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Si alguno de ustedes piensa viajar a Inglaterra y se le ocurre visitar Stratford-on-Avon entre los meses de octubre a abril, podrá comprobar que la vida transcurre allí tan plácida como las aguas del río al que la ciudad natal de Shakespeare debe su nombre. Pero desde principios de abril todo cambia: bulle la gente y se animan los negocios en esa antigua población, antaño centro de mercado. Los hoteles tienen comprometidos todas sus habitaciones con semanas de anticipación. Los turistas forman largas colas para ver la casa donde nació William Shakespeare o las tierras compradas por el autor de Hamlet cuando regresó, ya famoso, a esa Stratford-on-Avon cuyos vecinos lo habían mirado por encima del hombro. Del más de medio millón de personas que acuden anualmente a Stratford, no menos de 250.000 asisten a la representación de una obra de Shakespeare en el Teatro de la Conmemoracion.

Después de Londres, Stratford es tal vez la ciudad inglesa donde mayores rendimientos deja el turismo. Tan importante la consideró el gobierno británico por este aspecto, que al concluir la II Guerra Mundial concedieron sin dificultad al destartalado Hotel de Shakespeare cuanto dinero necesitó para emprender extensas reparaciones. En ese hotel, lo mismo que en otros dos famosos establecimientos de la ciudad, el Cisne Blanco y el Halcón, se puede degustar una de las mejores cocinas de Inglaterra.

A la ciudad afluye gente de todas partes del mundo. En la casa de Shakespeare, al detenerme a mirar a los que firmaban en el libro de visitas, pude ver a un conocido político francés, al gobernador de Estambul, a un diplomático chileno, a un alto funcionario de las Naciones Unidas, a un grupo de actores finlandeses, y a un banquero de San Francisco con su esposa.

Figuran asimismo entre los visitantes estudiantes universitarios, mineros del País de Gales, pulcros empleados londinenses o trabajadores de las fundiciones de Lancaster, que llegan en autobuses descubiertos. En los prados aledaños de la población, miles de personas acampan en tiendas de campaña o en remolques de turismo. Ningún visitante sentirá que gastó en balde su dinero. Los avispados vecinos de Stratford supieron arreglárselas para que uno se crea trasportado a la alegre Inglaterra de la Reina Isabel I, sin las incomodidades de aquella época. Se muestran al paso calles silenciosas y añorantes, retorcidas callejuelas evocativas, casas de madera cuyos frontis coronan los gabletes del tiempo de los Tudores. Al retirarnos a descansar, nos hallaremos en una habitación de vigas ennegrecidas por los años, huéspedes de una posada que –aunque acondicionada– era ya antigua cuando Shakespeare vino al mundo.

estatua.jpgDos siglos y medio se necesitaron para que los habitantes de Stratford cayesen en la cuenta de lo que representaba para la ciudad haber sido la cuna de Shakespeare. Los contemporáneos del bardo no estimaron que fuese mayor honra ser sus convecinos. Hombres laboriosos y tocados de puritanismo se escandalizaban a ver en el teatro un antro de vicios. En 1622, a los seis años de muerto Shakespeare, llegó a Stratford un grupo de actores, antiguos compañeros del poeta, con autorización especial del rey para dar representaciones en todo el reino. Le salieron al encuentro los prohombres del lugar, a fin de ofrecerles una suma colectada entre ellos -seis chelines- a cambio de que no representasen allí ninguna obra.

Casi por siglo y medio, sólo unos pocos eruditos de fuera mostraron de cuando en cuando interés por Stratford. Aumentó su número con el paso de los años, y para el de 1769 el propietario del León Blanco lograba animar a sus convecinos para que conmemorasen el aniversario de Shakespeare. La llegada del gran actor David Garrick, que fue expresamente de Londres con el objeto de disponer el programa de la conmemoración, decidió a los dignatarios de la ciudad a colaborar de lleno. Hubo regocijos públicos, salvas de artillería, desayunos gratis para el pueblo, fuegos artificiales. De todo, en fin… menos una representación de Shakespeare.

Durante un siglo conmemoraron en Stratford el aniversario del poeta en esa misma forma: los forasteros que atraía el festejo dejaban algún dinero al comercio de la población, la cual parecía condenada, sin embargo, a no salir jamás de la categoría de ciudad menor, soñolienta y aburrida.

