obediencia. Los bloques monolíticos fueron trasladados desde muy lejos. Relata una leyenda que una de esas piedras, al caer, aplastó a mil indios. Medio siglo despué de la conquista, el misionero español José de Acosta, al referirse al trabajo de los incas, expresó: “No usaban de mezcla ni tenían hierro ni acero para cortar y labrar las piedras, ni máquinas, ni instrumentos para transportarlas, y con todo eso están tan pulidamente labradas que en muchas partes apenas se ve la juntura de unas con otras. Por su parte, el célebre científico alemán Alejandro de Humboldt, admirado por los puentes de la Calzada y de todo su sistema de comunicación, afirmó: “Es la más estupenda y útil de las obras ejecutadas por el hombre.

El primer europeo que escribió acerca de esta gran carretera incaica, Pedro Cieza de León, dijo que superaba a las romanas y a la que Aníbal hizo construir sobre los Alpes.

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