Cuando se habla de naufragio, todo el mundo se apunta al del alma, al exilio interior, al malditismo; a ese malditismo que –dice el poeta– te pones como quien se pone una gabardina o una corbata al salir a la calle: el malditismo se hace invitar a café, se hace besar. Cuando vas de maldito, sólo es cuestión de esperar y siempre cae algo, o una cerveza o un sujetador de color caramelo.

Ante este panorama, los náufragos de verdad estamos desprestigiados, los de barco e isla parecemos de chiste de Forges. El barco donde viajaba a Nueva York se hundió por culpa de una cosa llamada iceberg. Nadando, nadando, pero como quien sí quiere la cosa, llegué a una isla. No digo yo que estuviera desierta, pero isla era. Situada a los grados de latitud y longitud adecuados para su finalidad, ofrecía más posibilidades de las que ofrecen las islitas de náufrago convencionales: no en vano era Japón. Sé que Japón son varias islas, pero esta era la más grande, la que más trenes de alta velocidad, luces de neón y tiendas de Benetton tenía. Aquello era Japón Japón.

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Problemas en el consulado tuve un montón. Parecía mentira: allí no sabían nada del Titanic, así que fue complicado explicar mi situación… en español, claro, no iba a hacerlo en japonés . No entendían el desajuste temporal: sé que habían pasado casi ochenta años, pero yo no conocía entonces; ni conozco ahora, otro tiempo que el interior (no en vano el “Centro de Estudios Filosóficos” de mi pueblo me había concedido, pocos años antes del hundimiento, una beca para ir a estudiar a la Sorbona), yo con Bergson y ellos hablándome de Oliverio Toscani. Menos mal que llegamos a un acuerdo: repatriado sin querer saber más, ni ellos ni yo.

En el aeropuerto de Barajas fui recibido por gente que, en realidad, esperaba a otros, pero me abrazaron con una mal disimulada alegría y cumplieron su papel. Llegado a casa comprobé que, como me dijo el cónsul allá en Osaka, todo había cambiado mucho, muchísimo; y es que lo de la durée, –así rezaba la lección– es sólo interior y aquí fuera habían pasado muchos años. Pude comprobar que habían adquirido el Titanic, Leonardo di Caprio, Japón y Toscani. Y la mayor o menor relevancia que tenía yo; no ya en cuanto persona sino en cuanto náufrago. Y mi mayor o menor relevancia va por foros: en unos soy requerido y reverenciado (el supermercado donde compro, por ejemplo); en otros no pasa nada (resto de foros). Pero requerimiento y reverencia; o incluso cuando no pasa nada, son por mi condición de ciudadano, no por ser un náufrago de los de verdad.

Francis C. Swimmer