Me gusta la música. Me gusta el jazz. Y me gusta escuchar a los grandes maestros del género especialmente los fines de semana, cuando estoy tranquilo y despreocupado en casa.

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Waldron ante el piano. De pie, el polifacético músico Christian Burchard

Anoche le tocó el turno a Mal Waldron, un genio solitario del piano nacido en Nueva York en 1926, y muerto en Bruselas a finales de 2002. Todo un maestro. Un músico excepcional, desgraciadamente poco conocido incluso en su mejor época… El analfabetismo musical en sectores importantes de intelectuales y público, que –normalmente– suelen atinar bastante en otros campos de la cultura, manifiestan en el terreno musical una ignorancia y falta de sensibilidad pavorosas. La crisis de cierta clase de música, sobre todo la clásica, es un hecho constatado, pero también es evidente que el relativo auge del jazz se está basando en la aproximación superficial y un tanto snob de un cierto tipo de público. Por debajo sigue existiendo el mismo desconocimiento ancestral e iguales actitudes mitómanas. El caso de Mal Waldron y de otros músicos difíciles viene a confirmarla.

Lamentablemente, pocos saben que Waldron fue uno de los pianistas más originales y personales que se pudieron escuchar en su momento. Yo tuve la suerte de verlo actuar en directo a finales de los 80 en la Sala “Perdido”, en Valencia, España. Su geniales interpretaciones de “Song of Love and Regret” y “Much More”, me dejaron extasiado.

Waldron se inspiró siempre en la línea pianística que va de Ellington a Monk. Como se sabe, Thelonius Monk fue una de las más fuertes personalidades del jazz. Pero al mismo tiempo, su estilo pianístico -genial e inimitable- tuvo pocos discípulos directos. Entre ellos se podrían contar a Herbie Nichols, Randy Weston y al propio Mal Waldron.

Waldron reelaboró de forma absolutamente individualista estas influencias. Su pianismo fue extremadamente conciso y concentrado. Poseía una poderosa mano izquierda y empleaba hábilmente la disonancia, creando climas enormemente obsesivos rítmicamente. A esta riqueza rítmica no es ajeno su trabajo con el grupo de Mingus de 1954 a 1957 y, a partir de 1959, con el batería Max Roech. Durante los 50 fue el pianista de numerosas sesiones de la casa discográfica Prestige, acompañando a solistas de la talla de Coltrane, Jeckie McLean, Gigi Gryce, etc.; Waldron tuvo la suerte de ser el pianista del trío de la inigualable Billie Holiday durante los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1969. Y, sin dude, en el dramatismo con que interpreta las baladas es perceptible la influencia de esta inolvidable cantante, dotándolas de une coloración claramente bluesy. Su estancia en el grupo de Max Roach le dio ocasión de conocer al saxofonista Eric Dolphy y al trompetista Booker Little, dos de los más valiosos jóvenes músicos de la vanguardia del jazz a principios de los 80, con los cuales montó un quinteto, con el que grabó toda una serie de registros en vivo en el local neoyorquino Five Spot en 1961. Por otra parte, Waldron poseía un notable sentido de la arquitectura y construcción de las piezas, lo que le llevó a componer algunos de los más logrados ejemplos de música de jazz para el cine, como la partitura de la película “El mundo frío” (“The Cool World”, 1963) de Shirley Clarke, que interpretaba el quinteto de Dizzy Gillespie.

Si les gusta la auténtica música de jazz, les recomiendo vivamente que escuchen algunas de sus grabaciones más conocidas, como las citadas al principio de este artículo o la fantástica“One and two” (con John Coltrane y Jackie McLean, 1956-57), “The Quest” (1981) o “Blues & Roots” con Charlie Mingus.

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