Tocó a un cervecero adinerado, agigantado y barbudo librarla de tal destino. Por los años de 1870, la cuestión palpitante era erigir un monumento a Shakespeare. El cervecero Charles Edward Flower se tomó a broma la idea del acostumbrado monumento conmemorativo. «Decir Shakespeare –les dijo a sus convecinos– es decir teatro, buen teatro. El monumento que necesitamos es un local al que acuda el público a ver representar las obras de Shakespeare».

william.jpgBuscó Flower en toda Inglaterra suscritores para su empresa. Pero tanto los diarios como los encumbradas personajes de Londres ridiculizaron el proyecto, que consideraban «parodia de homenaje nacional a una memoria egregia». Arguyendo que Londres, centro de la cultura inglesa, era el único lugar indicado para un teatro como el que se proyectaba, calificaron a Stratford de población «tediosa, abandonada» y a sus vecinos de «gentecilla insignificante». A esto contestó Flower: «Cerca de 300 años han estado esperando los de Stratford que los señorones hiciesen algo; ahora van a demostrarles lo que la gentecilla insigníficante es capaz de hacer».

Confirmando sus palabras con hechos, Flower empezó por donar un lote de terreno a orillas del Río Avon. Como las suscripciones de toda Inglaterra sumaron apenas 1.000 libras esterlinas, y el teatro costaba 20.000, aportó Flower de su peculio considerable parte de lo restante: No habiendo tenido hijos, tanto él como su esposa legaron buena porción de su fortuna a la Asociación Conmemorativa de Shakespeare, que fundó para encargarle la administración del teatro. Inagurose éste en abril de 1879 con la obra Mucho ruido para nada que interpretó una compañía londinense. A juzgar por las apariencias el gran coliseo iba a ser para la pequeña Stratford un elefante blanco… De las 850 localidades, la mayor parte permanecieron vacías, aun durante los festejos del aniversario.

Flower contrató después la compañía de Frank Benson. Era Benson uno de los contados actores que estimaban que el teatro debía ser para todos, y no únicamente para un grupo selecto de Londres; gustaba de irse con su gente de pueblo en pueblo. Entusiasmado con la idea de un teatro popular, atrajo público a Stratford, tanto por su simpatía personal como por su talento escénico. A petición general, el programa del aniversario, que duraba una semana, se extendió a dos y más adelante a tres. En la actualidad dura seis meses, durante los cuales se dan 200 funciones, a las que parte del público asiste a veces de pie por falta de localidades, no obstante contar el nuevo teatro con 1200 asientos: Benson reinó en Stratford por casi 35 años, tiempo en el cual hizo famosos dondequiera su propio nombre y el de la ciudad.

En 1926, un incendio redujo a escombros el teatro. «Casi vino a tiempo -comentó Archibald -. Ya era hora de ir pensando en edificar un teatro más amplio». Mientras esto se lograba, se habilitó el cine de la ciudad para seguir dando allí las representaciones.

Con la mira de allegar fondos para el nuevo teatro, Archibald viajó con su esposa por los Estados Unidos, donde obtuvo contribuciones por cerca de 600.000 dólares. Los donativos de otros países elevaron a 1.000.000 el total de lo recaudado. Con este millón hubo para las obras del nuevo teatro que surgió de las ruinas del antiguo…. «Gentecilla insignificante, ¿eh?» dijo Fordham Flower sonriendo socarronamente al recordar las burlas que en días ya pretéritos les hicieran en Londres. Luego se regodeó contando cómo, por primera vez en la historia de Stratford-on-Avon, la compañía dramática de la localidad pasó a Londres, invitada a hacer la temporada de otoño, y alcanzó en la capital del reino triunfos muy sonados. La rueda de la fortuna había dado una vuelta completa.

Durante los seis meses del programa del aniversario, los vecinos de Stratford no hacen sino comer, beber y hablar de Shakespeare. Si juzgan que alguien trata de profanar lo que para ellos es depósito intocable y sagrado, se vuelven agresivos. Así por ejemplo, cuando el joven y talentoso empresario Peter Brook interpretó a su manera la tragedia Romeo y Julieta convirtiéndola en azucarado drama de amor juvenil, la indignación de esos buenos tenderos y labradores llegó al rojo blanco. Hasta hubo una anciana que, acercando el puño amenazante a las narices de uno de los actores, le gritó en plena calle:

– ¡Dejen ustedes en paz a nuestro Shakespeare!

Desde que Charles Edward Flower los despertó de su apatía, los vecinos de Stratford no han cesado de preocuparse por la restauración y embellecimiento de su ciudad, a la que han convertido en monumento a la memoria de aquel genio incomparable.

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