Lisboa es probablemente la ciudad más romántica del mundo. Sobre todo cuando cae la noche. Y la noche lusa empieza tarde junto al Tajo: la palabra mágica es fado, aunque la oferta es mucho más amplia.

He visitado casi todas las grandes capitales de Europa, y nunca he sentido en ellas un ambiente tan nostálgico, literario y especial como el de Lisboa. Para la mayor parte de los que la visitan, la vida nocturna en esta ciudad significa fado. Desgraciadamente también lo saben los dueños de los locales supuestamente típicos, –algo similar de lo que ocurre en España con los tablaos flamencos– que, a precios exorbitantes, ofrecen una mezcla de supuesto fado y extraño folclore para foráneos. El fado de verdad, el auténtico, nunca empieza antes de la medianoche y está escondido o reservado, cual auténtico tesoro, para los propios lisboetas y para unos pocos escogidos. A esta hora –afortunadamente– la mayoría de los turistas, agotados ya de subir y bajar las empinadas ruas lisboetas, hace rato que ya están de vuelta en sus hoteles.

Silêncio, que se vai cantar o fado!

Durante el fado no se habla, ni se manejan los cubiertos, ni se hace el menor ruido. El fado no sirve como música folclórica de fondo para ‘turbas’ turísticas; exige oyentes silenciosos, con una actitud casi religiosa, en fervoroso silencio… Para los primeros –me refiero a los típicos turistas marchosos o menos espirituales— la ciudad les ofrece otras alternativas, tal vez menos poéticas y puras, pero algo más bulliciosas y rítmicas: locales de jazz, bares de música en vivo con ritmos africanos, discotecas y night-clubs elegantes.

El barrio de diversión tradicional, el Bairro Alto, que en los últimos años ha recibido la competencia de otros barrios y que varias veces ya ha sido dado prematuramente por muerto, sigue vivo a pesar de todo; para muchos lisboetas sigue siendo el lugar de la diversión nocturna. En ese barrio residencial donde los bares cierran -con excepciones- a las dos o tres de la madrugada, empieza tradicionalmente una noche larga. Sólo cuando aquí se ha acabado se sigue ruta hacia la avenida 24 de Julho, a las docas novas (doca de Santo Amaro y doca de Alcántara) o hacia la orilla del Tajo junto a la estación de Santa Apolónia.

En auge también está actualmente el barrio de Santos entre el Bairro Alto y Alcántara, donde casi cada semana abre sus puertas un bar o una discoteca nuevos. De aquí no queda lejos el dique de Santo Amaro, justo al lado de un pequeño puerto deportivo. La antigua hilera de tinglados se ha renovado y es ahora una sucesión de restaurantes y bares (caros) al aire libre. Al mediodía almuerzan aquí, sobre todo, hombres de negocios portugueses. Entrada la noche hay en los bares música ruidosa. Junto a casi cada discoteca hay también las llamadas roulottes que atraen a discotequeros hambrientos hasta bien entrada la noche. Suelen tener hot-dogs y hamburguesas.

Son muchos los que termina su recorrido nocturno sobre las cinco en el Cacau da Ribeira, cerca del Cais do Sodré. Esto no es un restaurante; el cacau forma parte de un mercado de pescado de madrugada en el que, por supuesto, no sólo se sirve cacao. Para eso –para saborear un buen chocolate a la portuguesa o un exquisito café– está la tradicional y literaria A Brasileira, lugar entrañable que solía frecuentar el mismísimo Pessoa.

Cangaçeiro

 

Cristina Branco — Tive um coraçao perdi-o

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