El artículo me lo envió Marcial Fernández desde México, a su vuelta de Chile. Ya me contarás del Bar La Playa, del que habla Max Valdés. – Julio Irles

Alguna vez alguien -que no recuerdo- me dijo que escribir cuentos era un viaje sin destino y uno paraba los pies en cualquier parte. En ese entonces no supe bien el significado concreto de esta frase. Intenté darle la mayor profundidad, buscando un sentido sublime y elevado que, por esa razón, a mis diecisiete años pensé que no podía lograrlo.

Mi ingenuidad recién se vería resuelta este pasado miércoles 30 de abril. Después de muchos años esa locución -para mí potente y misteriosa- daría en la razón en lo sencillo. Estábamos un grupo de escritores camino a la Universidad de Playa Ancha para leer y presentar una Nueva Antología de la Narrativa Chilena. Selección de Poli Délano y la Editorial Mexicana Ficticia. Viajábamos todos juntos de Santiago a Valparaíso en un minibús universitario. El viaje de ida fue sin sobresaltos, más bien normal a esas horas de la mañana, quizá por el sueño, quizá por la incertidumbre nos manteníamos ligeramente sobrios en aquel pequeño espacio: Fernando Jerez, Poli Délano, Rolando Rojo, José Osorio, el escritor mexicano Leo Mendoza, el editor Marcial Fernández, nuestro secretario ejecutivo –el periodista Ricardo Berasain– quien esto escribe, y la única mujer de la manada de lobos: Lilian Elphick.

Siempre la idea del viaje es atractiva. Seduce. Excita los sentidos. Se cree que al salir de un lugar llegará a otro de vuelta transformado, ligeramente mejorado en su condición de ser. El cambio de un sitio físico a otro produce excitabilidad. Así como escribir y desarrollar una ficción producen entusiasmo y una permanente alteración a nuestra vida normal. De esa manera asumimos todos este viaje: como la alternativa de la huída de la capital, escapar de las pre-emergencias ambientales y enfrentarnos al mar absorbiendo esa negada energía capitalina. Llegamos atrasados al aula magna donde nos esperaban más de una centena de estudiantes universitarios, respetuosos, interesados en conocer de qué se trataba tal volumen de cuentos. Berasain hizo de maestro de ceremonias, un buen presentador, con vínculos secretos con esa casa de estudios -había sido ex alumno y volvía convertido en el aplaudido anfitrión. Leo Mendoza, con una chispa alegre y entusiasta le brindó un carácter relajado y amistoso a la ceremonia. Cada uno hizo lo que tenía que hacer: lecturas, comentarios, discusión amena y enriquecedora con los alumnos. Luego vendría el almuerzo: una recepción majestuosa y elevada, inesperada a nuestra condición de escritores. La comida fue abundante y generosa compartida con los profesores y el decano de esa facultad. Un salón que miraba hacia el mar le brindó un espectáculo inusual y atractivo. Comprendí que la frase inicial daba sentido al viaje. Escribir efectivamente es un viaje a lugares ignorados, inesperados, con sorpresas y aventuras sorprendentes. Y también la segunda acepción: que uno no sabía dónde ponía los pies.

Luego vendría un paseo por Valparaíso. Nos subimos a la camioneta y el conductor, desconociendo nuestro pánico a las alturas, hizo un periplo por las colinas y bajadas más pronunciadas de esa ciudad. Nos elevamos redescubriendo un puerto que jamás perderá su condición de excitante y encantador. Las singulares casas colgantes y la presencia del mar transformaron nuestro espíritu. Nos hicieron sonreír ante las inesperadas pendientes que casi nos arrojaban al suelo y aquellas subidas imposibles que a nuestros amigos mexicanos los hicieron angustiarse más de una vez. No cabe duda que fue un paseo que necesitaba un paradero, para eso llegamos al ascensor artillería y desde allí una vista imponente de la bahía para atestiguar la magia y peculiaridad de Valparaíso. Enseguida fuimos al Bar La Playa, un escenario antiguo y lleno de recuerdos: fotografías de actrices francesas como Brigitte Bardot, Jeanne Moreau, Jane Birkin, Deneuve y Mireille Darc, sensuales muchachas de treinta años; espejos cóncavos de madera antigua y una música de fondo para reencantarnos. Hay una novela de Pavese que se llama igual y confirmé que escribir efectivamente es un viaje sin destino, nunca conocerás el paradero sí la condición de viajante.

Regresamos al atardecer. Nuestros amigos mexicanos con Poli debían continuar camino a Puerto Montt., tercer punto de presentación de esta transitada antología venida desde América de Norte hasta reposar en lo más austral del mundo conocido. El resto conocía su destino: continuar viviendo, asumir la cotidianidad del día a día, reponerse del vértigo y no olvidar el Bar La Playa para quizá hacerlo vivir en algún futuro cuento.

Max Valdés

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